- Hermione, por favor, ven - insistió por decimocuarta vez su amiga Ginny.
- No creo que sea adecuado ir a cenar a la madriguera, todo está muy reciente.
- Ha pasado un mes y mis padres te echan de menos. No hacen más que atosigar a Harry a preguntas cada vez que entra por la puerta.
- Lo siento Ginny, otra vez será.
- ¡Harry! ¡Plan B, Hermione no quiere ir!
- ¿Plan B? ¿Cuál es el plan B? - ambas escuchaban como el ojiverde subía corriendo por las escaleras.
Cuando el muchacho llegó se encontró a su amiga en un pijama azul, muy clásico y dos tallas más de la castaña. Su novia, sin embargo, llevaba unos vaqueros de talle demasiado bajo y un top rojizo, a juego con sus cabellos. La combinación de ambas era curiosa.
- Herms, si no vas a la cena de esta noche ninguno iremos - dictaminó el hombre, dejando caer su peso sobre el marco de la puerta.
- Pero Harry... - intentó protestar la castaña.
- En su lugar iremos a Una Macinata di Magia - intentó imitar el acento italiano sin éxito.
- Pero si ese sitio es carísimo.
- Tú siempre has querido ir al restaurante del mago Andrea Viecelli, yo me muero por comer una auténtica pizza napolitana y a Ginny le gusta cualquier postre de chocolate. Todos saldremos ganando.
- ¿Y quién lo pagará? - preguntó realmente preocupada.
- Mi amiga la bolsa, estoy ganando bastante dinero sin hacer nada.
- ¿En qué has invertido? - cuestionó su amiga escandalizada.
- Tranquila, no he hecho ninguna locura. Me han asesorado y me he pasado un año analizando las candidatas antes de decidirme.
- ¿Asesorado? ¿Quién?
Hubo un silencio bastante incómodo.
- Lucius Malfoy - respondió al fin el de cabellos azabaches.
- ¡¿Cómo?! - Ginny puso el grito en el cielo - Harry, no me has contado nada de eso. Sé que te sientes en deuda con su mujer, pero con librarlos de Azkaban fue más que suficiente, no hace falta que almuerces con ellos los domingos.
- Simplemente, hay una relación cordial. Al principio intenté que Snape me aconsejara, pero me echó por hacerle perder tiempo. Así que no me quedó otra opción.
- También vas mucho a ver al grasiento.
- Sí, y me pregunta mucho por ustedes. Aunque cuando sacia su curiosidad me saca de su casa a patadas.
- Nunca pensé que Snape fuera un cotilla - murmuró la joven en la cama.
- Bueno, da lo mismo - intervino la menor de la habitación -, el caso es que muevas el culo y te arregles, que yo ya tengo hambre.
El restaurante italiano se encontraba en la calle más esnob del Callejón Diagón. En el exterior, un hechizo cubría los edificios, evitando que la lluvia londinense estropeara las caras alfombras negras que cubrían la calzada, y en lugar de farolas eran velas flotantes las que iluminaban el camino.
El lujoso local estaba a rebosar aquella noche. Dentro del recinto, el frío de la noche pasó a una agradable temperatura primaveral y el silencio de la calle a conversaciones entre comensales y música instrumental, tocada en vivo.
- ¿Seguro que podremos cenar? Parece muy lleno - cuestionó insegura Hermione.
- Eres tan cabezota que sabíamos que no ibas a ir, así que reservé una mesa hace un par de días - se limitó a contestar Harry.
Hermione lo fulminó con la mirada, pero no contestó. Ella prefirió posar su atención en aquel espacio que se discernía frente a sus ojos. Era un recinto grande, con las mesas más cercanas unas a otras de lo habitual en Reino Unido y un estilo rústico. Había algún que otro olivo en el interior de la estancia, como decoración.
- Bienvenidos a nuestra humilde casa - saludó el maître, bañado en cortesía y amabilidad -. Lamento la tardanza, si me permiten, los guiaré hasta su mesa.
- Sí, por supuesto - se apresuró a contestar Harry.
En el último año, el "niño"-que-sobrevivió se había acostumbrado a su posición en lo más alto de la sociedad y, aunque no gustase de ello, no dudaba en aprovechar las ventajas que esto le profería.
Entre el laberinto de mesas y personas de pie los camareros bailaban con elegancia, esquivando obstáculos y portando todo tipo de bebidas en sus relucientes bandejas de plata.
Una vez sentados sobre sillas de madera y paja, seguramente hechizadas para incrementar su comodidad, miramos cada uno la carta que teníamos en frente. Los precios eran altos, pero no tanto como se esperaba la castaña.
La odisea tuvo lugar a la hora de pedir. Todos estaban de acuerdo en pedir cada uno un tipo de comida y un entrante, el problema surgió en escoger platos que agradasen a todos. Finalmente, los elegidos fueron: pan de ajo con queso (el único consensuado), una pizza de tamaño considerable con ingredientes típicos del mediterráneo, raviolis de requesón y espinacas y filetes de pez espada al pesto, acompañado de ensalada capresse. Todo esto estaba acompañado por vino de elfo para Harry, el vino blanco más afrutado (y caro) de la carta para la pelirroja y una simple botella de agua para Hermione.
El aperitivo llegó rápido y con la misma velocidad se fue. Era un pan de ajo tradicional acompañado de un queso de sabor muy profundo y un delicado toque de queso cheddar líquido, lo cual le daba un dulzor muy agradable al paladar.
La amiga de la pareja se atragantó con su agua al observar como el gran chef Viecelli se dirigía hacia ellos con una sonrisa en el rostro.
- Buenas noches - saludó educadamente el joven hombre castaño y de ojos oliva -, soy el dueño del local, espero que se encuentren cómodos en mi humilde morada. Es todo un honor tenerlos aquí.
- El honor es nuestro por poder probar sus deliciosos platos - el chico respondió por los tres, puesto que sus compañeras estaban embobadas mirando al hombre -. Por lo menos el entrante lo estaba.
- Me alegra oírlo - dirigió su mirada hacia el plato vacío -. Pan de ajo, si no me equivoco. No todos saben apreciar el queso de hipogrifo, a algunos les parece demasiado potente.
- Le proporciona intensidad al resto de sabores - la faceta de sabelotodo de Hermione hizo acto de presencia -, aunque personalmente me ha parecido más interesante el queso más industrial.
- Es una mujer muy perspicaz, parece ser que eso de la mejor hechicera de su generación no iba en vano - se dirigió hacia la castaña, con un claro interés escrito en su rostro -. Muchos califican de locura mezclar algo tan gourmet, como es el queso de hipogrifo, con una salsa de queso usada en puestos de comida rápida.
- Mientras sepa bien y haya gente que esté dispuesta a pagar, no le hace daño a nadie, solo son habladurías.
- Jovencita, tiene usted una percepción de las cosas distinta y envidiable por este servidor. Espero que no sea la única vez que la vea por aquí, me encantaría entablar una conversación más profunda con usted. Ahora, debo dejarles, su comida viene de camino.
Sin decir más el hombre de sonrisa seductora volvió sobre sus pasos.
- Harry, ¿has visto eso? Sacamos a Herms una vez y ya está ligando - declaró Ginny muy animada.
- ¡Yo no he ligado con nadie! - reprochó la nombrada.
- Tú no, pero él contigo sí - puntualizó el chico.
- Está para comérselo - Ginny dirigió la mirada al trasero del hombre, quien no andaba aún muy lejos -. Ah, por Merlín, mira que culo.
Harry miraba a su novia con mala cara. "Celos fisiológicos" pensó Hermione a la par que se reía internamente.
Los platos principales duraron mucho más que los anteriores. Eran porciones generosas, bastante para el estómago de ellos.
- No puedo más... Voy a tener que desabrocharme el botón del pantalón para no explotar con el postre - la pelirroja dejó caer el peso de su cabeza entre sus manos.
- Espero que no sean demasiado grandes - comentó su pareja.
- Chicos, no ha sido para tanto - puntualizó la joven.
- Claro, es que nosotros hemos comido el doble que tú - indicó el chico -. Comes tan lento que si no lo comíamos nosotros se iba a enfriar.
- Señores - interrumpió uno de los camareros - aquí les dejo la carta de postres - entregó una a cada cliente de la mesa y se marchó.
- Uy, que pinta la copa de chocolate - la voz de Ginny sonaba emocionada -. No hace falta mirar más, tenemos ganador. ¿Vosotros qué?
- Yo quiero algo suave - el ojiverde leía la carta con vehemencia -. Un gelato de vainilla será lo mejor.
- ¿Hermione? - preguntó la chica al ver que su amiga no contestaba.
- ¿Qué? - la castaña volvió a centrarse en lo que tenía delante - Oh, si el postre. Yo... - dio un vistazo rápido a las imágenes - un trozo de tiramisú.
- ¿Se pude saber dónde estabas?
- Ciertamente, me había quedado embobada unos segundos - se avergonzó.
- Herms - apeló Harry -, creo que te ha sentado mal que flirtearan contigo.
- Por cuarta vez, nadie ha insinuado nada conmigo.
- Bueno, una propuesta sí que te han hecho.
- Quizás en realidad fuese una propuesta indecente - propuso Ginny. Parecía que el alcohol estaba haciendo estragos sobre ella, eliminando los filtros entre lo que pensaba y lo que decía.
- ¡Ginny! - le reprochó su amiga, a la par que se le iban subiendo los colores.
- Herms, eres demasiado inocentona.
Harry parecía incómodo con el tema del que hablaban ambas, así que se limitó a observar quienes se encontraban a su alrededor. Hasta ahora no se había dado cuenta de la presencia de la esposa del ministro Shacklebolt y sus dos hijos, niño y niña mellizos de ocho años. Se pasaría a saludarlos antes de marcharse.
- ¿Que estás mirando tan fijamente? - le preguntó Ginny curiosa.
- Los mini Shacklebolt, son muy divertidos - señaló con un pequeño gesto de cabeza a hacia la mesa, donde los dos niños de tez café con leche mojaban patatas en la salsa y se la daban de comer al otro.
- Ay, ¡qué cositas más monas! Vamos a hablar con ellos Harry.
- Ahora no Ginny, están comiendo. Cuando acaben nos acercaremos - la chica seguía mirando en aquella dirección en el momento que llegaron los postres.
- Harry, yo quiero unos así.
El ojiverde, quien ya había comenzado a comer, se atragantó con su primer bocado y comenzó a toser.
- Harry, toma un poco de agua - entre risas, Hermione le ofreció su vaso recién lleno.
- Este no es lugar ni momento para hablar de esto - tajó el tema con voz seca tras pasar el mal rato.
Una vez salieron del restaurante deambularon hasta el Caldero Chorreante, donde despedirían a Ginny, para luego volver a Grimmauld Place.
- Herms, quédate aquí un momento, voy a entrar con Ginny y ahora vuelvo. Tardo solo unos segundos - dijo el chico.
- Claro - se limitó a contestar a la par que se despedía de la pelirroja.
El frío de la noche de verano azotaba sus piernas al descubierto. Había cesado de llover en algún punto de la velada, pero los caminos de adoquines estaban encharcados.
Era muy tarde, todos los comercios estaban ya cerrados y solo unas cuantas farolas permitían visibilidad en la oscuridad de la noche. En el cielo se vislumbraba una luna en fase decreciente y algunas pocas estrellas, debido a la contaminación lumínica de la gran ciudad.
Hermione recordaba en esos momentos con cariño las clases de astronomía a las doce de la noche, donde se podía ver miles de estrellas brillar en la oscuridad.
Perdida en sus pensamientos, se sobresaltó cuando sintió que la agarraban por la muñeca. Era una mano grande y delgada, en el dorso se apreciaban las venas e incluso los huesos de aquel hombre. No era la mano de alguien de su edad.
- No debería estar aquí sola - dijo una voz masculina.
La joven miró a su atacante, era el mismo hombre encapuchado que se había encontrado en la calle. La primera vez que se cruzaron fue hace un mes y después de aquello lo había visto un par de veces más. ¿Acaso la estaba acosando?
Lo más raro de la situación fue la tranquilidad de ella al reconocer al hombre y, por primera vez, pudo mirar detenidamente bajo la capucha. No se veía mucho, solo cabello azabache largo, una barba algo canosa de un par de días, una nariz delgada y labios muy finos. Se quedó embobada mirando aquellas lineas rosadas.
- Profesor - se escuchó la voz de Harry. Ella miró a su amigo, quien estaba con la varita en alto ante ellos.
- Potter, no deberías dejar sola a una mujer. Ni siquiera el callejón Diagon es seguro a esta horas - entonces reconoció la voz del hombre, era su antiguo ex-profesor de pociones, Severus Snape.
- Por un momento creí que usted era un sitiador - el ojiverde guardó la varita en el bolsillo interior de su chaqueta.
- Podría haberlo sido - el hombre soltó su agarre y retiró el gorro de su cabeza.
El hombre estaba bastante cambiado: Su pelo era notablemente más largo que en sus años como profesor, parecía más descansado y habían desaparecido sus ojeras. Hermione pensó que el cambio de cabello se debía a intentar ocultar la inmensa, según Harry, cicatriz que la serpiente del Señor Tenebroso le dejó al desgarrar su piel con los colmillos venenosos.
- Hace tiempo que no lo veo, ¿cómo ha estado? - preguntó educadamente su antiguo pupilo.
- Ocupado - se limitó a contestar -. Hace tres días estuvo en mi casa molestando, no creo que eso sea "mucho tiempo". Potter, ¿acaso soy su nuevo amor de verano?
Hermione seguía embelesada mirando al hombre. No lo había visto desde la Batalla de Hogwarts, cuando su vida pugnaba por apagarse en la Casa de los Gritos.
Verlo así vestido, de manera informal, le hizo rememorar algunas de sus fantasías de la adolescencia. En la que se pasaba las horas teóricas admirando los rasgos del inteligente hombre.
Snape no era guapo, ni de lejos, pero tampoco era feo. El hombre tenía unos rasgos interesantes, que se acentuaban con su delgadez. La castaña debía admitir que aquel hombre mejoraba con la edad. Un ejemplo de aquello era la incipiente barba del hombre, la había observado alguna vez durante sus años en Hogwarts, pero las canas que ahora la adornaban le sentaban mejor.
- ¿Acaso tengo algo en la cara? - preguntó con amargura el hombre dirigiendo la mirada hacia su derecha.
Los ojos de ambos se encontraron durante escasos segundos y la joven, al fin, se puso nerviosa.
- Yo... Esto... No, Profesor. Simplemente, hacía mucho que no lo veía.
- Granger - se dirigió hacia ella.
- ¿Sí? - respondió con timidez.
- Ya no soy profesor, ni de usted, ni de nadie. Así que dejen de llamarme así de una maldita vez. Ahora si me disculpan, algunos trabajamos desde temprano y quiero dormir.
Sin decir nada más ingresó al Caldero Chorreante, sin echar la vista atrás.
En los días siguientes Hermione encontró una inquietante portada en la revista Corazón de Bruja.
- Parece como si te hubiese arroyado una manada de hipogrifos - Harry, vestido con su uniforme de prácticas, le tendió, en un mismo plato, una taza de té con café y un croissant.
- Pues convence a tu amiguito del alma para que no siga inventando cosas sobre mí.
- ¿De qué hablas, Herms? Ron no ha dicho nada sobre ti.
- Puede que a tí no, pero a la prensa sí.
Ante la cara de confusión del pelinegro, su amiga le lanzó la revista con una foto en portada de la noche en la que salieron a cenar los tres. Bajo esta rezaba: ¿Hermione Granger soltera? Ronald Weasley responde (pag. 12).
- ¿Cómo tienes esto? Pensaba que no te gustaba esta revista.
- Y no me gusta, pero me lo han mandado de la propia editorial.
El joven abrió la revista rosa por la página que indicaba. Era una página entera con imágenes: En la cabecera estaba la misma foto de la portada; en el lateral izquierdo una instantánea de Ron y Hermione paseando juntos, tomados de la mano; y otra muy reciente, puesto que hace apenas unas semanas que había comenzado a dejarse barba, de Ron en el cuarto inferior derecho de la página.
El domingo pasado, una de nuestras reporteras coincidió con, el aclamando por todos, Harry Potter, su novia Ginebra Weasley y la pareja del hermano de esta, la heroína de guerra, Hermione Granger en el restaurante del mago italiano más famoso en Gran Bretaña, Andrea Viecelli.
La pregunta que le surgió a nuestra compañera y la que nos viene a todos es: ¿Dónde está Ron Weasley? ¿Acaso la pareja se ha separado? ¿Están sufriendo un bache amoroso? ¿O simplemente no pudo asistir aquel día?
Lo cierto es que antaño solía ser frecuente ver a la pareja caminar por las calles de Londres o recorriendo el Callejón Diagon, pero hace un par de semanas que es imposible hallarlos juntos en público.
Pocas voces hay en este asunto, por lo que hemos recurrido directamente al futuro auror para que nos diga en qué estado se encuentra su situación amorosa.
"Hermione y yo estamos bien. Bueno, ella está ahora enfadada conmigo, pero ya se le pasará en cualquier momento" dijo literalmente el varón menor de siete hermanos, con una sonrisa nerviosa. "Solo necesita estar ella consigo misma, yo le doy su espacio y el tiempo que necesite" aseguró el chico el joven y de bondadoso corazón.
Esta famosa pareja no está pasando por su mejor momento, ¿seguirá todo tan bonito como lo pinta Weasley? Recordemos que Hermione Granger ha salido en varios números anteriores. Algunos alegaban afinidad con el mismísimo Harry Potter, otro en su lista de conquistas fue el bombón búlgaro Viktor Krum. ¿Será Ron Weasley solo uno más de la lista o la chica ha asentado ya sus pies con vistas de futuro?
Seguiremos informando de esta mágica historia de amor (o desamor).
- Herms, esta gente no sabe que escribir, se inventa cosas - Harry dejó la revista sobre la mesa.
- No, Harry, esas palabras las ha dicho Ron. Nadie usa literalmente si no es literalmente - la castaña se veía muy furiosa.
- Seguro que Ron no lo hizo con mala intención.
- ¿Entonces por qué no se limitó a decir que terminamos y ya? Se que iban a decir cosas malas de mí, como aquella vez en el Torneo de los Tres Magos, pero esto solo hará que empeoren las cosas.
- Hermione, sé que esto te va a sonar raro, pero ¿estás segura de que Ron entendió que terminasteis?
- ¿Qué quieres decir?
- Bueno, Ron actúa de cierta manera que da a pensar que él no lo sabe, o si lo sabe, se hace el loco.
- Yo le dije claramente que habíamos terminado.
- Parece que él no lo entendió tan claro - comentó con obviedad el joven de ojos esmeralda.
- Ay Ron... - ella escondió su cabeza entre sus brazos, apoyados en la mesa - ¿Por qué será que siempre me tiene que hacer pasar por un infierno debido a su escasa madurez sentimental?
- Herms, fuiste tú quien empezó a sentir cosas por él a principios de Sexto. Siempre has sabido a lo que te enfrentabas.
- Pero es que me desespera - se incorporó de golpe -. Yo creía que todo este tiempo había sido muy maduro al asumirlo sin más y resulta que el tonto ni entendió cuando terminé con él. Esto es tan irreal... Solo me lo creo porque estamos hablando de Ron.
- ¿Qué vas a hacer?
- Tendré que ir a hablar con él, no tengo más remedio.
- Supongo que ya estará en la academia. Es más, ya voy tarde - comentó mirando su elegante reloj de muñeca, regalo de Hermione en su reciente cumpleaños.
- Por favor Harry, intenta traerlo luego.
- Yo no quiero meterme en nada. No sería la primera vez que saldría malparado de vuestras discusiones.
- Solo dile que quiero hablar con él, no te pido más.
- Veré que puedo hacer, pero no prometo nada - el joven cogió una pera y se marchó. Segundos después, se escuchó la puerta de la calle abrir y cerrarse.
Hermione se terminó el desayuno y se levantó con ánimo de limpiar la casa. No había que tener más de dos dedos de frente para saber que Kreacher pondría el grito en el cielo, sin embargo, eso le serviría para distraerse de todo lo relativo a cierto pelirrojo pecoso, glotón, alto y delgaducho.
Era imposible limpiar esa enorme casa, pero no adecentar los pasillos de las primeras tres plantas y las habitaciones que usaban en estas. El resto se lo dejaría al pobre Kreacher, quien no dudaría de sacarla a patadas de la casa, pese a su avanzada edad, por usurpar su trabajo.
Ella y Harry habían intentado que Kreacher aceptara trabajar en las cocinas de Hogwarts, pero el elfo se negó rotundamente a abandonar su hogar. Según sus propias palabras, antes quitarse la vida a irse.
Si no fuera gracias a la magia, la castaña habría terminado el triple de cansada de lo que estaba. Bendito el día en el que la profesora McGonagall cruzó la entrada de su antigua casa para comunicar que poseía aquel "don", como excusaban sus padres cuando pasaba algo fuera de lo común.
Sus padres... ¿Algún día podría si quiera saber de ellos? ¿Cómo estarían? ¿Serían felices? Ellos siempre le decían que era la mayor dicha que les había otorgado la vida. Pensando en todo esto, un par de lágrimas se escaparon de sus ojos y recorrieron su cara hasta caer a favor de la gravedad, mojando el suelo recién limpiado.
El resto de la mañana la pasó en su habitación, con las puertas del armario abiertas de par en par y arreglando, una a una, las prendas que ya se habían estropeado debido a los años o debido a los tiempos de guerra. Era gracias a las enseñanzas de la Señora Weasley que la castaña podía enmendar los daños de las prendas, en vez de tener que preocuparse en adquirir nuevas.
- ¡Ya estoy de vuelta! -anunció Harry a viva voz.
Si decía eso es que quizás no había conseguido que Ron lo siguiera, o simplemente se había olvidado de aquello.
- Me muero de hambre - la voz del azabache ya no se escuchaba en grito, pero seguía en un tono alto - ¿qué has preparado de comer Herms?
Ella dejó lo que estaba haciendo y palideció. Se horrorizó aún más al ver que eran las dos de la tarde y no había preparado nada de comer.
Segundos después llamaron a la puerta. Hermione se preparó mentalmente y abrió con miedo y buscando las palabras para explicar al pobre Harry el por qué no había nada preparado para comer, en cambio, tras el paso se encontraba un sonriente Ron.
- Hola - saludó con confianza el joven pecoso.
- Hola - le devolvió la castaña algo cortada.
El chico intentó agacharse hacia a ella para darle un beso, pero Hermione rápidamente se apartó, dejándole paso al chico hacia el interior de su habitación.
Ron, algo confundido, entró en la acogedora sala. Él había estado un par de veces en esa habitación con Herms, ambos tendidos en aquella gran cama y charlando y riendo de temas banales mientras se cogían de la mano o simplemente se miraban. Añoraba aquellos días felices.
- ¿Ya no estás enfadada? - preguntó con preocupación el pelirrojo.
- Ron, nunca he estado enfadada contigo.
- ¿Entonces? ¿Por qué no me has escrito en todo este tiempo? - preguntó contrariado.
- ¿Recuerdas lo que te dije aquella noche?
- Claro, estabas que te subías por las paredes y aún no sé por qué.
- Ron, indiqué claramente que nuestra relación sentimental había acabado.
Aquellas palabras fueron un duro golpe para el chico, haciendo mella en su expresión. Aquella noche había bebido un poco, pero no creía que tanto como para olvidarse de aquello. Se dejó caer en la cama de ella.
- Y... ¿Tú estás bien con eso? - su voz sonaba ahogada y sus ojos apuntaban fijamente al suelo.
Hermione se agachó, quedando a la altura de Ron.
- Ron... - acarició con cariño su rodilla - Yo te quiero, mucho, pero no de la forma en la que venía siendo. Esa relación era dañina y tarde o temprano ambos saldríamos malparados de ella.
Él no dijo nada, se limitó a asentir, gesto que apenas se notó.
- Al menos, dime, ¿fue mi culpa? ¿Hice alguna vez algo más?
- No, claro que no. Simplemente, no terminamos de congeniar, te vendría bien alguien menos independiente y que prefiera salir a quedarse en casa leyendo un libro.
- Herms, ¿me podrías hacer un favor? - ella lo miró, pero no se atrevió a contestar - Ven a la próxima comida.
- Pero Ron...
- No te preocupes, me repondré. Necesito de realidad para recobrar cuanto antes la normalidad.
- ¿Estás bien? - preguntó extrañada.
- Creo que siempre he sabido que no eras del todo feliz conmigo. Ya tenía asumido que eso no estaba bien, por lo que por mucho que me duela, también me siento liberado.
- Oh Ron...
- No, no necesito tu compasión - se levantó rápidamente -. Si me disculpas, será mejor que me vaya -. Nos vemos el domingo en la madriguera - dijo antes de salir por la puerta.
Pasó un buen rato antes de que Harry subiera, por lo que Hermione supuso que ambos se habrían quedado hablando un rato. El ojiverde se asomó por la puerta con algunas hamburguesas del McDonnald's, patatas, un vaso de refresco y una botella de agua.
- Espero que te apetezca algo de comida basura.
- Me apetece lo que sea que me hayas traído.
Su amigo se sentó a su lado, sobre la cama y dejó la bandeja entre ambos.
- ¿Me las has pedido como me gustan?
- Claro que sí, sin salsa, sin cebolla, sin pepinillos y con queso.
- Gracias - respondió la joven cogiendo una de las hamburguesas con papel verde. Ambos comenzaron a comer - ¿Cómo está Ron?
- Bueno... Pensé que se lo tomaría bastante peor. ¿Vendrás a la próxima comida cómo te ha pedido?
- ¿Debería?
- Yo creo que sí, pero al final depende de ti.
Ambos continuaron comiendo en silencio, disfrutando de sus dos hamburguesas.
- ¿Quieres ketchup para las patatas?
- Está bien, un día es un día.
- ¿Cuándo fue la última vez que comimos McDonnald's?
- Diría que en las navidades pasadas.
- ¿Tanto? Así normal que te hayas quedado tan delgada Herms, voy a tener que comprarte más hamburguesas.
- Harry, sabes que no quiero que gastes dinero en mí. Suficiente con que me dejes quedarme aquí.
- Tonterías, me alegras el día, ¿tú sabes lo que es estar aquí metido con Kreacher? Me la pasaba todo el rato en la madriguera. Además, entre nosotros, tú me entiendes más que Ron. Ah, también he traído algo de helado.
- Tenías hambre, ¿eh? Lo siento, he perdido el tiempo aquí y para cuando me di cuenta ya habíais llegado.
- Hermione, nadie te pide que tengas preparado nada para cuando vuelva.
- Es lo mínimo que puedo hacer mientras esté aquí.
- Me dará pena que te marches. Al menos prométeme que te quedarás mínimo el verano conmigo.
- Tranquilo, lo haré, necesitaré ahorrar algo antes de poder marcharme. Y antes de eso he de encontrar trabajo.
- Eres tan cabezona, podrías quedarte hasta que termines de estudiar al menos.
- No Harry, sabes que no podría y es mi última palabra sobre ello.
