Seb estaba ardiendo. Pero no en un sentido metafórico, como cuando jugaba a despertar su deseo por él y luego le dejaba a medias para divertirse un rato. Estaba ardiendo de fiebre y no se despertaba por mucho que le llamara. Debería haberle hecho sospechar el hecho de que anoche se fuera a dormir tan temprano aduciendo que estaba cansado. Seb nunca se cansaba. Estaba tan acostumbrado a que fuera así que le molestó que estuviera indispuesto. Tenía planes para hoy y ahora tendría que buscar a otro empleado que los cumpliera, así que antes de nada se tomó un momento para pensar y envió varios mensajes para organizarlo todo. Era consciente de que era perfectamente normal que incluso alguien con una salud de hierro como su francotirador enfermara de vez en cuando y pillara una gripe, pero saberlo no evitaba que fuera un fastidio.
Ahora que lo pensaba, no le había oído toser. Quizá era otra enfermedad. En ocasiones tenía que viajar para cumplir alguno de sus encargos y se trataba de desplazamientos a cualquier punto del mundo. Aunque se ponía las vacunas reglamentarias, siempre cabía la posibilidad de que hubiera contraído algún tipo de virus o bacteria. ¿Fiebre amarilla? ¿Fiebre malta? ¿Fiebre tifoidea? ¿Ébola? Nah, se estaba poniendo hipocondriaco, no parecía tener síntomas de nada fuera de lo corriente. Pero mejor usaría un kit de diagnóstico rápido para asegurarse de que se trataba de gripe. Por muy interesante que fuera ver cómo alguien se desangraba por varios orificios de su cuerpo, mejor que no se tratara precisamente de su mejor hombre. Más que nada porque podía contagiárselo y, si ya era bastante malo que Moran no estuviera operativo, que no lo estuviera él sería un cataclismo. ¿Cómo iba a dirigir todo si no estaba en perfectas condiciones? Por no hablar de lo desagradable que era estar enfermo. Él también tenía una salud bastante buena y Sebastian tenía su teoría al respecto, basada en un conocido dicho. Por su parte, tenía su propia explicación: no tenía tiempo para enfermar. No podía permitírselo, sacar adelante sus planes era su prioridad y su cuerpo estaba al servicio de su mente.
—¿Seb? —intentó despertarle de nuevo. Esta vez lo hizo. Moran abrió los ojos, pero su deslumbrante azul estaba apagado y cuando le miró no pareció reconocerle. En cambio, empezó a murmurar palabras ininteligibles y volvió a quedarse inconsciente. De repente, le invadió una sensación extraña y torció el gesto, incómodo. Se tratara de una simple gripe o de otra dolencia, la fiebre alta era peligrosa y una persona podía morir por ella. Debería hacer algo, aunque todavía no tuviera los resultados y no estuviera seguro de qué mierda le pasaba. Quizá debería hacer traer a uno de los médicos de su red o hacer que trasladaran a Seb a alguna de sus clínicas. Pero qué más daba: si se trataba de algo transmisible, el muy imbécil ya había tenido tiempo de sobra de contagiárselo, con su ineptitud de ocultar que se encontraba mal hasta el último momento. Así que seguramente no habría problema en que se ocupara él mismo de hacer algo para bajar su temperatura, mientras los reactivos hacían su trabajo. Resopló y se dirigió al baño. La insólita sensación persistía. Era como si le preocupara la idea de poder perder a Sebastian. Ridículo. La posibilidad de que muriera siempre estaba ahí. Le mandaba a misiones peligrosas. Se jugaba la vida prácticamente a cada segundo por estar a su servicio. Y, al fin y al cabo, morir es lo que la gente hace a cada momento. Pero, por un momento, no podía negar que el supuesto de no volver a ver nunca el azul de sus ojos le había dejado sin respiración.
Puso los ojos en blanco. Ni hablar, no se había encariñado con su mascota. No era tan blando como el estúpido de Holmes. Era solo que se había acostumbrado a que estuviera ahí para él. Era solo que Seb no solamente era bueno en el trabajo, sino que además le entretenía, sabía cuándo hablar y cuándo estarse callado y, algo casi tan importante, sabía follarle muuuuuy bien. Únicamente eso.
Sacó analgésicos del botiquín del baño y empezó a mojar toallas en agua fría para bajarle la temperatura. Mientras lo hacía, se le ocurrió que quizá era simplemente que tenía alguna herida a la que no había prestado la suficiente atención y se había infectado. Así que cuando volvió al cuarto y empezó a aplicarle los paños húmedos, aprovechó para examinar su cuerpo. No parecía haber nada, las heridas más recientes estaban cerrando bien y ninguna de ellas estaba enrojecida o inflamada. Inconscientemente, pasó el dedo por la cicatriz de su costado, como tantas veces había hecho. Nunca había disfrutado tanto acariciando otra piel como disfrutaba acariciando la de Sebastian. Siempre le había gustado el contraste que hacía su piel bronceada junto a la suya, tan pálida. Tragó saliva. Se dio cuenta de que la echaría de menos si algún día dejaba de ser suya.
Levantó la vista y vio que Seb ya estaba despierto y le observaba. Los medicamentos y los paños fríos debían de estar sirviendo de algo.
—Jim… tengo calor… —dijo con dificultad.
—Créeme, cielo, hace un rato tenías más aún —replicó. Iba a añadir algo más para echarle la bronca, pero su subordinado tenía tan mala cara que terminó por no decir nada. Ya habría tiempo de sobra cuando estuviera recuperado.
Se le ocurrió que, si aplicarle frío funcionaba, también serviría enfriarle desde el interior. Así que fue a la cocina y buscó en el congelador. Siempre tenían helado porque le encantaba comerlo todo el año, aunque fuera invierno. En cambio, Seb odiaba tomarlo cuando hacía frío. Esta vez no le parecería mal. Tomó el recipiente del de sabor a limón, porque le parecía el más refrescante, echó parte en un cuenco y se lo llevó a la habitación junto con una cuchara.
—¿Quieres helado?
Su francotirador asintió y se incorporó con dificultad. Se veía tan cansado que se sentó en la cama a su lado y empezó a darle el helado él mismo. Oh, aquello era el colmo, ni que fuera una jodida niñera. Cuando terminó, le ayudó a acostarse de nuevo. En ese momento Seb empezó a toser y se quejó:
—Quizá no debería haberme tomado el helado.
—Ya, pues bien que te lo has comido —saltó—. Y si ya estás bien para quejarte, estás bien para levantarte e ir a trabajar.
Sebastian respondió como debía:
—¿Dónde quieres que vaya? —Aunque se veía que ni siquiera sería capaz de ponerse en pie.
—Déjalo, así no me serás de mucha utilidad —dijo. La expresión de Moran reflejó una mezcla de decepción y alivio. Se levantó de la cama y añadió—: Ya puedes recuperarte pronto; mis empleados no se cogen la baja por enfermedad cuando les viene en gana. —"De hecho, solo se la cogen si es por defunción".
—Debo considerarme afortunado, entonces. —Seb sonrió.
—Desde luego. Y borra esa sonrisa, todavía te debo una bronca. —Su empleado obedeció al instante. Cuando se dio la vuelta para salir del cuarto, se permitió sonreír a su vez.
Gracias por leer y recordad que os agradezco que me deis vuestra opinión respecto a si están demasiado OOC o tienen un pase y que me deis consejos de mejora, que esto se me da fatal!
