Cuando los débiles y cálidos rayos de sol primaveral se cuelan por el ventanal del balcón que Eren se obstina en mantener abierto toda la noche, haciéndole compañía al estridente y molesto quiquiriquí de la alarma que indica las seis y media de la mañana, Jean abre finalmente los ojos, notando apenas una ligera frialdad abrazarle la pierna que, al parecer, había sacado del edredón durante la madrugada.
Cubriéndola de vuelta con este, se gira hacia la mesilla de noche ubicada a su izquierda y —de un dedazo que representa todo su fastidio— desactiva la molesta alarma. Al volverse al lado contrario, da con el durmiente chico que comparte una vida con él; un chico que en esos momentos se halla únicamente cubierto de la cintura para arriba, con la mayor parte del edredón abultada en el pecho y el rostro.
Al presenciar semejante imagen, él deja escapar un suspiro de resignación mientras se dispone a acomodarle el cobijo antes de recargar energías y levantarse de una buena vez. Ese día le toca preparar el desayuno y regalarle a Eren un poquito más de sueño.
En cuanto baja las escaleras hacia la planta baja, un apenas notable vientecillo se cuela por la ligereza de los bóxers y camiseta de tirantes que lleva puestos, causándole un escalofrío. Bosteza mientras se cubre la boca con el dorso de su mano, rozando este con los pelitos de la fina barba que marca el contorno de su mentón, y cuando llega al final de las escaleras, ve a Cleopatra, la perrita de mediano tamaño, negros morros y abundante y lacio pelaje anaranjado que recogieron hace más de un año por la calle, cuando tenía apenas unos meses de nacida.
Levantándose de su trapito de dormir junto al sofá, esta corre a sus pies mientras agita la cola. Él sonríe y se agacha para acariciar sus orejitas dobladas, sintiendo su corazón estremecerse al ver la felicidad reflejada en aquellos hermosos ojos ambarinos; hermosos como la reina mestiza que es y la que, nada más decidir quedársela, Eren decidió que sería.
Luego de propinarle una serie de mimos, Jean arrastra sus perezosos pasos hasta el otro trapito ubicado junto al de Cleopatra y carga a la pequeña Luna, la otra mestiza que se unió a su pequeño intento de familia en uno de esos días donde el cielo solía tornarse gris debido a las arrasadoras lluvias primaverales.
Luna consta de unas pocas semanas de nacimiento y fue encontrada por ambos en una cajita junto a un poste. Su pelaje es liso, corto y tan blanco como el satélite al que le ha tomado el nombre, todo un contraste con sus brillantes ojitos oscuros.
Jean esboza otra sonrisa cuando la cachorra gimotea entre sus brazos, y le acaricia la cabecita y el lomo antes de devolverla al suelo e ir a la cocina en busca de leche para ella y a prepararle un café cargado a Eren.
Ciertamente, aquello se siente como un hogar.
Debido al tiempo que llevaban ya juntos, Jean sabe que Eren prefiere el té y odia el café solo, sin siquiera un chorrito de leche para minimizar su amargura; sin embargo, como es lo único que logra espabilarlo, se lo prepara sin remordimiento alguno, asegurándose de que con las tres cucharadas de azúcar quede lo suficientemente endulzado para que su novio no frunza el ceño nada más probarlo.
Al recostarse en su lado de la cama, él remueve el cuerpo semimuerto de su novio mientras sujeta la transparente taza adornada con un imán y a juego con la suya, la cual imita a un metal. Quitándole parte de los largos y enredados cabellos castaños que le recubren la cara hasta metérseles en la boca abierta, Jean se pregunta cómo podría el Eren más gruñón de unos pocos años atrás enfrentarse a los bravucones de turno con esos pelos de vagabundo.
—Oye, holgazán —le llama, zarandeándole bruscamente el hombro—; despierta.
Jean lo observa protestar entre somnolientos quejidos, retirándose por cuenta propia los mechones del rostro antes de frotarse los ojazos —seguramente lagañosos— y bostezar abiertamente mientras se estira cual gato majestuoso.
Le oye mascullar medio dormido aún, casi como un chillido de protesta, y cuando vuelve en rostro en su dirección apenas y puede mirarle con un solo ojo.
—¿Qué hora es? —pregunta este, con la voz más grave de lo normal.
—Casi las siete, así que arriba —ordena él, acercándole la taza.
A pesar de estar en sus veinte, Eren refunfuña algunas incoherencias y niega como lo haría un niño de primaria, realizándole un ademán para que aparte el cafecito mientras se remueve en las sábanas.
—Un ratito más —suplica, y cuando Jean suspira y decide deja la taza en la mesilla, tira de su camiseta para envolverlos en un abrazo lleno de mal aliento mañanero.
Porque a pesar de todo, él no puede hacer más que rendirse y dejarse llevar por la calidez que desprende el cuerpo de su pareja, cumpliendo el capricho de Eren al volver a meterse bajo el edredón y acurrucarlo contra su pecho, como si aquel fuese su lugar en el mundo.
—Pero sólo cinco minutos, ¿está bien? —le dice y lo nota asentir, aunque en el fondo desee quedarse así las próximas horas, los próximos días; quizás, la vida entera.
Y así es cómo comienza otro día más entre ellos. Otro día más que el Jean del pasado no podría haber imaginado jamás.
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