Por mucho tiempo que pase, me sigue divirtiendo imaginar a Jim y Seb haciendo de las suyas.
Muchas gracias por leer y comentar ^_^
—¿Qué tal, Vlad? —Acompañaron el apretón de manos con una breve palmada en la espalda. No podían decir que eran amigos, por supuesto, pero se caían todo lo bien que podían hacerlo en aquellas circunstancias.
—Cuánto tiempo, Sebastian. Tenemos buen material para ti. Y además quiero presentarte a un compañero nuevo. Le estoy preparando para que me sustituya, ya me estoy volviendo mayor para esto.
Una de las tareas que más disfrutaba de su trabajo era sin duda la provisión de armamento. Como en todo negocio, la calidad de las materias primas era fundamental para satisfacer las demandas de cada cliente con éxito.
Por su pasado en el ejército, Sebastian conocía a la perfección cómo seleccionar material y, gracias a Jim, podía permitirse adquirir lo mejor de lo mejor para él y para sus hombres. También recibían peticiones de terceros, la mayor parte de las veces de grupos más interesados en la cantidad que en contar con la última tecnología, pero en ocasiones también les llegaban encargos más refinados y tenía que tirar de sus contactos más especializados. Aunque no era estrictamente necesario que fuera de forma presencial, le gustaba hacerlo.
La Unión Europea había reforzado mucho los controles en su afán por dejar de ser uno de los epicentros del tráfico de armas, así que operaban principalmente a través de intermediarios; en cambio, la zona de los Balcanes seguía siendo una buena fuente de abastecimiento y Vlad estaba al tanto de todo lo que se cocía en la región.
—¿Qué dices? Si estás hecho un chaval.
—Este sí que lo es, y muy listo para su edad. Además, se le da muy bien canibalizar.
—Ah, pues luego me gustará hablar con él. Tengo un proyecto entre manos que me está dando muchos problemas.
El sonido de una notificación en el móvil interrumpió su conversación.
"¿Estás tan entretenido con tus juguetes que no te acuerdas de escribirme?".
Suspiró. A veces Jim no se dignaba contactar con él, y otras no le dejaba en paz.
"No llevo aquí más que unas horas, ¿y ya me echas de menos?".
"Solo echo en falta una parte de ti, Tigre".
Sonrió mientras tecleaba la respuesta:
"¿Solamente una? No me lo creo, cuando estás conmigo actúas como si te gustara todo de mí".
Odiaba reconocerlo, y jamás lo haría, pero él sí que extrañaba a su jefe. No entendía por qué: convivir con Jim era como jugar a la puta ruleta rusa a cada momento. Nunca sabía si iba a ser insufrible o encantador. Como una partícula cuántica, solo podía descubrir su estado cuando le observaba, no había forma de predecirlo.
Se dio cuenta de que seguía con una sonrisa tonta en la cara, así que la borró de inmediato e hizo un gesto al serbio para disculparse.
—Sin problema. Vamos al almacén y luego en la comida te presento a Luka y charláis de vuestras cosas.
Pasó una mañana entretenida, haciendo preguntas a Vlad y probando algunas muestras del género. Durante el almuerzo, le explicó con detalle al próximo sucesor de su colaborador cómo estaba utilizando piezas de varios rifles antiguos para lograr uno de cerrojo con dos cañones, y el chico le dio varios consejos de utilidad. Jim no volvió a escribirle, y por un lado lo agradeció porque le permitió concentrarse en la conversación, pero por otro le irritó porque pasó cada minuto esperando que lo hiciera.
Su avión salía de Belgrado a la mañana siguiente, así que aprovechó para dar una vuelta por las calles de Kuršumlija, donde se alojaba, y tomar unas Jelen en una de sus tabernas.
Cuando regresó al motel, cogió el teléfono, valorando si marcar el número de Jim o no. Era muy poco profesional por su parte, pero cuando más le echaba de menos era a la hora de dormir. No decía mucho a favor de su salud mental el hecho de que le diera tranquilidad dormir abrazado a lo más parecido a una bomba de hidrógeno personificada.
Mientras estaba terminando de decidirse, fue Jim quien le llamó. No podía negar que le agradaba que fuera él quien diera el paso.
—¿Cuál era esa parte de mí que echabas de menos? —le soltó nada más descolgar.
Su jefe ignoró su pregunta y en su lugar comentó:
—Son bonitos esos cuchillos que has elegido. Con forma de garra de tigre, muy apropiado.
Sebastian apretó la mandíbula.
—Sé que el móvil lleva un localizador, pero ¿qué me has puesto además? ¿La aplicación esa que usan las parejas para ver si su pareja se la pega?
—El nombre técnico es programa espía —contestó con toda tranquilidad—. No te preocupes, no graba imagen, solo audio. En realidad no he visto los kerambit, pero he buscado fotos en Internet.
Contó hasta tres.
—Igual no te fías de mí después de tanto tiempo.
—De ti sí, de quien no me fío es del resto del mundo. No te enfades, hoy en día todos espían a todos. Nunca me ha ido mejor: hay tanta gente que quiere comprar datos, y sobre todo hay tanta gente que no sabe ni qué datos quiere exactamente, que me los podría inventar y me pagarían igual.
—No me interesa si todo el mundo la usa, en cuanto vuelva me desinstalas esa mierda o le pego cuatro tiros al móvil.
Su risa revoloteó al otro lado de la línea.
—Tesoro, el teléfono no te ha hecho nada y me costó muy caro. Además, sin él, no podríamos tener conversaciones como esta. ¿Volvemos a lo de cuánto me gusta tu cuerpo?
—No estoy de humor. Odio que me controles, ya lo sabes. Entiendo lo del localizador, es por seguridad, pero ¿necesitas cotillear mis conversaciones también? Este viaje es uno de los pocos momentos que tengo para mí, y tienes que fastidiármelo.
—Por favor, Seb, me vas a hacer llorar —dijo su jefe—. ¿He herido tus sentimientos? ¡Perdoooooona!
Aunque sabía que se iba a arrepentir, colgó. Escuchó con satisfacción cómo Jim le volvía a llamar y le ignoró. Que esperara. Estuvo un rato mirando noticias en internet, y recibió una segunda llamada pero, tras ver que su intento era de nuevo infructuoso, el criminal asesor no volvió a insistir.
Estaba pensando en acostarse de una vez, cuando recibió un mensaje:
"Ahora mismo no sé si lo que quiero hacer con tu cuerpo es lamerlo y adorarlo o desollarlo y eviscerarlo. Tú decides".
Muy a su pesar, le recorrió un escalofrío, de naturaleza muy distinta para cada una de las dos cláusulas.
"Me has amenazado tantas veces con arrancarme la piel que ya cansa. Innova un poco, James". Se imaginó su expresión de furia contenida y dudó si no se la estaría jugando demasiado. Al ver que no le respondía, soltó el dispositivo con fastidio, dejando que cayera pesadamente sobre el colchón. Bah, cuándo se había vuelto un gallina.
Se desvistió y fue al baño, y sopesó si entretenerse un rato consigo mismo, para aprovechar que todavía disponía de un sistema tegumentario intacto. Cuando se estaba animando, le interrumpió el sonido de una notificación. Salió al momento.
"Lo he desactivado de forma remota. Ya no tienes que preocuparte por si te escucho hablar de pistolas y machetes".
Lo leyó un par de veces. Debía reconocerle a Jim que nunca defraudaba y siempre lograba sorprender; incluso a él, que ya debía estar curado de espantos.
Aquello no garantizaba nada, claro. Era probable que a su regreso se encontrara con que su jefe le tenía preparado algún tipo de castigo, pero por el momento disfrutaría de aquel efímero espejismo de tregua.
"Gracias". Moriarty estaba acostumbrado a su concisión y tampoco quería extenderse en ese tema, bastante era que le agradeciera por algo que no debía hacerlo. Pensó que sería mejor volver a la cuestión que habían dejado sin resolver:
"¿Entonces has decidido que prefieres la opción de lamer mi piel?".
"Sabes que me debes una, ¿verdad?". Apretó los dientes sin abandonar su sonrisa. Al parecer Jim no estaba dispuesto a dejarlo correr como si nada, así que él tampoco iba a hacerlo. Se tomó unos instantes para pensar una respuesta.
"Claro, y como tú me debes unas cuantas, tacharé una de tu lista". Enviar. Luego se tumbó, dispuesto a dormir.
No fue posible:
"Tigre, tigre... Ya hablaremos de listas a tu regreso. Ahora, tengamos una agradable charla". Imaginó su sonrisa si estuviera delante diciéndoselo. Tan indicativa del peligro como los patrones de colores de los animales con aposematismo.
No podía negarse y, qué diablos, no tenía ningún interés en hacerlo. Jim sabía ser muy evocador y minucioso en sus descripciones, tanto si se trataba de anticipar torturas como de recrear placeres. Marcó su número y se centró en el presente, negándose a darle más vueltas.
Suponía que, si uno busca un trabajo en el que no se aburra nunca, luego no puede quejarse si eso es lo que recibe.
