Espero que os divierta el capítulo: para variar es absurdo hasta decir basta pero, en fin, como me aburro soberanamente en la vida real, cuando pienso en estos dos me apetece reírme. Así que ya os aviso, solo habrá humor (del malo) y PWP (del peor XD).
Me arrancaría la piel solo por verte reír.
Tus caprichos, Los Rabanes.
Avanzaban en silencio, sus pasos resonando en el suelo de piedra del claustro. Intentaba localizar a su objetivo, pero con las capuchas echadas, todos los jodidos monjes parecían el mismo. Incluido él, claro. Menudo aspecto debía tener.
Sin duda, aquella era la misión más estúpida que le había tocado desde que trabajaba para Jim. ¿En serio era necesario infiltrarse en el convento para cargarse al hermano Godfrey a petición de uno de sus compañeros? Cuando su jefe se lo contó, pensó que estaba de broma:
—Claro, Jim, y qué prefieres: ¿que envenene las páginas de un libro, que le tire del campanario o que me disfrace de Belcebú por la noche para provocarle un infarto?
—¡Lo último! —Moriarty dio saltitos de alegría—. Exacto, Seb, esa sería una gran idea.
—¿Y por qué no puedo dispararle a distancia como siempre?
—Porque el cliente quiere que sufra antes de morir.
—Joder, cómo se las gastan los monjes, ¿no?
—Ya sabes, Tigre, la convivencia da asco, así que imagínate a 80 tipos vulgares conviviendo día y noche, madrugando, estudiando, rezando y trabajando todo el día.
—Vale, perfecto, pero ¿y el pequeño detalle de unirme a la congregación? No creo que dé el perfil de alguien con vocación religiosa.
—Oh, no te preocupes, está todo pensado. Aquí tienes tu papel —le tendió un fajo de folios—, y te ayudaré a prepararlo.
—¿Papel?
—¡Claro! Vamos, a ensayar. Yo seré el abad. Léeme tus frases.
—¿No puedo estudiármelo a mi aire?
La única respuesta que recibió fue una mirada fulminante.
Y así había terminado aquí, con una túnica que no se diferenciaba demasiado de un saco y con estas ridículas sandalias. Teniendo en cuenta que durante las horas de rezos, misas, comidas y trabajo todos los monjes estaban acompañados, eso le dejaba poco margen de actuación. "Joder, con lo sencillo que sería envenenarle el libro", volvió a pensar. Al hermano Godfrey le gustaba leer en la biblioteca en sus horas libres de la tarde, estaría tirado... Pero no, Jim era un maniático a la hora de cumplir a rajatabla con las especificaciones de sus clientes. Así que tendría que ser por la noche, en su habitación.
Sin embargo, aquella en concreto no podría ser. Por la mañana, cuando fue a salir de su cuarto para dirigirse a las primeras oraciones, vio en el suelo un papel que alguien debía haber colado por debajo de la puerta de su habitación. "Sé lo que vienes a hacer aquí y por qué. Reúnete conmigo en la iglesia esta noche cuando todos se hayan retirado a sus celdas". Menudo coñazo, lo que le faltaba: mensajitos misteriosos. Por mucho que Jim le hubiera dicho que sus cualidades interpretativas eran las mismas que las de un mueble, no creía ser tan pésimo ocultando sus intenciones. Sería el monje que había encargado el servicio, era lo más plausible. En cualquier caso, fuera su cliente o cualquier otro, acudiría y le convencería de que era un piadoso novicio sin nada que ocultar.
La iglesia del monasterio era pequeña pero su retablo no estaba mal, al menos para lo que él entendía de arte sacro. Tenía sus pinturas, sus esculturas, sus dorados, todas esas mierdas que debían tener las iglesias para impresionar/acojonar a los fieles; aunque en aquel momento no se podían apreciar muy bien, con tan solo las velas iluminando el recinto. Aparentemente, allí no había nadie. Avanzó entre las filas de bancos escudriñando los rincones en sombras para confirmar que era así. Esperaba que su convocante misterioso no hubiera decidido darle plantón, porque estaba deseando desvestirse, descalzarse y meterse en la cama. Por fortuna, no tuvo mucho tiempo para aburrirse: un crujido procedente del confesionario resonó en el silencio del lugar. Así que estaba ahí dentro, ¿por qué no le había esperado sentado en un banco, sin más? Se acercó a la cabina de madera tallada y soltó:
—Acabemos pronto con esto. ¿Quién eres y qué quieres?
—Solo he venido por si te apetece confesar algún pecado. ¿Has tenido pensamientos impuros últimamente?
—Joder… —No se lo podía creer.
—¡Bien! Blasfemia. Eso serán diez padrenuestros.
Maldito fuera el muy… Retiró la cortina. En efecto, su jefe estaba allí, sentado tranquilamente, pero lo que más le sorprendió fue que no llevaba uno de sus habituales trajes de marca. No, el muy gracioso iba vestido de sacerdote, crucifijo incluido. Para variar, aquel atuendo tan opuesto a su verdadero ser le sentaba de maravilla. Podría contarle a cualquiera que acababa de llegar de un viaje como misionero con su mejor cara de inocencia y se lo creería. Cualquiera menos él, claro.
—¿Cómo estoy? —Abrió la portezuela y señaló su vestimenta.
Sebastian puso los ojos en blanco.
—Espérate que no te canonicen.
—¿Sí? —El rostro de Jim se iluminó. Al segundo siguiente se puso serio—: Verás, Seb, esto es algo que siempre he querido hacer: arrodíllate ante mí y cuéntame tus pecados.
—Oye, estoy trabajando, no tengo tiempo para jugar. Con esta tontería me has hecho perder esta noche, podía haber liquidado al objetivo ya. Así que me voy a dormir. Algunos nos levantamos a las seis para ir a Laudes.
—¿Está siendo aburrido, quizá? —preguntó con inocencia.
Le dirigió una mirada asesina. No se había aburrido más en toda su vida. Estaba deseando cargarse al hermano Godfrey, ya casi era una cuestión personal.
Jim insistió:
—Venga, de rodillas. Será un momento.
Era inútil discutir. Fuera lo que fuera lo que se le había antojado, y no había que ser un genio para imaginárselo, era mejor hacerlo cuanto antes. Se arrodilló ante su jefe, con los brazos cruzados y expresión de fastidio. Jim abrió las piernas, le tomó el rostro entre las manos y se inclinó para besarle, lento, casi con ternura. Sebastian cerró los ojos y se perdió en el beso. Descruzó los brazos y apoyó las manos en las rodillas de Jim. Su jefe sabía que le encendía más así, haciéndole pensar que podía haber algo parecido al cariño entre ellos, que si se limitara a ponerle caliente sin más. Se separó, acariciándole el pelo.
—Ya te puedes ir a tu celda si quieres —sus ojos brillaban, oscilando entre el deseo y la burla.
Sebastian resopló.
—Ya sabes que me quedaré —dijo en voz baja, deslizando las manos por los muslos de Jim—. Bueno —intentó disimular su facilidad para claudicar ante sus caprichos con una sonrisa traviesa—, ¿tengo que contarte mis pecados de verdad o pasamos directamente a la penitencia?
—A-ah, pero no aquí —negó Jim—. Ya que vamos a profanar el despacho de nuestro enemigo, que sea en el sitio más relevante.
Se levantó y Seb le imitó. Volvió a besarle, esta vez apretando el cuerpo contra el suyo. Luego le tomó de la mano y le condujo hasta la parte delantera de la iglesia.
—No me digas… ¿En el altar? ¿Quieres que mate una gallina sobre ti también? ¿Que dibuje un pentáculo en el suelo?
—Ohh, le quitas la gracia a todo —refunfuñó.
—¿Qué? —se hizo el sorprendido—. ¿No quieres una misa negra ya que estamos?
—No te burles. Lo he hecho por ti, pensé que te gustaría la idea. Se supone que en una pareja hay que experimentar con el sexo para no caer en la rutina.
Sebastian se rio.
—Jim, no me jodas. No somos una pareja, no haces más que decírmelo, y contigo nada podría ser rutinario.
El moreno seguía fingiendo que estaba enfurruñado.
—Te traigo a un sitio bonito, apartado y con velas, solos tú y yo, vestido con un sexy traje negro sin nada debajo, y parece que no te hace ilusión.
—Eres imposible… —se quejó el francotirador—. ¿Hoy toca jugar a la parejita feliz? Pues nada, si para ti esto es una cita romántica, si quieres nos tomamos una copa de vino de misa y bailamos a la luz de las velas. Y luego…—se acercó al otro hombre y lo atrajo hacia él—. No llevas nada debajo, ¿eh? Me vas a hacer romper mi voto de celibato.
—¿Para qué crees que lo inventaron? La mejor forma para que te quieras follar a alguien es que lo tenga prohibido. Venga, quítate esta porquería.
—¿Y si nos pillan? —preguntó el rubio.
—No hay problema. Satanás te ha poseído y te ha hecho poseerme a mí a su vez. Esta gente está acostumbrada a tragarse historias peores.
No pudo evitar sonreír, mientras le obedecía y se deshacía de la molesta prenda. Jim pasó las manos por su torso y se acercó para besarle de nuevo, pero entonces algo captó su atención.
—¿Y bien?
—Hay otra cosa que siempre he querido hacer.
Se dio la vuelta, siguiendo la dirección de su mirada.
—Ah, no, ni hablar, Jim. —Sobre el altar había varias velas blancas sobre un soporte metálico. Su jefe sonreía, encantado.
—Venga, Tigre, si luego te gusta.
—Te gusta a ti, no me líes. A mí no me gustan las cosas que duelen.
—¿Por qué? —preguntó con los ojos muy abiertos—. El dolor es bueno, Seb. Es tan liberador… Un instante y todos los problemas se terminan. Solo puedes pensar en él.
—Entonces déjame que te lo haga yo a ti.
Jim meditó un instante y asintió.
—Sentir dolor, causar dolor —se encogió de hombros—, me sirve igual. Ambos te hacen sentir vivo. De acuerdo, lo probaremos los dos.
Se abstuvo de comentarle que no era eso exactamente lo que había pretendido.
—Para estos juegos no sirve cualquier vela, Jim —dijo en su lugar.
—¿Y si no te gustan estos juegos, cómo sabes eso? —Estrechó los ojos con desconfianza.
—Me lo han contado.
La forma de apretar los labios de Jim le dejó claro que no se lo había tragado.
—¿Hay algo que no te haya hecho ya alguna de tus ex novias? —interrogó.
—Miles de cosas —mintió—. Lo que no queda es algo que no me hayas hecho tú.
Le miró con una de sus sonrisas que no alcanzaban a sus ojos.
—Pero si acabo de empezar contigo, Tigre.
En momentos como aquel era cuando su instinto de supervivencia debería gritarle: ¡Corre! Pero a estas alturas ya sabía que su instinto de supervivencia era una puta mierda cuando se trataba de Jim.
—Tranquilo, no voy a quemarte en serio —aseguró—. Solo un poco —sonrió de nuevo. Tomó uno de los cirios y lo dejó a su alcance. Luego, le hizo un gesto para que se quitara la ropa interior y le ordenó—: Siéntate.
Sebastian obedeció y cayó en la cuenta de que, si se iban a dedicar a jugar con velas, sería conveniente quitar primero la tela blanca bordada que cubría el altar, pero entonces su jefe acarició el interior de sus muslos, separándolos para tener un mejor acceso, y pronto dejó de preocuparse por eso. No podía negar que, cuando Jim se ponía a hacer algo, lo hacía a conciencia. Si planeaba un crimen, el crimen tenía que ser histórico. Si le hacía una felación, su objetivo era conseguir que le temblaran las piernas desde el primer instante. Así que, cuando el moreno se agachó y comenzó a lamer y mordisquear su piel, acercándose lentamente a su erección pero sin llegar a rozarla, cerró los ojos y se mordió el labio, con todo el cuerpo gritando de frustración, anticipando el calor de su boca rodeándole. Sin embargo, no era ese tipo de calor el que el criminal asesor tenía previsto para él. Cuando notó las gotas de cera caliente en sus muslos, dio un respingo y abrió los ojos, más por la sorpresa que por el dolor en sí.
—¿Duele? —Casi podría creerse que estaba preocupado por él.
Negó con la cabeza, así que su compañero no perdió el tiempo: vertió más y desde menos altura. Aquella vez no pudo evitar que se le escapara un siseo. Jim sonrió con deleite ante su expresión.
—¡Ah, casi me olvido! —dijo—. Es más divertido si estás indefenso. —Recogió del suelo el cordel que hasta hacía poco había estado ajustando el hábito de Sebastian y lo usó para atarle las manos a la espalda. El ex militar se dejó hacer, conteniendo la risa mientras observaba la expresión de concentración de Jim mientras realizaba su tarea.
—¿Indefenso? —dijo con sorna cuanto terminó.
—Lo suficiente. —El criminal consultor no entró a su provocación sino que comenzó a retirar la cera seca. Cuando terminó, acarició con delicadeza la piel de debajo, enrojecida y caliente—. Perfecto, superficial —aprobó, encantado. Acto seguido, palmeó la zona con fuerza. Moran gruñó e intentó liberarse de sus ataduras, pero resultaron ser mucho más resistentes de lo que había creído. Jim dejó de golpearle y se puso a contemplar sus esfuerzos sonriente, jugueteando con el crucifijo que colgaba de su cuello.
—¿Ves? Te dije que sería más divertido —comentó.
No le dio el gusto de contestarle. La quemadura sería superficial, pero dolía. Entonces, su jefe volvió a deslizar los dedos con suavidad por su dañada epidermis, provocándole un escalofrío. Pronto, se dedicó a torturarle de nuevo, jugando con su lengua y sus dientes sin llegar a rozar su miembro, mientras le dirigía miradas perversas. Por fin, cuando pensaba que iba a explotar, se dignó a darle lo que quería y aferró su erección, lamiendo su glande, haciéndole gemir como si nunca se la hubieran chupado. Poco a poco, la fue introduciendo más en su boca, presionando con sus labios y acariciándole con la lengua; sin embargo, para su decepción, se retiró justo cuando estaba comenzando a disfrutar de verdad. Frunció el ceño e iba a decir algo para quejarse, cuando vio que Jim tomaba la vela de nuevo y esta vez la situaba justo sobre su miembro. Cerró la boca y la volvió a abrir de inmediato. Ni por asomo: ahí, no.
—No te atre… —advirtió pero, antes de que pudiera evitarlo, la cera derretida había caído. Aquella vez sí que tuvo que apretar los dientes para no gritar—. ¡Joder, Jim! —protestó, pero el aludido le ignoró por completo y continuó derramando cera sobre su sexo hasta que estuvo cubierto por completo por el líquido viscoso. Como era de esperar, el dolor era mucho mayor allí y temió que en esa ocasión le hubiera quemado demasiado. Entonces, su jefe repitió el mismo proceso que antes, quitando la cera cuando se hubo secado, sin ningún cuidado. Cuando le rozaba con las uñas veía las estrellas. Maldijo por lo bajo y Jim solo se rio, disfrutando como un niño pequeño con su dolor. Cuando por fin terminó, estaba sensible incluso a un soplido, pero Jim no le dio opción a recuperarse. Sin perder un instante, recorrió toda su extensión con la lengua, muy despacio, recreándose en la acción.
Sebastian tragó saliva. Excesivo. El contraste entre su piel dolorida y el músculo húmedo y cálido deslizándose por ella era excesivo. Los receptores nerviosos de su piel bailaban, desconcertados, sin conseguir decidir si lo que sentían era doloroso o placentero. En realidad daba igual lo que él opinara, porque Jim no parecía dispuesto a parar. Se aplicaba a la tarea de lamer su polla como si fuera el helado más delicioso del mundo y tuviera todo el tiempo del mundo para disfrutarlo. Poco a poco se fue acostumbrando a las nuevas sensaciones y a su hipersensibilidad, hasta que no pudo evitar dejar escapar un gemido. Su jefe sonrió, encantado, sin dejar de chuparle de todas las formas posibles. Cada roce era más intenso que el anterior, y si seguía así no tardaría en inundar su boca. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de hacerlo, el moreno se retiró.
—Mi turno —indicó, con la respiración agitada y los labios brillantes y rojos.
—Joder, Jim. —se quejó por enésima vez.
—Todo a su debido tiempo, Seb. —Se puso a desatarle las manos, como si nada, y el francotirador tuvo que tragarse el enfado como de costumbre.
Se frotó las muñecas, mientras trataba de recuperar un poco la calma y valoraba sus opciones. Aunque estuvo tentando de devolverle la jugada, estuvo meditando sobre los puntos débiles del cuerpo de Jim y cómo podría aprovecharlos. Tenía muchos, pero sin duda el de su espalda era el más divertido. Sí, esa alternativa sería interesante.
—Desnudo. Ya —exigió. Ahora era su turno de mandar y estaba deseando aprovecharlo.
Jim comenzó a desabrochar los inacabables botones de la sotana con una sonrisita. Bien, se aseguraría de borrársela enseguida. Dio un tirón a la estúpida vestidura eclesiástica, haciendo saltar varios de los botones. El moreno le miró como si le hubiera abofeteado. Aunque no era una de sus camisas de marca, le molestaba igual. Perfecto. Prácticamente le arrancó la prenda de la parte superior del cuerpo, y luego la deslizó abajo por sus caderas, arrastrando la ropa interior también. Jim ya no sonreía, sus ojos cargados tanto de irritación como de deseo.
—Date la vuelta.
Su compañero obedeció, le empujó sin contemplaciones para que se reclinara sobre el altar y se acercó para que sintiera su dureza. El roce le recordó lo extremadamente sensible que estaba. Se preguntó cómo se sentiría tomar a Jim en ese estado. Deslizó un dedo a lo largo de su columna vertebral y notó cómo se estremecía bajo él. Se inclinó y recorrió el mismo camino con besos y mordiscos, regodeándose en la zona entre sus omóplatos, hasta hacerle retorcerse y maldecir. Se rio; nunca se cansaba de aquellas reacciones. Era el momento perfecto para darle lo que quería. Puso las manos en la cintura de Jim, se situó en su entrada y se introdujo, sin demasiada delicadeza. Jim gimió y él se derritió cuando sintió cómo le envolvía su calor. Sin embargo, dejó a un lado sus deseos por un momento. Los gemidos de su jefe se convirtieron en quejidos cuando salió de su interior y al mismo tiempo notó cera caliente derramándose por su columna.
—¿Duele? —le devolvió la pregunta con retintín.
Vio cómo apretaba los dientes, pero enseguida se apresuró a responder con tono ligero:
—No es para tanto, Tigre. La verdad es que eres bastante quejica, por las caras que ponías antes parecía que te estaba matando.
El francotirador arqueó las cejas y tomó aire.
—Claro, Jim, no tiene nada que ver con la zona que has elegido tú. —Se inclinó hacia adelante y sin previo aviso le agarró por el pelo—. Está bien, si quieres ir en serio, vamos en serio. Los dos sabemos que estos jueguecitos son niñerías —le dijo al oído—. Si te gusta el dolor de verdad, yo te lo puedo dar. —Le aplastó la cara contra el altar. Jim le lanzó de reojo una mirada de odio, pero no dijo nada—. ¿Qué tal si probamos con algún órgano más sensible? —Tomó una vela y la sostuvo sobre su rostro—. ¿Aquí? No, me gustan tus ojos. —La movió—. ¿O mejor aquí? Sí, el oído es una buena opción. Debe doler bastante, ¿no crees? Y si se me va la mano y hay daños en el nervio auditivo, puedes vivir siendo sordo de un lado.
Dejó caer la cera y Jim cerró los ojos con fuerza. Volvió a abrirlos en cuanto se dio cuenta de que no sentía nada fuera de lo normal. Frunció el ceño. La cera estaba en la tela, a un par de centímetros de su nariz.
—¿Qué ocurre, querías que lo hubiera hecho? —preguntó Moran al ver su expresión de decepción.
—Claro que no, idiota —rezongó el moreno—. Ni por un momento he pensado que fueras a atreverte.
—Lo que tú digas. —Sonrió. Teniendo en cuenta su trabajo actual, y el anterior, creía que podía decir que sabía distinguir cuándo alguien tenía miedo—. Si quieres decir que te gusta que te haga daño, me parece bien. Pero reconoce que también te gusta cuando te lo hago así… —Volvió a penetrarle—. Despacio. Profundo. Dulce. Cuando te beso… —depositó un beso en su cuello—, y te acaricio —alargó la mano y le acarició al mismo tiempo que empezaba a moverse. Jim gimió a su pesar. De repente, sin previo aviso, Sebastian detuvo el movimiento de sus caderas y dejó de masturbarle—. Reconócelo o te dejo así, jefe.
Jim boqueó, furioso, y permaneció en silencio.
—Vamos, solo tienes que decirlo —incitó.
El criminal asesor cerró los puños; sin embargo, terminó por farfullar, con cara de asco:
—MegustacuandomefollasdespacioMoranimbécil. ¿Contento?
—¿Puedes decir "hacer el amor" en vez de "follar"?
—¿Quieres morir antes de cumplir los 40, Moran?
—Vale, vale, tenía que intentarlo.
Sebastian continuó lo que había empezado, deslizando la mano por el miembro de Jim al ritmo de sus embestidas, variando de velocidad y de ángulo hasta dar con su punto más sensible.
—Shhh, no grites. —La iglesia estaba apartada del lugar donde dormían los monjes, pero conocía a Jim y sabía que en esos momentos no se controlaba. Al final tuvo que taparle la boca con su otra mano, mientras seguía golpeando su próstata hasta hacerle terminar.
—Mira que eres escandaloso —se quejó, aunque en realidad era una de las peculiaridades de Jim que más le gustaban.
Su jefe no respondió, ocupado como estaba en recuperar el aliento.
—Por cierto, Seb —dijo al fin—, ya no vas a usar más las velas, ¿no?
—No quiero saber nada más de velas en mi vida, Jim.
—Perfecto. —Sin más, el moreno cogió una y la acercó a la tela que cubría el altar, que prendió de inmediato.
—Pero ¿qué coño haces? ¡Se va a quemar todo! —Sebastian no llegó a detenerse, aunque sí aminoró la velocidad de sus embestidas.
Eso era precisamente lo que parecía querer su jefe.
—¿No te encanta el fuego, Seb? Se parece un poco al dolor. Cuando él aparece, todo lo demás deja de importar.
Qué cabrón, sabía que estaba a punto de terminar también y solo lo había hecho para fastidiarle. Pues bien, no estaba dispuesto a quedarse sin su premio después de todo lo que había tenido que aguantar.
—¿No vas a apagarlo?
—Voy a correrme dentro de ti, pase lo que pase y hagas lo que hagas —replicó. Cerró los ojos para no ver el desastre que acababa de crear Jim, y se concentró en sus sensaciones, intensificadas por la sensibilidad extrema de su miembro, hasta que por fin las oleadas de placer le invadieron y se derramó en el interior de Jim. Sin perder tiempo, se deslizó fuera, jadeando. Le apartó de un manotazo, agarró la tela por donde aún estaba intacta y empezó a golpearla contra el suelo. En lugar de ayudarle, su superior se dedicó a volver a vestirse y a buscar por el suelo los botones que le había arrancado antes. Cuando se aseguró de que el fuego estaba apagado, se volvió hacia él, indignado:
—¿Qué mierda hago ahora con este trapo quemado, Jim?
—No lloriquees, ya me lo llevo yo. Deberías darme las gracias por haberte dado una idea para tu misión.
—¿Qué idea? —Frunció el ceño—. Oh… —Una sonrisa se abrió paso en su rostro cuando cayó en la cuenta de lo que quería decir—. Sí, es perfecto. Un incendio en su habitación. El hermano Godfrey va a probar el infierno un poco antes de tiempo.
—Muy bien, Tigre.
—Ahora dirás que has montado todo esto solo para decirme cómo tenía que hacerlo.
—Nah, ha sido porque me apetecía que me follaras. Por cierto, te recomiendo que te pongas crema ahí o te saldrán ampollas. ¿No cultiváis hierbas medicinales en el huerto? Haz un ungüento o algo así con tu sabiduría monacal.
—Eres gilipollas. —Recogió su ropa interior y su hábito y volvió a vestirse. En cuanto liquidara a su objetivo, estaba deseando volver a casa y hacer pagar a Jim por todos sus pecados de aquel día.
En fin, pido perdón a quien le guste el BDSM, como ha quedado patente no tengo ni idea de escribir escenas de este tipo. A veces me parecía demasiado light y a veces demasiado exagerado. En cualquier caso, ha sido solo por experimentar, así que no os preocupéis que no se repetirá. Creo que Seb lo agradecerá... XD
Por cierto, si queréis leer un MorMor sobre este tema que realmente está bien, os recomiendo The Devil Incarnate, de PlainJaneDoe. Si conocéis algún otro que esté bien, no dudéis en decírmelo, please! Y gracias por leer!
