Capítulo 7

ITACHI

—Tú no me conoces, chica.

—Conozco tu trabajo. —Los ojos españoles de Sakura estallaron con convicción—. Más que nadie, conozco tu trabajo...

Mientras rodeo la inmaculada losa de mármol delante de mí, con mi pecho desnudo y sudoroso por el entrenamiento reciente, las palabras de la conservadora se mantenían dando vueltas en mi cabeza.

«Conozco tu trabajo... Más que nadie, conozco tu trabajo...»

Sakura. La maldita Sakura Aliyana por meterse en mi puta cabeza.

Desde el momento en que la había vi hace dos noches en la galería, atrapándome junto al ángel de mármol, me había sorprendido dejándome jodidamente estupefacto.

Nunca había visto a ninguna chica parecida a ella. Nunca había visto a nadie con ojos tan brillantes, el cabello tan rosa, o una sonrisa tan jodidamente cegadora. En el pasado, había conseguido un coño siempre que había querido. Un montón de putas italianas cerca del parque de caravanas dispuestas para hundirse en un coño mojado rápidamente. Pero nunca tuve a una chica de su porte dándome ni un poco de atención. Joder, apenas he visto a una mujer en cinco años, y mucho menos tener sexo... Por lo que ella es la primera que me hace caso, dándome cuenta con sus palabras que pensaba que era la cosa más grande del mundo.

Entonces anoche, Sakura esperó a que apareciera. A mí. Apenas podía ocupar mi jodida cabeza en ese hecho. Debería haberme mantenido al margen. Nunca quise a nadie involucrado con esta exposición de mierda, y mucho menos saber cómo me verían. Pero la morbosa curiosidad de cómo podría lucir mi exhibición me atrajo de nuevo a esa jodida galería, noche tras noche... curiosidad por ver las esculturas que había pasado meses creando, esculturas que no había visto en mucho tiempo... y allí estaba ella, mirándome con su jodido rostro impresionante, toda emocionada por conocer al maldito Tekka.

Tekka, un artista ficticio. Tekka, el escultor del que el jodido mundo remilgado del arte se había enamorado. Pero nadie, nadie "excepto Jiraiya" sabía que Tekka en realidad era Itachi Uchiha. Un jodido ex convicto de un parque de caravanas. Y ningún hijo de puta tenía tiempo para él.

Itachi Uchiha, un ex convicto de treinta años, que consiguió una reducción de pena por vender a un proveedor de drogas a los federales. Itachi Uchiha, él una vez famoso segundo al mando de los Heighters, el miembro más duro y brutal de esa pandilla, una vez famoso de poseer ese pedazo de territorio. Y Itachi Uchiha, el maldito hombre que rompió el corazón de su mammá moribunda y llevó a los dos mejores hermanos que un chico podría pedir a la ruina.

Itachi Uchiha merecía vivir en la miseria de mierda por lo que había hecho.

Itachi Uchiha merecía ser tratado como escoria.

Itachi Uchiha no merecía otra oportunidad en la vida.

No, Sakura Aliyana puede pensar que el sol brillaba a través del culo de Tekka, pero mis hermanos conocían el verdadero yo. Sabían quién era realmente en el fondo. Mierda, la forma en que Izuna me trataba cada vez que me veía me lo decía.

Hace sólo dos horas él me había demostrado lo mucho que no me podía soportar, y no contuvo sus palabras mientras lo hacía...

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Sentado en la mesa del desayuno, me bebí mi café negro, como lo hacía todos los días, mientras Tema cocinaba en los fogones, con los brazos de Shisui envueltos alrededor de su cintura. A ellos no les importa una mierda que estuviera aquí, o al menos a Shisui no. Allí estaba con sus labios besando a lo largo del cuello de Tema.

Por mucho que no quisiera ver a mi hermano pequeño babeando sobre su delgada mujer, me encantó verlo tan feliz.

En ese momento, Tema volvió la cabeza hacia mí e inmediatamente se sonrojó. Shisui siguió su mirada y se echó a reír cuando vio lo que tenía a su mujercita tan avergonzada.

—Eres malditamente linda, Pix —dijo Shisui y presionando un beso en la mejilla de Tema, se sentó frente a mí, después. Tema sirvió sus huevos y se sentó junto a su marido, poco a poco levantando su tenedor para cortar su comida. Mantuvo los ojos bajos mientras masticaba metódicamente cada bocado de huevos. Atrapé a Shisui mirando hacia ella de vez en cuando, con la mano descendiendo por su pierna.

Durante un minuto, se me encogió el estómago al pensar en lo mucho que a mi mammá le hubiera gustado haber visto a su orgullo y alegría así de feliz. Ella jodidamente habría adorado a Tema. Habría sido la hija que mamma nunca tuvo.

Ese único pensamiento de mi mammá, me tenía con los ojos cerrados y a mi garganta luchando contra un enorme bulto.

—¿Estás bien, Itachi? —preguntó Shisui.

Mis ojos se abrieron de golpe, y pude ver sus cejas juntas mientras me miraba.

—Sí —le contesté con voz ronca, tosiendo y cambiando de posición en mi asiento.

Shisui me miró con escepticismo, pero no me presionó.

—Entonces —dijo Shisui, levantándose de la mesa para darnos más café. Mientras llenó mi taza y se sentó de nuevo, esperé a ver qué quería decirme—. Has estado trabajando largas horas en realidad en ese mercado. Parece que todo el maldito tiempo.

Como siempre mi corazón latía con fuerza cuando Shisui sacaba a colación mi cubierta. Jodidamente odiaba mentirles a todos, pero no podía decirles lo que realmente estaba haciendo en Seattle.

—Tomando más turnos. Trabajando tanto como puedo —murmuré vagamente.

—¿Durante la noche? —Shisui cuestionó.

—Un tipo con el que trabajo tiene un lugar cerca. A veces me quedo allí. Pero tomo turnos de noche también.

—¿Un tipo con el que trabajas? —Shisui sondeó y Tema miró hacia arriba, con preocupación en sus ojos. Shisui se movió en su asiento—. ¿Un ex convicto?

Mis ojos se estrecharon sobre mi hermano pequeño.

—¿Y si él lo es? —le pregunté—. Yo lo soy, Shisui.

Shisui abrió la boca para responder, cuando otra voz cortó en su lugar.

—Por supuesto que lo es, Shisui. Itachi solamente pasa el tiempo con putos perdedores. ¿Recuerdas a Kisame? Era maestro titiritero de Itachi allá en Bama, ¿no?

Cerré los ojos un instante y traté de respirar a través de la diatriba de Izuna que se aproximaba. Las lanzaba a diario, sus palabras tratando de fustigarme cada puta vez.

Probablemente no están trabajando hasta tan tarde. Probablemente regresó a vender coca. La única cosa en la que él era bueno. Un empresario de la coca.

Cada parte de mí se quedó inmóvil ante la mención del tráfico de drogas, y me volví para mirar a Izuna, que estaba apoyado contra la encimera de granito, haciendo un batido de proteínas. Mi hermanito estaba disparando dagas hacia mí con sus ojos negros.

Había sido así desde que llegué. La mayoría de los días me ignoraba, el resto del tiempo trataba de derribarme, tratando de hacerme sentir como el puto perdedor que todos creían que era.

Los primeros días, soporte su mierda, tratando de calmar la ira. Sin embargo, recientemente, había estado quedándome en mi estudio más veces. Jiraiya puso una cama para mí ahí. No quería estar aquí, donde no me querían. No quería joder la vida de Izu más de lo que ya lo había hecho.

—¡Izu, detente! —dijo Tema con cansancio, pero levanté mi mano para detenerla.

Cerré la mirada con mi fratellino.

—Lo creas o no, chico, ya no estoy en esa mierda.

Una sonrisa se extendió sobre la boca de Izu.

—¿Sí, Itachi? ¿Estás reformado ahora?

—Sí, Izu, lo estoy. Sólo trato de seguir adelante con mi vida.

Izuna agarró la coctelera en su mano y dio un paso adelante, con el rostro de un radiante rojo.

—Sabes, solía creer que Dios cuida de la gente buena, pero viéndote sentado aquí en esta casa después de todo lo que le hiciste a Shisui, a Tema y a mí, simplemente no se siente bien. —Izu se inclinó hacia adelante, y por unos minutos, pensé que el chico iba a intentar golpearme, pero se retiró en el último momento—. Has matado a personas, Itachi, por nada más que territorio. Hiciste que Shisui y yo disparáramos a chicos de los King, y lo que me pone más enojado que nada es que Mamma está muerta. Mamma, la mejor mujer que jamás haya existido, jodidamente murió mientras tú vives. ¡Tú!

Mi pecho se apretó mientras veía las lágrimas llenar los ojos de Izu. No quería hacer nada más que levantarme y jodidamente llevarlo a mi pecho y decirle que lo sentía. Pero de ninguna manera iba a dejarme hacer eso.

—Izu, será mejor que cierres la boca en este maldito instante. —Shisui advirtió. Izu lanzó sus ojos hacia Shisui, a continuación, se centró de nuevo en mí.

Está bien, Shisui. Déjalo que diga lo que quiera. Obviamente, quiere sacarlo de su pecho —le dije con frialdad, lo que sólo sirvió enojar más a Izuna.

—Itachi, nadie merece que le hablen así —dijo Tema en voz baja, y fue la única vez en toda esta actuación que vi a Izu perder su duro acto de matón.

Sin romper la mirada de Izuna, giré la cabeza hacia Tema.

—Que diga lo que quiera decir, Tema. Se veía venir desde hace mucho tiempo.

Los ojos negros de Izuna se encendieron con fuego, y estaba seguro que si tuviera un arma, me habría disparado en la cabeza. Se inclinó más.

—Trabaja en tu mercado de pescado de mierda, Itachi. Pero sabes que nada de lo que hagas nunca hará que te perdone. No eres más que basura.

Izuna salió de la casa, y me senté a la mesa, sin soltar mi café, la taza casi agrietándose bajo mi puño apretado.

—Itachi, joder, no debería haber dicho eso de Mamma... —Shisui trató de decir, pero lo interrumpí, lavé mi taza en el fregadero, y la coloqué en el escurridor.

Cerré los ojos e inhalando, para luchar de nuevo contra la devastación que me atravesaba, le dije:

—Él tiene razón, Shisui. Todo lo que dijo fue correcto. —Levanté la mirada para ver a Shisui y Tema mirándome con ojos comprensivos.

No quería ninguna jodida lastima. Sólo me molestó más. No era un maldito caso de caridad.

Saliendo del mostrador, camine más allá de mi hermano y su esposa, pero no antes de decir:

—Si pudiera cambiar de lugar con la Mamma, lo haría en un sin pensarlo. Merezco estar muerto. Nunca he hecho nada bueno en toda mi vida. Izuna tiene razón. Soy basura.

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Sintiendo el frío metal del martillo en mis manos, comencé a golpear los grandes trozos de mármol Pavonazzo veteado gris que no era necesario en esta escultura. Con cada golpe sentí cada una de las palabras de Izu golpeando mi pecho como si me estuviera desgarrando.

¿Qué demonios le he hecho a ese niño?

Mierda lo había destruido, eso es lo que hice. Yo, el hombre que estaba destinado para protegerlo, lo había jodidamente destruido.

El polvo de mármol nubló la habitación. Mirando los restos de arcilla que había creado como una plantilla para la escultura, tomé mi martillo y golpeé directamente a través del centro, dos piezas de arcilla se estrellaron contra el suelo.

El martillo colgaba a mi lado. Jadeaba por el esfuerzo, los músculos de mis brazos palpitaban con el peso de la herramienta.

Permanecí inmóvil, mirando fijamente el mármol. Antes de darme cuenta, había recogido mi cincel puntiagudo y comencé a esculpir un nuevo esquema. Una determinada imagen se abrió paso en mi mente, dándole vida con mis manos.

Trabajé como un hombre enloquecido. Horas y horas pasaron mientras esculpía en el mármol, finalmente tomando la forma definida.

Trabajé tanto tiempo que los cielos grises dieron paso al negro de la noche y un fuerte viento sacudió las largas ventanas del estudio con vistas al Sound.

Con dolores musculares y el cuerpo agotado, di un paso atrás, evaluando la escultura. Tuve que darle la espalda. No podía soportar mirarla.

Cuando volví, mis ojos se llenaron de lágrimas. Mi ira normal incontrolable se afianzó, provocado por un camión cargado de odio por mí mismo. Entonces, me di cuenta de que Jiraiya estaba de pie en la puerta, mirando fijamente a la escultura sin finalizar, una expresión en blanco en su viejo rostro.

—¿Cuánto tiempo llevas ahí? —le pregunté, apretando los dientes mientras iba a recoger una toalla que había arrojado sobre mis herramientas. Me limpié el rostro.

—Hace un rato —dijo Jiraiya, mientras arrastraba los pies de su cuerpo envejecido en la habitación, con su bastón de madera a su lado.

Me tensé mientras se acercaba. Odiaba que alguien viera mi trabajo en cualquier momento, pero especialmente cuando estaba en progreso. No podía soportar el juicio.

Jiraiya se acercó a la escultura con las cejas dibujadas y lentamente la rodeó. No le hice caso y me fui a recoger mi paquete de cigarrillos. Encendí uno y di una larga calada.

Jiraiya se arrastró hacia mí, pude ver mirándolo a través del escaso estudio. Sus ojos se dirigieron a la gran cama doble en la esquina más alejada.

—¿Te has quedado aquí mucho? —preguntó.

—Trabajo hasta tarde.

Jiraiya asintió, pero pude ver la preocupación en sus ojos. Solté una larga nube de humo.

No entiendo por qué le iba a importar a alguien.

—Sé que trabajas hasta tarde, Tek. Es cerca de la una de la madrugada.

Me pasé la mano por el rostro. Mierda, había estado aquí todo el maldito día.

Poco a poco levanté la cabeza para mirar a Jiraiya.

—¿Casi la una?

—Sí, son las doce cuarenta y cinco —respondió confuso—. He salido a cenar con unos amigos y pensé en pasar por aquí. Sólo sabía que estarías despierto. Tengo que volver a Nueva York en la mañana, por lo que quería decirte un adiós rápido. Mi trabajo me mantendrá lejos hasta cerca de la apertura de tu exhibición.

Apagando el cigarrillo, alcancé mi camisa negra que estaba llena de polvo de mármol y arcilla, y me deslicé en mis botas negras.

—Bueno. Adiós.

—¿A dónde vas con tanta prisa? —preguntó Jiraiya cuando me extendí por mi cartera y las llaves del auto.

—A la galería.

—Ah. Todavía vas todas las noches —Jiraiya comentó, y me detuve en seco.

—¿Sabes que he estado yendo?

Asintió con la cabeza.

—Te inscribí como visitante nocturno antes de que incluso llegaras. Sabía que no lo podrías resistir. Es algo bueno. Me dice que no eres tan indiferente a esta exposición como intentas aparentar.

Mantuve mi silencio, sintiéndome como un maldito idiota. Sí, me importaba una mierda.

—¿Y vas a revisar su progreso ahora?

Miré fijamente a Jiraiya y supe que el bastardo no dejaría de presionarme hasta que hablara.

—Voy a darle nombres a mis piezas.

La boca de Jiraiya se expandió volviéndose la puta sonrisa más grande.

—¡Tek! Estoy tan feliz. ¡Los nombres les darán vida! —Entonces frunció el ceño— ¿Pero por qué ahora? Te has negado todo este tiempo.

Mi estómago se estremeció mientras el rostro de Sakura venía a mi mente. Bajando la mirada, me froté la barba.

—La conservadora me atrapó allí anoche y me pidió que las nombrara. Acepté. Ella fue... persistente. —Me quede callado; por alguna razón me sentía más ligero cuando pensaba en su rostro ansioso.

Mirando la escultura sin terminar de yeso en el medio del estudio, ya sabía que nombre le daría a esa...

—¿Has conocido a Sakura? —La pregunta de Jiraiya me trajo de vuelta al presente.

—Anoche.

Algo cercano a diversión pasó por los ojos de Jiraiya mientras luchaba por no reír. Esa mirada conocedora simplemente me molestó.

—¿Qué? —pregunté con aspereza.

Jiraiya levantó las manos.

—Nada.

Lo miré fijamente, entonces tome otro cigarrillo y lo deslicé entre mis labios. Al salir pasé empujando a Jiraiya.

—Me voy.

Mientras me iba del estudio, juro haber escuchado la risa de Jiraiya.

Abriendo la puerta a la oscura y húmeda noche, agaché la cabeza mientras corría bajo la lluvia y salté dentro de mi auto El Camino del 69 negro. Respiré profundamente mientras la lluvia golpeaba el techo de mi auto. El humo de mi cigarrillo llenó la cabina recién tapizada.

Mirando en el retrovisor, me quité la banda que mantenía mi cabello largo recogido hacia atrás y dejé que mi cabello húmedo cayera hacia abajo. El polvo de mármol me cubría por todas partes. Sacudí la cabeza preguntándome por qué siquiera me importaba una mierda cómo me veía.

Por supuesto que sabía porque me importaba tanto. La razón era de alrededor un metro sesenta y cinco. Tenía un maldito cuerpo por el que morir, cabello largo rosa que caía a media espalda, y los más grandes ojos verdes hispanos que haya visto jamás. Sí, por eso malditamente me importaba. Por una atractiva mujer que se hizo cargo de mi trabajo.

Dejando mi cigarrillo colgando de mi labio inferior, miré mi reflejo. Termina con esto de una vez, Ita. Deja a la chica en paz. Nombra las esculturas. Dale suficiente información a fondo para que la use sobre los tableros de texto. Luego vete y no regreses.

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Entrando por la puerta de personal trasera, le eché una mirada al guardia de seguridad nocturno, que siempre estaba en su escritorio. Agachó su cabeza detrás del escritorio para romper cualquier contacto visual. Me tenía miedo. No me sorprendía, la mayoría de la gente lo tenía. Todos excepto Jiraiya, y tal vez Sakura. Jiraiya porque no estaba del todo cuerdo, ¿y Sakura? Quién diablos sabrá por qué.

Notando que las cortinas negras estaban cerradas, fue entonces cuando escuché el sonido de música pop en español en el interior.

Inhalando profundamente y rogándole a Dios para tener otro cigarrillo para calmarme, abrí las cortinas y entré en la galería. Se veía muy diferente de la última noche. Todas las cajas de madera y los embalajes de las esculturas habían desaparecido. Solo quedaban mis esculturas y las plataformas para posicionarlas. Las notas manuscritas estaban dispersas en el suelo alrededor de cada pieza.

Escuchando el canto fuera de tono desde la parte trasera de la habitación, seguí el brutal jodido sonido. Mientras rodeaba la esquina, Sakura Aliyana estaba allí vestida con una gran camisa blanca, leggings negros ajustados, Dr. Martens rosa y con su cabello rosa atado en un nudo desordenado encima de su cabeza.

No pude quitarle los ojos de encima.

Pero su ropa y cómo se veía no era lo que me tenía fascinado. Ella estaba sosteniendo una brocha de pintura en su mano, pintando lo que parecía ser una prueba de tonos de blanco en la pared posterior, mientras sacudía sus caderas, cantando desafinadamente —amor Prohibido murmuran por las calles. Porque somos de distintas sociedades...—en un español perfecto. Estaba divirtiéndose, dejándose llevar...

Mis cejas bajaron. En toda mi vida, no creo que alguna vez haya estado cerca de alguien que tuviera algo de diversión. Nunca he tenido diversión...

Un sentimiento cálido y desconocido se extendió en mi pecho cuando miraba a Sakura. La veía cantando a todo pulmón la letra, haciendo pinceladas al ritmo de la canción.

Por primera vez en mi vida, quería sentir esa felicidad, solo por un minuto, quería saber cómo se sentiría ese nivel de libertad. Se veía... agradable... en Sakura, allí de pie balanceando sus caderas, sin una maldita preocupación en el mundo, era como sentir un rayo de luz brillando sobre tu rostro cuando has estado atrapado en un pozo oscuro durante toda tu vida.

Después de solo unos minutos observándola, hipnotizado, me enderecé, dejé de sonreír, crucé los brazos sobre mi pecho y aclaré mi garganta.

Sakura se congeló a mitad de una pincelada y giró lentamente su cabeza. Su hermoso rostro estaba salpicado con pintura blanca, y sus ojos verdes estaban tan grandes como los de un personaje de Disney mientras aterrizaban en mí. Su piel oliva se ensombreció con un brillante rojo. Con cuidado bajó la brocha en la bandeja sobre el carrito que estaba a su lado, susurrando algo para sí misma en voz baja.

Mis mejillas se contrajeron, y tuve que abstenerme de reír a causa de su reacción al encontrarme aquí.

Mierda, parecía mortificada.

—Tekka, no sabía que vendrías —dijo ella, completamente nerviosa, sosteniendo su mano en su pecho.

Que me jodan, era hermosa. Pensé lo mismo anoche, pero ahora, ¿justo así...?

Sostuve su mirada, viendo como su pecho empezaba a subir y bajar ante mi atención, fue más y más rápido cuanto más tiempo sosteníamos miradas. Sus pestañas largas revoloteaban nerviosas y mis puños involuntariamente se apretaron juntos contra mi pecho ante la acción.

—Tek —le recordé fríamente.

Los ojos de Sakura brillaron con vergüenza y su rostro se sonrojó aún más que antes. Levantó su mano para jugar con su cabello. En el repentino movimiento, su camisa desabotonada se abrió en su cuello, Permitiéndome darle un vistazo a su piel bronceada y la parte superior de sus pechos firmes bajo su sujetador de encaje blanco. Casi gemí ante la vista, pero estaba clavado al suelo, jodidamente estupefacto por esta chica.

—Lo siento, Tek —se apresuró a decir—. Me recordaste sobre tu nombre anoche. No estaba pensando.

Inmediatamente me sentí como un idiota al escuchar la disculpa en su voz suave, pero me mantuve en silencio mientras Sakura se apresuraba a cambiar la música.

Me quede congelado en el lugar mientras ella tomaba una larga y profunda respiración, de espaldas a mí, con hombros tensos y un silencio ensordecedor que nos golpeaba a los dos. Pero se recompuso y se volvió a mí con esa hermosa sonrisa suya en su rostro.

—Estoy tan feliz que lo hayas logrado —dijo ella, acercándose a mí. Sus ojos verdes recorrieron mi cuerpo, desde mi largo cabello desordenado hasta mi camisa negra cubierta de arcilla y mis Jeans negros rasgados. Los labios llenos y rosados de Sakura se extendieron, mostrando dos hoyuelos en cada mejilla. Con vacilación, llevó su mano a los extremos de mi cabello. Cada parte de mí se congeló y la respiración se me atascó en mi garganta mientras la veía tragar nerviosamente.

Habían pasado años desde que una chica me había tocado. Y nunca fue una que se viera como ella.

Cuando su delgado dedo se desvió a mi mejilla, atrapé su esencia... de jazmín. La mamma solía encender incienso de Jazmín en el remolque. No sabía si esa era la razón, pero por primera vez en mucho tiempo, me sentí relajado alrededor de alguien. Extrañamente, parecía como estar en casa.

Sakura tomó parte de mi cabello entre su dedo índice y el pulgar. Sus labios rosados se separaron ligeramente y su cálido aliento se extendió por toda mi rostro.

Me... gustaba su cercanía... su toque.

Un segundo después, Sakura apartó su mano y la sostuvo frente a mis ojos, para que pudiera verlo.

—Mármol —susurró, sus hoyuelos se profundizaron y sus labios hicieron un delicado puchero, sus ojos se estrecharon con sospecha—. Debiste haber estado realmente ocupado hoy. Estás completamente cubierto.

Algo en mi rostro debió haber causado que se alejara, porque soltó mi cabello y retrocedió.

Apreté los dientes. No tenía idea de cómo hacer toda esta mierda. Mujer, deja que la exhibición... sea jodidamente normal.

—¿Lo has estado?

—¿Qué?

—Trabajando todo el día.

Pude ver la emoción en sus ojos. Asentí antes de mirar a otro lado, colocando las manos en mis bolsillos.

Entonces fui hacia la pieza de la daga sobre la que discutimos anoche. Ahora estaba en la esquina que había sugerido, en lo alto de un pedestal y un gran proyector estaba brillando debajo de este. Fruncí el ceño.

—Si no lo quieres realzado, podemos cambiarlo —Sakura dijo de repente detrás de mí. Su esencia de Jazmín me hizo ir a la deriva de nuevo. Mis labios se tensaron al tenerla tan cerca. Pasó la mano por el pedestal blanco, estudiando la pieza—. Pedí que fuera puesto más alto para maximizar el efecto de los riachuelos. Y puse los proyectores esta noche para que así pudieras ver como se vería de día. ¿Ves?

Me agaché y de inmediato vi que tenía razón. Mientras me levantaba de nuevo, Sakura se mordía el dedo, manteniéndolo entre sus dientes.

—¿Y bien? —preguntó.

—Es perfecto —dije secamente. Realmente lo era. Con el resplandor de los reflectores, corrían riachuelos por el hombre esculpido, acomodado en el pedestal y rodeado por una sombra de unos sesenta centímetros a lo largo del suelo. La piel de mi espalda me picaba al sentir la mirada de Sakura en mí.

—¿Entonces lo apruebas?

—Mierda... si... es... —Me fui quedando en silencio sin saber cómo expresar cómo me hizo sentir. Nunca fui bueno con las palabras. No, a menos que te estuviera amenazando a alguien para pagar por crack o le rompería las malditas rodillas.

Sakura entrelazó sus manos y una expresión de orgullo se instaló en su rostro, lo cual me hizo retroceder. Necesitaba un poco de distancia.

La hice feliz. Sólo que no estaba seguro de cómo manejarlo. La felicidad y yo no nos llevábamos bien.

—Entonces... —dijo mientras se volvía, dirigiéndose a la estatua— ¿Has pensado en cómo llamarla?

Mirando a ese hombre, con lo riachuelos casi ahogando su cuerpo y con la sombras que parecían borbotones de sangre, sólo un nombre me vino a la mente.

—El Desangramiento —susurré antes de tener tiempo para pensar en ello.

Sakura se tensó. Mierda. Ese probablemente era un título estúpido, era una mierda con eso de nombrar el arte.

—¿Drenando la sangre? —reflexionó Sakura en voz baja. Mis ojos fueron a los de ella, pero estaba mirando la escultura, una empática mirada en su rostro—. El Desangramiento... —murmuró bajo su aliento. Sus ojos brillaban mientras miraba los míos.

—De culpa —expliqué, con mi voz quebrándose—. De cada pecado que ha cometido este hombre... de las acciones que han causado dolor a las personas... acciones que no puede deshacer. Esas dagas estarán allí de por vida.

Sakura contuvo el aliento, y bajé mi rostro, sintiendo la verdad en cada que palabra que cortaba mi negro corazón.

—¿Y cuál fue la inspiración? —empujó tentativamente.

Suspiré y me aparté el cabello de mis ojos. Miré a Sakura, pero no podría ver la mirada de dolor en su jodido hermoso rostro.

—Mierda, chica —dije sin ninguna precaución. Mis ojos se cerraron brevemente mientras trataba de retener estos sentimientos, estos jodidos sentimientos que nunca me atrevía a perder.

—¿Realmente necesitas saber cómo pensé en esta jodida pieza? ¿Necesitas cada maldito detalle? —Salió más duro de que quería, pero no estaba realmente cómodo al revelar esta mierda a nadie.

—Solamente algo estaría bien —Sakura se movió nerviosamente más cerca de mí, su voz apenas más audible que un susurro—. Algo como... ¿cómo pensaste en eso? Eso sería suficiente para los tableros de texto.

Lentamente inhalé por la nariz, dejé caer mi cabeza y mi cabelló me cubrió el rostro.

—El tipo es un pecador. Un tipo que ha hecho cosas realmente jodidas, pero para el momento en el que se dio cuenta del dolor que había causado, era demasiado tarde. Ya había hecho lo peor. Ya había arruinado a personas... arruinado vidas... destruido la inocencia de las personas, cambiando a la gente, cambiando el alma de las personas...

En mi mente vi a Izuna como un niño de catorce años, yo de pie detrás de él, apuntando a un miembro de la pandilla rival, un King. Izuna sosteniendo en sus manos una Beretta. Sus dedos pequeños estaban jodidamente temblando, el rostro blanco por el miedo, pero ignoré todo eso. Kisame había asentido hacia mí, ordenándole a mi pequeño hermano a ganarse una Stidda de Heighter, el tatuaje de una estrella en la mejilla de un Heighter que mostraba que habías pasado la iniciación... al dispararle a un Rey.

Miré a mi yo de veinticinco años detrás de Izuna como un maldito demonio en su espalda, susurrando en su oído que se apresurara. Apuntando su brazo hacia nuestro rival y ordenarle ahora mientras Izuna hacía lo que le decía y disparaba una bala directo al hijo de puta.

Pero más que nada, podía ver a Izuna girándose hacia mí. Aun podía sentir cuan jodidamente orgulloso estaba de él, que se hubiera probado a sí mismo ante mis hermanos, la pandilla que era mi todo y siempre lo había sido desde que tenía doce años. Pero también podía ver el cambio en el rostro de Izuna. El niño al que Shisui y la Mamma querían, cambiado para siempre, como su víctima yacía sin vida en el suelo.

—¿Tek? —preguntó Sakura ante mi silencio.

Sintiendo una lágrima caer por mi mejilla, sobre el tatuaje del crucifijo que ahora cubría mi stidda, añadí:

—Cada daga es un crimen que cometió, con la culpa inundando a todo y todos a su alrededor. Una culpa que jodidamente nunca termina. —Un sentimiento de reverencia se asentó en mis entrañas, y miré hacia la escultura—. Pero las dagas nunca se van a ir. La culpa va a seguir descosiendo. Las heridas nunca se van a cerrar... las grietas, las fracturas en su cuerpo, nunca van a sanar.

El repentino silencio en la galería me sofocó, provocándome tan sólo querer salir corriendo, abandonar esta maldita exhibición y mi dolor para que alguien más trate con ella. Pero mientras escuchaba la respiración silenciosa de Sakura a mi lado, no podía moverme.

Por primera vez desde siempre, alguien estaba compartiendo este dolor conmigo. Un extraño virtual. Y no sabía qué demonios hacer con lo malditamente bien que se sentía. Había prometido no dejar entrar a nadie. No entendía por qué había roto esa promesa con ella.

Levantando mis manos sucias, sutilmente quité unas lágrimas que había fallado en impedir que cayeran por mi rostro y me volví hacia la escultura, a la escultura que era toda yo.

Echando hacia atrás mi cabeza, miré hacia el techo en forma de cúpula hacia los millones de estrellas. De repente no me sentía tan torturado; cuando me imaginaba a Shisui y a mí de niños, a Izuna sólo un bebé en mis brazos. Sólo un par de jóvenes hermanos, los mejores amigos, sentados en el techo de nuestra caravana bajo nuestras espaldas y mirando las estrellas...

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La manita de Shisui señaló hacia el cielo oscuro.

—Esas tres justo ahí son el cinturón de Orión. ¿Puedes verlas, Ita? ¿Las tres estrellas en una fila? Y esas de allí son las Pléyades, o las Siete Hermanas. Pero para ver las siete estrellas a la vez, tienes que cerrar los ojos, y luego abrirlos muy rápido, porque algunas de ellas se desvanecen al instante, dejando sólo unas pocas —me dijo.

Miré a mi hermanito de ocho años, mientras sostenía a Izuna en mis brazos. Shisui no era más que desgarbadas extremidades y grandes ojos negros, un mini yo, y me reí.

—¿Cómo sabes todo esto, Shisui?

Él se encogió de hombros y sus mejillas se volvieron de color rojo brillante.

—Lo leí en un libro en la escuela. He leído un montón de ellos.

—¿Te gustan las estrellas? —le pregunté.

Se sonrojó aún más.

—Sí. Me hacen sentir feliz.

Se quedó en silencio, sabía que estaba avergonzado por decirme eso. Shisui era un pensador; era inteligente.

Mirando al cielo otra vez, señalé una estrella.

—¿Cuál es esa, chico?

Shisui se acercó más a mí y siguió mi dedo.

—Esa es Sirius, Ita —me dijo con entusiasmo.

Su rostro se volvió hacia mí.

—¿Te gustan las estrellas, Ita?

—Me gusta que me hables sobre de ellas, chico —le contesté, sonriendo.

Shisui se recostó, mientras escuchábamos a nuestro padre llegar a casa borracho del bar del parque de caravanas y empezar a gritarle a la mamma. La mamma inmediatamente comenzó a llorar, rogándole que no la lastimarla. Sentí a Shisui tensarse a mi lado y su respiración cambió. Estaba aterrorizado. Él siempre se asustaba de nuestro padre cuando llegaba a casa destrozado. Esa era la razón por la que lo llevaba ahí, para distraerlo.

Inclinándome, envolví mi brazo alrededor de su hombro y tiré de él a mi lado. Malditamente odiaba a nuestro perdedor padre. Todo lo que él quería hacer era lastimarnos. Así que me hice una promesa a mí mismo de que siempre haría cualquier cosa para proteger a mis hermanos.

—Vamos, chico. Dime más. —lo presioné, sintiendo a Shisui agarrarse a mi camisa y apretar realmente fuerte cuando un vaso de vidrio se rompió en el interior del remolque y mi mamma gritó de dolor.

Con una voz temblorosa, Shisui señaló a una estrella brillante.

—E... esa es M... Marte...

—No, ¿en serio? —le pregunté—. ¿Está hecha de chocolate también?

Sentí a Shisui empezar a reír débilmente a mi lado.

No, Ita, pero es de color rojo y grande, y algunas personas piensan que los extraterrestres viven en esta...

—¿En serio? ¿Extraterrestres? —pregunté con entusiasmo, tirando de Shisui y Izuna más cerca.

Shisui soltó mi camisa, sabía que él había logrado bloquear la paliza de la mamma adentro y exhalé con alivio.

—Veras, Marte, está hecha de roca roja, Ita...

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Y así es como llegamos atravesar los malos tiempos. Nosotros tres perdidos en las estrellas, el cielo de la noche llevándonos lejos de la caravana de mierda a la que llamábamos hogar.

Mirar el cielo de la noche se convirtió en lo nuestro, hasta que todo mi afán se convirtió en la banda, mi equipo de hermanos los Heighters haciéndose cargo de mi vida... y arrastré al pequeño e inocente Shisui lo largo del paseo. Él había confiado en mí, y yo lo había convertido en un matón traficante de coca a la edad de doce años... justo como yo.

Shisui, Izuna y yo nunca miramos las estrellas así otra vez.

Lo extrañaba.

Jodidamente extrañaba a Shisui y la relación que solíamos tener... que nunca llegué a comenzar con Izuna cuando él tenía la edad suficiente para entender.

Mientras miraba al cielo a través del cristal, mis ojos se posaron en el Cinturón de Orión. No podía ir allí ahora mismo. No podía seguir pensando en nuestras vidas antes de que todo saliera mal.

Una mano corriendo suavemente por mi espalda me hizo girar. Los ojos preocupados de Sakura estaban muy abiertos mientras miraba hacia mí, su mano tranquila en mi espalda. Podía sentir el calor de su huella en mi piel como si fuera un hierro de marcar candente abrasara mi piel.

—¿Estás...? —Sus dedos se movieron, acariciando mi musculosa espalda, haciendo que mi piel se sintiera como si estuviera en llamas—. ¿Estás bien?

Mi instinto fue apartarme y decirle que se fuera al infierno. Apartarla como lo hacía con todo el mundo, pero a medida que miré sus ojos, no pude moverme... Quería esas manos moviéndose más abajo, para tocar cada parte de mí.

La mano de Sakura subió, sus dedos rozando mi cabello hasta que su dedo índice corrió sobre mi barba rasa.

—¿Tek?

Alcanzándola, agarré su mano para apartarla de mi rostro. Su respiración se entrecortó cuando nuestras manos se tocaron, pero la mantuve... mierda, a saber por qué, pero mantuve su mano contra mi mejilla, con mi corazón palpitando locamente con rapidez en mi pecho.

Un rubor de color rojo subió corriendo del pecho de Sakura a su cuello y mejillas. Su lengua pasó por encima de sus carnosos labios rosados y sus párpados bajaron mientras me miraba, sólo respirando... nosotros dos jodidamente respirando.

—Tek... —Sakura susurró y comenzó a moverse hacia mí. Me quedé mirando esos labios carnosos y quería nada más que besarla, levantarla de golpe contra la pared y follarla hasta que ninguno de nosotros pudiera estar en pie.

Pero no podía... nosotros no podíamos.

Apretando su mano, la saqué de mi rostro y la puse a su lado. La decepción se mostró en su expresión adolorida, y de mala gana me moví hacia la mitad de la galería, dándonos algo de espacio.

—¿Tek? —llamó Sakura desde detrás de mí. Cuando la enfrenté, estaba jugando con un mechón suelto de cabello que se había caído de su banda. Se veía tan malditamente linda e inocente, mirándome con esos enormes ojos exóticos, sus largas pestañas revoloteando contra sus altas mejillas—. ¿Estás bien para hablar de las otras? —preguntó ella con timidez.

Quería decirle que no. He terminado con toda esta mierda de exposición, desenterrando cosas de mi pasado que no quiero enfrentar jamás.

En su lugar, tomé una respiración profunda y asentí.

Una sonrisa de alivio se extendió en su rostro, y se movió a mi lado. Inmediatamente sentí su calor, y el aire rodeándonos se volvió espeso. Sakura bajó la cabeza y se sonrojó, sabía que ella sintió el tirón extraño entre nosotros también.

¿Por qué todo en mi vida tiene que ser tan jodidamente complicado?

—Entonces, ¿cual debemos hacer ahora? —preguntó ella.

—No me importa —le dije, con mis manos en los bolsillos, sintiendo mis cigarrillos... realmente quería un maldito cigarrillo.

Sakura comenzó a caminar directamente hacia mi pieza más grande, la pieza, y me detuve en seco. Le tomó a Sakura un segundo para darse cuenta de que no estaba detrás de ella. De hecho, había dado la espalda, sintiéndome como si una maldita grieta hubiera dividido mi pecho.

No podía lidiar con hacer frente a lo que la escultura significaba para mí en este momento.

—Tek, que...

—No voy a ir ahí —le espeté.

—Está bien —dijo con cautela—. ¿Quieres elegir otra?

Cerré mis ojos y sentí relajarme. Analizando la sala, me di cuenta que casi todas las piezas me destrozaban. Todas ellas tenían algún significado... significados que eran demasiado difíciles de enfrentar. Pero podría revisar unas pocas.

Caminando hacia una pieza más pequeña, un reloj de arena con una mano extendida a través de la arena, le hice señas con un movimiento de mi cabeza para que Sakura se uniera a mí.

—¿Esta está bien? —preguntó, le lancé un sencillo asentimiento—. ¿Tenemos un título?

Mientras miraba la mano del hombre ahogándose en la arena, sentí la asfixia, la situación imposible en la que estaba... la arena pesada tirando de él más y más abajo...

—La caída —solté.

Al igual que antes, sentí los ojos de Sakura escudriñando mi rostro, probablemente tratando de leer más, pero esta vez me quedé estoico.

—La caída —repitió, garabateando en su libreta—. ¿Y la inspiración?

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Después de la sexta pieza, me sentía emocional y físicamente agotado.

—¿Quieres dejarlo por esta noche? —preguntó Sakura seguido de un bostezo.

Exhalando un suspiro de alivio, me pasé las manos por mi rostro agotado.

—Sí —le contesté, y por primera vez desde que había llegado a la galería, mis músculos parecieron perder la tensión... entonces empezó a doler como la mierda.

Mientras me aliviaba la tortícolis de mi cuello, escuché a Sakura moverse a mi lado. Miré hacia ella. Se estaba sonrojando.

Estaba afectada por mí... Y eso me gustó más de lo que debería haberlo hecho.

—Así que... —dijo en voz baja, acercándose aún más. Mis palmas comenzaron a sudar mientras se acercaba. Y mi corazón palpitando en mi pecho—. Gracias por hacer esto esta noche. No puedo creer lo poderosas que son tus palabras en tus ya impresionantes obras de arte.

Luché contra una sonrisa. Viniendo de cualquier otro conservador, estaba seguro que con solo una frase hubiera sido suficiente para arrastrarse delante del escultor, pero no de ella. Vi en sus ojos que le encantaba toda esta mierda. Y aún más descabellado, adoraba mi trabajo... las retorcidas y jodidas esculturas de mi mente.

Cómo era posible, no tenía ni idea. Estaba convencido de que si ella realmente supiera quién era él, lo que había hecho, vería las esculturas con una luz completamente diferente; repulsión, y un pobre intento de mierda por obtener el perdón.

—Es tarde, o temprano, dependiendo de cómo desees mirarlo. —Se rió tímidamente y miró al suelo.

Fruncí el ceño, preguntándome por qué seguía hablando. Cuando me miró a través de sus largas pestañas, la vista de su rostro a la luz de la luna me robó el aliento. Si fuera un pintor, habría creado una maldita obra maestra de solo ese impresionante recuerdo.

—¿Tienes hambre? —Mi ceño se profundizó, y la observé tragar. Su mano se levantó para retorcer ese mismo mechón de cabello suelto alrededor de su dedo—. Yo... quiero decir... ¿querrías desayunar conmigo? Esto es, ¿si tienes hambre? —preguntó con nerviosismo.

Abrí la boca para decir que no, cuando mi estómago gruñó. La verdad era, que estaba jodidamente hambriento.

Sakura, oyendo mi estómago, hizo una pausa, luego esbozó una poderosa sonrisa con hoyuelos, la belleza de esta casi me golpea hasta la mierda. Esta vez, no hubo sonrisa desdeñosa, sólo una sonrisa reacia extendiéndose en mis labios.

Se sentía extraño sonreír. No lo había hecho en mucho tiempo.

—Tek —dijo Sakura através de una risa incontenible—. ¡En realidad sonreíste! —Su rostro estaba iluminado como luces en navidad, negué con la cabeza.

—Sí, no te acostumbres. Es una rara ocurrencia.

Sakura dio un paso atrás y puso su mano en su pecho.

—¿Y tienes sentido del humor también?

La vi reír, y mi pecho se encogió hasta el punto en que pensé que los músculos se desgarrarían debajo de mi piel.

Cuando Sakura perdió gradualmente su risa, dio un paso aún más cerca de mí, con sus tetas rozando mi camisa. Ya no estaba sonriendo. No, ahora estaba respirando con fuerza, luchando contra el impulso de tomarla en mis brazos y aplastar mis labios en los de ella.

Sakura parpadeó, luego volvió a parpadear sin decir una palabra, sólo para luego ofrecer:

—¿Desayuno?

Levantando mi mano, no podía dejar de tomar ese largo mechón de cabello que caía sobre su mejilla y meterlo de nuevo en su desordenado nudo.

Oyendo la respiración de Sakura entrecortándose ante mi tacto, no pude resistir inclinarme, inhalando el olor de su cabello... lavanda.

Las tetas firmes de Sakura rozaron mi camiseta fina, su delgado muslo se presionó firmemente contra mi polla dura. Su cálido aliento mentolado sopló sobre mi mejilla, erizando mi barba, cuando metí la mano en mi bolsillo de atrás, sacando las llaves de mi auto.

—Yo conduzco —le dije ásperamente, moviéndome hacia atrás, rompiendo la insoportable tensión en que estábamos inmersos.

Sin aliento, Sakura presionó su mano contra su estómago, reorientándose.

—Está bien. —Se las arregló para decir y se puso a caminar detrás de mí cuando me lancé a través de las cortinas, saliendo rápidamente y jadeando al aire frío de Seattle, la lluvia ligera salpicaba contra mi rostro caliente.

Oyendo la puerta cerrarse detrás de mí, saqué un cigarrillo y lo coloqué entre mis labios. Aspiré una larga y dulce bocanada, el humo llenaba mis pulmones, calmándome de una puta vez.

Sin mirar a mis espaldas, pisoteé el pavimento hasta mi auto y abrí la puerta del pasajero, dejándola abierta para Sakura. Mientras me dejaba caer en el asiento del conductor, Sakura se dejó caer a mi lado, con sus ojos esmeralda aún vidriosos de nuestro momento debajo de la bóveda

Levantando mi cigarrillo, inhalé una larga calada, luego eché la ceniza en el cenicero del salpicadero.

—¿A dónde vamos? —le pregunté, mirando hacia delante a través del parabrisas borroso con la lluvia—. No conozco Seattle todavía.

Sakura contuvo el aliento.

—Yo tampoco. Sólo puedo pensar en un solo lugar.

—¿Es privado, ya sabes, no está abarrotado de gente?

—Es pequeño.

Encendido el motor, apagué mi Marlboro cereza, encendí otro cigarrillo, y lo dejé reposar sobre mi labio inferior.

—Indícame.