Sabía bien lo que tenía que hacer a partir de ahora, habían hablado de ello en varias ocasiones. A su jefe o, mejor dicho, ex jefe, le gustaba tenerlo todo controlado, así que por supuesto había establecido un protocolo de actuación para este caso. Utilizando el lenguaje corporativo que tanto le gustaba emplear para referirse a su negocio, le había hecho partícipe de su "plan de sucesión".
Nunca había pensado que tendría que ponerlo en marcha realmente y, menos aún, tan pronto.
Jim manejaba su "empresa" siguiendo dos conceptos: Simplicidad y Precisión. Todo se debía resolver como una ecuación, limpia y eficiente. Por tanto, había muchas cosas que funcionaban de forma prácticamente automática y que no le sería difícil continuar. Lo que desde luego no podría reproducir era la parte creativa y genial que aportaba Jim. Se limitaría a cumplir aquellos encargos que pudiera asumir, y por supuesto se acabaron los jueguecitos de ingenio con los enemigos. El nuevo "equipo directivo" sería más aburrido, pero más estable, sin duda. Además, con Holmes fuera de combate, por el momento no tenía ninguna amenaza directa de la que preocuparse. Tampoco consideraba probable que su mascota fuera a meter las narices donde no debía, estaba demasiado destrozado. Quizá más adelante se le ocurriera, pero en cualquier caso él estaría al tanto y preparado.
Lo primero era examinar el ordenador de Jim, así que eso es lo que estaba haciendo. La contraseña había llegado a su correo la noche siguiente a que todo ocurriera, en cuanto pasaron dos días sin que su ex superior desactivara el protocolo de seguridad que él mismo había programado. Cuando recibió el mensaje le costó asimilarlo. Suponía constatar que la muerte de Jim era real y no estaba preparado para aquello. Hasta leer aquella clave alfanumérica, mantenía un resquicio de esperanza. Todo aquello podía formar parte de un plan: aunque sobrevivir a un disparo en la boca sin duda era algo difícil incluso para el propio James, si alguien podía conseguirlo era él. Pero aquel mensaje de mierda volatilizaba aquel tranquilizador pensamiento. Su primera idea fue estampar el artilugio contra la pared y hacer como que no había leído nada, pero no era aquello lo que su jefe esperaría de él. A pesar de que ya nunca lo sabría, ni siquiera ahora se sentía con valor para decepcionarle. Quién sabía qué podía tramar desde el Infierno para castigarle. Ese pensamiento le hizo sonreír, o algo parecido, por primera vez en aquellos dos días. Le gustaba, para él sería así: Jim no había muerto, simplemente se había trasladado a la central de su empresa, y no le extrañaría que le nombraran empleado del mes o le hicieran dar una conferencia magistral. Así que cumplió con su deber, como siempre hacía.
Durante un buen rato, se limitó a permanecer sentado frente al espejo oscuro de la pantalla, con los puños apretados hasta hacerse daño, contemplando en el aparato ultrafino el reflejo del zombi devastado en que se había convertido en tan poco tiempo.
Sabía que aquello podía pasar en cualquier momento. Pero le jodía que hubiera sido así. Tan absurdo, tan precipitado. Planeaba todos los trabajos de forma milimétrica y aquello había sido tan… chapucero. Y el muy cabrón no se había preocupado por él en absoluto. Si lo hubiera hecho, habría buscado una alternativa, habría hallado la manera de hacer que el detective hiciera lo que él quería sin tener que sacrificarse él mismo. Ni siquiera se había despedido. Holmes sí se había despedido de su mascota, incluso había llorado, maldita sea. La otra opción era que James realmente quería morir y todo aquel juego había sido la excusa perfecta. Pensar eso también era terrible, porque también confirmaba lo poco que había significado para él. En cualquiera de los casos, si le hubiera importado de verdad, no le habría abandonado con tanta facilidad.
Siempre había sido consciente de ello. Había días en que podía obviarlo y otros en los que le resultaba sencillamente imposible dejar a un lado que Jim no le quería. Que él no le hacía feliz. Como aquel día, no hacía tanto, en que le encontró escribiendo en su escritorio.
—¿Cómo es que escribes en papel, jefe? —preguntó mirando por encima de su hombro. El moreno estaba haciendo un esfuerzo por redondear y espaciar su letra afilada y apretada de costumbre.
—Tiene que ser en papel, es una carta de amor —le respondió sin dejar de escribir.
—¿En serio? —sonrió Seb, pero entonces cayó en la cuenta y se le borró la sonrisa—. Es para "ella", claro.
—¿Para quién iba a ser si no? —se encogió de hombros—. No me molestes, esto es muy complicado. Bastante tengo con escribirle mensajes al móvil, pero es que es de gustos clásicos, ya sabes: flores, bombones, cartitas cursis… Le encantará.
—No sé por qué te resulta tan difícil, con lo bien que se te da mentir y fingir —comentó con voz fría.
Jim levantó la vista de su carta y le miró, entrecerrando los ojos. Entonces esbozó una sonrisa maliciosa.
—Te molesta —sentenció.
—En absoluto. Ya sé que siempre haces lo que te da la gana, por mí como si te la quieres tirar.
—Eso ya lo he hecho, Seb. —Su sonrisa se acentuó—. No en la primera cita, se puso muy pesada con eso, pero bueno, ya sabes que puedo ser muy persuasivo.
—Ah, cojonudo —rezongó Sebastian, cruzando los brazos.
Moriarty le siguió observando con curiosidad, como si esperara que hiciera algo.
—¿Qué pasa? Ya sabes que me gusta hacer creíbles mis papeles.
—Vete a la mierda, los dos sabemos que puedes utilizarla para tu plan sin tener que llegar a escribirle cartas románticas ni a tener sexo con ella.
—¿Por qué estás celoso? Ella no me interesa, solo fue por curiosidad —explicó—. Me gustan las mosquitas muertas, suelen sorprender en esos momentos. Y Holy-Molly no es una excepción. Es una gatita muy cariñosa pero, cuando saca las garras, realmente…
—¡Que dejes de contarme detalles, imbécil! —Al final se tenía que salir con la suya, tenía que sacarle de quicio.
La mirada de Jim se oscureció, y Seb se mordió el labio.
—Está bien, me molesta —admitió—. Me molesta porque quieres gustarle de verdad. Te hace gracia conseguir que se enamore de ti aunque tú no sientas nada por ella.
James se acercó a él y le miró a los ojos durante un buen rato.
—Vaya, si en el fondo eres un caballero… No te preocupes tanto por ella, Seb. No va a sufrir mucho por mí, solo me está usando para darle celos a cierto detective entrometido. Y la otra noche la traté bien, incluso creo que aprendió un par de cosas que le serán útiles en el futuro —no pudo reprimir una sonrisita pretenciosa al decir eso—. Así que no vuelvas a llamarme imbécil ni a cuestionar mis decisiones, o te cortaré la lengua muuuuuuuuy despacio.
Así era Jim. Ni siquiera se dio cuenta de por qué le había molestado realmente. No le había importado una jodida mierda la idiota de Molly. Por supuesto que sintió celos de ella, sentía celos de absolutamente cualquiera que se acercara a su jefe. Lo que le dolía era darse cuenta de que Jim hacía lo mismo con él, hacía que se enamorara de él a pesar de que era incapaz de devolverle ese amor. A él ni siquiera sintió la necesidad de escribirle mentiras en una carta ridícula. Daba por hecho que siempre estaría disponible para él, y así era. Incluso después de muerto. Joder, ni siquiera quería que le escribiera una carta, no le iban esas cursiladas. Tampoco esperaba que le dijera que le quería, sabía perfectamente que Jim no era así. Pero al menos podía reconocer que algunas veces le hacía olvidar que seguir vivo era tan aburrido.
Lentamente fue haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad para salir de su letargo y por fin se decidió a pulsar el botón de encendido. Al poco apareció el cuadro de diálogo e introdujo la contraseña. Le dio la bienvenida uno de los fondos de escritorio a base de fractales de Jim. Usaba sus propios programas para crearlos y los cambiaba con frecuencia; no le sonaba haber visto este. En cambio, sus iconos de calaveras y manzanas en distintos colores y acabados permanecían inalterables. Echó un vistazo rápido a las carpetas y vio una que le llamó la atención. Su icono era distinto: una cabeza de tigre. Y llevaba su nombre. La curiosidad fue más fuerte que él. La abrió y vio una larga lista de archivos. Eran archivos de audio, exactamente 365, numerados de forma consecutiva. Frunció el ceño. ¿Qué demonios era aquello? ¿Le había dejado instrucciones adicionales a las que le había dado en persona? Pinchó la opción de obtener información para ver la fecha de creación de la carpeta, pero estaba completamente en blanco. Intentó abrir uno de los archivos, sin resultado. ¿Era solo ese el que estaba bloqueado o quizá todos estaban protegidos con otra clave? Esperaba que no, no tenía ni idea de cuál podría ser y ahora mismo lo que más deseaba en el mundo era abrir esos putos documentos. Lo intentó con otros al azar y tampoco lo consiguió. Entonces decidió ir uno por uno, para comprobar si había alguno que funcionaba. Hizo doble clic en el que llevaba el número 1. Premio. Inconscientemente, se había puesto en tensión, así que se relajó. No duraba mucho, tan solo unos minutos. Se oyeron unos cuantos sonidos de ruidos de fondo y, entonces, Jim comenzó a hablar, con su jodida voz, su jodido acento y su jodida entonación. Cuando terminó, volvió a ponerlo. Lo escuchó una y otra vez, no sabía cuántas veces. Estaba tan cabreado. No eran instrucciones, no era información de trabajo. Simplemente, se había puesto a charlar de gilipolleces, como si estuviera ahí, como si no hubiera pasado nada. ¿Por qué había hecho eso? ¿Dejarle mensajes desde la tumba? Maldito egocéntrico. Sabía que no lo hacía por él, sino por egoísmo. No quería que se olvidara de él, mientras que si realmente hubiera significado algo para él, le habría dejado olvidar y seguir adelante. Ahora sí que estaba seguro de lo intrascendente que había sido en su vida.
El muy cabrón había dicho que había dejado programados los audios para que solo se pudiera abrir uno cada día. Por supuesto, podía borrar la carpeta, o, en caso de que no se pudiera eliminar, ignorarla y no abrirla. Pero los dos sabían que no iba a hacer tal cosa. Todos los días se lo proponía, y todos los días terminaba claudicando y escuchando a Jim. La mayor parte de los días sus comentarios le enfurecían. Pero, en el fondo, también le hacían reír. Ninguna diferencia con la realidad. A veces le daba por contarle cosas que nunca le había contado, por las que le había preguntado cuando estaba vivo y a las que nunca le había querido contestar. Otras veces se limitaba a recordar momentos, y otras le daba por inventarse planes y proyectos que ya no tendría oportunidad de poner en marcha. En ocasiones le apetecía torturarle aún más y le explicaba con todo detalle lo que le haría en ese mismo momento. O lo que se estaba haciendo a él mismo. Desde luego, si algo sabía hacer Jim era describir con precisión y qué tenía que hacer para mantener la atención de su auditorio. El sexo telefónico era uno de sus juegos favoritos. Siempre le había gustado llamarle para ponerle caliente, en especial si estaba en medio de un trabajo y no podía atender sus necesidades. Así se aseguraba de que cuando llegaba a casa lo primero que hacía era arrancarle la ropa y follarle, en silencio, concentrado e implacable. En eso se parecían: cuando tenían un objetivo, nada se interponía entre ellos y su consecución. Y a Jim le encantaba hacer que su objetivo fuera correrse en su interior.
Cuando tocaba uno de esos mensajes le odiaba con toda su alma.
Tenía claro que aquello no era positivo, que más que una terapia era contraproducente, pero no tenía intención de ir al psicólogo a contarle que escuchaba mensajes de su amante muerto todos los días y que esperaba ese momento como el mejor del día. Al principio no se planteó que los mensajes tenían fecha de caducidad, había demasiados como para preocuparse. Pero, a medida que pasaron los días, la ansiedad comenzó a devorarle. No quería pensar en qué haría cuando se terminaran los mensajes. El muy idiota debería haber previsto esto, porque de qué servía crear la falsa ilusión de que seguía estando con él durante un tiempo, si al final ese tiempo iba a terminar. No era que se planteara el suicidio. Puede que odiara la vida, pero era el único lugar donde podía hacer las cosas que merecían la pena, como beber, jugar y saltarse las normas. Además, qué pasaría si a Jim se le ocurría regresar. A veces seguía teniendo la esperanza de que lo haría, aunque sabía que estaba siendo irracional y estúpido y que el propio Jim se reiría de él si lo supiera.
Finalmente, llegó el día temido. El último mensaje de Jim. Como de costumbre, se planteó no abrirlo y comprobar si podía hacerlo al día siguiente. Como de costumbre, no fue capaz. Le dio al play y cerró los ojos. No esperaba que le fuera a decir algo especial por ser el último, y lo esperaba como nunca había esperado nada. Estaba a punto de rezar por primera vez en su vida, pero la voz de Jim le impidió que cometiera tal tontería. El inicio del mensaje no tenía nada fuera de lo habitual, no mencionó nada acerca de que era el último archivo, pero al cabo de un rato dijo algo que sí le llamó la atención: "¿Te acuerdas de aquel día en que te pusiste celoso porque estaba escribiéndole una carta a Mollipop?". Si había grabado aquello después de lo de Molly significaba que quizá sus esperanzas sí eran fundadas y Jim lo había preparado todo. En todos sus mensajes anteriores, nunca había mencionado nada relacionado con Holmes, así que había creído que los había grabado hacía más tiempo. Pero ese comentario situaba la grabación muy cerca de su muerte. Además, últimamente tenía razones fundadas para pensar que el mil veces maldito Holmes podía estar vivo. Sus hombres le estaban aportando informaciones que hacían sospechar que alguien estaba tratando de perseguir su red, y no había tantas personas capaces de eso. Así que, ¿por qué no podía pasar lo mismo con Jim? No obstante, si estaba vivo realmente, ¿por qué demonios no se había puesto en contacto con él en todo este tiempo? No, no debía albergar esperanzas. Eso era lo que pretendía Jim con este último mensaje, darle esperanzas, impedir que le dejara ir ni siquiera entonces.
Jim prosiguió con su soliloquio: "Crees que no me di cuenta de lo que pasaba, pero que yo no lo sienta no quiere decir que no lo conozca. ¿Crees que habría grabado todo esto si no me importaras? Nah, tengo cosas mejores que hacer que perder el tiempo por alguien que no me importa, Tigre. Y créeme que han sido muchas horas de grabación. Me gusta hablar, pero no tanto. En fin, vamos al grano. Querías una carta de amor: me temo que no puedo darte esa hoja, pero te daré otras mejores. Espero que estés dando buen uso a mi caja de seguridad".
No tenía ni idea de a qué se refería con lo de "hojas", pero en cuanto oyó aquello se puso en pie. La caja fuerte estaba detrás de uno de los cuadros del apartamento. Hacía un año la había abierto para examinar qué había en ella. ¿Quizá había pasado por alto algo importante? Después solo la había usado en alguna ocasión puntual. Echó un vistazo al interior del receptáculo metálico y enseguida lo vio. Diminuto y verde, tenía la plena certeza de que no había estado allí las anteriores ocasiones. Lo tomó entre sus manos con cuidado. Ahora entendía de qué hablaba el mensaje. Solo había otra persona aparte de él que conocía la combinación. En efecto, había hojas del trébol que eran aún mejores que la que representaba el amor: la fe y la esperanza.
Lo sé, es una tontería muy grande… No se me ocurrió otra cosa con este prompt y quería usar con Jim y Seb la idea de los mensajes grabados de la peli Mi vida sin mí (perdón por usar así una idea tan conmovedora). Para que se entienda lo del final, se supone que las cuatro hojas del trébol representan la fe, la esperanza, el amor y la suerte. Como siempre, siento el OOC y las cursiladas. Y sí, he usado un elemento del juego 999, no me he podido resistir jijiji.
