Buf, me ha quedado muy cursi, pero… Feliz San Valentín!


En su opinión, y probablemente también para el resto de la gente que por casualidad le había escuchado hacerlo alguna vez, Jim tenía una forma de estornudar bastante… ridícula, por decirlo de forma suave. No lo hacía una vez, sino que encadenaba varios seguidos, como si tuviera alergia. Le encantaba reírse de él a cuenta de esto (tenía que sacarle partido al hecho de ser el único ser vivo que podía irritarle sin morir en el intento) y sabía que era algo que le ponía realmente furioso, aunque intentara disimularlo.

Aquel día al entrar en casa comenzó a estornudar de inmediato y, acto seguido, se puso a maldecir con su amplio repertorio de blasfemias.

—¿Ya has cogido frío? —le preguntó desde el sofá—. Eso te pasa por dormir desnudo.

Jim sonrió con suficiencia.

—No lo creo. Es imposible que pase frío contigo al lado, generas calor como si fueras una estufa.

Volvió a estornudar y esta vez el francotirador no pudo evitar reírse por lo bajo.

—¿Qué es exactamente lo que te hace tanta gracia? —Ahí estaba, su tono de advertencia.

—Ya sabes que me hace gracia tu forma de estornudar. Cuando lo haces pareces, no sé —hizo como que dudaba—, ¿inofensivo? Sí, eso es: inofensivo —repitió con plena conciencia.

En ocasiones Jim escogía mostrar ante los demás una imagen opuesta a amenazadora porque convenía a sus planes no revelar su auténtico ser, pero que le dijera que parecía inofensivo sin que fuera por su voluntad era lo peor que le podía decir, lo sabía perfectamente. El criminal asesor no pronunció una sola palabra, pero podía ver cómo poco a poco su pecho se iba hinchando de indignación. Cuando estaba a punto de estallar, de nuevo se convulsionó con una nueva ronda de estornudos.

—¡Ya está bien! —exclamó en cuanto pudo—. Has puesto algo en la casa para que estornude, ¿verdad? Dime qué es o empezaré a romperte los dedos de las manos uno por uno hasta que me lo digas.

—Calma, jefe. No he puesto nada, ¿crees que me aburro tanto como para ponerme a esparcir pimienta por la casa? Además, en ese caso yo también estaría estornudando.

Jim le miró con el ceño fruncido durante un buen raro. Se encogió de hombros, no tenía más remedio que admitir que tenía razón.

—Más te vale que sea verdad lo que dices, Seb —dijo finalmente—. En fin, voy a cambiarme —dijo y se dirigió a su habitación.

Cuando vio que iba hacia el cuarto, sonrió y empezó a contar mentalmente. Estaba un poco nervioso, con Jim nunca se sabía cómo resultarían las cosas.

—¡Seb! —"Bingo"—. ¿Qué es esto?

Se acercó a la habitación. Jim contemplaba los pétalos esparcidos sobre su cama y los dos grandes ramos de rosas en las mesillas. No parecía complacido.

—No me gusta repetir las cosas. ¿Qué hacen estos seres pestilentes y llenos de polen en mi cama?

—¿No te gustan?

Estornudó por enésima vez.

—¿Responde esto a tu pregunta?

Entonces se dio cuenta y se le borró la sonrisa de la cara.

—Venga ya, "llenos de polen", claro. Tienes alergia a las flores, qué puta mierda. —Le miró a los ojos con seriedad—: No lo sabía, Jim, en serio. Solo quería darte una sorpresa, porque siempre estás comprándome regalos y en cambio yo nunca te hago ninguno. Pero claro, es bastante complicado elegir qué porque puedes conseguir cualquier cosa que desees. Pensé que esto te sorprendería, pensé que te gustaría porque los pétalos parecen gotas de sangre, y las rosas son hermosas pero tienen espinas, y… —A medida que iba hablando, se dio cuenta de lo absurdo que sonaba. Definitivamente, no había sido una buena idea—. Vale, olvídalo. Lo recogeré todo. Debí recordar que no te gustan las cosas que no sirven para nada solo porque sean hermosas.

Jim le miraba con expresión indescifrable.

—Sí, tíralo todo —ordenó—. Voy a salir a respirar aire contaminado, eso sí que me sienta bien y no esta basura de aromas de la naturaleza.

Salió dando un portazo. Fantástico. Estaba bien jodido, pero no de la forma que había previsto. Así aprendería a guardarse sus arrebatos de romanticismo. El próximo año iba a prender fuego a todos los puñeteros carteles de San Valentín que viera por la calle. A Moriarty no se le conquistaba con estas memeces, sino con sangre de verdad. A saber qué estaría tramando para darle una lección. Esperaba que fuera algo doloroso y no que se negara a acostarse con él durante un tiempo. Rezongando, se fue a la cocina a coger una bolsa de basura para echar ahí las flores.


Cuando Jim regresó era tan tarde que se había ido a la cama ya, aunque se despertó enseguida cuando oyó la puerta de la calle.

—Te perdono lo de romperte los dedos por hacerme estornudar a causa de tu negligencia —le dijo en cuanto irrumpió en la habitación, mientras comenzaba a desvestirse— porque A: estoy de buen humor, B: con los dedos rotos te sería difícil matar a mis objetivos y C: tus explicaciones me han impresionado, sinceramente. Ha sido la ocasión en que más frases seguidas has pronunciado desde que nos conocemos.

Sebastian calló, sorprendido. Cuando se quedó solo con la ropa interior, Jim se acercó y se metió en la cama junto a él.

—Y tienes razón, me gustan las cosas que sirven para algo; pero, dentro de todas las que tienen la misma función, prefiero las que además son hermosas. Por eso compro ropa de marca y por eso te contraté.

—Así que no fue solo porque disparo bien.

—¿Para qué elegir si puedo tener ambas cosas? Ya sabes que lo quiero todo. Y esta noche más que nunca —se acercó a él más aún, pero justo cuando iba a besarle, añadió—: En realidad te he perdonado porque D: cuando he salido de nuevo a la calle me he dado cuenta de que los anuncios de San Valentín han debido lavarte el cerebro. ¿Crees que intoxicar una partida de bombones y provocar una alerta alimentaria sería divertido para el año que viene?

Eso no se le había ocurrido. Estaba claro por qué él era el jefe.


Sebastian sonrió para sí. Aquel día había sido uno de los buenos. No fueron muchos, tenía que reconocerlo. Sin embargo, incluso los malos habían merecido la pena. Incluso por un segundo de aquello que tuvieron habría valido la pena todo lo demás.

Carraspeó. Tenía la garganta seca. Aun después de tanto tiempo, aquello seguía siendo duro.

—Sé que no te gustaban, pero no soy capaz de venir aquí y no dejarte nada, jefe. Jim.

Dejó las flores sobre la tumba. Estaba completamente vacía, como era lógico. Él era el único que la visitaba, y uno de los pocos que sabían que el nombre de la lápida era falso. Sabía que era absolutamente ridículo dejarle flores, pero al menos ahora no le molestaría que le hicieran estornudar.