Este del Sahara

3,548 A.C.

Aún en medio de una extensa oscuridad, iluminada parcialmente por una luna llena en un cielo estrellado, podía verla otra vez.

Quieta, solitaria, oculta por una larga capa cubriendo su cuerpo entero, mirándolo desde la cima de una duna en el horizonte, y apoyada por un largo bastón de madera en su mano, la figura no quitaba su vista sobre él.

El hombre de barba larga, vestido solo con prendas y sandalias, no pensaba dejar de hacer lo mismo con ella.

Días. Noches.

Bajo los intensos rayos del sol y las largas estrelladas noches de oscuridad, entre cada manantial, duna o colina rocosa recorrida, cada paso dado con el resto de su caravana por detrás, el hombre nunca había perdido de vista cada lejana posición que la figura había tomado.

Hablar con ella había sido en vano, fue una lección aprendida a las malas luego de de cinco intentos seguidos de enfrentarla de una vez por todas. Todas terminaron en fracaso al notar su ausencia alrededor, sin el más mínimo rastro dejado en su lugar. Su repentina aparición un tiempo después sólo seguía trayendo más dudas y preguntas, tal y como cada una de las siguientes veces que desaparecía y reaparecía a cada rato, y lo seguiría haciendo mientras más distancia tomaba la caravana.

Y una vez más, he aquí, sus silenciosas vistas se reencontraban una vez más, bajo el frío y seco viento del desierto. Aún con un serio semblante en su rostro, la incertidumbre inundaba la cabeza del hombre.

¿Estaba probando algún dios su paciencia?

¿Acaso algún espíritu del desierto jugaba un sucio truco sobre él?

¿Eran los augurios tan malos para él, su familia y su caravana para mandar tal extraña y misteriosa señal como esta?

No podía saberlo con certeza, y eso era lo que más le preocupaba.

Su mente dejaría de excavar más profundo el momento que un pequeño tirón de su prenda llevó su mirada abajo a su lado. Toda duda y preocupación pareció desaparecer de su mente.

El hombre sonrió, acariciando la cabeza de una pequeña y alegre niña. Sus pequeñas manos le extendían un pequeño collar, formado de piedras finas y plumas atadas a un denso hilo. Qué era este, ¿el quinto o sexto collar que su hija había creado durante el trayecto? A este punto, ya no podía dudar de lo bien que había heredado su talento de su propia madre; siempre andaba creando cualquier cosa con lo que encontraba o lo que sea que sus manos pudieran agarrar.

Ella hubiera estado orgullosa de su hija.

El hombre revisó el collar y lo devolvió con felicitaciones a la niña, dejándola correr felizmente de regreso al pequeño asentamiento tras él, iluminado por la cálida luz de las antorchas y acompañado por sonidos docenas de agradables charlas y jubilosas risas.

El mayor suspiró en alivio. El campamento aún estaba en paz. Ya no faltaba mucho para que la caravana finalmente llegara a su destino, y él solo mantendría su guardia abajo cuando todos lograran incorporarse a los crecientes asentamientos por los ríos. Poca era la vida y vegetación que aún quedaba en medio de este desierto, un páramo irreconocible si sus ancestros pudieran verlo. Los antaño días de vegetación y prosperidad habían muerto bajo toda la arena.

Moverse y empezar de nuevo no había sido una fácil decisión a tomar, pero el bien de su campamento dependía de ello. Tendría que trabajar y asegurarse que su incorporación a los poblados fuera adelante sin complicaciones.

Pero ese solo era un tema para otro momento.

El hombre volvió su vista al frente y suspiró.

La ausencia de la figura en el horizonte no le sorprendió a este punto.

Pero fueron repentinos ruidos a la distancia que captaron su atención a sus espaldas, acercándose cada vez más y más. Fueron los gritos de alarma que lo alertaron e inmediatamente lo obligaron a fijar su vista a la distancia.

Caballos, podía verlos cabalgando en dirección al campamento.

Fueron los gritos de guerra de los jinetes, mazas y hachas de piedra en mano, que lo obligaron a correr desesperadamente de regreso al asentamiento en pánico.

Bandidos. Un numeroso grupo.

Mujeres corrieron en pánico al interior de sus carpas, y los hombres cargaron fuera tan pronto tuvieran sus armas a mano. No fue mucho hasta que lanzas, mazas y hachas de piedra empezaran a chocar y crujir contra las armas de los invasores.

Los gritos y quejidos de dolor empezaron a llegar.

El hombre logró entrar a su carpa en un frenético apuro, buscando su maza entre todas sus pertenencias. Escondida en el rincón, halló su objeto en las manos de su asustada pequeña hija tomando refugio. El mayor tomó el arma de sus manos, intercambiando unas rápidas instrucciones a la niña por su seguridad. Podía ver el profundo miedo en su rostro, uno que intentó controlar con una acaricia a su cabello y palabras de consuelo al limpiar unas lágrimas en sus ojos.

"No importa donde el viento te lleve, nosotros siempre estaremos a tu lado."

No esperaba que recordara las últimas palabras de su madre al nacer, pero se aseguraría que ella jamás lo olvidara mientras él viviera.

El hombre dio un último beso en la frente de su hija, asegurándose sonreír mientras ella aún tuviera la vista en él.

Aquella fue la última cosa que vio de su padre antes que saliera corriendo fuera.

El hombre no había puesto un pie en el exterior para cuando llamara la atención de un cercano bandido. Unos fuertes golpes fueron esquivados por el invasor con lanza, pero el hombre aprovechó una falla en el repentino ataque de la lanza para ir de frente, golpear la cabeza con su maza para aturdirlo, y otorgar un último fuerte golpe al mentón para mandarlo inconsciente al suelo.

La arena se convirtió en el último reposo del bandido, parte de sus dientes y unas gotas de sangre. No daría otro paso más en su vida, no con su cráneo y mandíbula rota.

El hombre volteó su camino y cargó contra más invasores, esquivando cada ataque y acabando uno por uno con los bandidos al alejarse más del centro del campamento. Sus fuerzas le permitieron seguir luchando al lado de sus hombres, pero las bajas no tardaron en llegar uno tras otro. La caída de uno de sus hombres distrajo su atención de un fuerte golpe a su cabeza desde atrás, cayendo aturdido a la arena. El hombre volteó su horrorizada mirada para notar a un jinete con lanza sobre él, gritando indistinguibles palabras y apuntando su arma hacia su pecho.

El arma se alzó sobre su cuerpo, y el hombre barbudo dejó salir un último respiro.

Su momento había llegado, y jamás tendría tiempo suficiente para lamentar todas las cosas.

El arma bajó rápidamente en dirección hacia su pecho-

Para detenerse repentinamente y luego simplemente en la tierra, tal y como su portador al caer de su caballo con un débil quejido. Aquel sería el último respiro en su vida que una resplandeciente flecha incrustada en su cabeza le permitió dar.

El hombre en pánico y confusión se arrastró hacia atrás, tratando de procesar lo que acababa de suceder. Poco tuvo para hacerlo cuando una figura corrió a su lado, extendiendo su mano y trayendo la flecha incrustada en el cráneo de su victima de regreso a su mano.

¿Era una visión? No lo sabía, pero el hombre no podía comprender que clase de fuerza invisible había logrado hacer tal cosa. Solo podía admirar en silencio a la familiar y misteriosa figura en capa, la misma que lo había atormentado todo este tiempo, llevando su flecha a la cuerda de un bello y pequeño arco en su otra mano. Quedó fascinado por el simple tamaño de su arma, su resplandeciente cuerda, su fascinante decoración y el combinado color amarillo-naranja-rojizo que conformaba el arco entero.

Un mismo color que juraba haber visto en la mano de la figura.

El asombro no hizo más que crecer tan pronto la flecha fuera tensada en el arco, siendo disparada tan rápido como la figura había llegado a apuntar hacia el próximo invasor a la vista. El proyectil volaría por los aires, dejando salir lo que el hombre solo podía describir como un brillante rastro de luz de la propia luz del sol tras su trayecto.

No fue difícil encontrar su siguiente destino, traspasando con fuerza el pecho del próximo invasor al caer de su caballo. El animal corrió despavorido.

La flecha voló de regreso a su dueño, justo a tiempo para esquivar un ataque sorpresa desde atrás por otro bandido con hacha de piedra en mano. Con una increíble rapidez, la figura retrocedió y repentinamente cargó de frente con su flecha. El invasor no tuvo tiempo para esquivar la fuerte apuñalada del proyectil a través de su estómago, cayendo al suelo en seco cuando la flecha fuera removida de su cuerpo desde atrás cuando la figura pasó de largo.

Jamás en su vida había el hombre barbudo visto una flecha tan fuerte que pudiera soportar tal impacto sin ser rota.

Solo podía ser testigo de como los invasores fueron cayendo victima por la habilidosa figura, moviéndose con suma destreza entre los hombres, la arena y las carpas del campamento. Sus peleas terminaban tan rápido como habían empezado. Sus luminosos disparos eran tan rápidos y precisos, su flecha era disparaba tan rápida como volvía a su dueño.

No hubo hombre en el campamento que no hubiera notado al increíble guerrero entre ellos.

Pero el hombre tuvo que reaccionar al notar como los bandidos empezaban a rodear a la figura.

Levantándose y agarrando su mazo, el hombre y sus otros compañeros cargaron con valentía hacia la horda, intercambiando fuertes golpes contra ellos. El hombre detuvo un inminente ataque hacia la figura desde atrás, obteniendo su atención de frente para que ella pudiera terminar a su enemigo con otra apuñalada de su flecha. Hombro a hombro, el hombre y la figura lucharon juntos contra cada invasor que se atreviera a acercarse.

Pero un solo instante tuvo el hombre para tener de frente el rostro bajo el manto.

Uno cuyos ojos no podían creerlo, mucho menos comprenderlo.

Su cara… no era natural.

Tenía un rostro tan humano como cualquier otro: ojos, nariz, boca, oídos, todo lo que una persona podría tener; su cuerpo no parecía tan grande ni fuerte, pero esbelto y en forma. Todos los detalles compartían rastros femeninos, pero sus colores… compartía los mismos tonos naranja-rojizo-amarillo que su arco y su mano tenía, incluido el cabello corto que podía distinguir.

Su vista no pudo despegarse de ella, pero la figura inmediatamente volteó su mirada para nuevamente disparar su flecha fuera de su arco y acabar con otro invasor frente a ella. Su mente estuvo tan perdida en pensamientos como para haber notado la repentina retirada de los invasores, huyendo por la sola temible vista y habilidad de la figura.

Era obvio que un espíritu luchaba con estos nómadas.

Los bandidos se retiraron en pánico.

Caballos sin jinete corrieron lejos.

Los gritos y golpes cesaron por completo.

Este debería de haber sido un momento de jubilo y felicitación entre todos los hombres, heridos o aún en pie, bajando su guardia ante el ultimo invasor en retirada por el horizonte.

Pero solo el silencio dominó entre la muchedumbre, incluso entre las mujeres y niños saliendo de sus carpas para admirar a la extraña figura de arco en el medio de todos, guardando su arma en su espalda acompañado de un inexplicable brillo. Dudosas y aterradas miradas empezaron a intercambiarse entre el campamento al mismo momento que algunos hombres empezaron a postrarse uno por uno hacia ella. El temor y la duda obligaron al resto a hacer lo mismo.

No hubo rodilla que no se moviera, incluido el del sorprendido hombre de barba, ni mucho menos palabras que pudieran salir fuera de todo labio tembloroso.

Ninguna… excepto las de su propia hija.

Llamándola a detenerse, su advertencia calló en oídos sordos mientras la pequeña caminó lentamente entre todas las personas. Sus manos sostenían aquel collar de piedras y plumas, manteniendo su fuerte agarre en el objeto. La niña se detuvo en seco en frente a la figura, reuniendo fuerzas para extender su mano y ofrecer su preciada creación.

La figura admiro el collar por un momento antes de tomarlo de las temblorosas manos de la menor.

Los corazones de todo el campamento se detuvieron cuando la femenina figura removió su capucha, revelando sus apariencias y colores a toda aterrada alma presente. El hombre se armó de valor para levantarse y correr hacia su hija, reuniéndose a su lado. Ambos mantuvieron sus abiertas vistas en la figura, poniendose y ajustando el collar en su cuello. Lograr sacar palabras de agradecimiento fuera de él fue una de las mayores batallas que el hombre hubiera luchado en su vida, cada una saliendo con una notable interrupción.

El hombre no sabía si ella podía entenderlo, o captar el punto de sus palabras, mucho menos sus gestos.

Pero una aliviada sonrisa por la mujer y una afirmación con su cabeza fue lo que bastó para que el hombre pudiera enterrar sus dudas en la arena. Regresó una pequeña sonrisa junto con su asombrada hija.

La mujer, notando el asombro de la menor, extendió su mano sobre la arena para hacer levitar un pequeño rastro de piedras y guijarros. Parecía estar luchando en su cabeza, esforzándose por combinar y fusionar cada pequeño grano entre si, hasta lentamente formar una pequeña pero solida figura humana. Su forma y semblanza podía distinguirse como igual a la de la menor.

El pequeño objeto paso a las manos de la niña, su rostro inundado de una completa alegría y admiración. La pequeña agradeció a la mujer con una gran sonrisa, tal como su aliviado padre lo hizo; parecía que su hija no era la única experta en manualidades en todo este extenso paramo.

Otra pequeña afirmación de cabeza por la mujer agradeció lo suficiente, dándose vuelta y caminando hacia la distancia.

Cualquier ausencia de peligro dejó al resto del campamento levantar su cabeza para ver a la figura vistiendo su capucha nuevamente. En completo silencio, todos miraron a la mujer detenerse en el horizonte, en la misma cima de la duna donde había posado hace poco. Su vista se mantuvo todo el tiempo sobre el campamento, entre todas las personas ordenando, guardando y encargándose de cualquier daño, o tomando un rato de silencio y tristeza por los caídos en la batalla.

Aquellas serían vidas que parecía lamentar no haber salvado a tiempo, pero no la detendría de seguir vigilando al clan durante las próximas horas. Días. Semanas.

Y cada día y cada noche, cada vez que el hombre miraba atrás a la distancia, ahí estaría ella sin falta.

Mirando, vigilando, protegiendo.

La última vez que él miraría hacia atrás tan pronto la caravana entrara a los asentamientos, el hombre barbudo tendría que admitirlo al notar un vacío horizonte durante el resto de los siguientes años hasta sus últimos días, escuchando cada una de las increíbles historias y anécdotas de las siguientes caravanas en llegar:

Extrañaría la presencia de una figura encapuchada, una bella mujer, a sus espaldas.

Un propio espíritu guardián.

...

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...

¿Qué es esto? Una pequeño escrito salido de la nada.

¿Por qué? A decir verdad, no tengo mucha idea. Siendo honesto nunca he visto el programa, pero creía tener los suficientes materiales para armar algo como esto. Solo será el fan y lector quien pueda juzgarme y condenarme con respecto a lo que he hecho (y si, estoy consciente que Sunstone técnicamente ya existe en el canon de la serie, pero cualquiera puede aportar su centavo o creación a este punto con respecto al personaje).

¿Pienso hacer algo con esto? Tal vez, aunque creo que solo sería algo corto; es algo que tengo que pensar. Si llego a extender esto, tal vez este escrito solo se trate de un prologo antes de hacer un salto a otro tiempo para la trama. Tal vez pueda hacer algo con ello.

Y ¿por qué lo subí? Tal vez para dejar algo mientras me ausento durante un mes, supongo. No es mucho, y no es una actualización a otras historias, claro, pero ya me adelantaré a ello tan pronto lo tenga hecho.

¿Preguntas con respecto a lo leído? Respuestas pueden haber a futuro.

No tengo mucho que decir, así que solo agradeceré a quien quiera que se haya tomado el tiempo de venir aquí a leer este escrito en prueba.

Gracias por pasarte, y ten un buen día. Johnny fuera.