Los hijos del basilisco
Capítulo IX
—¿Tú lo sabías? —disparó Hermione a bocajarro.
Malfoy estaba al otro lado de la puerta abierta de su piso. Si se sintió sorprendido por su brusquedad (ni siquiera le había saludado), no lo dejó notar. Se limitó a mirar hacia el otro ático del edificio, donde vivía la anciana señora Rasool. Pese a que solía escuchar la televisión a todo volumen, tenía un oído muy agudo cuando quería.
Aunque a Hermione no le apetecía lo más mínimo invitar a Malfoy a entrar, sin duda era lo más prudente si no quería llamar la atención de su vecina. Así que, a regañadientes, se apartó de la puerta y lo dejó pasar.
Malfoy cerró detrás de él con sorprendente suavidad. Después se volvió a mirarla a la cara, con el rostro sereno.
—¿Si sabía qué?
¿Se estaba haciendo el tonto a propósito? Era imposible que no lo supiera. Irritada, Hermione cogió una copia del panfleto de Los Hijos que tenía en el pequeño mueble donde dejaba las llaves y se la estampó en el pecho a Malfoy. Él la tomó, rozándole los dedos en el proceso.
Hermione los retiró como si la hubiera quemado pese a que su piel estaba fría al tacto. Sin embargo, Malfoy estaba demasiado concentrado leyendo el folleto para prestar atención al leve contacto.
Pasaron unos minuto en silencio, él mirando el pasquín, ella observándole.
¿Iba a leérselo entero? ¿De verdad no tenía ni idea de su contenido o todo aquello era solo una actuación para parecer inocente? Finalmente, Malfoy arrugó el folleto haciéndolo una bola con tanta fuerza que Hermione pudo ver cómo se le blanqueaban los nudillos.
—No, Granger, no lo sabía.
Su tono era plano y su rostro tan inexpresivo como siempre, pero había algo en su manera de mirarla que le dio la impresión de que decía la verdad. Sin embargo, no iba a creerle con tanta facilidad.
—¿Estás seguro? ¿Cómo es posible que estés en los Hijos y no lo supieras?
—Quizás esto se sorprenda, pero no llevo el departamento de prensa.
—Aun así, esto es algo gordo. Es la primera acción directa de los Hijos en el mundo mágico. Algo así… supuse que se haría con el conocimiento de todos sus miembros —rebatió.
Malfoy hizo una mueca. Ahora que se fijaba en él, parecía casi más ojeroso que la última vez. Una leve rastro de barba sombreaba sus mandíbulas y sus mejillas hundidas. No tenía muy buen aspecto, significara lo que significara eso.
—Supusiste mal, Granger. Mi trabajo me hace pasar muchas horas en el mundo muggle, apenas veo a otros miembros de los Hijos y suelo perderme todas las reuniones. Lamento mucho que Herpa no me comunicase que iba a publicar unas páginas de su diario para poder darte la noticia en primicia —replicó él, envolviendo cada palabra en sarcasmo.
Hermione se envaró, encendida. Quizás dijese la verdad, pero tenía todo el derecho del mundo a desconfiar de él.
—Muy bien, tal vez no lo sabías pero, ¿qué opinas del discurso de Herpa?
En respuesta, Malfoy arrojó la bola de papel al suelo.
—Que es la clase de basura sobre la que diserta a todas horas y que es evidente que tiene algo personal contra ti.
Aquello hizo que el ánimo de Hermione cambiase. Ya no se sentía con ganas de discutir, pues Malfoy acababa de tocar un punto al que llevaba todo el día dando vueltas. Era lógico que a Herpa no le agradase: era hija de muggles, trabajaba en el Ministerio y tenía un papel activo en los cambios políticos que se estaban sucediendo. Y sin embargo, parecía haber algo más ahí, pues no era la única que cumplía esos requisitos. En el panfleto había casi más críticas y referencias a ella que al propio Shacklebolt, máximo representante de la población mágica británica. Resultaba cuanto menos llamativo.
—Esa impresión me ha dado —murmuró Hermione —¿Tienes idea de por qué, además de lo obvio?
Malfoy se pasó una mano por el pelo, peinándolo hacia atrás con expresión pensativa.
—No lo sé, Granger, pero algo debes haberle hecho. Primero tu secuestro y ahora esto.
—¿Pero qué? —pensó Hermione en voz alta —¡No la conozco!
—¿Cómo puedes estar tan segura? No sabemos quién es en realidad.
Hermione rehuyó la mirada suspicaz de Malfoy y se dirigió hacia el sofá para ganar tiempo. Había cometido un error de principiante, dejándose llevar por sus emociones.
Sí, el Ministerio creía haber descubierto la identidad de Herpa, pero él no podía saberlo bajo ningún concepto. ¿Y si se lo contaba a ella?
—Es una suposición —murmuró, mientras se sentaba en el sofá. Se puso un cojín en el regazo y comenzó a juguetear con la cremallera para mantener las manos ocupadas.
—Ya.
La voz de Malfoy rezumaba ironía. Pasados unos segundos, se sentó junto a Hermione sin molestarse en quitarse la gabardina. Eso la animó un poco, porque seguramente significaba que pensaba marcharse pronto.
—En el caso hipotético de que averiguaseis quién es… me interesaría saber si tiene un hijo —dijo.
No sabía qué había esperado que dijese, pero desde luego eso no. Hermione lo miró a la cara, sorprendida.
—¿Por qué?
—Es una suposición… —parafraseó él — que me gustaría confirmar.
Habían llegado a un punto muerto puesto que era evidente que ninguno de los dos quería o podía sincerarse. Se hizo el silencio durante unos incómodos minutos. Crookshanks apareció un poco después y empezó a restregarse contra las piernas de Malfoy. Él no hizo nada para acariciarlo, pero tampoco se apartó.
—En cualquier caso —comentó Hermione, no soportando más el silencio —Herpa no se saldrá con la suya. La guerra está demasiado reciente como para que nadie se trague su discurso.
—¿Estás segura, Granger? Tienes demasiada fe en las personas. Herpa ha dicho cosas que mucha gente no se atrevería a declarar en público, pero con las que coincide. Muchos sienten que les estáis quitando derechos.
Hermione notó cómo empezaba a arderle la cara.
—¿Ah, sí? No existe tal cosa como el derecho a explotar laboralmente a los elfos domésticos o a tener privilegios en función de tu apellido. Eso no son derechos, son abusos.
Malfoy no pareció conmovido por sus acaloradas declaraciones.
—Y sin embargo, durante siglos nos han enseñado que sí, que es algo que es nuestro, que nos merecemos... Y que ahora nos estáis quitando para dárselo a otros.
—¿Sabes una cosa, Malfoy? El mundo muggle no es en absoluto perfecto pero al menos ha evolucionado con el paso de los siglos. Han avanzado… y eso se ha ido reflejando en su leyes. En cambio, la sociedad mágica sigue atascada en la Edad Media. Apenas han habido cambios en su legislación. El Estatuto Internacional del Secreto Mágico es prácticamente la ley más moderna ¡y tiene 300 años! Es como si el mundo mágico se hubiese quedado congelado en el pasado, o al menos parte de él. Esclavizar a los elfos domésticos, disecar sus cabezas y colgarlas de una pared es barbarie. Y establecer una sociedad con ciudadanos de primera y ciudadanos de segunda en función de la presunta pureza de su sangre es tanto un signo de atraso como una atroz injusticia.
Hermione se permitió tomar aire. Notaba la piel de la cara caliente, el pulso acelerado y el cuerpo tenso. Se dio cuenta de que había estado estrujando el cojín y lo soltó.
Malfoy la observaba desde el otro extremo del sofá, con los ojos entrecerrados. Había algo en su manera de mirarla que hizo que se sintiera incómoda. No parecía estar juzgándola, tampoco indiferente. Era más bien como si estuviese viéndola por primera vez y encontrase algo digno de su interés en ella.
—Creo que tengo un plan para acabar los Hijos, Granger. Te llevaré a la próxima reunión para que les sueltes un discurso así —dijo, al cabo de un rato en silencio —No tendrán más remedio que aceptar la razón de tus argumentos, pedir perdón y disolverse.
—No tiene gracia, Malfoy, ¡hablo en serio! —Hermione se levantó, molesta e inquieta. El tema la encendía tanto que se sentía llena de una energía nerviosa que no sabía cómo quemar. Lo último que le apetecía era que Draco Malfoy se burlase de ella.
—¿Sabes, Granger? No has cambiado nada —declaró él, poniéndose en pie también —Sigues siendo exactamente igual que en Hogwarts, aunque debo admitir que al menos le pones mejores nombres a tus proyectos que entonces. Porque déjame decirte que lo de llamar PEDDO a tu plataforma de liberación de elfos domésticos no fue lo que se dice un acierto.
—¡No era… —se detuvo de golpe, sorprendida al caer en la cuenta de algo —Un momento, ¿tú supiste de aquello?
—Por supuesto. Fue un tema muy popular en la Sala Común de Slytherin durante semanas—había una sonrisa torcida en sus labios —No sabíamos si nos resultaba más graciosa la iniciativa en sí o su nombre.
—¿Ah, sí? ¿Lo encuentras tan divertido ahora, después la promulgación de la Ley de Regulación de los Derechos de los No-Humanos? —contraatacó ella.
Malfoy no contestó, pero siguió observándola sin borrar la sonrisa ladeada de sus labios, lo cual exacerbó aún más a Hermione.
—¿Qué es tan divertido si se puede saber?
—Aunque no lo creas, Granger, no me estoy riendo de ti. Estaba pensando que está claro que no te detienes hasta conseguir aquello que te propones, y eso es un rasgo muy Slytherin.
Hermione abrió la boca, sin saber qué decir. ¿Era aquello una especie de elogio? Sabía gestionar los sarcasmos, los comentarios mordaces y los contraataques de Malfoy pero aquello la había desarmado por completo.
—Eh… gracias, supongo —murmuró. Se sentía incómoda, y en cierto modo obligada a devolver el cumplido por cortesía —Tú… bueno, parece que tú sí que has cambiado… algo desde Hogwarts.
No era gran cosa, pero era lo mejor que podía ofrecerle.
—Puedes ir a cepillarte los dientes, no te cortes por mí. Supongo que querrás lavarte la boca después de dedicarme semejante halago.
Malfoy era sarcástico todo el tiempo, así que era difícil discernir cuándo lo usaba como mecanismo de defensa cuando algo le hería o molestaba de cuando lo empleaba en modo automático. ¿Le había ofendido su tibia alabanza?
—Bueno, ¿qué esperas que diga? —se defendió ella —No sé nada de tu vida después de Hogwarts, ni que has hecho estos años aparte de unirte a los Hijos.
—Ah, eso. Te pondré al día —Malfoy dio un par de pasos para acercarse a una pared y se recostó en ella con expresión pensativa, como si estuviese tratando de hacer memoria —Cuando terminó la guerra, fui sometido a un largo juicio mediático junto a mi familia. Después de aquello la prensa nos persiguió durante semanas hasta que nos fuimos del país. No podía regresar a la escuela empezado el curso así que nunca me gradué, por lo que ninguna universidad mágica me aceptó y tampoco nadie quiso aceptarme como aprendiz o becario. Creo que Potter y Weasley no tuvieron ese problema, me pregunto por qué… —frunció el ceño en un fingido gesto de extrañeza —En cualquier caso, cuando regresamos a Inglaterra nos dimos cuenta de que éramos básicamente unos apestados. El apellido familiar había caído en desgracia y nadie quería relacionarse con nosotros por si acaso éramos contagiosos como el spattergroit. Y más o menos esa es la edificante historia de mi vida tras la escuela.
—¿Por eso te uniste a los Hijos? —preguntó Hermione con tono apagado. Era verdad no lo había tenido fácil tras Hogwarts pero no era menos cierto que todo había sucedido a consecuencia de sus actos y los de su familia.
Así que, ¿por eso se había lanzado a los brazos de Herpa? ¿Por resentimiento?
—Entre otras cosas —Malfoy habló entre dientes, mirando por la ventana. Se había metido las manos en los bolsillos de la gabardina pero la tensión de su postura le hizo sospechar que estaba apretándolas en puño. Su perfil era elegante y armonioso; de lado no se percibían sus pómulos afilados y sus mejillas hundidas. Solo estaba su nariz recta, la curva plena de sus labios apretados y el mentón obstinado. Hermione nunca se había fijado en su pronunciada nuez de Adán o en lo largo que era su cuello.
Con su mirada perdida y su pose abandonada, parecía encontrarse a años luz de allí.
Intuía que todo lo que le había contado era solo una parte pequeña de la verdad. ¿Qué otras cosas le habían llevado a unirse a Herpa? Hubiese pagado todos sus ahorros por saber en qué estaba pensando en ese momento, qué cosas callaba, cuales escondía. Hermione sentía que había cambiado pero era imposible valorar cuánto con lo reservado y hermético que era.
De pronto, como si cobrara conciencia de que estaba observándolo, Malfoy parpadeó y se incorporó de la pared.
—En fin, Granger, supongo que tienes cosas más interesantes que hacer que escuchar la triste historia de mi vida, así que lo mejor será que me vaya. Veré qué puedo averiguar sobre el panfleto de Herpa o sus siguientes pasos.
—Vale —murmuró ella. Lo cierto era que su visita había sido breve esta vez. ¿Cuánto tiempo se había quedado? ¿Diez minutos?
Se descubrió deseando que no se marchara tan rápido. ¿Era decepción eso que sentía?
No, no podía ser. Molesta consigo misma, lo acompañó hasta la puerta. Malfoy se limitó a despedirse con la cabeza antes de salir, a lo que ella correspondió de la misma manera.
Cerró tras su salida, y echó la llave y el cerrojo, sabiendo que nadie más vendría a visitarla esta noche. Después se volvió hacia Crookshanks, que la observaba acurrucado sobre la barra americana.
—Por fin solos —le dijo.
Intentando no pensar en la repentina sensación de vacío que llenó su pecho, Hermione se sentó en el sofá y encendió la tele.
Draco estaba intrigado: había recibido una nota de Herpa citándole a medianoche para una reunión. A la hora acordada, esperó junto a las verjas hasta que alguien apareció a buscarle.
En esa ocasión era Gregory, a solas. Desde su última discusión con Pansy, le daba la impresión de que ella lo evitaba. Tampoco era que su antiguo amigo pareciera entusiasmado con su compañía, pero por una vez Draco se alegró de verlo. Tenía algo que preguntarle.
—Gregory —lo saludó con tono seco.
El gigantesco joven se limitó a sacudir la cabeza mientras se acercaba a él. Estaba claro que su intención era sujetarlo para llevar a cabo la ya tan habitual aparición conjunta, pero Draco quería hablar con él antes de llegar a la fortaleza de Herpa.
—Un momento.
—No hay tiempo —barbotó Gregory con voz ronca. No llevaba máscara, solo la túnica verde botella con el broche serpentino. Su cara, grande y redonda, estaba pálida, y sus ojos lo evitaban como de costumbre.
—Solo quiero saber una cosa. Mis padres… desde que te los llevaste a la fuerza, ¿los has visto? —preguntó Draco de todos modos.
Aquello pareció tomar a Gregory por sorpresa. Se detuvo y dejó caer las manos a ambos lados de su cuerpo. Su ceño se frunció, como si estuviese reflexionando sobre su respuesta. En eso no había cambiado nada: parecía que pensar era una actividad físicamente dolorosa para él.
—No —admitió al cabo de unos segundos —Herpa dice que están bien.
—¿Bien? —Draco ya no pudo disimular más su enfado y su rencor —¡¿Bien?! Los tienen encerrados en un tugurio húmedo y frío donde no vivirían ni las ratas, a oscuras, sucios y mal alimentados. Hasta tu padre está en mejores condiciones en Azkaban.
Draco apenas había dormido ni comido desde que había visto a sus padres. Se le había cerrado el estómago, la comida le sabía a ceniza, y cada vez que intentaba conciliar el sueño, la imagen de sus padres, sucios y desmejorados, lo atormentaba.
Había pensado en miles de planes descabellados para liberarlos, pero la realidad era que estaba completamente a merced de Herpa. Cualquier movimiento en falso por su parte podía acabar con sus padres muertos. La única salida parecía ser agachar la cabeza y hacer todo lo que ella le pidiera.
Solo le quedaba la ira y el resentimiento, y Pansy y Gregory se habían ganado una ración casi tan grande como la de su líder.
—Pero supongo que no te importa lo más mínimo —continuó —No dudaste en encerrar a mis padres a cambio de liberar al tuyo. Lo peor de todo es que eres demasiado imbécil para darte cuenta de que eso nunca ocurrirá. Herpa tiene delirios de grandeza, pero no es Voldemort. No posee el poder para atacar Azkaban y lo sabe. Tampoco creo que le interese liberar a tu padre o al de Pansy, pero la excusa le viene muy bien para conseguir que hagáis todo lo que os pida.
Gregory arrugó la frente y la boca, en un gesto parecido a un puchero. Durante más de un minuto se quedó estático, y Draco casi pudo ver los engranajes de su cerebro dándole vueltas a sus palabras. No se hacía ilusiones al respecto; si Pansy, a la que le presuponía cierta inteligencia, había caído en la trampa de Herpa y se negaba a atender a razones, Gregory era un caso perdido. Sin Vincent y sin él, necesitaba a alguien que le dijese qué hacer para no tener que pensar o tomar decisiones. Al parecer Pansy, o más probablemente Herpa, habían ocupado ese lugar.
Tras un largo momento, Gregory se puso de nuevo en movimiento y sin pronunciar palabra agarró a Draco por el antebrazo y se apareció con él.
La conocida sensación de vacío y náuseas asoló a Draco, y cuando al fin todo dejó de dar vueltas a su alrededor y en su interior, se encontraba de nuevo en la habitación de piedra del castillo. Aunque a diferencia de otras ocasiones, Herpa no estaba esperándole.
Se volvió hacia Gregory pero él desapareció corriendo por la puerta, como si temiese que fuese a reprocharle algo más. Draco se encogió de hombros, intentando convencerse de que se sentía mejor ahora que lo había puesto en su lugar. Aunque no sirviese de nada, al menos había tenido la ocasión de desquitarse un poco.
Pero, mientras esperaba que alguien acudiera a buscarle, la leve sensación de satisfacción desapareció por completo. No importaba cuánto despreciara a Gregory o cuántos reproches le hiciera: a fin de cuentas, sus padres seguían encerrados en condiciones infrahumanas.
Empezaba a pensar que se habían olvidado de él cuando Sylas entró en la habitación con una venda en las manos. Sin mediar palabra, se acercó y Draco se dejó hacer reprimiendo su fastidio.
Una vez más, Sylas lo guió a través de pasillos, puertas y escaleras, sin poner particular cuidado en evitarle obstáculos. Tras varios minutos de vagabundeos, golpes y maldiciones, se detuvieron al pie de unas escaleras.
No le parecía el mismo camino que llevaba a la celda de sus padres, pero aun así el corazón le latía a mil por hora ante la expectativa de volver a verlos. Sin embargo, cuando Sylas le quitó la venda, se encontró en una parte del castillo que jamás había visitado.
Era una sala de piedra circular, sin ventanas y con una sola puerta. Antorchas con fuego mágico situadas a intervalos regulares en las paredes arrojaban una luz verdosa sobre la estancia.
El único mobiliario lo componía una larga mesa de metal con forma alargada y sinuosa. Draco ignoraba de qué material estaba hecha pero parecía tener relieve y brillaba como las escamas de un pez. Varias docenas de personas se alineaban frente a frente a ambos lados de la mesa.
Todos llevaban la túnica verde de los Hijos del Basilisco con el broche dorado, los cabellos cubiertos por capuchas, los rostros ocultos por la máscara de serpiente. Todos menos él.
Herpa nunca le había hecho entrega del uniforme oficial ni de la máscara. A Draco no le había importado: le parecía hortera y un poco ridículo; pero en esa ocasión lamentó no tenerlo. Rodeado de extraños enmascarados, se sentía expuesto al mostrar la cara.
En cualquier caso, sabía que aquello no era casualidad. Herpa estaba dejando claro su estatus dentro de Los Hijos del Basilisco: no era un miembro de pleno derecho, un igual. No se había ganado el privilegio del anonimato así que todos debían conocer su identidad y, seguramente, las condiciones de su adhesión a la organización.
Draco alzó el mentón, obligándose a fingir un aplomo que no sentía. Todos estaban observándole. Decenas de ojos, velados por las máscaras.
¿A cuántos de los presentes conocía, aparte de Pansy y Gregory? ¿Cuántos estarían relacionados con los mortífagos? ¿Cuántos le despreciarían?
Estaba seguro de que la mayoría. No eran tantas las familias sangre pura y Herpa no admitía a mestizos. La lógica dictaba que casi todos pertenecerían a los círculos de sus padres antes de la guerra, a aquellos a los que habían intentando regresar después.
Buscó a Gregory y Pansy entre los presentes. No era difícil reconocer a su antiguo amigo dada su envergadura, suponía que Pansy era la mujer que estaba a su lado. ¿Habría algún compañero de Hogwarts más?
Descartó a Zabini: nunca le había gustado mancharse las manos. En cuanto a Theodore, siempre se había mantenido al margen de los asuntos de su padre así que no le veía siguiendo sus pasos.
Se acercó al extremo de la mesa, donde quedaba un hueco libre. Una vez allí se dio cuenta de que estaba tallada con la forma de un enorme basilisco y él acababa de colocarse en la cola. Por el rabillo del ojo, Draco vio que Sylas se retiraba a un rincón de la sala, en lugar de unirse a la mesa, y se preguntó por qué.
A la cabeza de la basilisco, se situaba una mujer que no podía ser otra que Herpa.
—Hijos, Hijas —la bruja extendió los brazos, señalándolos —Os he reunido para hablar de nuestros siguientes pasos. Como sabéis, ya se ha publicado nuestro manifiesto y ha sido todo un éxito. Todos los magos y brujas del país lo han leído. No se habla de otra cosa en El Profeta, en la radio… incluso en esa patraña del Quisquilloso.
Herpa tenía razón. La edición del Profeta del día posterior a la publicación del folleto había tratado el tema en portada, aunque lo cierto era que también había incluido varias notas de prensa del Ministerio en las que se detallaban los atentados de los Hijos en el mundo muggle y el uso de un mago bajo un Imperium en el ataque del Victoria Park. Como era lógico, no daba una visión muy favorable de la organización.
—Nuestras palabras, nuestros valores, están llegando a cada hogar mágico. La sociedad empieza a simpatizar con nosotros. Pronto harán más que eso y nos apoyarán abiertamente.
Nadie jamás había tachado a Draco de ser un idealista y tampoco vivía en el mundo de fantasía de Herpa, así que aunque no tenía mucha fe en la humanidad estaba seguro de que ganarles para la causa no iba a ser tan fácil como ella decía. A fin de cuentas, el propio Voldemort tuvo detractores siempre, incluso cuando oponerse a él era una sentencia de muerte.
—Ahora tenemos que seguir desprestigiando y hundiendo al Ministerio de Magia. Continuaremos dañando la imagen pública de Shackelbolt y sus acólitos más importantes —prosiguió Herpa —pero para acabar de hundirles debemos lograr que rompan relaciones con los muggles.
La bruja hizo una pausa dramática y observó a todos los presentes, creando expectación. Draco no soportaba su teatralidad, pero parecía ser el único. Todos la miraban y parecían contener la respiración.
—¿Cómo haremos eso? —preguntó alguien, expectante.
Herpa sonrió, su labio inferior estirándose por debajo de la máscara, y anunció:
—Mataremos el primer ministro muggle.
¡Hola!
Aqui estoy con un nuevo capítulo, esta vez sí, con escena de nuestros protagonistas. Como veis, la cosa va a fuego lento, pero ya calienta. Y, por otro lado, Herpa no permite que nadie en el mundo mágico se aburra. Después de su panfleto facistoide, tiene un nuevo plan para derrocar al Ministerio. Esta vez va por el Ministro muggle, lo cual, os adelanto, dará mucho juego. ¿Qué hará ahora Draco? ¿Encontrará Hermione algo bonito que decirle a Malfoy? (¿Por ejemplo, lo bello que empieza a encontrarle?)
En fin, espero que os siga gustando la historia y que hayáis disfrutado con este capítulo. Como siempre, os agradezco un montón los comentarios, son una inyección contra la falta de inspiración ^^ Muchas gracias por seguir ahí.
Con mucho cariño,
Dry
PD: Deja un review para saber qué estaba pensando Malfoy en el apartamento de Hermione ;)
