Arg, llevo un siglo atascada con este capítulo! No hay manera de que se me ocurra algo mejor, así que lo voy a subir solo para poder continuar con el resto de propuestas.


—¿Qué quieres decir con que no te gusta la cerveza? ¿Estás de broma, no, jefe? —preguntó Sebastian mientras atravesaba el umbral de la habitación y se apoyaba en la pared, con los brazos cruzados, observando a su superior tumbado boca abajo en la enorme cama, jugando en su tableta a un conocido juego de arcade con gráficos de golosinas. Estaba tan harto de verle jugar a esa mierda que le había propuesto salir a tomar una cerveza, a pesar de que él nunca había sugerido tal cosa con anterioridad. Lo que no se había esperado en absoluto era esa respuesta.

—Yo nunca bromeo, Moran —respondió Moriarty sin levantar la vista de la pantalla—. Afirmo, manipulo, miento, ironizo, amenazo, insulto…; pero no bromeo.

—Vale, vale, ya lo pillo. Pero es que no entiendo cómo puedes ser irlandés y no gustarte la cerveza.

—Qué simplista —bostezó—. Prefiero otras bebidas con más matices, la cerveza no me dice nada. El whisky sí me gusta, ¿contento?

—No, claro que no. Si dices que no tiene matices, es que nadie debe de haberte enseñado bien lo que es una cerveza. ¿Sabes lo que vamos a hacer? Hoy no vamos a ir a uno de tus —iba a decir "ridículos", pero se detuvo a tiempo— clubs a tomar esos cócteles —"pijos"— que tanto te gustan, vamos a ir a un pub y te voy a enseñar a que te guste la cerveza.

—No puedes enseñarme a que me guste algo, ¡no seas ridículo! —Al menos había logrado captar su atención, porque ahora le miraba a él en vez de a los estridentes dibujos.

—Pues tú lo intentas a cada momento: no haces más que decirme por qué deberían gustarme los trajes, la ópera… —protestó el tirador.

—¡Eso es distinto! —El moreno dejó a un lado el dispositivo y se sentó en la cama. Sebastian no sabía si al final se saldría con la suya, pero al menos parecía que le había cortado el rollo para seguir jugando.

—Me da igual; además, en unos días es San Patricio, joder: ¿por qué no lo celebramos con antelación?

Llevaba varios meses trabajando para Moriarty y aún se estaba acostumbrando a su doble papel de tirador y guardaespaldas. El primero no planteaba ningún problema: se trataba de lo que mejor sabía hacer y sus tareas estaban bien delimitadas. En cuanto a su segundo rol, era mucho más extraño. Jim llevaba una vida muy desordenada: podía pasarse días saliendo a comer, cenar y tomar copas en sitios carísimos, o podía encerrarse en casa en plan ermitaño durante semanas. Moran había tenido que adaptarse a este ritmo de vida, porque desde el principio su jefe había querido que viviera con él, "por motivos de seguridad", aunque a medida que transcurrían los días a su lado, se inclinaba por pensar que se debía a otra razón más mundana.

Teniendo en cuenta su profesión, no tenía nada de raro que el criminal asesor quisiera tener un hombre de confianza que le protegiera, ¿no? Sin embargo, por la forma en que le miraba en ciertas ocasiones, Sebastian no podía evitar tener la sensación de que su idea era que fuera algo más que su acompañante. Y tampoco podía evitar pensar que quizá no le desagradaría serlo.


A pesar de que habían salido juntos mil veces, aquella era la primera vez que había sido él quien lo había propuesto, y sentía una inexplicable sensación de euforia contenida, como si en realidad se tratara de una cita largamente deseada y no de una simple salida más.

Jim, por su parte, no parecía demasiado entusiasmado. Nada más entrar, evaluó el local de un vistazo y arrugó la nariz. Las decoraciones de color verde cubrían el pub, que estaba bastante lleno, aunque sin duda no tanto como lo estaría unos días más tarde. Se acomodaron en la barra y Jim siguió en silencio. Está bien, iba a tener que poner de su parte… Moran ya iba conociendo sus altibajos, y sabía tanto escuchar su verborrea incontenible como darle conversación cuando estaba de morros.

Le pidió al camarero la primera cerveza que quería que probara Jim y comenzó a hablar de tipos de fermentación y estilos por países. El moreno le escuchaba con una mueca de diversión.

—No me imaginaba que fueras tan experto —se dignó a comentar por fin.

—Cuando era joven me era útil para impresionar a las chicas. —La sonrisa de Sebastian se borró cuando vio la sombra de fastidio en la mirada de su jefe. ¿Le había molestado que hablara de sus ligues, o se estaba imaginando cosas raras? No pudo pensar mucho en ello porque en ese momento les sirvieron las bebidas.

—Bueno, ahora prueba esta y dime qué aromas aprecias.

—¿También estás tratando de impresionarme a mí, Moran? —le soltó Moriarty sin hacer caso de la cerveza. Sebastian se quedó callado, sin saber si se lo estaba preguntando con alguna segunda intención. De vez en cuando le soltaba indirectas, pero nunca nada lo suficientemente claro como para poder decir que le estaba tirando los trastos.

—Nunca viene mal impresionar a tu jefe, ¿no? —optó por una respuesta neutra. James le estudió con esos ojos negros tan peculiares y finalmente tomó su jarra.

—Como siempre, tan prudente... —dijo antes de darle un trago al brebaje color caramelo. Tras paladearlo un rato, puso cara de asco—: ¡Está amarga! ¡Te dije que no me gusta esta mierda!

Sebastian se rio:

—Eso decían todas al principio.

De nuevo, Jim puso cara de ofendido.

—Mira, Moran —bufó—, no me interesa que seas tan bueno en la cama como para lograr que las mujeres te digan que les gusta esta bazofia aunque no sea así. No vas a conseguir que me guste a mí.

—¿Ah, no? Ya lo veremos… —le desafió. Aquello estaba siendo bastante divertido—. Te aseguro que conseguía que empezaran a apreciar la cerveza por su valor, no por lo que les hacía en la cama. Pero gracias por pensar que era por eso, jefe, es halagador —añadió con sorna. Solo le quedaban un par de sorbos para apurar su jarra, mientras que Jim no había vuelto a beber—. Vamos, te he visto beber, ¿no aguantas una cervecita de nada? Termínala y pedimos otra. ¿O es que te rindes?

El moreno cruzó los brazos.

—No pienso terminar esta ni probar ninguna otra —anunció con expresión obstinada.


De la barra se habían trasladado a una de las mesas, en un rincón apartado. Sobre la superficie de madera descansaban varias jarras, unas vacías y otras más o menos llenas de líquidos que recorrían toda la gama de los colores castaños, desde los tonos ámbar hasta los castaños más oscuros, casi negros, pasando por aquellos con matices caoba, miel o pajizo. Aunque en efecto el criminal asesor estaba acostumbrado a beber y había dejado a la mitad casi todas sus consumiciones, Sebastian nunca le había visto de tan buen humor. Estaba sentado muy cerca de él en el banco de madera, riéndose como un poseso de un chiste infame que acababa de contarle. Parecía relajado y disfrutando de su compañía. La cerveza que estaban tomando era negra, de tipo stout, una de las marcas más renombradas de su país, y su jefe la acompañaba con una tarta de chocolate. Esa combinación debería gustarle, aunque solo fuera por el chocolate…

—¿Y bien?

—La tarta me gusta, la cerveza no.

El ex coronel no pudo contenerse: aquello era lo que había previsto.

—¡Ja! —Golpeó con el puño en la mesa—. He ganado, acabas de reconocer que te gusta la cerveza. Es uno de los ingredientes de la tarta, jefe.

Le dedicó una amplia sonrisa. Sin embargo, cuando vio la expresión del otro hombre, pensó que quizá había cantado victoria demasiado pronto. Moriarty le miró con conmiseración.

—Oh, pero Seb, eso ya lo sé —dijo como si lo lamentara de verdad—. ¿Crees que no la había probado antes? Quizá no sé tanto de cervezas como tú, pero sé algo sobre tartas. Y esta me gusta, pero me gusta precisamente porque NO sabe a cerveza. La cerveza sola no me gusta. —Cambió su expresión afligida por una sonrisa radiante—: ¡Gano yo-o!

Moran apretó los dientes. Cuando hacía eso, le daban ganas de pegarle. Y, al mismo tiempo, esa sonrisa le parecía encantadora, aunque supiera que era a su costa.

—Está bien, me rindo. —Aquel juego ya había durado suficiente. Además, por mucho que a él sí le gustara la cerveza, si bebía una sola más iba a terminar aborreciéndolas el resto de su vida—. Has probado las más flojas, las más dulces, las aromatizadas. Lo acepto: no te gusta. Pero para cerrar esta especie de cata, apuesta o lo que sea que haya sido esto, vamos a pedir el último trago.

—¿Cuál? Espero que sea un whisky —suspiró.

Sebastian negó con una sonrisita.

—Seguimos con la cerveza.

—¡Seb, estoy aburrido de cervezas!

—Tranquilo, en realidad es un cóctel, y con tu bebida favorita, así que no te puedes negar.

—Claro que me puedo negar. Además, quiero irme ya a casa.

A Sebastian se le cayó el alma a los pies. No quería marcharse, no todos los días iba a tenerle de tan buen humor. El efecto de las cervezas se debía de estar disipando, porque Jim empezaba a volver a su ser, caprichoso e irritable.

Le costó un poco convencerle, pero al final consiguió que accediera a ver qué cóctel era. Cuando se lo sirvieron, el rostro de Moriarty se iluminó al ver aquella bebida en dos fases, clara y burbujeante la inferior y oscura la superior.

—Black Velvet. Debería haberlo imaginado… Pero que conste que no me gusta —añadió en cuanto vio la cara de Seb—. Lo probaré solo por el champán.

Le dio un sorbo y, como le había ocurrido en varias ocasiones durante la jornada, le quedó un poco de espuma en los labios. Sebastian no podía evitar que aquella imagen le resultara extremadamente graciosa, pero sabía que reírse sería imprudente, así que, una vez más, le avisó, intentando mantenerse lo más serio posible:

—Tienes… —Hizo un gesto, señalándose los labios.

Las otras veces, Jim se había limpiado, molesto, pero sin dejar de mirarle, como retándole a que se atreviera a reírse. Sin embargo, en aquella ocasión no hizo eso.

—Quítamelo tú —le dijo en cambio, con una de aquellas miradas que le hacían pensar que podía estar interesado no solo en sus servicios profesionales, sino en otros de índole más íntima.

Aunque ya estaba acostumbrado a que Jim reaccionara de forma imprevisible, aquella petición le pilló por sorpresa. ¿De verdad el alcohol le había hecho rendirse a sus deseos? Su corazón se aceleró ante ese pensamiento, sorprendiéndole. Él había bebido más que Jim y se encontraba en ese estado en el que la posibilidad de un encuentro sexual cobraba una posición prioritaria en su escala de necesidades, desechando los posibles inconvenientes a largo plazo que sí habría considerado de estar sobrio. Su cuerpo era plenamente consciente de la cercanía de su patrón y ansiaba que fuera aún mayor. ¿Podría satisfacer por fin su curiosidad acerca de cómo sería tenerle a su disposición, cómo se sentiría acariciar su piel? Necesitaba materializar todo lo que prometía esa mirada lasciva y comprobar que esa mente viciosa que él se imaginaba que tenía su jefe estaba a la altura de sus expectativas. Pero ¿y si solamente le estaba poniendo a prueba para ver si era capaz de hacerlo sin reírse?

En cualquier caso, tenía que obedecer, así que puso su mejor cara de concentración, como si tuviera que hacer un disparo de extrema precisión, y alargó la mano, apoyándola con suavidad en la mejilla de Jim. Sin embargo, antes de que pudiera retirar la espuma con el pulgar, el moreno le detuvo.

—Nah, no seas aburrido… —protestó, retirándole la mano—. No es así como estaba pensando que lo hicieras.

Sebastian tragó saliva. No podía decirlo en serio, ¿verdad?

—No te entiendo, jefe. —Mejor seguir siendo prudente.

—Sí, me entiendes perfectamente, Tigre. —Se acercó más a él, por si necesitaba alguna pista más— Hazlo. Ya.

Tigre. Joder, no podía estar malinterpretando aquello… Y Jim estaba tan cerca… Nunca había tenido una señal tan clara como aquella. No sabía si estaba tomando la decisión acertada, pero si era la equivocada, al menos podría alegar que estaba borracho. Se armó de valor y acortó la distancia entre ellos aún más, apoyando una mano en el muslo de Jim. Al ver que no se retiraba, cerró los ojos por fin y le besó con delicadeza. En lugar de apartarse como había temido, el moreno respondió al beso con entusiasmo y deslizó una mano en su cintura.

Sebastian agradeció no haberse equivocado, porque probar los labios de su jefe fue aún mejor de lo que había imaginado. A medida que se iba convenciendo de que aquello estaba sucediendo de verdad, se olvidó de la delicadeza y se animó a profundizar el beso. Jim le seguía el juego, y sus manos parecían estar en todo su cuerpo. Ahora sí que le apetecería volver a casa, solo para poder atenderle como se merecía. La cabeza le daba vueltas por el alcohol y las endorfinas. En algún momento, antes de que pudiera evitarlo, el criminal consultor cortó el beso y susurró, con la respiración agitada:

—Seb… —Sus brazos le rodeaban el cuello.

—¿Mmm? —gruñó ante la interrupción y abrió los ojos, preocupado por si le salía con algo inesperado y no podían continuar con su delicioso intercambio. En lugar de eso, Moriarty le miró con una sonrisa de satisfacción.

—Puede que me guste la cerveza —ronroneó, relamiéndose.

Moran sonrió, más tranquilo.

—¿Ah, sí? Así que al final he ganado —se jactó.

Jim le fulminó con la mirada.

—Vale, vale, era broma —se apresuró a añadir el rubio—. Tú ganas, como siempre. —Él sentía que también había ganado, aunque no podía evitar pensar en qué iba a ocurrir cuando a su jefe se le pasara el efecto del alcohol. Intentó sacarle algo de información—: Si querías que pasara esto, ¿por qué has esperado tanto?

—¿Quién ha dicho que quería que pasara esto? —se burló su compañero—. Habrá sido un efecto secundario de estos mejunjes que me has hecho beber.

Sebastian se exasperó.

—Venga, jefe. Reconoce que lo deseabas. ¿Por qué la espera? Pensaba que tomabas lo que querías cuando querías.

El moreno retiró los brazos de su cuello.

—No si eso afecta a mi negocio. —Se había puesto serio, como si hubiera recordado algo.

—Vaya, qué profesional. ¿Y cómo afecta al negocio que pase algo entre nosotros? ¿Temes enamorarte de mí? —Sonrió con suficiencia. Jim se mantuvo impasible.

—No seas necio. Temo que lo hagas tú y seas menos eficaz.

Durante unos momentos, el ex militar permaneció en silencio. No se había esperado aquello, debía de ser una broma.

—Pero, jefe —objetó—, ¿no crees que si me enamorara de ti sería más eficaz aún? Tendría un compromiso contigo mayor que el dinero.

El consultor asesor puso los ojos en blanco.

—Claro, cariño, y si te portas bien, Santa Claus te traerá juguetes en Navidad… —Clavó en él sus ojos oscuros, duros e implacables—: Los sentimientos te hacen débil, y no admito débiles a mi alrededor.

Sebastian meditó un rato las palabras de Jim. La verdad, le daban absolutamente igual aquellos reparos. No estaba enamorado de él, ni tenía intención de estarlo. Aquello era simple curiosidad, morbo, lo que fuera. Y ahora estaba más cerca que nunca de conseguirlo, así que no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad. Se inclinó hacia adelante para poder hablarle al oído:

—Estoy acostumbrado al sexo sin sentimientos, si es lo que te preocupa. —Se retiró, observando la reacción de Jim. Su expresión había cambiado de nuevo, el frío negro de sus ojos dando paso a otro tipo de negro, el de las pupilas dilatadas. Si seguía así, le tenía—: Si no quieres que haya sentimientos por medio, de acuerdo. Pero puedo hacer que te sientas muy bien si me dejas. ¿Me dejas, jefe?

Moriarty no respondió. Parecía evaluar todas las variables. Seb esperó su decisión intentando aparentar tranquilidad, aunque su cuerpo gritaba de frustración.

—Esto no cambiará nada entre nosotros. Sé estar en mi lugar —insistió.

Por fin, Jim se giró y volvió a coger el cóctel que había quedado olvidado en la mesa. En unos segundos, apuró la copa, ante la mirada sorprendida de Moran.

—Sé que sabes estar en tu lugar, y hay unos cuantos lugares donde me gustaría que estés. Acábate eso y vámonos. Vamos a ver si en la cama eres tan obediente como en el trabajo.

Como siempre, no hizo falta que le repitiera sus órdenes dos veces.


En cuanto cerraron la puerta de entrada, Sebastian rodeó a Jim entre sus brazos y le llevó medio en volandas hasta su habitación. Le arrojó sobre la cama y se situó sobre él, cubriéndole con su cuerpo. De reojo, vio que a su lado había algo sobre la colcha: la tableta de Jim, la había dejado ahí mismo antes de irse. Se estiró para cogerla y la depositó en la mesilla para que no les molestara. El criminal asesor le pasó una mano por el cuello, acercándole a él para poder besarle, y sus pensamientos se diluyeron para centrarse solamente en las sensaciones de su lengua enredada en la suya. Su jefe intentaba tomar el mando, pero no estaba dispuesto a permitírselo. Aferró sus muñecas y levantó sus brazos por encima de su cabeza. Sus ojos relampaguearon.

—Sobre lo que has dicho antes… me temo que en la cama prefiero que me obedezcan, jefe.

Jim puso una sonrisa torcida.

—Vamos a tener un problema con eso.

Le devolvió la sonrisa. Podía decir lo que quisiera, pero ahora mismo estaba indefenso ante él. Le mordisqueó en el cuello, haciéndole gemir. Usó solo una mano para seguir sujetando sus muñecas sobre su cabeza y empleó la otra para empezar a acariciarle por debajo de la camiseta. Le interrumpió su grito estridente:

—¡Espera! —Sebastian se detuvo de inmediato por la sorpresa—. Quiero otro Black Velvet.

Parpadeó, incrédulo.

—Oh, joder, ¿ahora? Pero si ni siquiera te ha gustado. —Estudió el rostro de Jim. El maldito lo decía en serio. Se quitó de encima, tragándose de nuevo la excitación.

—Es un momento, no seas impaciente, Tigre.

El francotirador no dijo una palabra. Salió de la habitación, dirigiéndose hacia la cocina. Jim le siguió.

—El espumoso que han usado en ese antro era pésimo, Seb. Quiero probarlo con champán de verdad.

Sebastian continuó en silencio, demasiado cabreado como para hablar. El muy cabrón parecía disfrutar más ante su evidente enfado, y no paraba de parlotear.

Ya en la cocina, cogió cervezas mientras Moriarty rebuscaba en el botellero hasta dar con lo que buscaba. Alargó la mano para coger la botella, pero su superior la apartó.

—No, quiero abrirla yo.

—No vas a poder, jefe.

El moreno frunció el ceño.

—Pues claro que sí. Vamos a la habitación, mejor lo tomamos allí —añadió con una sonrisa traviesa. Sebastian tragó saliva. La cabeza se le llenó de imágenes de Jim lamiendo todo su cuerpo.

De nuevo en la habitación, se sentó en el colchón y observó cómo su jefe desenrollaba el alambre que sujetaba la chapa metálica, retiraba ambos elementos y aferraba el corcho. Tal y como había predicho, el tapón se resistió a salir.

—Deja que lo haga yo —se levantó, harto de la espera.

—¡No! Ya casi lo tengo.

—No seas cabezota, ven aquí.

Intentó quitarle la botella y Jim se dio la vuelta para impedírselo, así que pegó su cuerpo al suyo y trató de arrebatársela desde atrás: si quería jugar con él, al menos él también disfrutaría del juego. Su jefe soltó una risita, sin cejar en su empeño. Se iba a enterar: le besó en el cuello, recorriéndolo con la lengua. Jim dejó escapar una exclamación de sorpresa, pero siguió debatiéndose. Se acercó a su oreja y mordió el lóbulo con suavidad. En ese momento, el tapón salió volando con un ¡Pop!

—¡Te lo dije! —Jim levantó los brazos, aún con la botella en la mano.

—¡Eh, cuidado —Sebastian le soltó—, me estás mojando!

—¡Uuups! —Cuando quiso devolver la botella a su posición vertical, quedaba poco de su contenido dentro.

—¿Dónde ha dado el tapón? Seguro que has roto algo… —Echó un vistazo a la habitación. El espejo estaba entero, todo parecía intacto. Sin embargo, al bajar la vista, palideció.

—No me jodas… —La puta tableta, que había dejado en la mesilla para que no se estropeara, estaba cubierta de líquido espumoso. Jim siguió la dirección de su mirada y sus ojos se agrandaron al ver lo ocurrido.

—¡Moran! ¡Ha sido por tu culpa! ¿Por qué la pusiste ahí?

El rubio le miró con expresión pétrea. Tener que soportar aquello mordiéndose la lengua era malo, pero mucho peor era haberse quedado sin el polvo que llevaba anhelando toda la noche. El criminal asesor levantó el aparato ultrafino y pulsó el botón de encendido. Cayeron unas cuantas gotas doradas, pero nada más.

—Nada, está muerto. —Le miró con intención y Sebastian tragó saliva. No sería capaz… Jim se acercó a él, su rostro una máscara inexpresiva. Le aguantó la mirada. Lo que más le molestaba era que, a pesar de todo, seguía deseando su contacto más que ninguna otra cosa. Por fin, el moreno se encogió de hombros, con una sonrisa—. Tranquilo, sé recuperar los datos de un cacharro mojado con los ojos cerrados. Mañana lo haré. Y de paso te castigaré por emborracharme para aprovecharte de mí. —Se puso de puntillas y le besó de nuevo.

Sebastian no podía creerlo, ¿al final iba a conseguirlo? Tenía que haber gato encerrado.

—¿Y el Black Velvet? —preguntó.

—¿Qué Black Velvet? Te necesito dentro, ahora.

El ex coronel resopló.

—La botella de champán es lo que te merecerías que te metiera —rezongó.

—Otro día podemos cumplir tus fantasías, Seb, pero hoy prefiero algo más clásico.


En fin, sé que el mundo sería un lugar mejor si no terminara este reto, pero me da rabia no hacerlo XD