Capítulo 4
TEKKA
Jiraiya estacionó el auto delante a la dirección que le había dado. La dirección a la que me aferré todo el viaje en avión hasta aquí, la tinta de esa dirección ahora manchada en el pedazo de papel gastado en mi mano.
Mis manos temblaban mientras miraba hacia adelante, demasiado asustado como para mirar directamente a la casa que sabía estaba allí esperándome. Todo permanecía silencioso mientras trataba de respirar a pesar de los nervios. Podía sentir los ojos de Jiraiya mirándome.
―¿Estás bien, Tekka? ―preguntó, rompiendo el silencio.
Abrí la boca para responder pero no salió ninguna palabra. Asintiendo una vez, solté un largo suspiro y moví mi mano temblorosa hacia el pomo de la puerta. Mientras esta se abría, y sin mirar a Jiraiya, dije:
—Gracias por recogerme.
—No hay problema, Tekka ―replicó―. Nos vemos en el estudio mañana, ¿de acuerdo? Te mostraré el lugar que te conseguí para que sigas con tu trabajo.
―Bien ―le dije en un tono cortante y salté fuera del auto, dando un portazo tras de mí.
Tirando la mochila sobre mi hombro, me forcé a levantar la cabeza y vi una gran mansión de ladrillos frente a mí.
Mi corazón palpitaba demasiado rápido, el camino de entrada parecía un maldito paredón. Di un paso hacia adelante, con las manos temblando más fuerte mientras pensaba en lo que me esperaba al otro lado de la puerta negra.
Forzándome a moverme, la grava crujía bajo mis botas. Mi estómago se retorcía y el sudor corría por mi rostro bajo mi espeso cabello largo.
Todo lo que había dejado en el mundo estaba en el otro lado de esa puerta. Todo lo que había dejado, pero nada de lo que merecía. Un montón de preguntas comenzaron a bombardear mi mente: ¿Y si me rechazaban? ¿Y si las únicas personas a las que amaba ya no me amaban? No los había visto en tres años, corté con ellos sin ninguna explicación. ¿Y si no podían perdonarme por eso? ¿Y si de verdad estaba solo? ¿Qué diablos haría entonces?
Tratando de deshacerme del miedo, mis pies siguieron moviéndose hacia adelante con mi respiración agitándose más a medida que me acercaba a la casa. Todo se hallaba en silencio, solo un par de aves cantaban entre los altos árboles que rodeaban la propiedad. Odiaba la tranquilidad, hacía que los pensamientos de mierda sonaran más fuerte en mi cabeza.
Alcanzando la puerta, traté de escuchar algún signo de vida adentro, pero no pude oír una mierda. Adentro estaba tan silencioso como afuera. No estaba acostumbrado a eso. Estaba acostumbrado a los gritos, a las puertas metálicas haciendo ruido, a las órdenes gritadas... no este silencio. No a esta inquietante paz.
El sonido de mi sangre corriendo tronaba en mis oídos y levanté la mano para llamar. Pero no podía dejar de temblar. ¡Joder! No podía dejar de temblar. Inmediatamente bajé la cabeza.
No pensé que pudiera hacerlo. Después de todo este tiempo... ¿Y si no me querían? Cerré los ojos con fuerza. ¡Era un marica de mierda!
Apretando la mano en un puño, respiré profundamente, abrí los ojos y antes de que pudiera convencerme de no hacerlo, llamé a la puerta dos veces, dejando caer la mano para esperar una respuesta.
Demasiados pensamientos corrieron por mi mente mientras estaba ahí parado, con los pies pegados al suelo, temblando como una niña, ¡joder! Luego, escuché pasos del otro lado.
Conteniendo la respiración, escuché cómo las cerraduras se abrían lentamente y, como si el tiempo pasara en cámara lenta, vi el picaporte girar. El cabello me cubría el rostro mientras trataba de calmar mis nervios, pero cuando vi un par de pies, supe quien estaba ahí... justo delante de mí... finalmente, después de todos estos años.
―¿Puedo ayudarte?
Cerré los ojos cuando escuché la voz familiar.
Levantando lentamente la cabeza, vi que era incluso más grande de lo que recordaba. Estaba vestido con un holgado chándal gris y una camiseta blanca de manga corta, sus brazos expuestos estaban cubiertos de tatuajes oscuros. Me forcé a levantar la vista y encontrar sus ojos y me tambaleé hacia atrás. Fue como si lo hubiese visto tan solo ayer, y dándome cuenta de eso, una tonelada de recuerdos desagradables inundaron mi mente, recuerdos que trataba de bloquear para no ahogarme en la culpa.
Su cabello oscuro estaba más largo, no demasiado, pero más largo de lo que hubo estado la última vez que nos vimos. Exhalando, me pasé la mano por el cabello, tirándolo hacia atrás, mostrándole más de mi rostro barbudo.
Y entonces lo vi, el momento en que se dio cuenta exactamente de quién estaba de pie en su puerta. Sus ojos negros se abrieron tanto que parecían antinaturales. Dio un paso hacia atrás, sorprendido, boquiabierto como si tratara de decir algo pero no le salían las palabras.
—Shisui ―saludé con voz áspera, mirando a otro lado, sintiéndome más nervioso de lo que había estado en toda mi puta vida. Esperando... solo esperando a que me alejara.
Shisui agarró el borde de la puerta, mirándome, hasta que cambié de postura y asentí. Entendí el significado de su silencio: no era bienvenido.
―Entendido ―dije secamente.
Me di la vuelta para irme justo cuando dio un paso adelante y susurró:
—¿Itachi?
La voz de Shisui era tensa, mezclada con emoción. Me quedé helado y de mala gana miré por encima de mi hombro.
―Chico ―le respondí y vi como la sorpresa en su rostro, ahora más crecido, se fundía en la sonrisa más grande que había visto alguna vez. Shisui se lanzó fuera de la puerta y tiró sus brazos alrededor de mi cuello.
Nunca me había abrazado tan fuerte.
La mano temblorosa de Shisui sostenía la parte de atrás de la cabeza, apretándome contra su cuerpo.
―Mierda... no puedo... no puedo creer que seas tú... ―Su voz era áspera y mi garganta estaba tan apretada que no podía hablar. Acariciando a Shisui en la espalda, esperé que se apartara, pero cuando sentí que su espalda también temblaba, sabía que no lo haría. El chico estaba llorando.
Y joder si no me rompió.
―Fratello, mírame ―le dije luchando contra mis propias lágrimas. Como siempre, mi hermano pequeño hizo lo que le pedí, siempre lo hacía.
Shisui mantuvo los ojos hacia abajo mientras me enfrentaba, sus manos permanecieron en mis hombros pero pude ver las lágrimas cayendo de sus ojos. Agarrando la parte de atrás de su cabeza, lo llevé de nuevo hasta mi pecho susurrando:
—¡Joder! Te extrañe, muchacho.
―¿Lo giuri? ―preguntó Shisui tembloroso, con la voz ahogada por mi camisa.
Resoplé con una risa.
―Lo giuro.
Retrocediendo, Shisui me miró, sacudiendo la cabeza sin poder creerlo.
―¿Cómo... qué... Ita? ¿Cómo diablos saliste? ¿Cómo es que estás aquí?
―Buen comportamiento, Shisui.
El orgullo que brilló en sus mejillas sin afeitar casi me deshizo. Por qué siempre había tenido tanta fe en mí, no lo entendía.
No lo merecía. No lo merecía a él... nada de esto.
Shisui lanzó su brazo alrededor de mi hombro y dijo:
—Siempre supe que podías hacerlo. Agachar la cabeza y enderezarte.
Comenzó a guiarme hacia la casa y empujó su mano sobre mi cabello largo.
―¿Qué diablos te pasa con la barba larga? Nunca te había visto con nada más que el cabello largo.
―No lo sé. Solo que nunca me molesté en cortarla.
Shisui se detuvo, y pude sentir su dura mirada. Finalmente levanté la vista y alcé una ceja.
―¿Qué?
―Solo que casi no te reconozco, eso es todo. Es como si fueras otra persona. Y... ―Sus ojos negros se clavaron en mi mejilla izquierda y levanté la mano hacia donde mi Stidda, mi estrella negra tatuada, solía estar, la marca que le decía a todo el mundo que era un Heighter para toda la vida―. La cubriste...
Aparté la mirada.
―Sí... ―contesté, no necesitaba más información.
―¿Por qué? ―presionó.
―Porque sí, muchacho.
―¿Por un crucifijo? ―preguntó, pero solo me encogí de hombros. Shisui todavía me seguía mirando, pero no iba a entrar en detalles.
―Tú te quitaste la tuya ―dije con orgullo.
―Esa ya no es mi vida, Ita. Era hora de dejar pasar toda esa mierda. ―Asentí, entendiéndolo, y Shisui lo tomó como una señal para movernos dentro de la casa.
A medida que entrábamos por la puerta, pude sentir que Shisui todavía me miraba como si pensara que desaparecería si no seguía vigilándome. Su brazo nunca dejó mi hombro.
Shisui tomó mi bolsa y la colocó en el suelo de mármol negro. Eché un vistazo alrededor y tuve que respirar a través de la inquietud que sentía al estar en tal lugar. Estaba acostumbrado a las delgadas paredes, techos de zinc, y ventanas de plástico de remolques o los suelos de piedra y puertas metálicas de las celdas, no las putas mansiones como en la que estaba ahora... una mansión que mi hermanito compró con su esfuerzo, por su propio talento. Era increíblemente surrealista.
Shisui me dio una palmada en la espalda y yo sacudí la cabeza.
―¿Qué? ―me preguntó mientras yo hacía un gesto hacia el gran pasillo y la sala de TV que parecía una puta sala de cine.
―Lo hiciste bien, muchacho.
Shisui agachó la mirada.
―Dije que lo haría. Te dije que tendría una casa a la que podrías venir y en la que podrías vivir también, cuando salieras.
Esa maldita garganta obstruida estaba de vuelta otra vez, y supe que Shisui entendía que no pudiera hablar.
―¿Shisui? ¿Cariño? ¿Quién estaba en la puerta?
Una voz femenina llegó desde la derecha, por un pasillo que vi que llevaba a la cocina. Poco después, una chica pequeña, delgada y con el cabello rubio apareció.
Se me revolvió el estómago. Mierda. Tema.
―¿Cariño? ―lo llamó otra vez, caminando con la cabeza gacha mientras secaba un vaso con un paño de cocina. Shisui se tensó a mi lado. Cuando Tema levantó la mirada, saltó, asustada de lo que le daba la bienvenida.
―It… ¿Itachi...? ―susurró. Sus manos comenzaron a temblar tanto que el vaso que sostenía se cayó al suelo y se rompió en pedazos.
―Pix ―dijo Shisui y pude oír la preocupación en su voz―. Mierda, Pix, ¿estás bien?
Sus grandes ojos verdes azulados fueron de mí a Shisui mientras asentía, pero no pasó ni un maldito segundo antes de que volvieran a mí.
Shisui se detuvo delante de ella y acunó sus mejillas, obligándola a mirarlo.
―Pequeña, mírame. —Lo hizo―. ¿Estás bien?
Despacio asintió y Shisui la envolvió en sus brazos como si la estuviera manteniendo a salvo. A salvo de mí. Sabía que ella tenía problemas. Joder, sabía que casi murió. Izu me lo había dicho cuando me llamó desde el hospital hace cinco años y me gritó por haberlos decepcionado a todos.
Mi pulso palpitaba en mi cuello mientras veía cuanto me temía. ¡Joder! Estaba aterrada.
―Tema ―saludé, pero mi voz fue áspera.
Sus ojos verdes azulados nunca dejaron los míos mientras Shisui la abrazaba más fuerte.
―Itachi ―respondió con voz temblorosa.
No pude soportarlo.
Dando un paso adelante, observé cómo se tensaba su cuerpo así que me detuve y levanté las manos.
―Mira, Tema, quiero disculparme por la manera en que te traté. Fue muy malo. Fui un estúpido imbécil. ―Bajé la cabeza, sintiendo la tensión de Shisui desde donde yo estaba parado―. Ya no soy ese tipo.
Levantando de nuevo la cabeza, Tema me observó en silencio durante un momento demasiado largo. Luego, finalmente, dejó escapar un largo suspiro, echándole un vistazo a Shisui.
―¿Pix? ―preguntó Shisui. Tema levantó la mano y, con el pulgar, secó la humedad que todavía quedaba en las mejillas de Shisui. Vi las lágrimas llenar sus ojos también.
Hundiendo los hombros derrotada, se volvió hacia mí y bajó la barbilla.
―Eso pertenece al pasado, Itachi. Ninguno de nosotros se hallaba en un buen lugar en aquel entonces. Todos estábamos haciendo lo que pensábamos que teníamos que hacer para sobrevivir. Tiene que quedarse en el pasado.
Sentí como si un enorme peso hubiera sido levantado de mis hombros.
―Pix ―susurró Shisui, y pude oír el nivel de gratitud en su voz. Gratitud por dejar que su hermano ex convicto entrara en su casa, joder, que irrumpiera de nuevo en sus vidas.
Shisui abrazó a su esposa y no pude parar de mirarlos. Realmente nunca había visto cuánto amaba mi hermano a Tema, o siquiera me importó una mierda cuánto ella, obviamente, lo adoraba también. Cuando ya estás arrastrado en el infierno, supongo que no piensas en cómo podría ser del otro lado.
Pero mi hermano lo tenía. Lo tenía todo. Había salido de nuestro inmundo parque de casas rodantes y estaba viviendo el jodido sueño americano.
―¿Shisui? ¿Tema? ¿Han visto mis botas de fútbol? Necesito ir a entrenar.
La voz grave sonó desde el piso de arriba y mi estómago se hundió. Mi corazón pareció haberse saltado un latido como si tuviera un maldito soplo en el corazón o alguna mierda así, porque sabía exactamente a quién pertenecía esa voz.
―¿Tema? ¿Has visto mis botas?
Los pasos sonaron arriba en el primer piso, y Shisui y Tema se miraron enseguida el uno al otro y luego a mí, con la misma expresión de preocupación en sus rostros. Justo entonces, un par de piernas comenzaron a bajar las escaleras, poco a poco revelando la alta y atlética estructura del cuerpo de mi hermano pequeño, Izuna.
Mis labios se abrieron cuando me di cuenta de que había crecido un montón, su cabello negro se encontraba revuelto como si acabara de salir de la cama. Usaba un chándal azul marino y una camiseta con las letras "Huskies Fútbol Universidad de Washington" escritas en el pecho. Permaneció cabizbajo mientras buscaba en las escaleras sus botas, cuando comenzó levantar la mirada una sonrisa tímida tiraba de su boca.
En un instante, sus ojos negros se abrieron, su sonrisa se convirtió en una mueca, apretó las manos en puños y su pecho comenzó a agitarse.
Izuna bajó las escaleras y Tema lo encontró en el último escalón, moviendo su mano para agarrar su brazo.
―Izuna...
―¿Qué demonios está haciendo aquí? ―dijo Izuna fríamente con los dientes apretados y tiró de su brazo para liberarse.
Shisui se adelantó y le agarró el brazo.
—Izu...
—¿Qué coño está haciendo él aquí?
Un enorme sentimiento indeseado se incrustó en mi pecho. Izuna estaba jodidamente ardiendo de rabia.
—¡Izuna, diablos, cálmate! –le exigió Shisui, pero Izuna sacudió la cabeza con incredulidad.
—¿Calmarme? ¿Calmarme, maldita sea? ¿Me estás tomando el pelo?
—¡Es nuestro hermano, Izu! ¿Qué diablos te pasa? —gritó Shisui, parado delante de Izuna. Pero Izuna no se calmaría.
Izuna empujó a Shisui a un lado y dio un paso adelante, sus ojos encendidos con fuego, y espetó:
—¿Qué coño estás haciendo aquí? ¿Por qué no sigues pudriéndote en esa celda donde deberías estar?
Tema se apresuró y tomó los brazos de Izuna entre sus manos:
—Izuna, por favor...
Pero los ojos de Izuna siguieron fijos en los míos. El adolescente que había venido por esas escaleras buscando sus zapatos de futbol hacía un minuto, ahora cada milímetro de él parecía un verdadero Uchiha, cada milímetro como el ex miembro de la pandilla Heighter y como a la pequeña mierda que le había obligado a ser.
Al ver el odio que ahora sentía por mí, cuando esos ojos negros solían mirarme solo con el más absoluto respeto y amor, me destruyó.
—Izuna, mírame —le presionó Tema de nuevo, pero tomé inspiré profundamente y di un paso hacia adelante, enfrentando una vez más la mirada de mi hermano pequeño.
—Tema, está bien —dije. Su cabeza se volvió en mi dirección. Pude ver el pánico y la molestia en su expresión, pero le di un vistazo a Shisui y asentí. Él me regresó el gesto.
Estirándose, Shisui tomó la mano de Tema y la atrajo hacia él, susurrándole algo en su oído.
Respirando profundamente, me volví hacia Izuna:
—Izu, sé que estás cabreado...
—¿Cabreado? –espetó y se acercó aún más, sus nudillos blancos de lo tensos que sus puños estaban tan apretados—. Cabreado ni siquiera se acerca a lo que estoy sintiendo por el hecho de que estés aquí, en nuestra casa. —Lo vi tomar una respiración larga—. Se suponía que ibas a estar lejos durante otros cinco años. Se suponía que tú no ibas a venir aquí.
—Se suponía que siempre iba a venir aquí, Izu. Una vez que saliera, está siempre iba a ser la casa de Itachi... con nosotros —dijo Shisui detrás de Izuna, y Izuna miró hacia atrás.
Shisui estiró el brazo y puso su mano en el hombro de Izuna:
—Es nuestro hermano, Izuna. Estamos aquí para él pase lo que pase. Somos Uchiha.
Quería hablar, traté de hablar, pero sabía que si abría la boca, me derrumbaría como un cobarde. Shisui, este chico siempre me cubría la espalda. Incluso ahora, después de haber cortado todo el contacto desde hace años, actuaba como que no tuviéramos nada excepto cosas buenas en nuestro pasado.
La boca de Izuna se apretó y una mirada de pura repulsión se estableció en su rostro.
—Sí, ¿tenemos que estar ahí para él? —Trató de dar un paso hacia mí, pero la mano de Shisui lo retuvo. Eso solo pareció cabrear más a Izuna—. Dime, Shisui. ¿Dónde estuvo nuestro hermano después de la sobredosis de Kamiruzu y huyó? ¿Dónde estuvo nuestro hermano cuando te dejó trabajar junto a Kisame y sacrificaste tu título? ¿Dónde estuvo nuestro hermano cuando la mammá se estaba muriendo y casi perdimos a Pix? ¿Y dónde estuvo nuestro hermano cuando esparcimos las cenizas de la mammá en Florencia, el único lugar al que ella había llamado hogar? –Izuna dijo la palabra "hermano" como si significara una mierda para él, como si yo significara mierda para él, y cada vez que me echó en cara mis pecados, esa mierda solo me mataba un poquito más en el interior.
¿Por qué diablos había regresado? ¿En qué diantres estaba pensando?
—Nah, Shisui —dijo Izuna, mostrándome su labio curvado como si fuera un montón de mierda que acababa de pisar—. Él no es un hermano para nosotros. No es un Uchiha... Simplemente es un jodido perdedor ex convicto que no va a ninguna parte en la vida, y ha venido aquí para utilizar tu dinero y arruinarnos de nuevo también.
Con el rostro enrojecido, Izuna golpeó la mano de Shisui, camino hacia el armario debajo de las escaleras para recoger una bolsa de entrenamiento, y sin volver a mirar, caminó directamente hacia la puerta principal, dejando a Shisui, Tema y a mí estupefactos en silencio.
Tema pasó a Shisui y corrió hacia la puerta:
—¡Izu! ¡Espera! –Escuché su grito desde la calzada, pero el sonido de un auto alejándose en la grava la ahogó, y entró corriendo.
—¡Shisui! Tenemos que ir tras él.
Shisui pasó la mano por su rostro y negó:
—Nah, Pix, déjalo. Necesita enfriarse.
Viendo a Tema limpiarse los ojos y a Shisui claramente estresado, sacudí mi cabeza.
No debería estar aquí.
Caminando hacia la puerta, me dirigí afuera, agarrando mi bolsa del suelo.
—¡Ita, espera! —gritó Shisui, y me detuve a regañadientes con los hombros caídos. Solo quería largarme de una puta vez. Ya no era bienvenido aquí—. Itachi, ¿qué estás haciendo? —preguntó Shisui, poniéndose delante de mí y bloqueando mi camino.
—Mira, muchacho, debí de llamar antes y decir que salí. No debí haber venido aquí y punto... solo pensé... mierda, no lo sé... no creí que...
—Pensaste que tus hermanos querrían verte.
Manteniendo mis ojos en el suelo, asentí:
—Sí, debí haberlo sabido mejor. Arruiné sus vidas, no te hablé durante años, después aparezco cinco años antes de lo que debería. Lo entiendo, chico, lo sé.
Shisui se apoderó de la correa de mi bolsa y la recogió del suelo, haciéndome levantar la vista. Iba a protestar, cuando levantó su mano y me interrumpió.
—Conseguiste salir de la mierda, Ita —dijo con fuerza y le echó un vistazo a Tema, quien le lanzó a él, después a mí, una sonrisa acuosa. Fijando sus ojos oscuros de nuevo en mí, agregó—: De la forma en que lo veo, saliste antes por hacer algo bueno. El Ita que conocía siempre tuvo algo bueno en él. Solo que nunca tomó buenas decisiones.
Shisui se colgó la bolsa al hombro y se dirigió a las escaleras, hablando mientras caminaba.
»Pero el que vinieras aquí directamente de prisión me dice que finalmente, por primera vez en tu vida, piensas con claridad.
Apartando el cabello largo de mi rostro, vi a Shisui subir las escaleras:
—Shisui, puedo conseguir otro lugar para quedarme. Izu expresó sus sentimientos sobre mí condenadamente claro. No me quiera. No quiero estar donde no me quieren.
Shisui se detuvo a medio paso pero mantuvo su enfoque directo. No dijo nada durante unos veinte segundos y el silencio fue jodidamente sofocante.
—Te he extrañado, Ita —dijo finalmente.
Un bulto obstruyó mi garganta cuando la voz de Shisui se quebró, y mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Eres mi hermano mayor, Itachi. Siempre fuimos tú y yo. Izu era demasiado pequeño para entenderlo, pero todo recayó en ti y en mí cuando éramos niños... te quiero. Eres de mi sangre. Y no quiero que vayas a ningún lugar sin mí otra vez.
Apartando la mirada, incapaz de ver a Shisui romperse, de repente sentí a Tema junto a mí. Cuando levanté la mirada hacia las escaleras, Shisui había desaparecido dejándonos solos a su esposa y a mí.
—Él estaba destrozado cuando empezaste a rechazar sus solicitudes de visita hace unos años, nunca explicaste la razón del por qué...
Giré mi cabeza a la derecha solo para ver a Tema mirando fijamente detrás de Shisui, antes de mirarme de nuevo.
—Ha tenido mucho con lo que lidiar: la muerte de tú madre, el reclutamiento, mudarse a San Francisco. —Sus ojos se llenaron de lágrimas y limpió sus mejillas—. Y yo... tuvo mucho con que lidiar mientras me rehabilitaba... mientras mejoraba, lo que no fue un camino fácil. —Tema sorbió, descansando una mano en mi brazo—: Todos los días habla de ti. Cada día se pregunta qué estás haciendo, si estás a salvo... si tu madre cuida de ti.
—Tema... —susurré, apagándome mientras la emoción se secaba en mi garganta. No podía manejar el imaginar a Shisui haciéndose cargo de todo mientras me pudría en una maldita celda, incapaz de hacer una mierda sino desperdiciar mi vida.
—Y ha estado contando los días hasta tu liberación para poder estar allí, en las puertas de la prisión, cuando salieras. No podía esperar para traerte a casa.
Cerré los ojos brevemente e inhalé por la nariz:
—Mierda, Tema... pero Izuna.
—Todavía está tratando de superar la muerte de su madre. Es demasiado callado, no expresa sus sentimientos.
—¿Sí? Bueno, no tuvo problema en lo que siente por mí, fue lo suficientemente claro —repliqué.
—Y esa es la razón de que el que estés aquí es una bendición.
Mis cejas bajaron por la confusión, y Tema se encogió de hombros:
—Eso es lo más apasionado que he visto hacer a Izuna desde que regresamos todos de Bama. Cinco años de guardarse todo dentro. Acabas de liberar algo en su interior.
—Odio —dije, sintiendo la verdad de esas palabras en el fondo en mi pecho.
Tema apretó mi mano y empezó a alejarse, solo para mirar hacia atrás y decir:
—Amor. Solo el sentimiento de amor sacaría eso en Izu. Lo conozco lo suficiente para saber eso. Solo lastimas a los que amas. Creo que el que estés aquí lo obligará a enfrentar cosas que ha tratado de enterrar profundamente. Tenerte aquí lo hará enfrentarse a su dolor.
Tema se dirigió a la cocina de nuevo, y pregunté:
—Oye, ¿Tema?
Se volvió y sonrió tristemente.
—¿Por qué no me estás echando? —Agaché mi cabeza avergonzado—. Te amenacé, te asusté... mierda, quise callarte la boca. —El remordimiento, un remordimiento verdadero corrió a través de mí cuando me encontré con sus ojos—. Y tampoco hubiera dudado, si Shisui no me hubiese detenido. Yo... yo lo habría hecho, Tema. ¿Entiendes eso? Te habría lastimado para proteger a los Heighters.
Tema tragó saliva y pude ver un destello de puro miedo cruzar su rostro:
—Lo sé, Ita. Recuerdo tus amenazas tanto como tú y recuerdo la intención en tus ojos mientras lo hacías. Pero estoy trabajando en ser más fuerte y el aferrarme al odio solo me mantendrá débil. —Su mirada se desvió a las escaleras de nuevo, en donde podía escuchar lo que sonaba como las puertas de un armario abriéndose y cerrándose—. Y Shisui te quiere.
Fruncí el ceño.
Tema se dio cuenta.
—Shisui me pone a mí en primer lugar. Soy todo para él. Lo he sido durante mucho tiempo ahora. Él es mi protector y se niega a dejarme recaer o estar en cualquier clase de peligro.
Me quedé mirándola en silencio y Tema se ruborizó. Pude ver en su rostro lo mucho que amaba a mi hermano. Me hizo sentir incómodo. Nunca había sido testigo de esa clase de amor antes y sabía al cien por cien que nunca podría ser tan importante para nadie mientras viviera.
Tema suspiró:
—Itachi, si Shisui pensara que de alguna manera fueras un peligro para mí o para Izuna, no estarías aquí en este momento. Mi Shisui confía en ti, implícitamente, y porque sé que mi esposo nunca me dejaría caer, también confío en que has cambiado... confío en que el Itachi que llevas incrustado profundamente dentro de ti, el que tiene el amor de Shisui, finalmente se está abriendo camino hacia la superficie.
Tema rodeó el anillo de bodas en su dedo. Encontrando mi mirada, movió rápido su barbilla en dirección a las escaleras:
—Será mejor que subas y le digas que te vas a quedar. Por los sonidos, ya ha desempacado por ti. Ha estado guardando tu habitación desde que nos mudamos.
Tema desapareció en la cocina y me quedé en la puerta de entrada solo durante un rato. Sus palabras daban vueltas en mi cabeza y antes de siquiera darme cuenta, me dirigí hacia la larga escalera de caracol y llegué a un enorme pasillo con puertas que conducían en todas direcciones.
Siguiendo el pasillo con el sonido de los cajones abriendo y cerrándose, no pude dejar de mirar las fotografías alineadas en las paredes: Shisui cuando fue seleccionado, vestido con traje, sosteniendo su camiseta de los 49ers, después este último verano firmando aquí con los Seahawks. Izuna graduándose de la secundaria, sin su stidda en su mejilla. Sentí una mezcla de remordimiento y orgullo ante eso. Avergonzado de que él se hubiera ganado una en primer lugar, pero orgulloso de que no fuera aquel chico ahora.
Me acerqué más hacia la habitación, pero una foto al final, una más grande que todas las demás, paralizó mis pasos.
Mammá.
La Mammá, aproximadamente con la misma edad que Izuna tenía ahora, cantando sobre un escenario en Verona.
No sé cuánto tiempo me quedé allí, pero cuando mi barba estuvo húmeda con lágrimas y mis pies se hubieron vuelto insensibles, supe que había pasado mucho tiempo.
La vergüenza llenó de pena mi estómago y casi caí de rodillas.
Le había fallado a mi mammá. Ella me había pedido —no, rogado— que me enderezara, que salvara a mis hermanos. En cambio, los había condenado a la vida de pandilleros mientras ella estaba atrapada en su cama con su enfermedad, incapaz de hacer nada al respecto. Ellos le habían disparado a gente, traficado con drogas... y yo los había aclamado todo el tiempo.
—Es mi favorita —habló Shisui detrás de mí, pero no me di la vuelta. No podía apartar la mirada del rostro sonriente de mi mammá.
—Estaba guardada en un baúl que tenía bajo su cama. No sabía nada él. Esta, las fotos de nuestros abuelos que nunca conocimos. –Shisui se detuvo junto a mí–. Fotos de nosotros cuando éramos niños... tantas malditas fotos.
Continué sin decir nada. No podía.
—Ella sabía que la amabas —dijo Shisui en una voz ronca como si supiera lo que me mataba por dentro.
No podía soportarlo más. No podía soportar más dolor... no podía hablar de mi mammá, mirándola tan joven y saludable, cuando mi último recuerdo de ella estaba enjaulado en su cuerpo roto en su pequeña cama de mierda. Así que limpié mis ojos y me volví hacia Shisui.
Él parecía igual de roto a como yo me sentía.
Abrí la boca para hablar, cuando me interrumpió:
—Te vas a quedar, Ita. No voy a permitir que te vayas.
Lo único que pude hacer fue asentir.
Suspirando profundamente, pasé mi brazo alrededor del cuello de Shisui, y él me llevó al dormitorio más grande que había visto en mi vida. Solía sentirme claustrofóbico en una celda de metro ochenta por dos y medio. Esto era un sueño.
—Todo está desempacado.
—Gracias, muchacho —dije en voz baja mientras caminaba hacia la ventana, una ventana que daba a un lago tranquilo y silencioso.
Podía sentir a Shisui cerniéndose en la puerta, podía sentir su mirada en mi espalda:
—Solo pregunta, Shisui —le dije sin girarme.
Escuché chirriar el parquet.
—Solo... solo me pregunto cuáles son tus planes, ya sabes, ¿aquí en Seattle?
Me reí en silencio para mí mismo. ¿Qué demonios diría si le dijera el verdadero motivo por el que estaba en Seattle?
—Está todo arreglado, trabajaré en algún mercado de pescados de la zona costera. —Me encogí de hombros—. Las condiciones de mi libertad condicional. Empiezo mañana.
Mi hermanito suspiró con alivio:
—Estoy orgulloso de ti, Ita —dijo, y pude escuchar la sinceridad en su voz—. Todavía tengo tu viejo carro El Camino en mi garaje. Cuando me mudé, no podía soportar la idea de deshacerme de él. Hice que lo afinaran, repintaran y lo volvieran a tapizar.
Camino: Chevrolet Camino del 69
Mi corazón se hundió al saber que había hecho eso con mi auto viejo. Un auto, que en mi época, probablemente cuidaba más que a mi familia.
Cuando me volví para agradecérselo, se había ido. Mientras me quedaba mirando de nuevo por la ventana, capturé un vistazo de un estadio de fútbol Husky a lo lejos y pensé de nuevo en Izuna...
Él no es un hermano para nosotros. No es un Uchiha... Simplemente es un jodido perdedor ex convicto que no va a ninguna parte en la vida, y ha venido aquí para utilizar tu dinero y arruinarnos de nuevo también.
No había ninguna jodida esperanza.
