Tras aquella carta, Hermione comenzó a preocuparse aún más que cuando no sabía si sus padres estaban siquiera vivos. Aun no se creía que tuviese un hermano. Se sentía tremendamente engañada, elle siempre había querido un hermano y sus padres siempre respondieron que aquello era imposible.

Quizás por aquella falta de fraternidad Harry y ella estaban tan unidos. Definir su relación simplemente con el término "amigos" era quedarse corto. Sobre todo, tras la aventura en busca de los horrocruxes y la Batalla de Hogwarts.

Hermione salió del cuarto de baño aún mojada y con su cabello dentro de una toalla. La mitad de sus cosas ya no se encontraban en esa habitación y, aquel día, le daría el final definitivo.

Crookshanks llamó la atención de su dueña sentándose frente a la castaña y maullando. Ella se limitó a arrascar a su amigo bajo la mandíbula antes de seguir su camino hasta el armario.

La toalla cayó al suelo y Hermione comenzó a vestirse, comenzando por sus bragas blancas de encaje y acabando con una camisa burdeos de manga tres cuartos o francesa.

Esas eran las últimas prendas que restaban en el viejo armario. Irónicamente echaría de menos el chirrido cada vez que abría la puerta y el crujir de la madera de roble en la noche.

Aquella mañana había cambiado las sábanas de la cama por unas limpias y recogido temprano la ropa que dio en la noche al anciano elfo Kreacher. Pocas más cosas tendría que hacer, el principal problema sería trasladar a su gato de una residencia a otra sin red Flu.

El verano tras el desenlace de la guerra lo pasaron en la Madriguera, donde el gato residió aquel año. Llevarlo luego a Hogwarts fue tarea fácil y posteriormente trasladarlo a Grimmauld Place supuso un pequeñito Hechizo de aparición por parte de Harry. El problema se le presentaba ahora.

No podía ir cargando un trasportín con el animal con "unos kilitos de más", en palabras del especialista en Kneazles y cruces de estos con gatos, como era el caso de su animal de compañía.

Simplemente era imposible aparecerse en cualquier rincón de Londres. Hasta el callejón más irrelevante siempre estaba transitado.

Pedirle ayuda a Harry sería irrelevante, no aportaría nada que ella no hubiese pensado antes, por lo que decidió pedir consejo a su nuevo casero. Escribió la carta a vuela pluma a la par que metía en un neceser lo imprescindible en el día a día. Ató el pergamino en la pata de su pequeña, pero audaz, lechuza y la mandó en pos del pocionista.

No tardó mucho en recibir respuesta: "A las 11:20 exactas retiraré la restricción de aparición de la terraza exterior. Dispondrá exclusivamente de medio minuto".

Hermione miró su reloj mágico, tenía unos escasos cinco minutos para aquella oportunidad única. Sabía de buena mano que el hombre tenía muchos enemigos tras él, por eso su acto era una enorme muestra de caballerosidad, palabra que nunca pensó que iría dirigida precisamente a aquella persona.

Corriendo, terminó de alistar todo lo que necesitaba y salió al jardín trasero con Crookshanks en brazos. Pocos lo sabían, pero la esquina derecha del patio no se consideraba como parte de la propiedad por lo que cualquiera podría aparecerse allí. Esto sería un peligro si no fuera porque la casa contaba con más protecciones de las que cualquiera se pudiera imaginar. Quizás la única persona en todo el globo que superaría la seguridad de aquel hogar sería la escéptica persona con la que compartiría techo en escasos segundos.

Apretó con determinación al animal sobre su pecho, enfocó claramente su destino en la mente y de un momento a otro se sintió aplastada durante unos segundos. Al abrir los ojos, se encontró de frente a un hombre varita en alto y pronunciando encantamientos en un lento murmullo.

- Espero que su gato no destroce nada o tendremos un serio problema - comentó el hombre tras terminar de restaurar las protecciones de su hogar. Inmediatamente volvió al interior, dejando a Hermione cargada y sin saber siquiera como bajar a su mascota de sus brazos.

La castaña entró por el mismo sitio por donde se perdió su antiguo mentor, la primera puerta a su izquierda, la cual daba al rellano de la planta que precedía al ático. Se adentró en su nuevo cuarto y Crooshanks se tiró a la cama, lo que le permitió a Hermione poder soltar el resto de cosas que cargaba.

Metió el neceser en su propio cuarto de baño y comenzó colocar sus útiles. Sin duda alguna, Snape había estado allí. La última vez que ella estuvo allí colocó la toalla alienando perfectamente los bordes y ahora estos estaban ligeramente desiguales.

El curioso medio gato comenzó a deambular por el cuarto, explorando cada rincón posible, desde debajo de una pequeña cama de matrimonio, aunque demasiado para ella sola, hasta su cómoda silla de escritorio, pasando bajo la mesa de trabajo y escalando la mesita de noche.

"Ya no tendré que vivir a expensas de nadie. No seré más una mantenida", pensó la joven llena de júbilo. Según el papeleo, debía empezar el primero de septiembre, pero ¿a quién le importaba cumplir aquello? Simplemente era una formalidad para que el ministerio no preguntara de dónde salían los ingresos. Por suerte, para la beca se referían a los ingresos del año anterior, tan escalofriantes que ella estaba segura de que, después de informarse debidamente, obtendría algún dinero extra por baja renta y, ni siquiera con lo que le pagara Snape llegaría al ingreso mínimo de 9650£ al año o, como exigía el Ministerio de Magia, 1900 galeones.

Hermione sintió un débil golpe en la puerta. Del otro lado Snape se preguntaba si sería adecuado lo que se atrevería a proponer.

- ¿Sí? - instigó a responder la bruja.

- Me preguntaba si - el peli negro apoyó la frente contra la fría madera de nogal que constituía en esencia la puerta - almorzaría aquí. No me gustaría tener que preparar comida de más.

Se escuchó movimiento dentro de la habitación y el hombre se separó de la maciza barrera.

- Profesor, no tiene por qué molestarse, puedo cocinar sin problema alguno para mí.

- Nueva clausula - respondió despacio, tal y cómo solía hacerlo en sus tiempos de enseñanza -, la próxima vez que me llame así se va de patitas a la calle. ¿Entendió? - se cruzó de brazos frente a ella. Dejando eso a un lado, si cocino para mí, ¿qué dificultad puede haber en hacer más cantidad? - Hermione, como sabelotodo, fue a intervenir, pero su jefe la interrumpió - Yo responderé por ti, ninguna, el trabajo seguirá siendo el mismo.

- Pero aun así sería el doble de ingredientes a preparar.

- Granger, si quieres empezar con buen pie será mejor que aceptes, te calles de una maltida vez y cómas sin queja alguna - advirtió el hombre claramente irritado por las contrarias de la joven -. La comida estará en una media hora.

- Pro- Señor, no es necesario que lo haga, he desayunado tarde - Hermione usó su última baza.

- Eso le dará una lección de que no debe comer tarde - contestó Snape, dándole la espalda a la castaña y dirigiéndose a las escaleras -. Hogwarts me hizo un hombre de costumbres, aquí se come todos los dias a la 1:30, le guste o no.

"Exasperante" pensó la chica, quien no se dignó a replicar palabra alguna. Él había ganado aquella discusión, pero para la próxima, porque Snape no habría una convivencia pacífica, ella se impondría.

Al volver a su escritorio encontró un papel con a penas un par de lineas y rotulado con la palabra normas en mayúscula. No sabía si comenzar a arrepentirse.

Su mente fue paulatinamente ocupada por un autodiscurso sobre los beneficios de estar donde estaba y sobre Snape. "A ver, chica," - intervino su conciencia en una llamada de atención - " Snape es un tío inteligente y cuanto menos interesante. Que no ofrezca buenas vistas o buenas conversaciones es posible, pero admitámoslo hace años que te pone esa nariz" - susurró la voz en su interior.

Se sonrojó en sobremanera al recordar aquello que tanto llamó su atención en los días de adolescencia, donde su mayor fantasía fue que la nariz del pocionista acariciara su clítoris. ¿Por qué? Ni ella misma era conocedora de la respuesta, pero debía confesar que era bastante original. ¿Con qué cara vería ahora al profesor o cómo disimular su vergüenza? La improvisación se llevaría a cabo en escasos 10 minutos.

Sus manos tamborileaban repetitivamente la dura superficie del pequeño cuaderno de notas que se llevaría al día siguiente. Mientras, miraba su reloj de muñeca.

Un par de segundos antes de que diese la hora propuesta Hermione bajó rumbo a la cocina. Al entrar al salón un olor muy agradable inundó sus fosas nasales.

Inmediatamente captó su atención la mesa de la estancia, donde humeaban dos recipientes de porcelana. La chica se acercó con curiosidad y quedó fascinada al encontrar unos Shepher's Pie en su punto justo de horneado, asomando tímidamente de su molde, y una mesa con toda clase de minuciosos detalles. Cada cubierto colocado estaba en su correcta posición, había dos servilletas por comensal y un par de copas, mucho más trasparentes que cualquier vaso de cristal de Grimmauld Place.

Decir que la castaña se encontraba maravillada con la presentación era quedarse corto. Tan metida estaba en sus pensamientos que no se percató de la presencia de otra persona en la espaciosa estancia. Solo reaccionó cuando el pelinegro colocó frente a ella un tiffle.

- Profesor - dijo asustada.

- Granger... - comenzó a replicar con aparente enfado, pero la chica se había dado cuenta de su error al segundo siguiente de soltarlo.

- Lo siento, lo siento. No volverá a repetirse, lo prometo - se sentó rápidamente en una de las sillas, antes de que pudiera sacarla a patadas.

- Última oportunidad - contestó el hombre resignado.

Snape dio la vuelta, dejó otro postre similar al anterior sobre la mesa y tomó asiento. Una vez acomodada su silla colocó una servilleta sobre su regazo y en un chasquido de dedos su bebida se llenó de un líquido rojizo/violaceo.

- ¿Espera a que la sirva yo? Porque eso no va a ocurrir - comentó el hombre ante la atenta mirada de la joven.

- Ah, lo siento - se disculpó avergonzada. Varita en mano un movimiento de muñeca en su jarra brotó agua -. ¿Cómo sabría que me gustaba esto? - cuestionó curiosa a la vez que, imitando a su profesor, colocó la servilleta más gruesa sobre sus piernas.

- No lo sabía - dijo escueto -. Simplemente es lo que había. Ahora, me gustaría disfrutar de una comida en silencio.

- Si, claro - una débil risa nerviosa se escapó de sus labios.

"Hermione estás siendo estupida, ¿qué te pasa?" pensó para sí misma.

Una vez concluido el almuerzo Hermione llevó los platos hasta el fregadero de la cocina con magia y comenzó a supervisar su fregado mientras intentaba buscar donde iban los platos. Abría armarios sin dar con el adecuado.

El hombre que observaba la escena desde la entreabierta puerta, no pudo evitar una sonrisa al ver la cara de emoción de la castaña cuando dio con el cajón donde guardaba los platos. Pensó que ya había visto suficiente, en cualquier momento podía voltear y darse cuenta de su presencia, por lo que tomó el camino de regreso a su solitario, pero necesario escondite. No quería volver a acostumbrarse a la cálida y agradable sensación que emanaba la compañía de otra persona.

Y en su laboratorio intentó centrarse y tener la mente ocupada en lo que realizaban sus manos. Pesaba sobre él la laboriosa tarea de caracterizar una nueva poción contra la fatiga muscular y que pronto entraría en fase de experimentación.

A la temperatura de aquella época del año se encontraba en un estado líquido, debía revisar su temperatura de solidificación de la sustancia terapéutica. Sometió dos muestras a distintos enfriamientos, uno rápido y otro lento. No tardó demasiado en ver que claramente las dos muestras eran diferentes, unas eran cristales grandes, planos y con bordes más o menos geométricos, mientras que el de rápido enfriamiento asemejaban a miles de pequeñas agujas.

Había descubierto un alótropo, puede que aún más estable que el de partida. Se trataba de la misma sustancia, pero sus características podrían cambiar radicalmente, podría llegar a ser nocivo.

En la mayoría de los casos si el polimorfismo no era reversible, podría destruirse para siempre el producto. Estaban en un problema, sobre todo en Escocia donde en invierno la temperatura podía llegar a ser menor del punto de solidificación.

Pensando en cómo comunicar dicho hallazgo al colectivo se acercó a los ventanales, en busca de relajantes vistas. Para su sorpresa la joven se encontraba en la terraza de la planta inferior. Hermione parecía estar leyendo un libro mientras estaba recostada en un cojín gigante.

El corazón de Snape comenzó a bombear más rápido de lo normal al reparar en el objeto junto a la cabellera de la joven. No era posible que ella tuviera aquello. Su marcapáginas.

Se decepcionó terriblemente cuando no lo encontró en su reingreso a Hogwarts como director. Movió todo el castillo en su búsqueda, con razón jamás encontró rastro de él. Mucho peor que perderlo fue el saber quién lo tenía.

Apretó los puños y empezó a reírse, mejor aquello que llorar. "¿Qué más da?" Pensó, pues él ya había perdido cuando accedió a que la joven se quedara. Sus mentiras iban a durar mucho menos de lo que pensó. Si tan solo hubiese muerto... Pero al parecer la caprichosa vida estaba empeñada en darle segundas oportunidades.

Snape intentó apartar sus problemas y concentrarse en el trabajo, pero una pregunta no paraba de rondarle en la cabeza: ¿Serían capaces de enviarlo a Azkaban si se enteraran de que realmente no le costó demasiado deshacerse de Albus? No se lo podía permitir ahora.

Nadie jamás podría entender la ira y el resentimiento que profesaba hacia el sagrado, para muchos, director. Por su estúpida causa lo perdió todo menos, irónicamente, la vida, lo único que ya no necesitaba.

Si tan solo ella supiese...


Hermione se despertó sobresaltada. No recordaba haberse quedado dormida.

Estaba en la terraza común a la que salían todas las habitaciones de la planta. A ese lado también daba la ventana del cuarto privado de su "casero".

Al mirar su reloj se levantó rápidamente, acomodó todo lo que descolocó con un hechizo y entró, aunque antes se quedó mirando la habitación entre las suyas, tapada ante miradas curiosas con unas cortinas grises verdaderamente viejas y feas.

La joven pasó de largo por su habitación y bajó hacia la cocina. Debía admitir que bajar dos tandas de escaleras de una sentada era ligeramente agotador.

Iban a dar las cinco de la tarde, la llamada "hora del té" y ella se encargaría de preparar algo para los dos. No estaba muy segura de que hacer, pero algo le decía que aquel huraño hombre preferiría café a té.

Durante el tiempo que estuvo guardando la vajilla del almuerzo pudo ver una cafetera moka y algunos sobres de té con nombres bastante exóticos. Sacó la cafetera italiana del estante sobre el fregadero y, para su suerte, el café se encontraba detrás de esta.

Estuvo un buen rato intentando desenroscar la dichosa maquina. Sabía prepararlo porque siempre había visto a su madre hacerlo desde pequeña, aunque esta sería la primera vez que lo experimentaría.

Llenó de agua en el recipiente inferior hasta un poco antes de la válvula, posteriormente llenó de café molido el filtro de acero que iba encajado en aquel mismo compartimento.

Apelmazó un poco el café con una cucharilla, tal y como solía hacer su madre, montó ambas partes de la cafetera y la dejó en la lumbre.

La bebida tardó muy poco en estar lista, pero en aquel tiempo le dio lugar a encontrar una pequeña caja de pastas a medias, serían perfectas para acompañar el café.

Cargaba las pastas en las manos y tras ella levitaban la cafetera y un par de tazas. Si bajar dos escaleras era levemente cansado, subir tres dejaba a cualquiera casi sin aliento.

La chica de ojos del color de una castaña golpeó con suavidad la puerta del laboratorio del pocionista. Estaba hecha un flan, sabía perfectamente que no debía molestarlo. No obtuvo respuesta ninguna y aquello la puso aún más nerviosa.

Sus nudillos volvieron a tocar un par de veces más la puerta, que se abrió inmediatamente.

- La he oido a la primera - dijo el hombre de escasa paciencia. Hermione por un momento se quedó muda -. ¿Y bien? ¿Que quiere? - el pelinegro dejó caer su peso sobre el marco de la puerta, expectante a la respuesta.

- He preparado café - contestó nerviosa -, me preguntaba si usted querría.

- Sí - se limitó a contestar.

Aquello dejó totalmente desconcertada a la joven. No esperaba que fuera tan fácil, en su cabeza algo le decía que simplemente la echaría a patadas y tendría que tomar su taza caliente en la soledad de su habitación, una que todavía no se sentía como un hogar.

- Sígame - el hombre se incorporó y comenzó a andar hacia el interior.

Rodearon las largas mesas de ensayo hasta llegar a un relativamente pequeño escritorio. El hombre agregó una silla con un simple gesto de muñeca. Se percató de que las vistas daban a la terraza de la planta inferior y se prometió no volver a ser tan descuidada como para volver a echarse una siesta allí.

- Con esta tacita de té no tengo ni para empezar - indicó distraídamente Snape.

- Mañana le traeré una taza de leche - sugirió ella sin pensarlo demasiado. Mentalmente se regañó por una idea tan tonta.

- Eso estaría mucho mejor - el hombre sirvió el café en las dos tazas y con un encantamiento hizo aparecer una tetera con agua caliente.

En silencio el mago se inclinó sobre su escritorio con la intención de concluir su informe a la par que daba pequeños sorbos al ardiente café. Mientras, la castaña se fijaba, por primera vez, en la enorme cicatriz de su cuello.

Su cabello largo, de unos centímetros por debajo de los hombros, estaba ahora recogido en una coleta baja. Lo había visto antes con sus hebras azabaches recogidas, pero jamás tan de cerca.

Era un misterio para el mundo como podía haber sobrevivido a semejante ataque, prácticamente letal en el acto. Ella estuvo allí, lo vio todo, presenció como perdía la conciencia y ahora Snape estaba ahí, frente a ella, respirando calmado, como si todos los horrores vividos no hubiesen pasado.

- Pro... Señor - logró auto-corregirse a tiempo -, ¿cómo sabe como me gusta el café?

Por un momento los músculos del pocionista se tensaron como hace mucho que no lo hacían. Se encontraba entre la espalda y la pared.

- Potter me lo comentó, dijo que solíamos tomar el café igual.

- Entiendo - se llevó la taza a la boca, dio un pequeño sorbo y la apartó con urgencia no, esto está demasiado caliente para mí – arrugó la nariz en una mueca cómica.

En un gesto despreocupado, Snape tiró de la gomilla que sujetaba su cabello y este calló hacia delante, tapándole la cara. Una vez fuera de la vista de la joven pudo permitirse bajar la guardia, formándose una sincera sonrisa en sus delgados labios, aquellas palabras le habían rememorado buenos momentos, unos que no sospechaba que le gustaría recordar. Su mirada no se apartaba de la medio vacía taza de café.

El relajado cuerpo del pelinegro pasó a tensarse cuando notó que tocaban su cabello. De un solo trago terminó la bebida.

- Tiene las puntas abiertas, debería sanear un poco su cabello.

- ¿Y cuánto sería eso? - se sirvió otra taza, esta vez más cargada. La cafeína era lo que necesitaba en esos momentos para poder soportarla.

- Dos o tres dedos - volvió a tocar su cabello. Su sinvergüenza lo estaba haciendo rabiar -. Seguiría estando por debajo de los hombros.

- Haga lo que quiera - se obligó a responder el pelinegro, tentado de sacarla de allí a patadas. Sin embargo, eso haría que se quedara sin una buena taza de café al día siguiente, este le salía exquisito.

Los ojos de Hermione brillaban de pura emoción, no se explicaba que estaba pasando. Una de dos, o su exprofesor no era tan abominable como gustaba hacer denotar en sus años enseñando o el veneno le había afectado terriblemente al cerebro. Personalmente, se inclinaba más por la primera, siempre lo había admirado por su inteligencia, aunque jamás por sus formas.

Se detuvo un momento a admirar la letra del profesor, junto a diversos esquemas y símbolos que le eran familiares.

- Vaya, así que para eso se usa la aritmancia - comentó para sí misma mirando.

- ¿Sabe lo que es la privacidad laboral? - preguntó con sorna.

- Lo siento señor, no volveré a mirar nada de lo que hay por aquí. Si hace falta entraré con una venda en los ojos - ponía verdadero ímpetu en sus palabras, pues le estaba agradando la compañía del hombre.

En un solo día allí se sentía más realizada que en cualquier otro día de sus vacaciones.

- ¡Es una pena! - bramó sorpresivamente el hombre - Yo que pensaba que era una sabelotodo y he estado tantos años engañado... Era solo una insufrible - se permitió bromear.

Snape recibió un pequeño zarandeo de parte de la obstinada bruja. "Valentía Gryffindor" no pudo evitar pensar.

- No hace falta que entre con los ojos tapados, no hay nada aquí que merezca la pena esconder.

Ambos permanecieron sentados disfrutando del café y con la joven realizando mil y una pregunta sobre las palabras que conformaban el informe.

Una vez acabada la bebida, Hermione no dejó al hombre que se levantara hasta que comiese algo, apoyando su argumento en su insalubre delgadez. Cuando el hombre por fin estiró las piernas se sintió agradecido.

- Debo salir a entregar el informe, espero que se las sepa arreglar para cenar en condiciones, dudo que llegue pronto.

Aquella noche Severus se fue derrotado a la cama, no sabía cómo iba a soportar los días así, teniéndola a ella corriendo como un animalillo indefenso de un lado a otro de la casa.

El plan en su mente era claro, no interactuar con ella, pero en la práctica era imposible.

Se tiró a la cama cual muerto de hambre en pleno desierto, donde aquel mueble equivaldría un oasis de aguas cristalinas y potables, además de árboles repletos de frutos maduros. Se tapó la cara con ambas manos y soltó un largo suspiro recordando la lejana escena que había rememorado aquella misma tarde. Debía ir con más cuidado.

"Hermione descansaba relajada sobre uno de los sofás, con las piernas plegadas sobre este, a un lado de su cuerpo. Sus incontrolables rizos estaban despeinados, como de costumbre, y pese al frío del exterior, simplemente iba vestida con su impecable camisa blanca, con los primeros botones desabrochados, la falda del uniforme y uno calcetines que cubrían hasta la mitad de sus níveos muslos. Los labios de ella estaban levemente más hinchados de lo normal y su color era más vivo.

Sin duda alguna, había tenido una buena ducha.

El hombre que le daba la espalda se dio la vuelta, quedando sentado frente a ella y separados por una pequeña mesa.

Snape le tendió su gran taza humeante. Ella la cogió con cuidado, observó el líquido brillante, ligeramente translucido y del mismo color que los ojos de su amante. Alzó la vista hacia aquel hombre, como si estuviera esperando su consentimiento.

- Está muy caliente - la apartó rápidamente, pero con cuidado de no derramar el contenido. A la vez, sacaba la lengua con cara de contradicción -. Y amargo - puntualizó -. Cómo usted - se atrevió a decir, haciendo gala de su valentía Gryffindor.

La taza quedó en la mesa.

- Ya me has demostrado lo suficiente que tienes agallas, pero me siguen conmoviendo tus peculiares comentarios. Qué no esperar de una sabelotodo - respondió con su característica parsimonia, aquella que solo utilizaba con ella la intimidad y que conseguía provocar una pequeña y cosquilleante corriente bajo su piel.

De su negro cabello en ocasiones caían gotas sobre una camisa negra, hacía relativamente poco que habían salido del cálido cuarto de baño.

- Entonces... ¿no te gusta el café? Eso es imposible.

- No estoy en calidad de afirmar eso, simplemente creo no haber encontrado la opción correcta para comenzar.

- Oh pequeña atrevida, aún te quedan muchas primeras veces por vivir conmigo. Yo haré que te guste - Severus cogió la humeante taza por el asa y tomó un buche -, me encargaré de domar tus papilas.

- ¿Y cómo pretende hacerlo Señor? – preguntó algo coqueta, colocando un indomable mechón tras su oreja y dedicándole una tímida, aunque sincera, sonrisa.

- Haciéndote seguir los pasos que yo mismo dí en un pasado - el pelinegro se inclinó sobre sus piernas y estiró uno de sus brazos, alcanzando su pierna -. El próximo día beberás una taza de café. Te prometo que quedarás maravillada - acarició un delicadeza el muslo de la joven, poco más arriba de la rodilla."

Ojalá volver a aquellos días.