—¡Puerco!
Cuando el primer insulto llega, a este le acompaña un brusco empujón que lo deja sentado en el suelo, trayéndole una punzada de dolor a su trasero.
Ante eso, él no puede hacer más que darle rienda suelta al llanto mientras se retira los granitos de tierra que sus compañeros habían lanzado sin clemencia a su rellenito rostro.
—¡Llorón, marica! —le grita uno, carcajeándose con evidente diversión.
—¡Gordo y maricón! ¿Qué más pides, que te asen en Navidad? —se suma otro de ellos, sacando las risas de los demás.
Sintiéndose miserable y avergonzado, la mayor víctima de sus burlas sólo tiene ánimos para cubrirse la cara llena de lágrimas y desear la muerte, al menos por ese momento. O una rápida teletransportación que lo aleje de aquellos desalmados y lo lleve a los brazos de su madre, donde sólo son caricias y palabras bonitas. Realmente detesta ir a la escuela con todo su corazón, es lo más horrible del mundo. No hay un sólo día en donde uno de esos tres no se ría de su obesidad y lo insulten cruelmente por ello.
—¡OIGAAAAN! ¡Payasos!
No es la muerte ni ninguna teletransportación lo que interrumpe su martirio; sin embargo, tal y como un mismísimo héroe de película, sí lo hace un chiquillo de greñas castañas y cuerpecito menudo, llegando hasta él a los gritos e insultos para agarrarse a piñas con sus tres mayores pesadillas sin detenerse a pensarlo. Admirable
—¡¿Otra vez tú?! —cuestiona una de ellas, claramente alterada.
Pero la vida no es una película y en menos de un minuto los tres que se dedicaban a amargarle la existencia reducen al desconocido con facilidad, largándose gloriosos y triunfantes tras dejarlo tirado en el suelo y con un par de moretones. Aún así, a pesar de haber perdido patéticamente, el niño se levanta entre gruñidos y, para su sorpresa, tiende una mano en su dirección.
—¿Estás bien?
Jean Kirstein, diez años; el amor llama a su puerta, y tiene bonitos ojos verdes.
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