Cuando la voz que siempre suena por los altoparlantes anuncia que tenemos que enfrentarnos... A nuestras respectivas parejas, miro al chico frente a mí. Un rubiecito que elegí porque, con su rostro aniñado y sonrisa amable, nadie más quiso elegirlo. Me sorprende que siga vivo hasta ahora, después de que cientos y cientos hayan muerto.
-Oh, vaya, parece que tenemos que matarnos entre nosotros... ¿Cómo te llamas?- (¿De verdad está preguntándome eso en un momento como este?)
-¿Qué vamos a jugar?- Digo fría. Los asesinos vestidos de rojo nos observan desde detrás de sus máscaras.
-Oh vamos, ¿Por qué la prisa? Por favor, dime tu nombre- Se obstina.
-¿Por qué quieres saberlo?- Mis ojos fijos en los suyos, de un tono verde esmeralda.
-Para llamarte por tu nombre, claro. Oye, hagamos un trato. Si tú me dices tu nombre, yo te diré el mío, ¿Qué dices?- El joven me tiende una mano que no tomo.
-¿Cómo vamos a apostar las canicas, veintidós?- Lo llamo por el número que lleva su camiseta.
-No me llamo veintidós- Se queja como si fuera un niño. ¿Acaso no entiende la gravedad de todo este asunto? Uno de los dos morirá hoy, en menos de media hora, cuando el maldito juego termine.
-Tengo una idea mejor que todo esto- Empieza.
-No, no digas diciendo estupideces. Lo interrumpo con brusquedad. La ansiedad me está volviendo loca, al igual que a muchos a mi alrededor.
-Vamos, lady no identificada, te gustará-
-¿Cómo me llamaste?- Me indigno.
-Escucha, no tenemos porqué jugar muchas rondas. El suspenso sería demasiado. ¿No lo crees?-
-Veintidós...- Digo, mirándolo con el ceño fruncido y cruzándome de brazos. Me duelen las piernas por seguir de pie, así que me siento en el suelo. El rubiecito que debería matar si quiero seguir con vida me imita. No quiero hacer esto. Pero ¿Acaso tengo otra opción? ¿Alguna vez tuve opción desde que empezó esta locura de los juegos? Estoy atrapada en esta torcida versión del mundo. Lo supe desde que la sangre del primer participante manchó el suelo... y salpicó mi ropa.
-Juguemos una única ronda, apostaremos todas las canicas de una sola vez- Propone, y yo lo miro extrañada. (Seguro trama algo. Todo esto del niño inofensivo y parlanchín no es más que una pantomima, una treta. Manten los ojos bien abiertos, Marinette) Me digo a mí misma.
-Suponiendo que te hiciera caso y confiara en ti, ¿Qué haríamos mientras tanto?-
-Pues platicar, supongo. Oye, ¿No confías en mí?- El chico parece ofendido.
-Oh, no te lo tomes personal, no confío en ninguna persona- (¿Platicar? ¿Qué clase de idea estúpida es esa?)
Se hace el silencio por unos minutos pero, para variar, el de ojos verdes lo rompe.
-Te entiendo, créeme. Sé que suena a cliché pero yo era así antes-
Planeaba mantenerme callada hasta el momento de jugar, pero me pica la curiosidad.
-¿Antes?-
-Cuando descubrí que mi padre en realidad era un mafioso encubierto. Él siempre estaba ocupado, nunca tuvo tiempo para mí, pero yo no sabía qué hacía exactamente. Me quedé helada. No esperaba algo así.
-Oh...
-Y tú, ya sabes, habías visto morir a alguien antes de venir aquí?-
Yo niego con la cabeza. Mi vida fuera de este lugar de pesadilla no es perfecta, mi familia acumula deudas impagables y amenazan con quitarnos todo lo que tenemos, pero nunca había presenciado nada como lo que pasa aquí.
-Yo sí. A mi madre- Su voz suena profundamente triste.
-Ella, ella murió el año pasado- Sus ojos se llenan de lágrimas.
-Lo siento mucho, eh...- (Ahora sí me gustaría saber su nombre) pienso
-Veintidós- Me da una sonrisa apagada.
Yo me quedo callada. De todos modos, uno de los dos va a morir. Mejor si no sabemos mucho sobre nosotros. ¿No? Pero el chico sigue hablando, mientras los minutos transcurren sin piedad en el reloj gigante de este juego macabro.
-No te preocupes, hablemos de algo más alegre- Pongo mala cara.
-Como, eh, ¿Qué te gustaría hacer si ganas, lady no identificada?-
-¡Ya deja de llamarme así! ¿Cómo que que me gustaría hacer?-
-Cuando salgas, cuando salgamos de aquí. ¿Qué harías con todo ese dinero?-
-La verdad no lo he pensado, y ¿Qué sentido tiene platicar si vamos a morir, veintidós?-
-Exactamente ese sentido. Tú y yo no volveremos a hablar después de hoy, así que creo que podemos aprovechar la oportunidad para, no lo sé, para contarnos cosas que no le diríamos a nadie más-
Vuelve a sorprenderme su respuesta. Tengo que admitir que tiene sentido.
Suspiro resignada.
-Bien, ¿Qué quieres saber?-
-Lo que tú quieras decirme, compañera-
-¿Cómo llegaste aquí?- Dice él. Decido abrirme a una persona por primera vez desde que llegué a este lugar. Sus ojos, la calma que transmite su mirada esmeralda, es como si me invitara a acercarme, a bajar la guardia, a confiar.
-Mi familia contrajo muchas deudas. Tenemos una pequeña panadería y cuando las ventas empezaron a ir mal, mis padres pidieron algunos préstamos. Al no poder pagarlos, los intereses subieron más y más y ahora, ahora nos amenazan con quitarnos la casa junto con todas nuestras pertenencias y dejarnos en la calle, fue entonces cuando alguien deslizó esa tarjeta por debajo de la puerta-
-Oh, vaya, es una situación muy complicada- Yo asiento, alicaída.
-Así que tienes una panadería. A mí me encantan los croissants. Mi padre y su asistente me los prohíben, pero a veces me como algunos a escondidas. ¡Incluso rellenos con chocolate!- El rubiecito sonríe mientras describe su comida favorita, emocionado como un niño. Por un momento, con su cercanía, me siento diferente. Como si no estuviera atrapada en una organizada masacre a sangre fría, encerrada con un montón de extraños. Sólo puedo ver al chico de ojos verdes y sonrisa contagiosa, mi corazón puede sentir su calidez... y da un vuelco doloroso en mi pecho cuando recuerdo que tengo que ganarle en un estúpido juego de canicas y ver cómo lo matan de un disparo en la cabeza.
-... pero los mejores son los de mantequilla derretida, definitivamente. Cuando salgamos de aquí tienes que llevarme a conocer tu panadería y podríamos ir juntos al cine, o salir a tomar un café ¿Te gusta el café?- Sigue diciendo él. Frente a mí hay un chico de mi edad, apuesto y simpático al que le gustaría salir conmigo, pero no puedo evitar pensar que, en quince minutos para ser exactos, va a estar muerto. (No sientas, no sientas, no sientas, por favor) Me digo a mí misma.
-No- Recupero mi frialdad anterior, pero por dentro estoy llorando a gritos. Aunque los tipos de las máscaras y su líder me traten como basura desechable y no tengan respeto ni consideración alguna por mi vida, sigo siendo un ser humano.
-Lo siento, hablo demasiado, ¿Verdad? Eso es lo que siempre dice mi padre, bueno, lo que decía antes de que lo enviaran a prisión perpetua- Se me rompe el corazón al escucharlo.
-Perdón, lo estoy haciendo otra vez- Vuelve a disculparse. (Él también es un ser humano, estúpida niña egoísta) Me reprocha mi conciencia y, en un arrebato de locura, olvidándome del juego, de las muertes, de los disparos que resuenan a mi alrededor, abrazo al chico sentado a mi lado, que jadea, tomado por sorpresa. Se queda estático.
-Ya deja de disculparte, veinti... Lo siento, no eres un estúpido número. Eres una persona, y no hablas demasiado, a mí me gusta escucharte- Afirmo y luego lo suelto. En cuanto lo estreché entre mis brazos, sentí... algo. Como una corriente eléctrica que me recorre de pies a cabeza. Nunca había sentido nada similar. Jamás. La cara me arde mientras él me mira y sonríe. Sus ojos verdes se iluminan con mis palabras y el corazón se me acelera, dolorosamente. Miro el reloj, que me devuelve bruscamente a la realidad. Quedan apenas diez minutos. No!
-Cosas, cosas que no le contaría a nadie. Me preguntaste qué quiero hacer cuando salga de aquí. Yo, cielos tengo muchos sueños. Quiero ser diseñadora de modas desde pequeña, pero jamás se lo he dicho a nadie porque quiero, bueno, quiero ser rica y famosa y todo eso y me da, me da miedo que se rían de mí porque yo, yo soy muy torpe y siempre he sido de clase más bien baja. Tengo miedo de que me digan que no seré capaz de hacerlo pero quiero, quiero ser alguien importante, quiero ayudar a mamá y papá, quiero dejar una, una huella en este mundo... (Quiero salvarte, quiero que exista una manera) Pienso, pero no verbalizo ese último pensamiento, tan inoportuno como mi corazón acelerado mientras me quedo sin aliento por decir tantas cosas juntas. El chico me mira como deslumbrado por mis palabras. Hay una curiosa melancolía en sus ojos cuando me vuelve a dirigir la palabra.
-Yo...no-
-¿Qué?- Lo miro, inclinando la cabeza hacia un costado, sin terminar de entender nada.
-Yo no tengo ningún sueño. No tuve lo que tú llamarías una infancia, ¿Sabes? Mi padre siempre llevó adelante uns empresa de diseño de indumentaria, como, eh, tapadera de sus verdaderos negocios- Yo asiento, escuchándolo atentamente, apoyo la barbilla en la palma de una mano.
-He tenido que ser modelo desde muy pequeño. Era casi como los juegos, pero sin la, ya sabes, la parte sangrienta. Me refiero a que estoy, estaba atrapado. No tenía opción. Nunca tuve opción. No podía salir a jugar como los demás niños. Nunca fui a la escuela, me educan en la mansión, en casa. Tampoco tuve ningún amigo, hasta hoy- Él me sonríe. (Pobrecito, lo que me cuenta es horrible ¿De verdad este chico me considera su amiga? Dios mío. No quiero que nada malo le pase... Pero mi propia vida está en juego)
-Cinco minutos, señorita desconocida, tenemos que jugar esa única ronda-
Yo me pongo de pie con dificultad, me tiemblan las piernas mientras tomo su mano, que él me extiende para ayudarme a levantarme. -Elige tú el, el juego- Le digo.
-Está bien. Haremos algo sencillo. Vamos a lanzar una canica. El que la lance más lejos gana. Apuntémosle a ese muro- Un dedo índice fino y delicado señala una pared a unos cinco pasos de nosotros.
-De acuerdo- (No, no quiero que nada malo le pase)
-Las damas primero, señorita...-
-Marinette- Lo interrumpo.
-¿Q-qué?-
-Mi nombre es Marinette Dupain-cheng-
-Oh, qué bonito nombre. Ahora tengo que cumplir mi promesa. Yo soy un hombre de palabra- Él se lleva una mano al pecho solemnemente. (Si tú me dices tu nombre yo te diré el mío, ¿Qué dices?) Recuerdo que me dijo.
-Me llamo Adrien Agreste-
-Es, es un hermoso nombre- Siento que el corazón se me va a salir del pecho mientras con dedos temblorosos sostengo la maldita canica y la lanzo con muy poca fuerza. Si bien avanza algo, no es demasiado. Quiero que Adrien gane. No quiero que muera.
Veo que está por lanzar y me aferro a su brazo, la ansiedad me está haciendo daño.
-Espera, por favor, Adrien, cuéntame, cuéntame algo más sobre ti- Suplico. Él me da una sonrisa dulce, como si intentara tranquilizarme.
-Me gusta mucho tocar el piano, y también estudio chino, esgrima... Oh, y juego videojuegos-
Los ojos se me llenan de lágrimas al comprender cuánto me gustaría poder quedarme charlando con él para siempre.
-¿Videojuegos? Yo también. Oye, conoces el, el Ultimate Mecha Strike III?
-Es mi juego favorito- Él suspira profundamente, sostiene la canica entre sus largos dedos de artista y comprendo que ya no puedo retenerlo. La maldita cosa cae al suelo y... no avanza casi nada. Gané. (No, no, no, por favor, no) Nunca, jamás sobrevivir había tenido un sabor tan amargo.
La impotencia se mezcla con furia y lo agarro del cuello de la campera azul que lleva el número 22 impreso detrás, presionando su espalda contra el mismo muro que indicaba la línea de meta.
El sonido de muchos disparos casi en simultáneo me taladra los oídos.. y Adrien es el siguiente.
-¿¡Por qué hiciste eso?! Vuelve a tirar! ¡¡¡Vamos, vuelve a tirar!!!
-No lo haré, Marinette- Dice con la voz más tranquila y serena del mundo.
-¿Este era tu plan? ¿¡Éste era tu estúpido plan desde el principio?!-
-Tú tienes algo por lo que vivir. Yo llevo preguntándome qué voy a hacer si logro salir... desde que entré, y aún no se me ocurre nada. No tengo ningún sueño ¿Recuerdas? No puedo recuperar a mamá. Sacaría a papá de la cárcel, pero le ha hecho daño a muchísimas personas. Yo incluído. No sería lo más inteligente...- Los asesinos de capucha y traje rojo se agolpan a nuestros costados. Nos están rodeando. No. No. No... No!!!
-¿Quién perdió?- Dice uno de ellos, casi nunca hablan. Me estremezco al oír la voz robótica y profunda.
-Yo, señor- Dice Adrien antes de que pueda decir nada.
-No! Por favor, no hagas esto, Adrien. Déjame morir a mí. ¡¡¡Yo perdí!!! ¡¡¡Yo perdí!!! Empiezo a desgañitarme gritando, pero no sirve de nada.
El chico, el rubiecito de ojos esmeralda. El chico triste, solitario, incomprendido, parlanchín y glotón. Dulce y sincero. Noble y educado. Demasiado noble. Tanto que, con una última sonrisa, amable y tranquilizadora en su rostro, se aleja de mí y se sitúa frente a los verdugos, que le apuntan con sus armas. ¡¡¡No!!!
-Adiós, Marinette. Y gracias, gracias por ser mi amiga- Me veo reflejada por última vez en sus esmeraldas, que se llenan de lágrimas y entonces... Los disparos le llueven de todos lados. Lo asesinan como a todos los demás, a sangre fría, a quema ropa. Me quedo paralizada en el lugar, después caigo al suelo de rodillas y rompo en llanto. Veo su cabello rubio manchado de rojo y maldigo a todos en este maldito lugar. Maldigo mi propia existencia. Maldigo mi propia vida. Maldigo que sean capaces de matar a alguien como el joven que conocí. Los asesinos se retiran, y cuando vienen a llevarse el cuerpo me le tiro encima, abrazándolo con todas mis fuerzas. Tantas que tienen que arrastrarme por el suelo para lograr que lo suelte. Pero no hay nada que pueda hacer.
-Participante número veintidós, eliminado- Anuncia la voz por los altoparlantes.
Adrien Agreste está muerto.
