Así como la escuela y los múltiples sufrimientos que conllevan asistir a esta no se detienen, el infantil enamoramiento de Jean por aquel héroe de bravos ojos verdes tampoco lo hace; al contrario, sólo va en aumento.

El pequeño Kirstein ha tenido mucho tiempo para investigar acerca del chiquillo que considera su primer amor, por lo que ha descubierto que, mientras él está en la clase B, este va a la A, y que la niña rubia que siempre le acompaña no es precisamente una niña, sino un niño; aunque un niño algo característico. Tal vez esa es la razón por la que suele ser otra víctima de insultos y, como es lo esperado, que Eren se lance a defenderlo en cuanto lo ve pasarla mal. Y sí, también ha descubierto que el nombre de su adorado héroe es Eren, y ese a Jean le parece un nombre muy bonito; chiquito pero intenso, como quien lo representa.

Al ser conocedor de la clase a la cual pertenece, él tiene la grandiosa oportunidad de asomarse a apreciarlo cada vez que la ansiedad le gana a la cobardía; la grandiosa oportunidad de deleitarse viéndolo prestar atención a los libros que trae Armin —el rubio que parece una niña— cuando ambos se sientan al fondo de la clase junto a Mikasa —la pelinegra bonita que da miedo.

Ahora también sabe que su héroe siempre —siempre— trae una hamburguesa en su lonchera, y que así como no es el ser más sociable de la escuela, tampoco es el más bien portado; aunque eso era evidente.

Jean continúa preguntándose si en el corto año que le queda de primaria podrá deshacerse alguna vez de su cobardía para tomar audacia y enfrentarlo, para poder admirarlo de cerca. Él se conforma con intercambiar al menos un par de palabras y conocer un poquito más de la vida de Eren por su propia boca

El mundo se le viene tan grande...

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