Capítulo 11

Las ataduras que se soltaron

El atardecer en su ventana le brindaba cierta calma que anteriormente no hubiera sentido, su mente estaba ligera, el pasar de la luz a la oscuridad no era motivo para desanimarse, la vista de este evento de color anaranjado era una belleza que jamás apreció con detenimiento. Pensaba en su promesa por un futuro mejor, una y otra vez, siendo consciente de la pesadez de este deseo que se aferraba a su corazón. Después de muchos años sentía lo que era anhelar un futuro, pensar en el mañana y luchar por él.

Estaba pensando en el tiempo como algo que podía alcanzar, caminaba sobre los minutos, los días, meses; viendo el atardecer de una forma más positiva. Sonreír resultó inevitable.

—¿Yusaku?—lo llamó el pequeño Ignis que se posaba en el orbe de su disco de duelos.

—¿Mhm?

—¿Realmente crees que podemos tener un futuro con los humanos?

Su capucha ocultaba un poco de su rostro, Ai no podía alcanzar la mirada de su origen. Yusaku quedó absorto en las posibilidades y en vez de pensar demasiado lejos, sólo se quedó estancado en lo seguro: —Eventualmente.

Ai ladeó la cabeza, confundido.

—No aceptarán un cambio inmediato, pero con paciencia, puede que suceda. Todo es posible.

Yusaku no apartaba su verde mirada en las nubes rosadas. Hubo un rato de silencio hasta que Ai lo rompió con una voz sorprendentemente tranquila.

—Mientras pueda estar contigo, no me importaría esperar siglos a que los humanos se acostumbren a mí—confesó el Ignis, sorprendiendo a Yusaku, quien arrancó sus ojos del atardecer para mirarlo. Ai también estaba pegando sus ojos al cielo, como si aquel cielo significara ese futuro que quería sostener y abrazar con sus propias manos.

—Ai…

Ai se encogió de hombros—Lo sé, a veces me paso de poeta—dijo con alarde, tratando de evadir la poca timidez que sentía. Todavía no estaba seguro de sus sentimientos por Yusaku pero tenía la certeza que no quería separarse de él.

—No es eso—intervino Yusaku—No viviré más de un siglo.

Ai infló los cachetes, sintiéndose burlado por su propio origen. Sacudió sus manos como si el argumento de su compañero humano no fuese válido—¡Ah! ¡Eso puede arreglarse! ¡Sólo necesitas ejercitarte más y comer y…!

Un suspiro—no—una risa hizo que se callara con el fin de disfrutarla en su máximo esplendor. La risa de Yusaku era tan suave que casi era silenciosa, pero su sonrisa no resultaba invisible hasta que desvió la mirada de nuevo al cielo.

Definitivamente, Ai quería permanecer al lado de Yusaku, y Yusaku…

—Sí, puede ser—murmuró melancólicamente.

Yusaku también quería creer en un futuro con Ai.

¡Yusaku! ¿Puedes oírme?

¿Ai?

No, esa voz no sonaba como la de Ai. ¿Por qué sonaban tan desesperados? Su cabeza pesaba una tonelada, apenas podía mover sus brazos, era como si sus huesos fueran de piedra. Respirar incluso dolía bastante, su garganta se sentía rasposa. El atardecer había desaparecido, ya no estaba reposando en su ventana con la cálida compañía de su Ignis.

¿Por qué pensar en Ai ahora resultaba tan estresante?

Abrió sus ojos, como si sus párpados tuvieran pegamento. Takeru estaba a su lado, se veía angustiado y al mismo tiempo, aliviado. ¿Qué sucedió? ¿Derrotaron a Bohman al final? ¿Pudieron salvar a los Ignis? El sol estaba brillando tanto que podría quedarse ciego; no estaba en su apartamento, tampoco parecía estar en la casa de alguien. Estaba lleno de cables, vendas, máquinas. Entonces…

Recordó.

Comenzó a jadear pesadamente, y cuando pudo retomar su respiración esta se empezó a entrecortar, no importaba cuanto doliera no podía siquiera intentar respirar con normalidad. Sus ojos se le llenaban de lágrimas y quería gritar pero su voz no salía, su garganta parecía estar sangrando por dentro al intentarlo. Aparecieron unos sujetos de blanco que alejaron a Takeru y a Shoichi de él y lo tomaron y movieron a su antojo para calmarlo.

Hablaban a gritos, no podía entender lo que pronunciaban. No quería entenderlo.

Ai…

Ai.

¡Ai!

Eso era lo que su boca tanto quería sollozar, sólo su pánico expresaba el dolor emocional que sentía. No quería recordar de nuevo la fría y filosa sensación del cuchillo sobre él y esos ojos dorados que denotaban una tristeza reprimida. No quería pensar que Ai sería capaz de todo lo que sospechó, no quería aceptar que el tiempo que pasó con Ai aun cuando este fingía ser Daisuke fue en vano.

No entendía por qué Ai se hacía pasar por un humano, por qué había creado toda esa historia y ese nombre falso, quizás pensando que los demás humanos no lo aceptarían, quizás pensaba que era divertido jugar a ser alguien más. A Yusaku no le importó encontrar la razón de sus acciones, el tiempo que pasó con Daisuke era el tiempo que pasaba con Ai, lo sabía, no podía no saberlo, simplemente lo negó por un tiempo y luego lo aceptó, pensando que tarde o temprano Ai se cansaría de jugar y escupiría toda la verdad, que era una tonta sorpresa para él; un estúpido experimento suyo.

Sin embargo, había algo más. Siempre hubo algo más y no lo vio.

¿Qué fue lo que salió mal?

No dejaba de preguntarse eso hasta sentir un pinchazo que hizo que durmiera otra vez.

—¿Yusaku?

Takeru ya no le gritaba, acariciaba su cabello, removiendo los mechones que molestaban su nariz. No soñó nada esta vez, y despertó con más claridad, pero las cadenas de su cordura estaban por romperse ante el más mínimo desliz.

—Estuviste en coma por tres meses, la cirugía que te hicieron luego del asalto provocó un daño temporal en tus cuerdas vocales, dicen que no podrás hablar por un tiempo.

Yusaku de todas maneras no quería hacerlo, si tuviera la posibilidad, simplemente seguiría callado como ahora, sólo que esta vez tenía una excusa y nadie se preocupa por ello. Apenas podía mirar a Takeru, sus ojos estaban pegados al techo, a la luz blanca que le recordaba a la horrorosa habitación de su secuestro.

El chico frunció los labios y apretó la mano de Takeru. Lo miró fijamente, como si intentara comunicarse con sus ojos. No supo qué hizo exactamente para que Takeru lo comprendiera pero, en cierta forma, lo escuchó.

—No te preocupes, Yusaku, te sacaré de este hospital y vendrás con mis abuelos. Ellos cuidarán bien de ti.

Takeru no tenía intenciones de dejarlo un minuto más en esta ciudad tan riesgosa, también sabía perfectamente que Yusaku detestaba los hospitales tanto como él.

Cuando Takeru dijo eso, Yusaku aflojó su agarre y suspiró de alivio, mirando de nuevo al techo.

—¿Estás bien?

Parecía que Ai se había paralizado por un instante, estaba acomodando algunos cables del SOLtiS de Lightning para revisar su sistema y asegurarse de que nada estuviera fuera de lugar. Que Lightning haya tardado en despertar le había preocupado demasiado, pero en el medio en que enfoca su atención hacia el Ignis de Luz, de pronto comenzó a recordar un momento que tuvo con Yusaku antes de que la catástrofe con Bohman sucediera; cuando todavía creían que tenía el futuro al alcance de sus manos, con el atardecer como testigo de sus palabras y creencias. Se sintió nostálgico por unos instantes hasta que Lightning lo sacó de ese agujero desesperante con una genuina preocupación.

—¿Desde cuando te preocupas por mi?—rio Ai, sacudiendo su cabeza y quitando cuidadosamente los cables a Lightning.

—Desde siempre me he preocupado, sólo que ahora me doy cuenta de eso—murmuró Lightning, como si se tratara de un llamativo descubrimiento. De hecho, lo era, Lightning usualmente era brusco, egoísta y arrogante, Ai llegó a temer que revivirlo sería un grave error pero desde que se conectó con él para reiniciarlo, no sintió ninguna emoción hostil.

Era extraño pero lo aliviaba, por lo que no iba a preocuparse por eso ahora que los tenía a todos vivos y estables.

Casi todos los Ignis ya habían escogido su apariencia, Flame se esforzó en mostrarse lo más "atractivo" y extravagante posible, con un toque de sobriedad. A Ai le alegraba que ya estuvieran actuando como ellos mismos, pero le inquietaba que Flame inmediatamente se pusiera en la posición de querer ver a su origen.

Los únicos recuerdos que guardaban del tiempo que pasaron con sus orígenes estaban basados en lo que Ai había visto, porque el 80% de su memoria le pertenecía a los datos de Ai, fue difícil restaurar todos los recuerdos que habían recolectado, el 20% se trataba de lo que habían vivido en el Cyberse y algunos sucesos que quedaron frescos antes de desaparecer. Realmente no era mucha la diferencia, pero sí era un hecho que no estaban "como antes".

Earth le temía al mundo exterior, Windy no decía mucho desde que despertó y Lightning ahora era más…

...sensible. Los únicos que se sentían como ellos mismos eran Flame y Aqua.

—No te culpo por no querer que Flame salga a ver a su origen, presentarnos ante el mundo ahora sería peligroso—comentó Lightning, calmando la inquietud de Ai, pues, su razonamiento lógico permanecía intacto.

—Pensaba reconstruir el Cyberse y luego…

—Necesitabas muchos más datos para reconstruir un hogar para nosotros. Apenas tienes la fuerza para volver a ser quién eras—sonrió Lightning con cierta ironía—Apostaste más datos de lo que podrías ofrecer.

—Dije que haría lo que sea por ustedes y si eso significaba arriesgar mi propia vida, no me importaba.

Ai terminó de desconectar el último cable, Lightning estaba por levantar su mano, quién sabe para qué, sus ojos verdes estaban fijos en los dorados del de oscuridad—A mi…

Lightning no pudo terminar la frase ni dirigir su mano hacia donde deseaba, cuando Ai se levantó bruscamente, llevando dos de sus dedos a su sien. Ai estaba recibiendo señales extrañas y ruidosas.

Alguien estaba tratando de comunicarse con él.

—Tengo que irme, prometeme que no irás a ningún lado—dijo Ai.

—Yo no, pero Flame…

—Flame no sabe dónde está Takeru, jamás saldría de aquí sin tener esa certeza y su Link Sense no es tan bueno como el mío—presumió Ai, sacudiendo su cabello con alarde antes de retirarse del lugar, dándole un último vistazo a su familia.

No pudo evitar sonreír.

—Bien, todo listo—pronunció Takeru con una motivación que Yusaku envidiaba en estos momentos, su cabeza no podía salirse del recuerdo que lo atormentaba pero irse de ese hospital era uno de los primeros pasos que debía dar para poder llevar sus reflexiones a la claridad.

Takeru se ocupó de juntar parte de sus cosas que no eran muchas, sólo unas pocas prendas sencillas, no quería nada más de su apartamento, ni siquiera el cascarón vacío de Roboppi. Shoichi se quedó con aquel robot para mantenerlo cuidado y limpio.

Takeru lo arrastró en la silla de ruedas, alejándolo del hospital, Shoichi lo esperaba en su camioneta para llevarlos a la estación de tren. Las maletas estaban ahí, los boletos estaban comprados, sólo tenían que tomar el tren y cuando eso sucedió, fue como si Yusaku se arrancara una parte importante de su cuerpo, como si huyera de algo invisible. Tanto Shoichi como Takeru fueron comprensivos con Yusaku, no lo presionaban con discursos largos ni mostraban algún tipo de desánimo, Yusaku quería mostrar gratitud pero no tenía la fuerza para hacerlo.

De nuevo, era como si su tiempo se hubiera detenido.

En el tren, sentado junto a Takeru, viendo hacia la ventana podía observar cómo la ciudad se alejaba de él y no al revé preguntaba cuándo tendría la fuerza para regresar y enfrentar lo que sucediera allí, ¿por qué tenía el presentimiento de que algo sucedería? Desde que despertó, no dejaba de recibir un montón de señales estáticas y extrañas, como cuando Revolver construyó la Torre de Hanoi. Eran como si sus neuronas fuesen cables pelados que liberaban una que otra chispa ruidosa dentro de su cabeza, muchas señales se le acumulaban en su interior y no podía oír si provenían de Ai.

Se sentía como Ai, se sentía como algo más que una migraña.

Con el pasar de las horas, sus ojos quedaban plantados en el cielo que se iba tiñendo de naranja. Finalmente, parecía una tarde de verano pero no brindaba el alivio que todos le atribuían. Parecía que el clima estaba contento, esperanzado y con altas expectativas de concluir en paz cuando llegara su hora.

Sabía que el sol tendría que esconderse para darle espacio a la luna y las estrellas, que brillaban tanto como el día mismo. Las ventanas abiertas le permitían absorber el aroma del pedido de auxilio del césped recién cortado. Frunció los labios al pensar en la ironía de que algo tan hermoso y memorable era en realidad un sufrimiento que no muchos tenían en cuenta.

La salida de la estación de tren que los dirigía al pueblo donde Takeru vivía no fue tan bullicioso como había esperado, aun así, Takeru lo tomaba de la mano con temor a que se perdiera, pero en realidad, se trataba de un ambiente bastante tranquilo y poco habitado a estas horas. Nunca se había sentido tan necesitado del silencio como ahora.

Esperó un comentario repentino y absurdo de Ai, sin embargo, ni una voz alcanzó sus oídos para molestarlo y obligarlo a decirle que se callara, ni siquiera tenía el peso del disco de duelos en su brazo.

La casa de Takeru tenía un estilo tradicional, un tranquilo aroma a incienso que lo alejó de la podredumbre de la ciudad, era como mudarse a otra dimensión, una llena de paz y naturaleza. Sus abuelos lo recibieron con amabilidad, mientras Takeru le explicaba la situación a su abuelo, la abuela de Takeru le preparó un té de jengibre y manzanilla con miel. No se sentía listo para beber algo aún, aunque en el hospital tuvo que beber agua de a sorbos, ahora tendría que hacer lo mismo. Se sentía un poco mejor pero todavía le faltaba tiempo para sentirse completamente recuperado.

La abuela de Takeru sabía lo que hacía, era un remedio casero para relajar su garganta, sin contar las otras propiedades positivas que le mencionó pero él no alcanzó a memorizar o prestar atención. Su mente todavía disociaba entre el recuerdo de aquel trauma y la realidad tranquila en la que ahora se encontraba.

Sólo asintió con la taza de té en su mano, mostrando gratitud.

Poco tiempo después, Takeru se acercó hacia él y tenía esta extraña costumbre de arrodillarse delante de él y tomarlo de las manos o sus rodillas como un consuelo desesperado que ocultaba con una calmada sonrisa. —Mis abuelos aprueban tu estadía, puedes quedarte incluso si te recuperas. Tú serás el primero y el último en decidir si regresar a la ciudad o no, nadie va a apurarte.

Takeru agachó la mirada, sabía que quería decir algo más, Yusaku presionó su mano y Takeru se sobresaltó—Oh, sólo que...—suspiró—Tampoco te presionaré para que me cuentes lo que sucedió, pero no pienso ignorarlo. Si algún día te sientes listo de contarme, con gusto te escucharé y me ocuparé de vengar…

Antes de que Takeru pudiera terminar, Yusaku expresó su disconformidad con la venganza que Takeru prometía dándole una leve palmada en la mejilla.

Curiosamente, Takeru lo miró sorprendido y luego soltó una cansada carcajada que poco a poco relajó el corazón de Yusaku—Está bien, no haré nada sin tu permiso, su majestad. Y para que no me sigas golpeando para comunicarte, tengo algo que podría ser útil.

Takeru se levantó y fue a buscar algo en una de las habitaciones. Yusaku todavía no tuvo oportunidad de verlas, hasta ahora sólo conoció el pasillo de entrada, la cocina y la sala de estar. Takeru regresó trayendo entre sus manos un pequeño libro que al abrirlo estaba lleno de páginas en blanco y en el rulo anillado colgaba una lapicera—Aunque en tu mochila está tu tableta, no he sabido encenderla todavía pero Kusanagi-san dice que instaló un programa para que pudieras comunicarte conmigo sin necesidad de señas. Pero, mientras tanto, puedes escribir en este pequeño diario—se encogió de hombros con timidez—Me lo regalaron en mi cumpleaños, nunca fui capaz de escribir nada, quizás tú puedas darle un mejor uso.

Yusaku quedó congelado, apreciando la sencilla tapa del diario. Era gruesa y de un negro alisado mientras que la lapicera era roja. Por un instante, pensó que sería como escribir un mensaje con su propia sangre.

Presionó el objeto con nerviosismo, Takeru interrumpió su pánico, tomándolo de nuevo de la mano—Ven, te llevaré a mi habitación. Tengo un futón extra, así que no te preocupes, no tendremos que compartir cama ni nada parecido—rió torpemente.

Yusaku fue guiado hasta la habitación, en comparación con la suya, estaba mejor cuidada, tenía sólo los muebles necesarios y un ropero con un poco más de variedad de vestimenta.

—Puedes dormir en mi cama, yo dormiré en el futón.—señaló Takeru, caminando hacia la puerta—En unos minutos estará la cena, yo te avisaré.

Yusaku escuchó la puerta cerrarse detrás suyo, veía que los bolsos con su ropa estaban en una esquina. No tenía ánimos de ordenarla ahora mismo, en cambio, se sentó en la silla del escritorio y abrió el diario, sus ojos plasmados en la página en blanco. ¿Qué podía comunicar? Si pudiera hablar, ¿qué podría decir?

Todo lo que quería pronunciar era para Ai, y aun si pudiera verlo ahora mismo y hablar a todo pulmón, no podría decirle nada. Sólo eran preguntas, sentimientos que no sabía expresar.

Tomó la lapicera y dibujó un signo de pregunta al inicio de la página. Nada más que eso podía expresar lo que sentía ahora mismo. Alzó su vista a la ventana, el cielo estaba despejado, la luna brillaba sobre él.

¿Ai también estaría mirando la luna?

Una luna roja, un callejón desierto, sólo la luna lo estaba observando en su soledad y espera por la presencia de quién lo había llamado. Sus ojos dorados no se apartaron del cielo artificial que se presentaba delante de él hasta que la persona decidió aparecer.

Ai soltó una risilla, dando una voltereta al sentir que venía detrás de él. El sonido brusco de un estallido causó que actuara con rapidez, sin eliminar la sonrisa burlona de su semblante, su mano se quemaba al presionar la bala que había detenido al girarse. Esa bala podría haber atravesado su espalda pero…

—¿De verdad creíste que podías entrar a mi programa con esto, Revolver-sensei? Me decepciona lo inútil que te has vuelto con el pasar del tiempo.

Revolver no dejaba de apuntar con su pistola, aunque el primer intento fue inútil y las palabras de Ai le daban a entender que si lo intentaba de nuevo y no fallaba, sería igual de inútil.

—Sólo tienes que preguntarme, ¿acaso no éramos amigos?

—Nunca fui amigo de un Ignis.

—¿Qué pasó con nuestra despedida emotiva? Incluso me llamaste por el nombre, lo cual me conmovió demasiado—dijo mostrando una fingida aflicción, con su mano en su pecho, dejando caer la bala que se evaporó antes de tocar el suelo.

Miró fijamente al Caballero de Hanoi, una mirada llena de odio pero que expresaba una extraña incertidumbre en él.

—Dame una razón para confiar en ti.

Ai arqueó las cejas, sorprendido por las palabras de Revolver. Partió sus labios a punto de responder, sin embargo, sólo rompió en otra carcajada que tuvo que cubrirse la boca, cuando pudo calmar su risa histérica, suspiró pesadamente y contestó: —¿Para eso me trajiste a esta red privada? Vaya, eso sí que no me la vi venir.

Hubo un largo silencio, las nubes taparon la luna—No existe una razón.

Revolver apretó los dientes.

—Bien, sólo sigues dándome excusas para pulverizarte.

Un disco de duelos se materializó en el brazo de Revolver. Ai se enderezó, frunciendo el ceño.

—Así manejaremos esto—murmuró, haciendo aparecer su disco también—Si así lo quieres…

Ambos ojos se enfrentaron decididos a no tener espacio para el diálogo. Sólo abrieron sus bocas para gritar al unísono:

—¡Al duelo!