¿Qué puedo decir? No me gusta dejar las cosas a medias. En su día me quedé bloqueada con el tema de la película de amor, ahora se me ha ocurrido esta tontería para este capítulo y me encantaría terminar el reto. Dudo que a nadie le interese a estas alturas, pero bueno, en caso de que sí, espero que no os horripile demasiado, y si tenéis cualquier comentario, encantada de leeros :)


—Esta transcurre en una cárcel de mujeres y es española.

Le miró, expectante; Jim solo hizo una mueca.

—España me gusta. Produce buenas manzanas —dijo al fin.

Sebastian respiró ante el veredicto favorable. Cada vez que querían ver una película o serie, tenía que aguantar el proceso de selección de Jim, que se regía por criterios tan rigurosos como el humor con el que se había levantado o si el título le gustaba o no. Aquel día parecía estar de buen humor.

Hizo clic en el archivo que se había descargado y se sentó al lado de su jefe, pasándole un brazo por los hombros.

Cuando las imágenes comenzaron, se dieron cuenta enseguida de que algo no iba bien. Era la típica secuencia de una comedia navideña americana: una pareja preparando galletas, decorando el árbol, besándose bajo el muérdago... A medida que las escenas avanzaban, parecía claro que no se trataba de la serie que estaban esperando.

—¿Se puede saber por qué estamos viendo una película de amor, y además ambientada en Navidad, Seb?

—No tengo ni idea.

—Estoy harto de decir que si quieres descargarte algo, me preguntes antes.

—Joder, Jim, cada vez que te lo digo, no me haces ni caso. —Se separó de él con fastidio.

—Uf, Tigre, sabes que los delitos menores me dan una pereza... —Se estiró y le miró—. Estás de lo más gruñón, voy a tener que simular mi muerte de nuevo.

Apenas había terminado de decirlo y ya estaba rodeándole el cuello con las manos: la rabia le ahogaba y, en lugar de intentar controlarla, decidió dejarla al mando.

—Igual no hace falta que lo finjas —siseó a milímetros de su rostro.

Se aseguró de que fuera incapaz de decir nada más, apenas de respirar. El criminal asesor no parecía preocupado en lo más mínimo, solamente sorprendido. Sus ojos oscuros le interrogaban, mientras su rostro adquiría un tono cada vez más rojo, hasta que tuvo que soltarle de mala gana. Moriarty tosió y se palpó el cuello, sin despegar la vista de él.

—Habíamos dicho que nunca volveríamos a hablar del tema —dijo Sebastian con los dientes apretados.

El moreno pareció sopesar sus palabras.

—Ya ha pasado mucho tiempo, Moran —señaló al fin con la voz rasposa.

—No es cuestión de tiempo, joder.

Sabía que era absurdo intentar explicarse. Aun así, se quitó la camiseta:

—¿Cuánto hace falta para borrar todo esto? —preguntó señalando las cicatrices que se enroscaban en torno a su torso y brazos en diversos puntos, la mayor parte tapadas por un tatuaje de un tigre, otras bien visibles—. Da igual cuánto pase, nunca se borrarán. Que las ignore o las tape no significa que no estén ahí y vayan a estar siempre.

Su jefe no añadió nada. Volvió a ponerse la prenda, exasperado.

—Ya sé que no lo entiendes, no te preocupes. Ya sé que no sientes lo mismo que los demás.

Su compañero le dirigió una mirada extraña.

—Estás equivocado, Sebastian —aseguró— Ya te lo expliqué, que no lo sienta no significa que no lo conozca. —Sin más, se recostó de nuevo en el sofá—. Ahora, vamos a terminar de ver esa película.

El francotirador boqueó, buscando algo que decir sin éxito. No podía creer que quisiera ver esa basura.

—Muy bien, pues no cuentes conmigo.

Hizo ademán de levantarse e irse, pero Jim le agarró del brazo y le lanzó una mirada admonitoria:

—Vamos a ver la película, he dicho.

Moran le sostuvo la mirada con ira, hasta que claudicó, asqueado de sí mismo por no tener el valor suficiente para negarse a seguir acatando sus órdenes.


No sabía si tenía el estómago revuelto por lo ocurrido o por la jodida película. Era empalagosa hasta para un unicornio colocado de algodón de azúcar. Habría sido divertido si Jim y él se hubieran dedicado a destrozarla, pero ambos guardaron un silencio obstinado durante todo el metraje. Cuando los dos protagonistas gilipollas terminaron de celebrar su boda, por supuesto de temática navideña y por supuesto después de creer que no se querían y darse cuenta de su error al estar a punto de perderse, se levantó de nuevo y esa vez Jim no puso objeciones. Se dio una ducha caliente para tratar de relajarse y se dirigió al dormitorio.

Estaba empezando a quedarse dormido cuando escuchó a Jim acercarse a la cama. Sopesó la opción de fingir que dormía, pero al final se sentó y esperó a que se tumbara a su lado. En lugar de eso, el moreno se detuvo junto a él, sus piernas pegadas al colchón. Se le congeló el corazón. Nunca le había mirado así, ni siquiera el día de su regreso. Sus ojos parecían... casi humanos, si tal cosa fuera posible. Habría llorado si hubiera sabido hacerlo. Jim levantó la mano y le rozó la mejilla, y solo pudo cerrar los ojos y seguir respirando. Su jefe se sentó en el borde de la cama y comenzó a besar cada rincón de su rostro, y Sebastian sintió que todo se desmoronaba, dentro y fuera de él. La habitación, su mente, su vida, el universo. Aquella vez no era la rabia la que le ahogaba, sino todo lo contrario y, aunque tenía claro que en su caso era una emoción aún más destructora, se dejó llevar, decidió abandonarse al momento, a las sensaciones. Pronto se liberaron de la ropa y Jim estaba sobre él, recorriendo todo su cuerpo, acariciando y lamiendo todas y cada una de sus cicatrices, las visibles y las ocultas por la tinta, besándolas mientras le miraba a los ojos como si realmente quisiera que dejaran de doler. Todos los trazos de su lengua confluían en un punto, y cuando al fin alcanzó su destino, no pudo reprimir un gemido. Le envolvió con su boca, tan viciosa como siempre, y le demostró cómo el hielo puede hacer sentir arder también.

—Date la vuelta, Seb.

Jadeó cuando dejó de chupársela, pero no dudó un instante en obedecer. Se apoyó en las manos y las rodillas.

Cuando sintió la lengua de Jim en otro sitio distinto a su polla pero igual de sensible, si no más, su mente se quedó en blanco. Se reseteó, igual que aquellas veces en que le habían torturado y su cerebro se había desconectado por un instinto de supervivencia. Solo era consciente de aquel pequeño y húmedo músculo despertando cada uno de los nervios de su cuerpo. Placer en estado puro y sin filtros. Se permitió gemir como nunca y Jim le dejó explayarse, llevándole hasta la locura. Cuando pensaba que se correría solamente con aquel estímulo, Jim introdujo un dedo en su interior, y el cambio le hizo jadear. El maldito conocía al milímetro su cuerpo, sus reacciones, todo lo que debía hacer para que se deshiciera en sus manos. Necesitaba más, quería tenerle dentro; si el sexo era la única forma de formar parte de él, que así fuera. No tardó en darle lo que deseaba, y fue casi demasiado. Jim le abrazó con fuerza, acercándose a su oído:

—Eres el único que me hace preguntarme cómo sería sentir como la gente ordinaria —le susurró—. Lo sabes, ¿verdad, Tigre?

Una vez le habían torturado clavándole estiletes en los puntos no vitales del cuerpo. El efecto de las palabras de su jefe fue parecido, aunque no sabía si las había dicho conscientemente para herirle o realmente pensaba que eran un piropo. Al contrario que en aquella ocasión, cuando buscó refugio en la mente para evadirse del dolor físico, optó por concentrarse en el plano material para ayudarse a no pensar. Solo existían ellos dos, sin nada más. Cuando el orgasmo le alcanzó, no solo tembló su cuerpo, también lo hicieron los restos desvencijados de lo que alguna vez debió ser su alma.


Al día siguiente, despertó como si hubiera dormido un día entero, con el cuerpo descansado y satisfecho y la mente extrañamente serena. Alargó la mano y comprobó que la otra mitad de la cama estaba vacía, así que se dispuso a salir de ella.

—¡Qué coj...! —exclamó al levantarse—. ¿Qué haces ahí?

Jim estaba sentado en un sillón, vestido con un traje impoluto y con expresión gélida.

—Siempre he tenido buena memoria, ¿verdad, Moran? —comenzó con su mejor "voz de negocios"—. Recuerdo muy bien lo que te dije cuando todo esto empezó: "Los sentimientos te hacen débil, y no admito débiles a mi alrededor".

El ex militar no tenía ganas de charlas tan de mañana. Se acercó al armario y sacó una camiseta y unos pantalones.

—¿A qué viene esto? —atajó.

—Nunca es buena idea intentar domesticar un tigre. Y no se puede dejarle de nuevo en su hábitat una vez domesticado. Cometí un error. Por suerte, me he dado cuenta y voy a arreglarlo. Te conseguiré lo suficiente para una nueva vida. No tendrás que volver a verme, ni tener nada que ver con la organización. Supongo que te das cuenta de lo excepcional de la situación, querido. Nadie deja esta empresa, si no es en un ataúd. Así que no te diré que estás despedido, sino que te concedo una excedencia durante tiempo indeterminado.

Sebastian se puso la ropa como un autómata, intentando procesar sus palabras. Varias veces le habían sometido a la tortura del agua. Era rápida, barata y no dejaba marcas visibles, por lo que era una de las opciones de referencia dentro del gremio. La sensación de que el aire no llegaba a sus pulmones era horrible, uno no terminaba de acostumbrarse por mucho que la conociera. El ultimátum de Jim hizo que se ahogara igual.

—¿Quieres que me vaya, sin más? —preguntó sin reconocer su propia voz—. ¿Después de todo lo que he hecho por ti? —"Y después de haberme follado así anoche", se repetía en su cabeza—. No te bastó con arruinarme la vida una vez, quieres hacerlo otra.

Su supuesto ex jefe frunció el ceño.

—Al contrario, quiero arreglarlo, ya te lo he dicho. ¿No te alegra mi oferta?

—¿Cómo coño me voy a alegrar, Jim? ¿Qué coño quieres que haga ahora?

El asesor criminal se encogió de hombros, todavía sin levantarse.

—Cualquier cosa será mejor que algo que te hace tanto daño —apuntó.

Sebastian se quedó helado. No era posible...

—Espera, ¿haces esto por mi bien? —preguntó con la mayor calma que pudo.

—Desde luego que no, estúpido engreído —le soltó Jim arrugando la nariz—. Te has ablandado y ya no me eres útil, punto. ¿Qué es lo que no entiendes?

El aire volvió a sus pulmones y tuvo que contenerse para no sonreír.

—Nada, está todo muy claro. — Se tomó un momento antes de añadir—: Me temo que no voy a aceptar la invitación, jefe. Tú mismo lo has dicho, no puedes devolver a un tigre domesticado al mundo salvaje. Si ya no me necesitas sobre el terreno, ponme en tareas administrativas.

Jim soltó un bufido y se levantó del asiento. Se situó frente a él, alzando el rostro para que quedara lo más cerca posible del suyo.

—¿Tareas administrativas? ¿Tú, Moran? —Su voz rezumaba desprecio—. Me rogarás que te mate en una semana.

—Ponme a prueba.

Alzó las cejas, desafiante, y Moriarty le devolvió una mirada irritada.

—No lo entiendo, estás rechazando la libertad. Podrías ser feliz de una vez.

Sebastian le miró, incapaz de reprimir la sonrisa más tiempo.

—Soy feliz cerca de ti, Jim. Pensaba que lo sabías.

—Anoche me dejaste claro que no lo eres. No has superado lo que pasó.

La sonrisa se congeló en su rostro.

—Por todos los demonios, Jim, cuando volviste te di un puñetazo. Y acordamos que no hablaríamos del tema. Ya sabías que me afectó lo que hiciste.

—Desde luego —asintió—. Pero una cosa es saber que estás enfadado; lo que no sabía era que estás tan roto.

El rubio tragó saliva con dificultad.

—Durante todo este tiempo mi forma de actuar ha sido la de siempre —apuntó—. No he dejado que mis sentimientos afectaran a mi trabajo. Si quieres invitarme a coger una excedencia, tendrás que buscarte otro motivo.

—Olvídate de la excedencia, Sebastian. —Hizo un gesto de apartar hacia un lado con la mano—. Pero si quieres quedarte, tienes que pasar página. Debes ser capaz de hablar de lo que pasó sin saltar como un resorte.

Sebastian tomó aire profundamente.

—Mira, ya sé que debías hacerlo. Ya me lo explicaste, sé que necesitabas desaparecer para poder continuar con el negocio, y que si yo estaba convencido de que habías muerto, era la mejor prueba para todos los del sector de que era cierto. Pero soy incapaz de hablar de ello como si nada, y menos de hacer chistes.

—Ahora estás hablando de ello.

—Sí, bueno, pero... —Se alejó unos pasos para tratar de calmarse, apretando los puños—. Joder, cómo te divierte hacerme daño.

James le siguió, hablándole a su espalda.

—¿Eres idiota? Esto no va de hacerte daño. Deberías saberlo. ¿No recuerdas cuando nos conocimos? También estabas roto, pero entonces no te importó hablar conmigo y contarme tu vida.

Sebastian se dio la vuelta para volver a enfrentarse a él.

—Era distinto. Eras un desconocido y no tenía nada que perder. Ahora...

—¿Te da más corte abrirte ante mí que antes? Anoche no parecía ser así, la verdad. —Sus ojos brillaron y le regaló una de sus sonrisas maliciosas.

A su pesar, aquello despertó de nuevo su deseo. A su pesar, tuvo que reírse. El otro prosiguió:

—Te conté por encima lo que hice durante esos tres años, lo que precisabas saber para el trabajo. Y tú me explicaste lo que necesitaba acerca de cómo continuaste con el negocio. Pero quiero saber más.

Se sentó en la cama, observándole.

—Siéntate en el sillón y empieza a largar.

Moran soltó una nueva carcajada.

—La verdad, Jim, nunca habría imaginado que tu profesión frustrada era la de psicólogo.

—Cariño, los locos somos quienes mayor interés tenemos en conocer cómo funciona esto. —Se dio unos golpecitos en la sien—. Si lo prefieres, puedo hablar yo. ¿Quieres que te cuente cómo lo preparé todo? ¿El disparo, los vídeos...?

—Mierda, no, no me vas a hacer una terapia de choque. Empecemos por otra puta cosa.

—Vale, entonces habla tú. Pregúntame lo que quieras. Vamos, seguro que tienes dudas que te están quemando en los labios.

Sebastian resopló y tuvo que reconocer que era así. Resignado, se sentó en el sillón como le había ordenado; después de buscar su paquete de cigarrillos, eso sí. Se encendió uno y aspiró, deseando que fuera algo más fuerte que simple tabaco. No le miró; le traía floja que se enfadara por fumar en la habitación. Al menos tenía derecho a eso, qué cojones.

—¿Qué salió mal, Jim? —preguntó tras un par de caladas más—. Cuando abrí la caja fuerte, pensé que no tardarías. Pero a medida que pasaba el tiempo, fui perdiendo la esperanza de nuevo. Cuando al fin apareciste, ya no te esperaba en absoluto —concluyó en voz muy baja.

Moriarty suspiró, dejándose caer hacia atrás en la cama, con los brazos en cruz.

—¿Que qué salió mal? Todo, Tigre. Es una larga historia, en la que aparecen intereses geoestratégicos, concesiones ferroviarias fraudulentas, oligopolios mediáticos, grupos terroristas descentralizados, la Internet Profunda, y cierto detective entrometido, así que empezaré por el principio: ¿Sabes que existen tréboles de cinco hojas?


—Esta tiene buenas críticas. Y va sobre el atraco perfecto.

Jim soltó un bufido despectivo.

—Igual aprendes algo y todo.

Le clavó la mirada sin variar un ápice su postura repantingada en el sofá ni dignarse emitir una palabra.

Sebastian borró la sonrisa que había comenzado a esbozar y solo añadió:

—En la tercera temporada sale esa actriz que tanto te gustó en la serie de la cárcel.

Aquello sí le hizo moverse. Moriarty se incorporó ligeramente, con un destello peligroso en los ojos.

—¿La escorpiona?

El francotirador asintió, reprimiendo una sonrisa. Con su jefe no convenía cantar victoria antes de tiempo.

—Bueno, veamos qué entiende esta gente por un gran golpe.

Sebastian le dio al botón de comienzo. Apenas habían transcurrido unos segundos, cuando llegó la primera queja:

—Qué mal se ve, Seb.

Puso los ojos en blanco.

—Te recuerdo que me has dicho mil veces que vas a hacernos una suscripción pirata a todas las plataformas y luego nada. "El hijo del zapatero, siempre va descalzo".

—Oh, por favor... No sé qué me da más pereza, si hacer ese rollo o tus refranes de abuelo.

Algunas cosas no cambiaban nunca. Ni siquiera tras la muerte.


Este capi hace referencias al 6 (cualquiera se acuerda... XD)