No esperéis mucho de este capítulo, porque con este prompt solo puedo pensar en una cosa jijiji. Siento ser tan obvia!
Viajar por trabajo solía ser aburrido. Jim planificaba todo y no solía haber muchas variaciones respecto a sus previsiones, así que tenía bastantes tiempos muertos que llenar desde que terminaba sus tareas hasta que salía su avión de regreso. Como no era cuestión de dedicarse a hacer turismo, solía quedarse en el piso franco correspondiente hasta que llegaba la hora de su vuelo.
Aquel día había terminado incluso antes de lo previsto y su avión no salía hasta la noche, así que se daría un baño, uno de sus placeres privados, y luego pasaría toda la tarde jugando mientras fumaba y maldecía. Lo que él llamaba un planazo. James le había regalado un portátil en una ocasión y, aunque al principio dudó que le fuera a sacar mucho provecho, cuando descubrió el mundo de las partidas de póker online le empezó a ver utilidad. Sí, el juego era una de sus debilidades, y pese a que le gustaba más la modalidad presencial, tenía que reconocer que la opción virtual era más práctica. A Jim no le hacía mucha gracia su pequeña afición, pero tampoco le ponía demasiadas pegas. Lo peor era cuando le daba por "ayudarle" a jugar. Vale, era un puto genio matemático y jugaba mejor que él, pero le quitaba toda la gracia al asunto y además se ponía insoportable. Más, quería decir.
Mientras se dirigía hacia donde había aparcado el coche, se cruzó con un grupito de chicas jóvenes que se le quedaron mirando embelesadas. Nada fuera de lo normal, no era por ser pretencioso pero estaba acostumbrado. Les echó un vistazo aprovechando que llevaba gafas oscuras. Le gustaron un par de ellas. Se preguntó cuánto tiempo tardaría en llevarse a alguna de las dos a su habitación. Aunque, desde luego, solo se lo preguntó. Esos tiempos habían quedado atrás. Su jefe le desollaría si se enteraba y, además, en realidad tampoco sentía la necesidad de buscar algo más. Era tan solo que estaba solo en esa estúpida ciudad y le echaba de menos. Pero sabía que, después de haber estado con él, ninguna otra persona podría comparársele. Además, seguía estando de trabajo y tampoco le convenía ir llamando la atención. Así que pasó junto a ellas sin más, escuchando sus risitas nerviosas. Adorables. Si supieran lo que llevaba en la mochila y lo que acababa de hacer, no se reirían tanto.
Tuvo que conducir un buen rato para llegar a su destino y lo hizo escuchando la música que le había grabado Jim ("Para que te acuerdes de mí, Seb"). Como si hubiera alguien sobre la Tierra capaz de ser empleado y ¿amante? ¿esclavo sexual?, o lo que mierda fuera, de James Moriarty y olvidarse de él por un instante. Aparcó y subió con rapidez las escaleras del piso, deseando tirarse en el sofá y tener su tarde de relax. Sin embargo, al abrir la puerta del apartamento se puso tenso de inmediato: el cerrojo no estaba echado. ¿En serio había venido a verle? No sería la primera vez, pero le había dicho que estaría ocupado. Por si acaso, entró con precaución, alerta.
—Ahora es cuando deberías decir: "¡Ya estoy en casa, cariño!". —Pues sí, ahí estaba, el señor "cambio de opinión como de traje". Entró en el salón. Jim estaba tumbado en el sofá, escribiendo con el móvil. Había tenido el detalle de quitarse los zapatos.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
—La reunión terminó pronto y me aburría. Todavía no había venido a este apartamento y, como fuiste tú el que te encargaste, me apetecía verlo. —Por un momento había pensado que también le echaba de menos y había venido por él. Absurdo—. Tengo que decir que me siento bastante decepcionado: después de tanto tiempo trabajando conmigo, todavía no se te ha pegado nada de mi buen gusto. ¿No te digo siempre que un poco de glamour nunca viene mal? Podías haberte gastado lo que quisieras, ni que fuera el tipo de jefe que te exige que le presentes nota de gastos...
—Este es el lugar que tiene mejor situación para nuestras necesidades.
—Puede ser, pero fíjate en estos muebles del siglo pasado. —James se levantó y se acercó a él—. Y el baño, Seb. Es tan pequeño que ni siquiera cabemos los dos en la bañera.
—La casa se vendía amueblada, me pareció más cómodo así. Y me parece que sí cabemos —se acercó aún más, hasta que le rodeó con sus brazos—, si nos apretamos un poco.
Jim bufó, pero no se apartó.
—Prefiero estar en un bonito y espacioso jacuzzi. Además de ser pequeña, tiene… esas cosas, ¿te has fijado? —Negó con la cabeza: no tenía ni idea de qué le hablaba. El criminal asesor puso cara de asco—. Es taaaan hortera…
—Jefe, es una jodida bañera, con que sirva para contener el agua me basta. En un jacuzzi ya lo hemos hecho muchas veces, pensé que te gustaba innovar. —Eso bastaría para convencerle.
—¿Estaría aquí si no me gustara?
—¿Entonces has venido a ver el piso o a mí? —sonrió con burla.
—¿Quieres la verdad o lo que quieres oír?
—Déjalo, mejor vamos a esa bañera de una vez. —Le soltó y se dirigió al baño, intentando ocultar su emoción. No estaba muy seguro de si su caprichoso jefe le seguiría o decidiría que realmente no tenía ganas de rebajarse a usar un mueble de baño tan cutre, pero lo que sí tenía claro era que si le veía demasiado dispuesto, podía negarse solo por fastidiarle y dejarle con el calentón. Para su fortuna, Jim debía opinar que, ya que había hecho el viaje, no iba a irse sin su premio, porque le siguió sin rechistar. En cuanto fue a poner el tapón se dio cuenta de a qué se había referido su jefe antes y soltó una risa.
—Cómo te gusta protestar, no es para tanto. Echaré bastante gel para que la espuma los tape, ¿le parece bien a Su Señoría? —le preguntó mientras abría el grifo. Cuando se giró, vio la mirada voraz que Jim le dedicaba y se dio cuenta de que ya había aparcado el tema y estaba pensando en otras cuestiones. Sin más, se acercó y comenzó a besarle con entusiasmo. Su jefe parecía estar hoy receptivo y de buen humor, así que pensaba aprovecharlo sin cuestionarse nada más.
Se desnudaron el uno al otro antes de que terminara de llenarse la bañera, pero no quería esperar para sentir la piel de Jim contra la suya mientras les rodeaba el agua, así que se metió y se sentó. El criminal asesor le siguió, situándose de espaldas a él, entre sus piernas y recostándose sobre él, buscando el contacto. Le abrazó, tomando aire profundamente. No importaba cuántas veces lo hiciera, cada vez que James le dejaba abrazarle así, se le hacía un nudo en la garganta. Atesoraba aquellos momentos porque no eran todo lo frecuentes que desearía. Moriarty tenía que estar en el humor correcto y eso tenía más componente de azar que las apuestas que tanto le entretenían. Vio que el agua ya alcanzaba un nivel considerable, así que alargó la mano para cerrar el grifo, y aprovechó el movimiento hacia adelante para comenzar a depositar pequeños besos en el cuello del moreno, mientras deslizaba sus manos por sus costados. Notó cómo se estremecía, le encantaba aprovecharse de sus puntos débiles. Recorrió el cuerpo de Jim con parsimonia. Cuando notó que estaba al límite de su paciencia, accedió a darle algo más. Rodeó su miembro y empezó a masajearlo, rozando la punta con el pulgar.
—Tigre… —murmuró. Escuchaba su respiración acelerarse a medida que aumentaba el ritmo. Ahora sus labios recorrían el cuello del consultor criminal con avidez, mordiendo de vez en cuando la suave carne y haciéndole gemir. Dios, cómo disfrutaba sabiendo que era el único capaz de hacerle gemir así. Si seguía así iba a hacerle terminar enseguida, sería absolutamente delicioso verle y oírle. Casi podría terminar él también con el espectáculo. Pero a Jim nunca le habían gustado las cosas fáciles, y el sexo no era una excepción.
—Tu turno —jadeó apartándole la mano—. Sabes que no me gusta que la diversión acabe demasiado pronto y si sigues así es lo que va a pasar.
Se levantó para cambiar de posición y ponerse frente a él. Cuando lo hizo, se dio cuenta de un pequeño detalle en la anatomía de Jim. Reprimió la carcajada. No era muy buena idea echarse a reír cuando su superior estaba a punto de practicarle sexo oral. Se humedeció los labios con anticipación. Sin embargo, el tamaño de la bañera impidió que pudiera llevar a cabo sus planes. Si seguía sentado, no había sitio para que James pudiera colocarse para tener acceso a él. La única forma era poniéndose de pie, pero no tenía ninguna intención, quería seguir metido en el agua como estaba.
—¿Ves lo que decía? —se indignó el criminal asesor—. Tendrás que levantarte, Tigre.
Negó con la cabeza, con una sonrisa traviesa. Jim le atravesó con la mirada, pero no se arredró.
—No, jefe. Lo que quiero es hacértelo ya, quiero que te pongas como estabas y me dejes entrar —dijo con voz baja y apremiante, sin molestarse en ocultar su deseo—. Me dejarás, ¿verdad, Jim?
Moriarty puso cara de indiferencia, pero él sabía que en el fondo le encantaba que le dijera esas cosas.
—Siempre tan ansioso —terminó por sonreír—. Está bien, por una vez te complaceré. Yo tampoco puedo esperar para tenerte dentro.
Exacto, ansioso era como estaba, y más caliente de lo nunca había estado. Este hombre le volvía loco y estaba a punto de poseerle otra vez.
—Pero antes… —No lo pudo evitar. Siempre le había gustado el riesgo, y hoy parecía que tenía la suerte de cara. Alargó una mano hasta el trasero de su jefe y despegó una fina silueta de plástico. La agitó frente a él con una sonrisa de oreja a oreja y Jim puso su cara de fastidio extremo.
—Oh, muy bien, muy gracioso. Adelante, ríete. ¿Qué pasa, no te ríes? ¿Quizá porque yo no me estoy riendo? ¡No lo hago porque no es gracioso! —gritó. Se cruzó de brazos, como un niño enfurruñado—. Enana y con patitos antideslizantes, y ni siquiera son capaces de quedarse en su puto sitio. Te has lucido, Sebastian.
Uf. "Sebastian" era una señal de alarma, pero si estuviera realmente enfadado le habría llamado "Moran". Y, bueno, digamos que se lo habría hecho notar de forma física. De todas formas puso cara de contrición y prometió:
—Está bien, está bien, si no te gustan los quitaré. Pero ahora ven aquí, te vas a enfriar si te quedas de pie y mojado. —Le agarró por las caderas, atrayéndole hacia él.
Realmente debía tener frío, porque le hizo caso y dejó que volviera a estrecharle en sus brazos. Retomó sus caricias y Jim se dejó hacer, con los ojos cerrados, entregado a él. Ahora sí que estaba realmente ansioso por pasar al siguiente paso. Pero tenía la intuición de que aún podía jugar una última mano, así que le susurró al oído:
—Pues a mí me parece que los patitos te sientan muy bien. Te dan un toque muy sexy. ¿Has pensado hacerte un tatuaje así para mí?
—Sebastian, como no te calles en este preciso momento te olvidas de follarme.
Obedeció sin dudar. Jim se movió de forma que poco a poco le dejó introducirse. Nada podía compararse a esta sensación, tenerle tan cerca, sentir cómo le rodeaba, formar parte de él. No tenían mucha libertad de movimientos, así que lo hicieron despacio, pero con esa posición y gracias a que seguía estimulándole a la vez, su jefe se dejaba penetrar en profundidad. El maldito disfrutaba tanto, como le hacía saber de todas las formas posibles, que le era imposible aguantar mucho. Así que llegó al clímax mucho antes de lo que habría deseado, y Jim no tardó mucho en seguirle.
—Ugh, ahora tendremos que ducharnos —comentó con una mueca.
—Sí, jefe.
—Y luego quitarás esos bichos.
—Sí, jefe.
—Y me harás algo de cenar. No me gusta la comida de los aviones.
—Sí, jefe.
—Y luego lamerás mi abertura con tu lengua hasta que me corra de nuevo.
—Sí, jef… ¡ey!
Se rio.
—Seb… —continuó.
—¿Sí?
—¿Lo del tatuaje iba en serio?
—Claro que no. Prefiero que te hagas un tigre, como el que llevo yo en el hombro.
—Ya te gustaría.
—Aunque a ti te pegaría más un gatito, tienes razón.
Jim se giró para darle un mordisco.
—No abuses de tu suerte, Seb.
Vale, ya sé que ha sido todo muy blandito, pero digo yo que incluso Jim tendrá algún mal día jeje
