Pasamos de profanar lugares de culto a un capítulo muy tranquilito, así que espero no aburriros :)
Sebastian Moran nunca esperaba demasiado de la vida, en ningún aspecto. Era la mejor manera de no decepcionarse. Por eso, cuando en contadas ocasiones la felicidad le sorprendía de improviso, no sabía muy bien cómo reaccionar. Estaba acostumbrado a enfrentarse a los problemas, no a las satisfacciones. Por eso, viendo a Jim dormido a su lado, después de haberle dejado descubrir algunos de sus secretos mejor escondidos, se encontraba más perdido e indefenso que ante un plantel de enemigos armados hasta los dientes o ante un tigre en la selva. ¿Quién demonios iba a pensar que aquel hombre, aquel jodido loco capaz de poner de rodillas la seguridad de una ciudad, aquel genio chalado que gustaba de los juegos de mesa siempre que las figuritas estuvieran vivas y la apuesta fuera ganar o morir, iba a actuar así entre sus brazos? Como si realmente aquel intercambio significara algo más que dos simples búsquedas egoístas de placer coincidentes en el tiempo y el espacio. Besándole como no le habían besado en mucho tiempo, haciendo que afloraran emociones largamente olvidadas, desde hacía tanto que casi había olvidado cómo eran. Había estado preparado para el sexo sin sentimientos, como habían acordado, así que no entendía por qué mierda Jim se había comportando así, acariciando su piel con reverencia, mirándole de aquella forma. Le había dado la vuelta para hacérselo sin tener que ver su expresión, aunque no pudo evitar seguir escuchándole gemir su nombre mientras le llenaba por completo, entrando y saliendo de su interior sin descanso.
—Me encantan las historias, Seb, las buenas historias. Y una buena historia debe plantear una de estas tres preguntas: ¿Qué estarías dispuesto a hacer por el poder? ¿Qué estarías dispuesto a hacer por amor? ¿Qué estarías dispuesto a hacer por seguir vivo? Y si tu historia logra poner al héroe en una posición en la que tenga que responder a esas tres cuestiones a la vez… Oh, Seb, entonces es que tu historia es tan sublime que merece ser recordada para siempre jamás, mucho después de que tu corazón haya ardido por última vez.
Sus ojos brillaban de una forma distinta a la de siempre que contaba algo que le emocionaba, y no supo si alegrarse o salir corriendo y huir para siempre, porque aquello le aterraba, sentir que estaba compartiendo con él un aspecto del que no hablaba a todo el mundo, algo verdadero, no otra de sus mentiras, medias verdades, exageraciones. Le asustaba darse cuenta de que Jim podría llegar a confiar en él, y que eso podría llegar a gustarle, porque significaba que, en efecto, como su jefe le había advertido, aquella estúpida noche iba a cambiarlo todo entre ellos.
Se levantó aunque aún era temprano y desde luego no había descansado lo suficiente, solo para dejar de mirar las pestañas de Jim bordeando sus párpados cerrados. Él no apareció en el salón hasta media mañana, ya duchado, trajeado y mordisqueando un cruasán mientras ojeaba su móvil. Ningún vestigio de la noche anterior en su actitud, ni en su saludo matutino ("¡Buenos días, Moran!"), como si cantara, sin mirarle. Le respondió ("…nosdías"), como si gruñera, mientras solo era capaz de pensar en Jim desnudo tumbado en la cama, mientras él recorría su espalda, más duro de lo que nunca había estado, sus manos cada vez más abajo hasta llegar a su entrada. Jim gimiendo mientras la acariciaba, con roces muy breves para volverle loco. Sus dedos en su interior. Luego, él. Llevándole hasta el límite, haciéndole perder la cabeza. Sus gemidos cada vez más intensos.
Su jefe desvió un momento la mirada del móvil y se dirigió a él para explicarle un encargo que había que cumplir. Jim haciéndole la mejor mamada de su vida, mientras intentaba enterarse de qué mierda tenía que hacer y dónde. Se enfocó en sus palabras y no en su boca y en dónde había estado tan solo unas horas atrás.
—Entendido, jefe. —A duras penas, pero había logrado comprender su misión. Obediente y servicial, cuando anoche había sido él quien estuvo al mando de la situación y Jim había sido tan complaciente, a pesar de todo lo que había dicho antes. Hizo que le rogara que se la metiera por segunda vez, mientras se follaba con sus propios dedos su pequeña abertura palpitante. Accedió solamente después de ver ese glorioso espectáculo durante un buen rato, mientras se acariciaba a sí mismo también.
Salió a la calle y su jefe se quedó en la casa, haciendo dios sabía qué, en lugar de dejar que le penetrara de nuevo como lo había hecho anoche por tercera vez, en aquella ocasión sentado sobre él dándole la espalda, dejándose caer sobre su polla una y otra vez.
Lo ocurrido la noche anterior se fue difuminando en su memoria a medida que transcurría el día. Parecía como si lo hubiera soñado. El encargo fue aburrido, el mensaje que le envió a Jim para confirmarle que lo había cumplido fue tan escueto como de costumbre; los nervios con los que esperó que le respondiera no fueron los de siempre. Al igual que por la mañana, esperaba algún guiño, alguna mención a lo ocurrido, pero su jefe se limitó a responder que no estaría cuando llegara y que no hacía falta que le esperara despierto, así que regresó a casa, pasó el resto de la tarde mirando la tele sin enterarse de nada y se fue a dormir temprano. En la cama, dio vueltas preguntándose con quién demonios estaría el criminal asesor y qué estaría haciendo. No le importaba en absoluto, como si se estaba tirando a otro. Se imaginó a otro haciéndole lo mismo que le había hecho él, y se le revolvió el estómago. Apartó la colcha de un tirón, se puso unos pantalones de chándal y una camiseta y salió a la terraza. Hacía frío. Si el idiota de su jefe no le obligara a fumar en la terraza… Sopesó la opción de hacerlo en el salón aprovechando que no estaba. Mejor no, el muy capullo tenía el olfato muy fino.
Llevaba casi medio paquete cuando oyó la puerta de la calle. Los pasos de Jim se acercaron, hasta que se detuvieron a unos metros de él.
—¿Cuándo dejarás este repelente vicio, Moran? Tu apestoso tabaco huele desde la entrada.
Sebastian se dio la vuelta para mirarle y tuvo que reprimir las ganas de acercarse más.
—Eso es imposible, jefe —dijo con el tono más neutro que pudo.
—Al final me has esperado despierto. —Jim sonrió, complacido, y le dieron ganas de pegarle. No le respondió, así que su jefe continuó—: Me voy a dormir, estoy cansado.
Sebastian observó cómo se marchaba a su habitación mientras se preguntaba qué rayos habría hecho para estar cansado. Se preguntó qué ocurriría si le seguía, le arrancaba la ropa y le obligaba a repetir lo de la noche anterior tanto si lo deseaba como si no, que parecía lo más probable a la vista de los hechos. Se resistiría como una fiera salvaje, hasta que se diera cuenta de que no podía hacer nada por evitarlo porque él era más fuerte. Entonces, se dejaría hacer, pasivo, sin emitir ningún sonido, con la mirada vacía. Sabía bien cómo esconderse en un rincón de su mente y dejar que su cuerpo lo soportara todo, el dolor, la humillación, sin que le afectara. El que no lo aguantaría sería él.
En mitad de la noche le despertó el crujido de la puerta de su cuarto. Su mano se deslizó instintivamente bajo la almohada, pero cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra se dio cuenta de que reconocía la silueta. Era Jim, en camiseta y bóxers, como solía dormir. Él solo llevaba la ropa interior. De repente, fue muy consciente de ello. Soltó el arma y se levantó.
—¿Necesitas algo, jefe?
Jim no le contestó, pero no hizo falta. El hambre que reflejaban aquellos ojos enormes lo decía todo. Sebastian se acercó lentamente, hasta que sus rostros estuvieron a centímetros. Aquella vez, los dos estaban sobrios. La anticipación le quemaba en las venas, incapaz de contenerse ni un segundo más. No estaba enamorado de su jefe, de ningún modo, solo quería confirmar que lo de anoche solo había tenido sentido porque hubo alcohol de por medio. Sabía que Jim pensaba lo mismo, el estar ahí y dejarle acercarse de nuevo era su forma de demostrarle que aquel no había sido él en realidad, que Jim Moriarty no era jodidamente adorable y sexy.
Cerró el espacio entre ellos y rozó sus labios con los suyos. Tuvo que reprimir un gemido. Si no se sentía igual que la noche anterior, era solo porque se sentía aún mejor. Frunció el ceño. Aquello marchaba mal, no estaba saliendo como esperaba. Cuando Jim deslizó la lengua entre sus labios, se deshizo. En ese momento sí que sintió auténtico terror. Su jefe no debería estar actuando igual que la otra noche y él no debería estar sintiendo lo mismo. No debería gustarle tanto lo que estaban haciendo, se suponía que aquella vez todo iba a ser distinto... ¿A quién demonios iba a poder contarle que le temblaban las piernas cuando Jim Moriarty le besaba? Notó una de las manos del moreno en su nuca, acercándole más, mientras la otra le arañaba la espalda, y le resultó difícil seguir pensando más. Sin romper el beso, arrastró a Jim hasta su cama. De acuerdo. Si tenía que ser así, aquella vez quería hacérselo mirándole a la cara. No quería perderse ninguna de sus reacciones.
Probar es fácil, repetir es más complicado XD Bueno, quería que fuera algo tierno, pero al final ha quedado guarro, para variar...
Mil gracias a quienes os tomáis tiempo para comentar el fic o ponerlo en favoritos. Al resto, gracias también por leer, ojalá que sea porque os está gustando y no porque estáis haciendo el curso "Cómo no se debe escribir MorMor en 14 cómodas lecciones" :P
