Hermione salió a desayunar a la cafetería Alpino, en la tercera paralela a la avenida de su actual vivienda.
Se sentó dentro de aquel café y esperó que viniera el joven camarero. Ella no solía salir, ni gastar dinero en cosas que no fueran esenciales, pero aquella mañana necesitaba cambiar de aires.
El ambiente era justo cómo lo recordaba de aquella vez en la que Harry la había invitado. El sitio, a primera vista, parecía algo oscuro, pero todas las luces se concentraban sobre las hileras de mesas y sillas de madera. El agradable olor a café recién molido inundó sus fosas nada más poner un pie en el local.
Miró por última vez la carta antes de pedirle al camarero una tortilla revuelta con salchichas, acompañada por pan brioche y un tomate asado, todo eso junto a un café. Aquello era lo más ligero del menú.
Raramente, ella no recordaba la primera vez que tomó café, cuando se percató de ello, ya lo tomaba cada mañana, como si fuera una costumbre de siempre. Su cuerpo se lo pedía.
Sacó un libro y comenzó a leerlo mientras esperaba. "Crónica de una muerte anunciada" era el título y fue un regalo del Señor Weasley. El hombre sabía cuánto le gustaba leer a la joven y le regalaba cualquier libro que encontraba entre los objetos muggles que había acumulado en su garaje a lo largo de sus años en la Oficina Contra el Uso Incorrecto de Artefactos Muggles.
Un rebelde mechón de su, ahora liso, cabello castaño se deslizó desde atrás de su oreja hasta su cara. Dejó el libro sobre la mesa, cogió un coletero marrón de su muñeca y recogió el cabello en una rápida coleta a media altura, dejando algunos bultos en su liso cabello. Al lado derecho de su cara caía un largo flequillo.
Creía que al alisarse semipermanentemente su voluminoso pelo rizado este sería más fácil de controla, pero estaba descubriendo que el pelo liso también tenía sus contras. No sabía por cual decantarse.
Cuanto levantó la cabeza se percató de que el joven camarero se acercaba con su pedido. Rápidamente colocó su marcapáginas en el libro y lo guardó.
Su separador era un fino trozo de cristal rectangular con pequeñas flores azul-violáceas en su interior. Estas eran llamadas comúnmente nomeolvides, pero irónicamente ella se la había encontrado al final de su sexto año dentro de uno de sus libros de texto, seguramente alguien lo pondría ahí por equivocación. Pensaba fervientemente que el creador lo habría realizado a conciencia del significado de esa flor y eso la maravillaba, ese objeto contenía los profundos y reales sentimientos amorosos de una persona.
El chico castaño y de ojos verdosos dejo su orden con cuidado, a la par que le regalaba una sonrisa.
- Aquí tiene su pedido. Espero que lo disfrute.
- Muchas gracias - respondió cortésmente la chica.
Guardó su libro para no mancharlo y comenzó a comer en silencio. Las imágenes sobre la noche anterior volvieron a golpear su cabeza. ¿Qué le había pasado? ¿Había alucinado? Pero lo más importante, ¿quién sería aquel hombre?
Quería quitarse aquellas ideas de la cabeza. Debía estar pensando en su reciente ruptura, sin embargo, estaba obsesionada con aquel raro suceso. No podía dejar de darle vueltas.
Tomó un pequeño sorbo de café. Simplemente delicioso.
Seguidamente, comenzó a comer. Su estómago estaba lleno a la mitad del plato, pero se esforzó por terminarlo, ya que había gastado el poco dinero que tenía en ello no lo dejaría a medias. Normalmente, solo comía un par de tostadas o un croissant.
Hermione agarró su bolso y comenzó a andar hacia la caja para pagar, no quería demorarse a ser atendida para que le trajeran la cuenta. Tras efectuar la transacción volvió a la casa de Harry en un paseo donde, a pesar de haber pájaros en los verdes árboles, solo se escuchaba el ruido de los coches.
En la vivienda no había nadie, por lo que la joven aprovechó para darse un tranquilo y refrescante baño a la vez que escuchaba algo de música. En aquel mes de Julio ya se comenzaba a notar el húmedo calor por las calles de Londres.
Tras haber conseguido sus EXTASIS y concluir sus estudios en Hogwarts se le planteaba un difícil camino. Por suerte, los resultados de estos llegaban a las dos semanas de hacerlos y no a los dos meses como con los TIMOs.
Estaba decidida a estudiar Derecho en la academia de formación en el ministerio y sus calificaciones, como era de esperar, le abría todas las puertas a cualquier cosa a la que quisiera acceder. El problema era más bien económico.
Tras la ida de sus padres, ella no tenía ninguna fuente de ingreso. Su último año de Hogwarts fue cubierto por el Ministerio y muy probablemente la academia también fuera cubierta con una beca, pero eso no le daría para comer y tampoco estaba dispuesta a depender de Harry por mucho más tiempo.
Aquella tarde se acercaría a depositar su matrícula y obtener sus horarios. Una vez realizado esto, pensaría en cómo ganarse la vida.
Al salir de la bañera se secó, paró la música y salió a la habitación con la toalla enrollada a su cuerpo y su cabello ya seco por un hechizo.
- ¡Hermione! ¡¿Estás bien?! - se escuchó de la nada la voz de Harry, quien abrió la puerta inmediatamente.
- ¡Harry! - su amiga lo regañó, intentando taparse un poco a pesar de que tenía la toalla.
El joven de ojos verdes y cabello azabache cerró la puerta de inmediato al darse cuenta de la situación.
- ¡Perdón! - gritó desde el otro lado de la puerta - Estaba muy preocupado, llevo un rato llamándote y no contestabas. Ron dijo que anoche te marchaste porque no te encontrabas bien.
- ¡¿Qué?! - la chica abrió la puerta con fuerza. La toalla se abrió, pero fue lo suficientemente rápida como para volver a colocarla antes de que dejara ver nada.
- ¿No es eso? Nos dijo que te encontrabas realmente mal.
- Harry, pasa y espera un momento. Voy a vestirme en el cuarto de baño.
El chico se sentó en la cama mientras ella cogía un vestido y su ropa interior. Cuando miró a su amigo este estaba mirando hacia otro lado, muy interesado en la pared de madera.
Mientras esperaba a Hermione, Harry tomó la foto que tenía en su mesilla de noche, donde estaban los tres amigos juntos. Esa foto era de su segundo año, cuando aún eran niños inocentes que no conocían derramamiento alguno de sangre.
- ¿Qué estás mirando? - preguntó curiosa la castaña, sentándose a su lado -. Ah, me encanta esa foto.
- ¿De verdad que no te pasa nada? ¿Por qué te fuiste entonces? ¿Os peleasteis como siempre? - la acosó a preguntas el pelinegro.
- No es eso. Solo... - Hermione bajó el rostro - Terminé con él. No podía más con aquella situación.
- ¿Por qué entonces no me lo diría?
- No lo sé - por su voz chillona, estaba muy furiosa -. Quizás no entienda que lo prefiero como amigo, que estaba más cómoda cómo era nuestra relación antes.
- Bueno, quizás es que no sabe aún como decírselo a sus padres - intentó calmarla.
- Al menos te lo debería de haber dicho a ti antes de que te fueras.
- Venga, Herms, cálmate. Dentro de vuestras típicas discusiones no se os veía mal, ¿qué ha pasado?
- Te seré sincera, Harry. Desde hace un tiempo siento que hay algo que no está bien conmigo. Creí que saliendo con Ron se me pasaría, pero solo me he sentido más perdida. Quiero mucho a Ron, y tú lo sabes, pero quizás solo estaba confundida por el tipo de amor que era. Todo este tiempo he estado intentando convencerme de que la situación era la mejor, que así sería feliz, pero anoche... Todo lo que tenía retenido dentro explotó.
- ¿Estás segura? Quizás solo estás confundida contigo misma. No me gustaría que te arrepintieras cuando fuese demasiado tarde.
- Estoy completamente decidida con mi decisión. No entiendo por qué no la tomé antes.
- Está bien. Sea lo que sea no dudes que siempre podrás recurrir a mí.
- Muchas gracias Harry, eres un buen amigo.
- Ahora, eso sí, no me vuelvas a pedir jamás que haga de intermediario entre ti y Ron.
- ¿Qué pasó con él siempre?
- Todo siempre tiene sus excepciones - el joven se levantó pensando en contarle los nuevos y suculentos eventos a su novia.
- Por cierto, después de comer quiero ir al ministerio.
- ¿Pasa algo? ¿Hay nuevas de tus padres?
- No – comentó desanimada -, ojalá supiera algo. Tranquilo Harry, solo iré a formalizar mi matrícula para el próximo curso.
- La Academia te va a encantar, ya lo verás – el chico intentó animarla-. Tiene una biblioteca enoooooorme – estiró los brazos todo lo que pudo, provocando que Hermione risa.
- ¿Qué crees que me van más: los libros o la compañía física? - bromeó.
- Los libros sin duda - el azabache parecía totalmente convencido de sus palabras.
- ¡Harry! - lo recriminó molesta.
- Bueno, no serías la primera persona.
- ¿A quién conoces así?
- Al profesor Snape. El ministerio tenía un par de aurores vigilando su casa hasta que consiguió la total alta médica hace un par de semanas. Aun teniendo total libertad solo salía de la residencia una o dos veces al mes.
Hermione desconectó en el mismo momento en el que escuchó aquel apellido. Poco sabía del tema, Harry solo se limitó a decir lo mínimo para demostrar su decisivo papel ante los tribunales y, al cabo de los meses, la noticia de que estaba vivo corrió como la pólvora en todos los periódicos y revistas del mundo mágico.
Ella no sabía cómo sentirse ante aquellos acontecimientos. El hombre siempre la trató mal y más de una vez sus hirientes comentarios le habían sacado algunas lágrimas, pero, por algún motivo, era incapaz de sentir algún tipo de resentimiento hacia él.
Quizás se debiera a agradecimiento por sus actos, los que evitaron que muchos, incluidos ella, perecieran en la batalla. "Debe ser eso" se intentó autoconvencer la castaña.
- Herms, ¿me estás escuchando? - apeló el oji verde.
- Claro que sí - mintió -, ¿qué te hace pensar lo contrario?
- No sé, parecías ida.
- Imaginaciones tuyas, Harry. Bueno, creo que es hora de ir preparando la comida.
- Pero si son las diez, quedan tres horas para comer.
- Hay comidas que requieren su tiempo - la chica se levantó de la cama.
- Esos suena mucho a la Señora Weasley.
- Bueno, fue ella quien me lo enseñó - contestó ella ya en el pasillo.
A pesar de lo mucho que apreciaba hablar con su amigo, ella prefería estar a solas en estos momentos. Al menos, él nunca pasaba por la cocina.
Tras el almuerzo Hermione subió a su habitación a cambiar su desarreglada vestimenta de "andar por casa" por prendas más apropiadas para la situación.
- Harry, deberías instalar la Red Flu en la casa - el chico estaba sentado en el salón principal, viendo la televisión mágica.
Tras el fin de la guerra, unos pocos se habían dedicado a crear una Red Televisiva Mágica y, aunque por el momento esta solo contara con dos canales, había sido un tremendo éxito. Algunos curiosos se habían decidido a instalar en sus dispositivos tanto la Red mágica como la muggle.
- Sí, sí, cierto. Algún día - contestó el nombrado sin apartar los ojos del aparato.
Hermione hizo una mueca de exasperación y salió de la casa. Había pensado en aparecerse cerca de la cabina del Museo de Londres, pero una caminata de media hora no les haría mal a sus piernas. Si a la vuelta se encontraba cansada siempre podía aparecerse.
A pesar de aquella mañana luminosa, ahora el cielo estaba totalmente cubierto de nubes grisáceas. Con suerte no llovería.
A aquella hora las calles estaban desiertas y apenas unos cuantos coches circulaban. En ese recorrido, a cada dos o tres calles los edificios cambiaban radicalmente, captando atención constantemente. Había predominio de colores pagados, sobre todo blancos, grises, negros y marrones. Algún que otro raro edificio de ladrillos rojos y verdes parques alegraban la vista.
Una vez pasado el acerado bajo el museo de Londres giró a la derecha y continuó hasta la primera cabina telefónica del acerado izquierdo de la avenida London Wall.
Entró en la cabina roja y tecleó 62442.
- Bienvenido al Ministerio de Magia - se escuchó una voz cálida y femenina -. Por favor, diga su nombre y el motivo de su visita.
- Hermione Jean Granger, asuntos académicos.
A la par que salía una chapa de visitante, la máquina recordó las medidas de seguridad. Luego, esta comenzó a descender a gran velocidad durante apenas un minuto.
- El Ministerio de Magia le desea una buena tarde - saludó a la par que se abría la puerta.
La joven ya no se inmutaba ante la majestuosidad del hall. Desde el fin de la guerra había tenido que asistir unas cuantas veces, algunas coincidieron con sus horas de clase.
Su destino era el Departamento de Educación, en el primero de los nueve pisos.
Hermione llegó a la cabina de vigilancia, donde tuvo que llamar la atención del guarda con una túnica azul eléctrico. El hombre levantó la mirada hastiado, pero cambió de expresión cuando vio a la joven.
- Oh, Señorita Granger, es un placer verla de nuevo. Pase, pase directamente.
Todos la alababan y confiaban en ella hasta el punto de, como era el caso del encargado de seguridad, cometer errores imperdonables, bajo el punto de vista de la joven.
- Que tenga una buena tarde - la castaña forzó una sonrisa que enmascaraba su enfado y siguió su camino.
- Igualmente - respondió el hombre con alegría.
Ella se permitió el lujo de suspirar una vez dentro del, extrañamente, vacío ascensor. Cuando escuchó aquellas puertas abrirse comenzó a andar decidida hacia su destino, pero chocó contra alguien.
- Lo siento mucho - se excusó rápidamente la muchacha.
- Oh, Herms, no esperaba encontrarme contigo - ella reconocería aquella voz en cualquier parte.
- ¡Neville! - ella se tiró inmediatamente en brazos de su amigo -. ¿Cómo has estado? Pensé que volverías este año, me has dejado sola - lo recriminó, proporcionándole un juguetón golpe en el brazo del muchacho.
- Bueno, he estado arreglando unos asuntos y realmente, después del infierno del año anterior no estaba aún listo para volver. Pero ahora lo haré, seré aprendiz de Sprout. ¿Te lo puedes creer, Hemione? Yo, futuro profesor de Herbología.
- Claro que sí, Nev. Tu amas las plantas, es más, dudo que alguien les tenga más adoración que tú. Eres el candidato perfecto.
El ascensor comenzó a emitir unos pitidos estridentes. Longbotton apartó a su amiga de la entrada de este.
Ella se quedó impresionada. Su agarre se sentía fuerte, ¿cuándo aquel niño débil y gordito del que muchos se reían se había convertido en un hombre tan vigoroso?
- Parece que estábamos interrumpiendo el cierre - el joven río -. No te había reconocido de primeras con el cabello lacio.
- Bueno, da demasiado trabajo arreglarlo todos los días y al final creo que sale más económico esto.
- ¿Cómo están Harry? ¿Y Ron? Escuché que estaban saliendo.
- Harry está muy bien, le va genial en la Escuela de Aurores. En cuanto a Ron... Bueno, recién hemos cortado, pero hacía tiempo que no me decía demasiado.
- Oh, vaya, lo siento Herms... De verdad.
- No pasa nada, creo que la relación estuvo muerta mucho antes de comenzar. En cuanto a tema amoroso, yo siempre apreciaré a Ron, hemos pasado por mucho juntos.
- ¿Puedo...? ¿Puedo preguntar qué pasó? - cuestionó cauteloso.
- Simplemente no me sentía del todo cómoda, no creo que aquello funcionara. Aunque también está la posibilidad de que haya algo malo conmigo.
- Seguro que no - dijo rápidamente el castaño -, algún día encontrarás a la persona que te complete y a la que mereces.
- Muchas gracias por los ánimos Nev. Ahora, si me disculpas, tengo papeleo que realizar en el Departamento de Educación - ciertamente no tenía prisa, pero no quería que nadie la alentara, no lo necesitaba.
- Oh, sí, por supuesto. Cuídate y espero que nos volvamos a encontrar pronto.
Ambos se despidieron con un abrazo y cada uno siguió por caminos opuestos.
La castaña entró en aquella caótica sala del Ministerio. Lo primero que te encontrabas eran cinco filas de largas mesas y unas diez columnas. Las paredes estaban cubiertas de losas grises, tan relucientes que casi parecían un espejo, y el suelo era de un color morado. Todo estaba muy estropeado.
Las personas corrían de un lado para otro con montañas de papeles, gritándose entre ellas, el sonido de intercomunicadores de voz eran frecuentes y aviones de papel sobrevolaban las cabezas de los trabajadores.
A Hermione le costó encontrar a dónde ir entre tanto desconcierto. Intentó preguntar a dos trabajadoras, pero ellas estaban aún más perdidas que la castaña.
Tras una hora hablando con un asistente del ministerio, formalizó su matrícula y solicitó la beca para sufragar sus gastos de enseñanza. De primeras el hombre se mostraba reacio a darle la solicitud de beca debido a que no le hizo falta para costear Hogwarts y el de su próxima institución era mucho menor, así que Hermione se vio forzada a contar su situación familiar.
La cabeza de la muchacha no paraba de darle vueltas y un ligero dolor se iba apoderando de ella a cada paso que daba. Al salir de aquella sala de locos se dirigió hacia el Departamento Económico, en el quinto piso, junto al de Comercio Internacional, para formalizar la subvención.
Cuando al fin quedó libre, se dirigió hacia el ascensor, con ganas de llegar a Grimmauld Place y meterse en la cama hasta la cena. Quizás le pediría a Harry que ordenara una pizza para cenar.
Entró con pesadez en el elevador que, para su desgracia, iba hasta los topes.
- Oh, Hermione - se escuchó a alguien decir - ¿cómo estás? Tienes mala cara.
Alzó la vista y se topó con un amable Artrhur Weasley, los azules ojos del hombre la miraban con preocupación. Sin duda alguna estaba siendo el peor día de la castaña desde la Batalla de Hogwarts.
- Buenas tardes, Señor Weasley - la joven se forzó a sonreír-. Ciertamente no estoy en mi mejor momento.
- No deberías estar aquí, sino descansando - le reprendió el hombre cercano a sus cincuenta con firmeza.
- Necesitaba arreglar unos papeles sobre mis estudios.
- Supongo entonces que no podía esperar.
- No...
El ascensor llegó al vestíbulo y la chica salió con prisa, intentado escapar de aquella incómoda situación. Segundos después el hombre pelirrojo la alcanzó.
- Hermione, puede que este no sea el mejor momento, pero... ¿Podríamos tener una pequeña charla los dos a solas?
Ella buscaba en su mente, a la máxima velocidad que esta le permitía, una excusa, pero no halló ninguna lo suficientemente creíble. Por otra parte, tampoco quería engañar a aquel hombre que tan bien la había tratado siempre.
- Claro - contestó la castaña al fin.
- Acompáñame.
Ambos se dirigieron hacia un lateral poco concurrido del Atrio, donde tendrían más privacidad. Se sentaron sobre un poyete y ninguno miraba al otro, pues no iba a ser una conversación agradable
- Espero que no me malinterpretes - comenzó a relatar el hombre, moviendo nerviosamente las manos -. Creo que no es buena idea que sigas con mi hijo como pareja.
- Señor yo...
- Entiendo que suena mal - la interrumpió -, sin embargo, no es lo que piensas. Hermione, yo te considero como una más de la familia, por eso me preocupo por ti, - ella intentó volver a intervenir, pero el hombre continuó con su monólogo - y me parece que no eres feliz. Mi chico no es un mal hombre, pero no creo que sea para ti.
- Tiene razón.
El pelirrojo, sorprendido, movió la cabeza en dirección a su nuera, o eso creía él.
- Me alegra que estés de acuerdo conmigo - el ojiazul suspiró aliviado -. No sabía cómo podías tomarte esto y me tenía de los nervios. No quería que pensaras que no quiero que estés con Ron, solo quiero lo mejor para ti, por eso...
- Ya no estoy con su hijo - esta vez fue ella quien interrumpió al mayor.
- ¿Por qué Ron no nos lo diría entonces?
- Quizás él no lo haya asimilado aún - ella usó el mismo argumento que le dio su amigo cuando le realizó la misma pregunta.
- ¿Tú estás bien?
- Eso creo.
- Hermione, espero que seas muy feliz, estoy seguro de que encontrarás a alguien que te haga sentir completa.
"Completa, ¿eh?" pensó, eso justo le que venía sintiendo que le faltaba desde hace ya un tiempo. Su ex-suegro había dado totalmente en el clavo.
- No quiero que entiendas que esto sea una despedida - soltó el hombre atropelladamente -. Siempre serás bienvenida en la Madriguera como una más de la familia.
- No estoy muy segura de sí Ron estaría cómodo con ello.
- Tú lo conoces bien. Ambos sabemos que es más maduro de lo que aparenta, aunque algo torpe con sus sentimientos. Estoy seguro de que no le supondrá ningún problema, eres muy importante para él y dudo que quiera perderte por algo así. Por Merlín, tenéis veinte años, os queda mucha vida por delante.
- Su hijo también es importante para mí, aunque visto está, no de la manera de estos últimos meses.
- ¿Quieres que te acompañe de vuelta? No tienes muy buen aspecto.
- No, es usted muy amable, pero solo me siento algo mareada, solo necesito estar parada un momento, nada más.
- ¿Segura? - la castaña asintió - Pues entonces me marcharé, ten mucho cuidado al volver a casa Hermione.
- Lo tendré, Señor Weasley.
Ambos se despidieron con un simple gesto de mano. Ella se volvió a sentar, esperando a que disminuyera su mareo y él se fue directo a casa.
Cuando el pelirrojo salió de la chimenea fue directo hacia su mujer, quien estaba en la cocina preparando su cena. A la misma vez unas agujas tejían un pequeño body de bebé con una W. Arthur Weasley no pudo evitar una sonrisa al pensar en su futuro nieto o nieta y Molly parecía querer ser la primera persona en darles un regalo a los primerizos padres.
- Flancito mío, tengo noticias - el hombre abrazó por la espalda a su atareada esposa.
- ¿Qué ha pasado Arthur? - preguntó la mujer sin dejar de remover el guiso.
- Me he encontrado con Hermione y... le he propuesto lo que ya sabes - él no quería decirlo en voz alta por si su hijo menor se encontraba cerca.
La bajita y rechoncha mujer dejó lo que estaba haciendo para volverse hacia su marido. Sus ojos marrones y brillantes lo miraban fijamente y manos la traicionaban, reflejando su nerviosismo.
- ¿Qué ha pasado? ¿Cómo se lo ha tomado? - su pareja se inclinó para susurrar algo en su oido. Ella solo se cubrió la boca, asimilando la situación.
- ¡Máma! - se escuchó a Ron bajar las escaleras. Sus padres se separaron de inmediato - ¿Qué va a haber de cenar?
- Estoy preparando un revuelto de verduras - el joven puso mala cara ante las palabras de su madre -. Si quieres puedo hacerte unos Bangers and Mash.
- ¿En serio?
- Sí, pero no te acostumbres.
De seguro su hijo estaba herido por su reciente ruptura con Hermione Granger, pero su madre sabía bien como sanar los problemas de su hijo.
Ella no tardó mucho en descubrir que a su hijo Ron había que conquistarlo con comida. Cuando este era pequeño y se caía, Molly siempre le preparaba un plato que le agradara y la tristeza o dolor de su hijo desaparecían.
- Pobrecillo Ron, tiene que estar conmocionado - Ginny bebía de su taza de té.
Tanto la pelirroja como su novio azabache se encontraban en una pequeña mesa en el salón de Grimmauld Place.
- Sí, aunque Hermione tampoco es que se viera bien.
- Realmente no creo que ellos hayan estado nunca en condiciones, era una relación rara.
- Hermione no volvió a ser la misma desde aquella vez que tuvo que ser ingresada en San Mungo, hace un par de años.
- Yo no recuerdo nada de eso.
- Me lo comentó Dumbledore. Al parecer tuvo que ser ingresada un día antes de la cena y estaba de vuelta al amanecer. En ese momento ella solía pasarse todo el tiempo estudiando, así que era normal que se saltara alguna comida.
- ¿Y por qué la ingresaron?
- Dumbledore no me lo quiso contar, solo dijo "cosas de mujeres", y nunca he querido preguntar a Herms.
- Es todo muy raro. Compartimos cuarto el último año y me extraña que no lo mencionara nunca.
- Quizás sea algo muy privado.
- Ay Harry... Si tu supieras...
El ojiverde la miró con confusión. Aquello no duró mucho pues Kreacher apareció anunciando la llegada de una carta de suma importancia.
A unos minutos de distancia, Hermione Granger se encontraba en su camino de vuelta a casa, por la calle St. John. El ruido era notablemente mayor que durante el camino de vuelta.
Una figura frente a ella le llamó la atención. En la dirección contraria iba un hombre con una chaqueta vaquera y una capucha. Sintió que sus piernas le pedían que saliera corriendo y no se cruzaran, pero ella no estaba dispuesta a ceder a sus instintos, estaba en medio de una calle muy transitada y llena de gente.
Intentó no mirar a aquel sujeto fijamente y aceleró el paso. A cada zancada su corazón iba latiendo cada vez más rápido, presa del miedo. Aquel hombre tenía aura de mortífago.
Cuando por fin se cruzaron, ella quedó quieta y se volvió a ver cómo se marchaba. A la joven le dio un vuelco el corazón. No entendía que le había pasado, pero al cruzarse todos sus nervios desaparecieron y le inundó un inmenso sentimiento de tranquilidad.
Extrañada, Hermione siguió su camino. Segundos después el encapuchado se volvió, observando como la castaña se marchaba.
