Capítulo 16
SAKURA
Neji y Tenten fueron trasladados directamente a la unidad de obstetricia, tan pronto como llegamos. Tenten había comenzado a moverse ligeramente, sus dedos inquietos, y a soltar suaves gemidos entrecortados, pero eso era suficiente para darme esperanza de que iba a estar bien. Itachi y yo estacionamos el auto y nos dirigimos dentro, una enfermera nos dijo que fuéramos a la sala de espera.
Mientras caminaba aturdida, Itachi me guió a través de un laberinto de pasillos estériles, empecé a percatarme de las enfermeras y los médicos observaban con cautela a Itachi. Mantuvo la cabeza gacha, como si bloqueara todo, pero me di cuenta. Lo estaban juzgando. Estaban viendo los tatuajes en su rostro, brazos y manos intrincadamente entintados. Añadiendo esto al hecho de que era muy musculoso y formidable en tamaño, obviamente, lo consideraban peligroso.
Cada guardia de seguridad que nos cruzábamos, giraba su cabeza mientras Itachi caminaba, evaluándolo. Y con cada encuentro, me sentía más y más molesta. Mi mejor amiga apenas podía despertar, mi primo se estaba cayendo a pedazos y el hombre que había mantenido la calma y nos prestó su ayuda, era juzgado como amenaza por la gente en este hospital.
Sintiendo mis manos apretarse con frustración, mi corazón comenzó a acelerarse. Al pasar dos guardias de seguridad en un pasillo vacío, giraron sobre sus talones y comenzaron a seguirnos mientras caminábamos a la unidad donde se habían llevado a Tenten. Mis emociones estallaron, decidí que había tenido suficiente.
Dando la vuelta, me encontré con los ojos asombrados de los dos hombres y, con confianza, pregunté:
—¿Por qué nos siguen?
Permanecieron estoicos tratando de sostenerme la mirada. Cuando Itachi puso su mano en mi brazo para hacerme retroceder, sus ojos se centraron en él. Me rompió. La forma en que contemplaban a este hombre que se estaba convirtiendo rápidamente en mi mundo, que no había recibido nada más que caos y tragedia en su joven vida, bueno, destrozaba mi corazón.
Apartando mi brazo del agarre firme de Itachi, di un paso adelante imaginando cómo debía verme con mi cabello desordenado y rímel negro seco manchando mis mejillas.
—¿Es por él? —pregunté fríamente apuntando a Itachi, cuyo rostro no expresaba ninguna emoción.
—Sólo hacemos nuestro trabajo, señorita —respondió el mayor de los dos.
Me reí sin humor y di un paso adelante de nuevo.
—Bueno, antes de juzgar a mi novio, sepan que este hombre ha salvado la vida de una mujer embarazada que no podía despertar. Es un buen hombre. Tiene más talento en su dedo meñique del que ustedes dos podrían soñar. ¿Y sólo porque se ve de la forma en que lo hace, les parece oportuno vigilarnos, mientras nos dirigimos a saber si nuestra amiga va a estar bien? —susurré furiosa mientras sus rostros permanecían impasibles.
—La mia luce —dijo Itachi detrás de mí, su voz severa y baja—. Vieni qua. —Mi corazón se aceleró más y más rápido mientras me quedaba quieta, fulminándolos con la mirada. Entonces, la mano de Itachi cogió la mía, sorprendiéndome.
Mi mirada se dirigió automáticamente a nuestras manos unidas. Aspiré una bocanada de aire ante su exhibición pública de afecto.
Itachi nunca había sostenido mi mano. Nunca se acercaba a mí cuando había gente alrededor... no es como si estuviéramos realmente siempre cerca de personas, de todos modos, pero esta acción sorprendente me dejó sin palabras.
Itachi utilizó su poder sobre mi mano para atraerme a su pecho y pasó su mano libre por mi cabello. Nuestras miradas chocaron y susurró:
—Tenemos que ir arriba a ver a Tenten. Tenemos que encontrarnos con Tena y Shisui. No hagas esto, déjalo.
Las lágrimas llenaron mis ojos por lo tranquilo y comprensivo que era ante la manera en que la gente lo observaba sin siquiera conocerlo. No podía soportarlo. Valía mucho más de lo que la gente pensaba. Sí, tenía tatuajes de pandillas. Lucía siniestro y oscuro para la mayoría, pero era mucho más que la armadura que llevaba. ¡Quería gritar a los cuatro vientos que había mucho más! Era creativo, artístico... y, aunque trataba de retratarse a sí mismo de otro modo, era un buen hombre que se preocupaba por los suyos.
Le importaba... de alguna manera tenía que hacerle comprender también. Tenía que abrir una grieta en el muro que había construido a su alrededor.
Queriendo envolver mis brazos alrededor de su cuello y acercarlo, me resistí.
—Pero no debes permitir que te miren y te juzguen como un peligro. ¡No pueden hacer eso! ¡No es justo!
Los ojos de Itachi se cerraron un instante e inhaló.
—Saku —dijo mientras exhalaba despacio—. Que se jodan. Deja que nos sigan. No son nada para mí... Estoy acostumbrado...
Mientras una lágrima caía por mi mejilla ante esta injusticia, dejé que Itachi me alejara, mirando hacia arriba, a su rostro inexpresivo mientras sus dedos sostenían los míos con fuerza.
Estaba tan acostumbrado a ser despreciado por todos fuera de su pandilla que ni siquiera pestañeaba cuando ocurría, incluso cuando estaba tan fuera de lugar. En ese momento, entendí a este hombre tan cerrado un poco más.
Él no sabía cómo existir en este mundo día a día.
Se crió en un infame parque de caravanas en el lado equivocado de la ciudad. Era el hijo mayor de un padre alcohólico y violento, quien lo golpeaba a él y a su madre constantemente. Se unió a los Heighters cuando era un niño porque eso era todo lo que estaba a su disposición en ese momento... ¡pero sólo era un niño, joder! Condicionado a vivir de esa manera... cometió errores, grandes errores. Lo entendía, aunque todavía no podía comprender la mayoría de las cosas. Pero ya había cumplido su condena. Había sobrevivido a ser un objetivo, atacado en la cárcel por abandonar a su pandilla para salvar a sus hermanos. Sus hermanos, quienes no tenían idea de lo que había tenido que soportar para asegurarse de que pudieran escapar de sus vidas de mierda y ser libres. Y, a pesar de todo esto, este hombre perdido, cuya vida había sido tan injusta, había encontrado su vocación y cambió por completo con las simples herramientas de un martillo y un cincel.
Ya había influido en tantas vidas con su arte... incluida la mía. Todavía no se daba cuenta, pero había cambiado completamente mi vida en cada manera concebible.
Este hombre, que estaba agarrando mi mano como un tornillo para salvarme de meterme en problemas por defenderlo, merecía que la gente le diera una oportunidad. Estaba enfurecida de que aceptara con tanta indiferencia la conducta despectiva y el comportamiento hostil de la gente hacia él.
Arrastrando mis pies hasta frenarme, mis emociones empañando mi lógica, miré hacia atrás y me di cuenta de que los guardias de seguridad ya no estaban siguiéndonos. Itachi se había detenido también, su atención todavía estaba enfocada hacia adelante, pero pude ver su mandíbula moviéndose por debajo de su barba. Pude ver los músculos de su cuello tensados por la ira.
—¿Por qué dejas que la gente te trate de esa manera? —pregunté, escuchando el filo cortante alimentando mi voz.
Los músculos inferiores del cuello de Itachi se apretaron, sus brazos gruesos parecían aumentar de tamaño mientras cerraba los ojos fuertemente. Exhaló despacio por la nariz, para tranquilizarse, su piel oliva enrojecida.
Cuando no respondió nada, agregué:
—No es justo cómo te miran. Porque te ves así, asumen que eres un pandillero que sólo va a causar problemas. ¡Me enferma! —Todavía no respondió nada, así que me acerqué más e hice que me mirara a los ojos—. ¿Por qué te quedas en silencio? Di algo. ¡Por Dios! ¿Por qué no dices una puta palabra?
La mano de Itachi comenzó a lastimar la mía. Con un gruñido de frustración, dio la vuelta, arrastrándome por el pasillo vacío hasta que se detuvo frente una puerta con el cartel "Depósito".
Girando el picaporte, me hizo entrar y me soltó la mano. Comenzó a caminar de un lado a otro. Lo observé con cuidado, pero la adrenalina todavía estaba bombeando salvajemente en mi sangre.
Pasándome una mano por el rostro, pregunté:
—¿Por qué estamos aquí?
Itachi se quedó completamente quieto, girándose para mirarme, su rostro estaba retorciéndose de rabia. Pasó la mano por encima de mi hombro hasta la puerta y trabó la cerradura.
Usando su pecho, me empujo contra una estantería de metal.
—¿Crees que no me importa? —dijo entre dientes, en voz baja.
Tragué saliva... lo empujé hasta su punto de ruptura.
—¿No crees que cada vez que uno de esos maricas, como esos estúpidos guardias, me miran como si no fuera nada más que basura, no quiero darme la vuelta y hacerlos mierda? ¡Porque sí! Odio a todos, joder. Odio a la gente y sus actitudes de mierda del tipo "soy más que tú", la opinión que tienen de "este tipo va a lastimarme" cuando me ven caminar por la calle. Tengo una furia dentro de mí que estoy absolutamente seguro que nunca se irá, una furia que, si la desatara en idiotas como esos, terminaría cometiendo asesinato. Y los mataría, lo sé. No sería capaz de parar. ¡Porque eso es con lo que he estado luchando toda mi vida, idiotas como esos! Juzgándome y deseando desesperadamente que fracase para así desaparecer y ya no ser un problema de la sociedad.
—Itachi, eso no es verdad...
Levantando las manos a la estantería de metal, golpeó una contra el estante superior y gritó:
—¡Y, joder, no necesito que me defiendas!
Mis ojos se abrieron ampliamente y toda la ira que estaba conteniendo se disipó, solamente sentía tristeza arrastrándose mientras internalizaba sus palabras.
—No pude soportarlo. ¡No eres el hombre que ven! ¡Están tan equivocados sobre ti!
Itachi se rió en mi rostro, pero era una oscura risa burlona. Negó, mirándome como si fuera estúpida.
—¡No están equivocados! —bramó—. ¡Tienen razón! ¡Soy el hombre que ellos creen que soy! He sido ese hombre por tanto tiempo que no sé cómo ser otro. ¡Es solo que tú no te permites ver el verdadero yo! ¡Estás cegada por todo este arte, toda esta mierda de Tekka! —Se lanzó hacia adelante y acunó mi cara entre sus manos—. ¡Joder, despiértate, Saku! Soy Itachi Uchiha. Soy malo, no soy bueno para ti... ¡Por Dios! ¡Soy un jodido traficante de cocaína! Sigues tratando de creer que soy este tipo genial, mirándome con esos grandes ojos de gacela como si fuera tu sol, ¡pero soy lo opuesto! ¡Soy la medianoche! ¡Soy un puto eclipse que se roba la luz! ¡Se lo he hecho a todos en mi patética vida de mierda! ¡Mira a Shisui! ¡A Izuna! A mi mam...
La voz de Itachi se detuvo, quebrándose por la emoción mientras trataba de pronunciar el nombre de su madre. Palideció; incluso decir su nombre lo destrozaba irreparablemente.
Le afectaba...
—Eres más que eso —discutí, agarrándole el brazo y tirando para que diera la vuelta y me mirara—. No te atrevas a decirme toda esa mierda, Itachi. No a mí. —Respiré hondo entrecortadamente mientras me miraba con una expresión dura e inmóvil cincelada en su férreo rostro—. No te atrevas a hacer esto. El hombre con el que estoy es un buen hombre.
Sus manos agarraron su largo cabello.
—No tienes ni puta idea. Te gusta pensar que soy el reformado chico malo transformado en escultor al que le has dado tu corazón. La verdad es que no hay reparación para mí, Saku. Sólo escondo el demonio en mi interior, muy bien. Cuando fui a la cárcel, tuve que aprender a lidiar con la vida de allí muy rápido, maldita sea. Tuve que aprender a controlar la ira, o arriesgarme a ser asesinado. Tuve que fingir que era un buen chico, así podría conseguir salir vivo, joder... no tienes idea de cómo fue...
—Cállate —espeté. Los músculos de Itachi empezaron a crisparse por lo extremadamente tenso que se estaba poniendo debido a mi actitud.
—¿Qué cojones acabas de decir? —preguntó, apretando los dientes.
Sin miedo, me enfrenté a él, mirándole directamente a los ojos, y repetí:
—He dicho que te calles.
Itachi Uchiha se quedó allí, su enorme cuerpo irradiando ondas de pura amenaza, pero no me asustaba. Esto era lo que hacía. Intimidaba. Causaba temor. Ahuyentaba a la gente. Pero, en el fondo, era un niño pequeño asustado que no supo hacer otra cosa en la vida salvo pelear; pelear para proteger a su familia y los que amaba, pelear contra una sociedad que se había olvidado de él, que lo había dado de lado desde el nacimiento.
—Tienes que retroceder de una puta vez, Sakura. Ahora mismo. Te estoy advirtiendo —dijo, amenazante.
Lentamente, sacudí mi cabeza enterrando mi nerviosismo profundamente, así no se mostraría. Las fosas nasales de Itachi se ensancharon. Sabía que le tenía donde lo necesitaba. Él no tenía ni idea de qué hacer conmigo ahora mismo, ahora que estaba resistiéndome a sus típicamente exitosas formas de intimidación. Porque le conocía. No me lastimaría... podía verlo en sus ojos... podía sentirlo con cada latido de mi corazón.
—No voy a retroceder. No te dejaré hacer esto. —Lo empujé con fuerza.
Sus ojos se entrecerraron, unas pequeñas arrugas apareciendo en las comisuras de sus ojos.
—Déjame preguntarte algo. Y esta vez, realmente dame una respuesta —le pedí. Itachi me miró como un cazador mira a su presa, pero no iba a permitirme flaquear—. ¿Por qué empezaste a traficar con drogas para los Heighters? No por qué te uniste a la pandilla, eso lo sé, sino ¿por qué empezaste a traficar con cocaína cuando eras adulto?
En esta habitación silenciosa, escuché sus dientes rechinando. Podía ver su pulso acelerarse en su cuello. Sabía que esto era justo lo que necesitaba.
Necesitaba ver por sí mismo que no era inherentemente malo. Ser malo por naturaleza y tener malos impulsos en ti, eran cosas completamente diferentes.
—Respóndeme —espeté.
Apretando sus puños, siseó:
—Porque era parte de la pandilla y eso era lo que hacíamos para proteger nuestro territorio. Los mejores vendíamos la coca, el resto vigilaba a la policía, por la amenaza de nuestros rivales.
—Tonterías —le desafié. La furia prendió en sus ojos. Empujé su pecho—. Dime el verdadero motivo. ¿Por qué vendías tú drogas? No la pandilla, tú. ¿Por qué reclutaste a Shisui y Izuna en la pandilla, tan jóvenes?
—Por dinero —respondió con frialdad y un rayo de esperanza brotó en mi pecho. No me estaba mintiendo descaradamente, simplemente evadía la verdad.
—¿Dinero para qué? —continué.
Un destello de dolor atravesó su pétrea expresión. Sus ojos comenzaron a brillar.
—No —insistió. Esta vez, casi me detuve. Podía ver el dolor al que no quería enfrentarse saliendo a la superficie.
—¿Por qué, Itachi? —insistí, agarrando la tela de su camiseta con mis manos.
Permaneció en silencio. Estaba bastante segura de que no podía hablar.
—¿Fue para conseguir dinero para el tratamiento de tu madre después de que fuese diagnosticada con esclerosis lateral amiotrófica? ¿Fue para conseguir todo dinero que fuera posible para salvarla de tener que sufrir tanto dolor? ¿Fue para que no muriese en agonía? ¿Es por eso que necesitabas el dinero?
La boca de Itachi se entreabrió. Soltó una respiración entrecortada mientras una sola lágrima descendió por su rostro, con sus labios temblando ligeramente. En comprensión, las lágrimas cayeron por mis mejillas también. Itachi no lo sabía, pero había visto a su madre... estuve allí, en la habitación, cuando murió. Quería decírselo, pero sabía que no estaba listo para esa confesión todavía.
Pero no podía parar ahora. Había provocado una pequeña grieta en su impenetrable armadura; había llegado el maldito momento de que la armadura fuera derribada.
Era el momento de permitir entrar a la luz.
—Lo hiciste —dije con firmeza—. Metiste a tus hermanos en los Heighters porque no podías hacerlo tú solo. Necesitabas ayuda, pero te asustaba pedirla. No tenías a nadie, de todos modos. Estabas solo, eras "Itachi Uchiha" el hombre que los Heighters utilizaban para intimidar. El tipo que todas las pandillas rivales temían por encima de cualquiera. Por lo tanto, ¿cómo podrías pedir la ayuda de alguien cuando fuiste siempre el chico que no mostraba ninguna emoción o remordimiento? Sí, una parte de ti quería a Shisui y Izuna involucrados, porque amabas a esa pandilla. Eran tu familia. Te cubrieron cuando nadie más lo hizo. Matarían por ti, sin hacer preguntas. Estaban siempre allí cuando no había nadie más. Y querías ese sentimiento de familia para Shisui y Izuna. Porque los amas. Los amas más que a nada y a nadie en este mundo. Son todo lo que te queda y era la única manera que conocías para mantenerlos cerca e intentar salvar a tu madre al mismo tiempo. Pensaste que eso os mantendría a todos juntos como una familia.
El corazón de Itachi estaba palpitando contra su pecho mientras miraba por encima de mi cabeza, incapaz de mirarme a los ojos. Pero sabía que estaba escuchando, porque su mano agarró las mías y apretó con fuerza mis muñecas. Las sostenía como apoyo.
—Pero no pudiste salvar a tu madre —dije en un tono tranquilo y comprensivo, usando mi pulgar para acariciar suavemente la piel su mano—. Los Heighters estaban arruinando la vida de Shisui y Izuna. Te fugaste de la policía cuando Kamiruzu tuvo una sobredosis, e impropio de ti, dejaste a Shisui y Izuna que lidiaran con los últimos días de tu madre. Pero regresaste y salvaste a Shisui de ir a la cárcel. Volviste para salvar a tus hermanos por encima de la pandilla que había sido tu única verdadera familia durante tanto tiempo. Porque lo hiciste todo por la familia. Todo lo que haces es por la familia. Una y otra vez, has sacrificado tu oportunidad de ser feliz para que ellos tengan la suya. —Deslicé mis manos alrededor de su cuello y tracé la larga cicatriz, la de la cuchillada que casi lo mató—. Has sufrido cinco malditos años por tus hermanos. Y, aunque has encontrado la pasión de tu vida dentro de esa pesadilla, tus esculturas gritan desesperadas súplicas de perdón. Son culpables y atormentados gritos de dolor... profunda pena... profunda angustia y tristeza por las cosas que crees que no puedes superar... o afrontar...
Me estaba refiriendo específicamente al ángel de mármol. Todavía era la única pieza terminada que nunca me explicó. Pero sabía acerca de qué trataba el ángel. El doble rostro roto y el ángel liberado era su madre.
—Saku... —susurró, sus manos temblado mientras me sostenían.
Curvando mi palma para descansar en su mejilla, le dije:
—Te conozco, Itachi Uchiha, querido. No eres el villano en esta historia, eres el maravillosamente imperfecto héroe. El héroe en la oscuridad, que ha estado sacrificándose durante toda la vida por los demás, para que estuvieran a salvo... y lo hiciste plenamente consciente de que nunca nadie lo sabría. Pero yo lo sé y no me importa lo que cualquiera piense de mí por entregarte mi corazón.
—Todos lo van a saber ahora —dijo con aspereza, su voz sonando como si se hubiera tragado metros de alambre de púas—. Tus amigos, mis hermanos, todos sabrán que estamos juntos después de esto, después de esta noche... y no van a entender por qué. Cuando toda esta mierda con Tenten se arregle, van a intentar convencerte de que me dejes. Van a querer separarnos.
Ladeando la cabeza, pude ver el dolor y la aprensión... ¿y eso fue... miedo, en su voz? La comprensión calentó mi alma... no quería perderme. Mi corazón se llenó de tanto amor que apenas podía respirar... él no quería perderme...
Avanzando hacia su boca lentamente, rocé mis labios por los suyos, escuchándole suspirar con ese mismo sentimiento que siempre sacudía nuestros cuerpos cuando nos tocábamos.
—Rayo... —susurré contra su cálida boca, incapaz de detener mi sonrisa.
—¿Qué? —preguntó mientras su mano acariciaba mi espalda.
Sonreí ampliamente, la acción provocándole inhalar una respiración rápida.
—Relámpago —esclarecí—. Juntos, provocamos... relámpagos... es la única manera en que puedo explicar la sensación que me atraviesa cuando te veo, cuando hablo contigo... te toco... hago el amor contigo...
Itachi se quedó en silencio ante mis palabras, hasta que su mano se envolvió con fuerza alrededor de mi cintura.
—Fulmine —tradujo al italiano. Mis piernas flaquearon ante su pronunciación perfecta, ante tan hermoso lenguaje deslizándose de sus labios—. Si... —dijo en un suspiro profundo— La mia fulmine... la mia luce…
La mia fulmine... la mia luce…: «Mi relámpago. Mi luz».
—Bésame —dije.
Itachi nos presionó más cerca, fusionando nuestros cuerpos una vez más.
Nuestros labios vagaron a lo largo de las mejillas y el cuello hasta que al fin se encontraron en un beso sensual... el más perfecto beso suave. Más fue dicho en este único beso que en nuestras interminables noches de hacer el amor.
Cuando nuestros labios se separaron, nuestras respiraciones se volvieron fuertes, le aseguré a Itachi:
—Nadie puede hacer que te deje. No me importa lo que digan. Eres mío, todo mío. Tus problemas son mis problemas. Tus pecados son ahora mis pecados.
Itachi sacudió la cabeza como si no pudiera creer lo que acababa de prometer. Levantó la mano, girando mi brazo para besar el interior de mi muñeca.
—Eres mi sacramento. El agua bendita que mi madre usaba para consagrarme, una plegaria de bendición deslizándose de sus labios, y, ahora, corre por tus venas... —Dejó caer mi brazo y recogió mis lágrimas con sus pulgares, chupándolas con su boca. Cuando sus labios liberaron la almohadilla de su pulgar, finalizó—... cae con cada lágrima que derramaste por mí.
—Itachi —sollocé en voz baja. Me dio un beso en ambas mejillas antes de envolverme en sus brazos. Fue un sencillo abrazo. Un abrazo que la mayoría de las parejas inocentemente comparten casi distraídamente, pero Itachi nunca me había permitido antes compartir un acto tan amoroso.
Significaba algo... no, significaba todo... significaba que me había dejado entrar... finalmente.
Cuando envolví mis brazos alrededor de su cintura y me derretí contra su pecho, me dijo:
—Eres mi renacimiento.
Casi ahogándose al final de la frase, me apretó más fuerte. Fruncí el ceño ante lo que le tenía tan molesto, cuando se abrió a mí... sobre el tema que nunca había podido hablar antes de este momento.
—Eres el deseo que mi... mamma... tenía para mi oscurecida alma... lo que ella me decía todas las noches antes de dejarla para traficar... io prego perché tu possa trovare la tua luce, mio figlio smarrito... rezo para que encuentres tu luz, mi hijo perdido...
El dolor me embargó ante el afilado y desolado timbre de su voz. Lloré. Con palabras tan conmovedoras, ¿cómo no iba a hacerlo?
Itachi besó mi cabeza y añadió:
—Y la he encontrado, carina. La mia fulmine... la mia luce... la mia vita... la única persona que ve mi reflejo nítido en el empañado espejo que es mi vida.
