Esa tarde, al volver al paraíso, el ángel permaneció sentado sobre una banca admirando el paisaje frente a él. En su mente repasó todo lo recién vivido y no se dio cuenta del paso del tiempo hasta que la hora de ver a su padre había llegado. Sonrió emocionado y se levantó para alzar el vuelo con cuidado hasta donde su padre solía estar la mayoría del tiempo, esperando por él para conversar.
Llegó a la puerta de una pequeña cabaña junto a un gran lago, parte de las tierras que pertenecían al Dios que lo había criado, y a quien le gustaba pasar la mayor parte de su tiempo leyendo. Bajó al suelo con el mismo cuidado, acomodó sus ropajes y su cabello antes de tocar tres veces.
Esa tarde, el Dios al que veía como un padre se encontraba preparando un poco de té, algo que aprendió de los humanos tiempo atrás. Ya era hora de que Jyushimatsu llegara a su cita habitual, pero se le había hecho un poco tarde. El Dios pensaba en ello cuando tocaron a la puerta.
—¡Padre! ¡Soy Jyushimatsu! —anunció él con un tono animado y escandaloso que lo caracterizaba—. ¿Estás ahí? ¿Puedo entrar?
—¡Claro! ¡Pasa, Jyushimatsu!
Escuchó la voz desde adentro y entró con la misma energía que lo caracterizaba.
—¡Padre! ¡Hola!
Dentro de la casa había grandes libreros repletos de tomos pertenecientes a los Cielos, así como de la Tierra de los humanos. En el centro había una pequeña mesa de madera, en la que solía conversar a diario con Jyushimatsu, el ángel que crio desde muy pequeño. Al fondo había una chimenea, con un sofá y un banco de madera, donde cepillaba las pequeñas alas del ángel.
Jyushimatsu se apresuró a llegar al lado de su padre apenas entrar a la cabaña, dio un par de saltos antes de ir directamente a sus brazos y regalarle un fuerte y largo abrazo, pues sintió la necesidad de impregnarse de su aroma, aspiró profundo sin borrar su sonrisa y se atrevió a hablar sin moverse ni un milímetro.
—¡Hoy fue un gran día! ¡Un genial día!
El Dios pasó sus dedos amorosamente por el cabello del ángel y recargó su mentón en su cabeza, riendo por su actitud.
—¿En serio? —Sin romper el abrazo lo apartó un poco para poder ver su cara—. Por eso tardaste, supongo, pero al menos lo pasaste bien, ¿no?
El ángel asintió emocionado y ansioso por contarle todo al Dios, pero no haría tal cosa sin un plan de por medio. Si bien era muy distraído, escandaloso y algo torpe, sabía muy bien que lo que había hecho era altamente reprobable por todos sus superiores y no quería involucrar a su padre en lo absoluto, ni mucho menos decepcionarlo. Cargaría él mismo con toda la culpa y la pena de sus actos.
El ángel siempre se había considerado alguien responsable, al menos, todo gracias a las enseñanzas de su padre, al menos lo era en sus estudios y deberes y así quería que fuera en todos los aspectos de su vida, pero los fuertes deseos de regresar a la tierra estaban llamándolo más que nunca. Siempre había querido hacerlo, y ahora que había conseguido ir no deseaba parar.
—¡Si! ¡La pasé muy bien! Practiqué mi vuelo, ya soy mucho más hábil, pude llegar al campo de las gardenias que están muy lejos, ¿no es genial?
Rompió el abrazo y dio un par de saltos extendiendo sus alas, como si así quisiera comprobarle que de verdad las había ejercitado.
—Ahora entiendo por qué tus alas se ven algo húmedas y llenas de polvo. —Dijo cuando éste se dio la vuelta y pudo ver con mayor claridad sus alas.
Jyushimatsu detuvo su alegre brincoteo por la mención de sus alas y giró su cabeza un poco para poder visualizarlas mejor, dándose cuenta que, en efecto, estaban algo sucias.
—Vaya, no me había dado cuenta, padre, qué pena.
—No importa, —le sonrió su padre. —Si te divertiste, eso es lo de menos, si quieres puedo cepillarlas más tarde.
—¡Si! ¡Me gusta cuando cepillas mis alas.
Choromatsu asintió y se puso en pie para tomar la tetera que ya estaba caliente.
—Me alegra que finalmente hayas conseguido volar después de intentarlo tanto toda esta semana, tu esfuerzo ha valido la pena. —Colocó un par de tazas de porcelana en la mesa de centro para después servir un poco a cada uno—. Y llegaste hasta los campos de gardenias, eso está bastante alejado.
—¡Conocí a… otro ángel! —dijo feliz, antes de revelarle el encuentro que había tenido—, es un nuevo amigo, me ha caído muy bien. Me gustaría seguir viéndolo. —Desvió la mirada a los libros sobre los grandes estantes de la cabaña, no soportaba tener que mentirle a su padre de esa gorma, pero sabía que era la única manera de mantenerlo alejado del castigo que recibiría él, o al menos eso creía.
—Un amigo, ¿eh? —tomó asiento y con su mano apremió a Jyushimatsu para que tomara su lugar también—, ahora tienes más razones para seguir practicando, me hace muy feliz que tengas nuevas amistades, ¿es de tu edad?
Jyushimatsu sonrió y tomó su mano inmediatamente con fuerza, le encantaba tomar el té mientras platicaban. Escuchó atento su pregunta, pero se quedó callado un momento, pues el demonio jamás le había dicho su edad, pero no parecía mucho mayor a él. Choromatsu esperaba atento su respuesta, dedicándole una sonrisa cálida y paternal.
—¡Si! — contestó finalmente—. ¡Es de mi edad! Volamos juntos y me dio consejos, él es de ahí, del campo de las gardenias… —de nuevo desvió su mirada, esta vez fijándola en la mesa frente a él —¿Podría… verlo de nuevo?
—¡Claro que puedes! —dijo con un tono alegre, aunque pudo notarse un poco nervioso, carraspeó un poco y trató de calmarse tomando un poco de su té—. Además, te ayudará a practicar tu vuelo, pero debes tener cuidado, ¿sí? El campo de gardenias está lejos, así que procura regresar temprano, ¿De acuerdo?
—¡Estupendo! ¡No te preocupes, padre, regresaré temprano!
La felicidad que sintió consiguió ampliar su sonrisa y ruborizar su rostro. Ese estaba siendo un día muy alegre, y terminarlo tomando el té con su padre y haber recibido permiso de él para seguir viendo a su nuevo amigo, estaba muy bien.
—¡Gracias, padre!
—No hay de qué,
Aunque le preocupaba un poco que conociera un ángel de su edad, el hecho de verlo así de feliz le hacía querer dejar de lado esa preocupación. Si él estaba bien, nada más le importaba.
—Espero que sea amable contigo y se lleven bien de ahora en adelante.
—¡Si! ¡Si! —se puso en pie y levantó sus brazos para hacer una pose de victoria. Realmente se sentía bien saber que tenía permiso para poder salir, aunque no precisamente al campo de gardenias, pero podía salir a ver a su nuevo amigo. Estaba aliviado, aunque trataba de olvidar que había mentido para obtener ese permiso. Volvió a sentarse y tomó su taza, no deseaba que su té se enfriara. Suspiró al degustar la bebida, era su favorita.
—Gracias, padre, eres el mejor.
—No digas eso —respondió con algo de timidez, aún no estaba seguro de haber tomado la mejor decisión al haber aceptado que el ángel saliera a pasar las tardes con su nuevo amigo, pero no se opondría, las cosas tenían que pasar.
Pasaron la tarde charlando, aunque sabía que no podía distraer mucho tiempo a su padre, pues siempre estaba ocupado y amablemente buscaba la manera de dedicarle ese tiempo a diario. Amaba que lo hiciera y por eso no quería quitarle más tiempo del que podía.
Tomaron el té, platicaron un poco más, incluso cepilló sus alas antes de irse. Pero cuando el tiempo se acabó no dudo en despedirse alegremente con un tierno abrazo.
Choromatsu lo vio partir con una sonrisa que se borró cuando el ángel estuvo fuera de su alcance. Le ponía nervioso saber que había conocido a un ángel de su edad, lo que quería decir que aquel ya sabía volar y llevaba tiempo haciéndolo, incluso aconsejaba a Jyushimatsu.
Aunque los ángeles normalmente comenzaban con su vuelo a partir de los 15 años, a Jyushimatsu le tomó más tiempo desarrollar sus alas. No quería que se enterara de eso o más cosas de las que no debía enterarse. Podía ser peligroso que el otro ángel le platicara de cosas que no estaba listo para discutir con él, pero tampoco quería limitarlo, sobre todo porque se vería sospechoso.
Solo le quedaba esperar a que todo saliera bien.
