EL BESO DEL DEMENTOR

Por Cris Snape


Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.

Este fic participa en la actividad multifandom del foro Alas Negras, Palabras Negras.


Tabla 3: Escénica. Prompt: Dejarse ayudar.

Tabla 7: Personajes. Prompt: Dos personajes que no se conocen.

Tabla 8: Técnica. Prompt: Tragedia.


Teddy solloza amargamente. Un enfermero jovencito, con la cara llena de pecas y el pelo castaño, procura distraerlo con un dragón de juguete mientras la sanadora, que lleva gafas y tiene los labios fruncidos, extrae el aguijón de la abeja de su dedito. La herida no es grave, pero el bebé tendrá el lugar inflamado durante unas horas. Andrómeda coge el vial con la poción que debe administrarle y acomoda a Teddy en su cadera. Por norma general, el pequeño es nervioso y alegre, pero ese día se sorbe los mocos y apoya la cabeza en su hombro, agotado después del tremendo disgusto que se ha llevado.

Andrómeda piensa en que tendrá que disimular el sabor de la poción utilizando un poco de leche chocolatada. A su querida Dora le encantaba de pequeña. Teddy ha heredado muchas cosas de ella, como la nariz respingona y las manos regordetas. Y sus habilidades como metamorfomago, por supuesto. El bebé sólo tiene un año de vida y aún está prendiendo a modificar su aspecto a placer, pero hay cosas que le gustan, como llevar el pelo azul y, de cuando en cuando, ponerse un adorable hociquito de conejo en el lugar de la nariz.

Le acaricia la espalda cuando solloza otra vez. Pobrecito Teddy. Le da un beso en la sien y le promete que llamarán a su padrino para jugar por la tarde. Harry seguro que le reprocha no haberle avisado para acompañarlos al hospital. Andrómeda sabrá bien como esquivar sus quejas. Piensa en todo ello mientras recorre la primera planta del hospital. Se detiene justo frente al ascensor. De pronto, siente que el corazón está a punto de salírsele por la boca.

No se espera aquel encuentro. Hace muchísimo tiempo que no ve a Lucius Malfoy, que está postrado en una silla de ruedas, con los ojos vacíos de vida y la baba resbalando por su barbilla. Lo mira sin poder reaccionar y recuerda las noticias que leyó en El Profeta semanas atrás en relación con los juicios de aquella familia. Se estremece casi sin querer y, al alzar la vista, ve a un joven delgadísimo y muy pálido que aferra la silla de ruedas. Debe tratarse de Draco, su sobrino.

Andrómeda lo ha visto por el barrio mágico en más de una ocasión. Es tan parecido a su padre que resulta inconfundible. Sin embargo, nunca han sido presentados formalmente. Después de todo, cuando abandonó el seno de la familia Black se alejó de todo su pasado, Narcissa incluida. Si alguna vez se planteó la posibilidad de hablar con ella, ya es tarde para hacerlo. Su hermana fue condenada a cadena perpetua en Azkaban. A Lucius le impusieron el beso del dementor. Draco fue el único que salió airoso. Y ahí está, con la espalda encorvada como si cargara el peso del universo sobre sus hombros. Puede adivinar el dolor que siente, la soledad que le embarga y durante un instante está a punto de decirle algo, hasta que recuerda sus propios dolor y soledad. Siente el calor de Teddy en su cuello y se hace a un lado para que Draco pueda salir.

Le observa antes de meterse en el ascensor, decidida a seguir con su vida como si nada hubiera pasado. Hace mucho que dejó de ser una Black. Lo único que importa es cuidar de su nieto. Nada más.


A Teddy ya se le ha olvidado la picadura de la abeja. Está sentado en el suelo, riendo con deleite mientras Harry le hace mil carantoñas. Le gusta ver a su nieto con el joven mago. Harry es un chico de gran valía. Más allá de sus logros pasados, trata a Teddy con amor desbordante. Juega con él, le cambia los pañales, le da de comer y se inventa cuentos sobre lobos buenos y haditas que cambian de forma. Andrómeda casi se fía de él para dejarlo a solas con el niño.

Esa tarde ha preparado té y galletas de mantequilla. Harry deja al bebé entretenido con unos muñecos de peluche y se sienta frente a ella, sonriente y con las mejillas un poco rojas. Se coloca las gafas y se echa a la boca la primera galleta. A veces parece mucho mayor de lo que es.

—¿Hay que darle más pociones? —inquiere, refiriéndose al niño.

—No si el dedo no vuelve a inflamarse. No creo que vaya a pasar.

Harry le ha revisado las manos con cuidado en cuanto se ha enterado del incidente.

—Bien, mejor. Las galletas están riquísimas.

—Si quieres, puedo enseñarte a prepararlas.

—¡Uhm! No se me da bien cocinar.

—¿Lo has intentado siquiera?

Harry se encoge de hombros y sonríe con expresión culpable.

—Si vas a vivir solo, deberías aprender. No puedes esperar que Molly Weasley te alimente durante el resto de tu vida.

—No es mal plan. Seguro que entre ella y Kreacher me mantienen bien nutrido.

Se contiene para no poner los ojos en blanco. Un año después del final de la guerra, Harry Potter no sabe qué hacer con su vida. No regresó a Hogwarts para terminar sus estudios. No aceptó el puesto en el Departamento de Aurores. Se limitó a instalarse en Grimmauld Place para, supuestamente, meditar. Tampoco tiene prisa. Su bóveda acorazada de Gringotts está repleta de galeones, heredados de los Potter y de los Black. Y siempre ha estado sometido a mucho estrés, ¿por qué no divertirse un poco?

—Te daré la receta de todos modos. Por si quieres entretenerte.

Teddy ha gateado hasta agarrarse a los bajos del pantalón de Harry, que lo ha acomodado sobre sus rodillas y juega al caballito con él. Andrómeda suspira. En ocasiones, se siente presa de cierto agotamiento vital. Sabe que no ha tenido tiempo para llorar debidamente a su hija y a su marido, incluso a su yerno. Debe mantenerse fuerte por Teddy, pero no siempre pueden alzar en alto sus defensas. Las palabras le sorprenden incluso a ella.

—He visto a Draco Malfoy en San Mungo. Acompañaba a su padre.

Harry frunce el ceño un instante y asiente. Es obvio que encuentra desagradable tratar ciertos temas frente a Teddy.

—A Lucius Malfoy le dieron el beso del dementor la semana pasada. Draco solicitó al Wizengamot que le permitieran ingresarlo en San Mungo ahora que es, ya sabes, un cascarón vacío.

Andrómeda menea la cabeza. No siente compasión por ese individuo. Al fin y al cabo, él tuvo opciones para decidir sobre su futuro y siempre eligió lo peor. A su pobre Ted lo asesinaron sin darle ninguna oportunidad.

—Creo que su primera intención fue llevárselo a su casa, pero ya no vive en la mansión.

A los Malfoy también les expropiaron sus bienes. Que su dinero sirva para compensar parte del daño que hicieron.

—¿Cuánto tiempo crees que logrará sobrevivir?

La pregunta de Harry la sorprende.

—Depende de los cuidados que reciba a partir de ahora. Si lo tratan bien, varios años.

Harry se queda callado. Eleva a Teddy en el aire y le hace cosquillas en la tripa.

—Deberían abolir el beso del dementor —dice al cabo de un rato—. A Sirius estuvieron a punto de quitarle el alma. Es una salvajada. Y me pregunto otra cosa.

Andrómeda le mira con curiosidad.

—¿Qué pasa con esas almas, Andrómeda? Si las absorbe del dementor, ¿pueden pasar al otro lado o se quedan atrapadas dentro de esa criatura?

Su primer impulso es afirmar que sí, que traspasan el velo y se reúnen con todas las demás, pero comprende que en realidad no lo sabe. Por eso no dice nada. Es Harry el que suspira, un tanto lastimeramente.

—Nadie se merece sufrir un castigo eterno. Es muy injusto.

Después de eso, permanecen en silencio. Harry piensa en que, tal vez, haya descubierto qué quiere hacer con su vida. Andrómeda no puede evitar alegrarse de que a Narcissa le perdonaran su vida. Azkaban no es un parque de recreo, pero al menos conservará el alma.


Cuando le preguntan por qué quiere visitar a Narcissa Malfoy, Andrómeda tiene que hacer un gran esfuerzo para no responder una grosería. Al final, opta por decir la verdad.

—Es mi hermana.

Una de las primeras cosas que hizo el nuevo gobierno mágico fue permitir las visita a los presos de Azkaban. Andrómeda no duda de que tengan intenciones ocultas. Seguro que escuchan las conversaciones entre los reos y sus familiares para encontrar pistas acerca del paradero de mortífagos unidos o descubrir patrimonios ocultos. En realidad, no le importa. Es celosa de su intimidad, pero está dispuesta a aceptar las reglas del juego.

El guardia la lleva hasta un cuartucho pequeño, oscuro y húmedo. Se supone que es uno de los más cómodos de la prisión. Se sienta sobre una silla de madera y aguarda hasta que traen a su hermana. Narcissa tiene el pelo rubio sucio, pero no ha perdido ni un ápice de su altanería. La mira con sorpresa y se acomoda frente a ella. Andrómeda habla primero.

—¿Cómo estás?

Después de media vida sin dirigirse la palabra, es una pregunta un tanto estúpida. Narcissa no le responde. Tampoco hace falta. No le quita ojo de encima. Los tendones del cuello se le marcan.

—¿Qué haces aquí?

—Quiero verte.

—¿Por qué?

—No lo sé.

Es sincera. Se siente estúpida y torpe. Una parte de sí misma le grita que está traicionando la memoria de todos sus seres queridos. Narcissa había odiado a Ted. Nunca habló con Dora. Despreciaba a Lupin. ¿Qué dirán ellos cuando la vean ahí sentada, frente a alguien que colaboró para que fueran asesinados?

—Siento lo que le ha pasado a tu marido —dice de sopetón. En esencia, es verdad.

—Lo dudo mucho.

Ha reflexionado mucho sobre lo que Harry dijo. Está de acuerdo con él.

—Nadie merece que le quiten su alma, Narcissa. Lo lamento.

La ve apretar los dientes. Está muy delgada, aunque no tanto como Draco. Puede notar como la analiza durante un buen rato, intentando descifrar un enigma que ni la propia Andrómeda es capaz de explicar.

—Yo siento que perdieras a tu hija.

No le habla de Ted. Ni de Remus. Bien. Es una buena forma de empezar, siendo honestas la una con la otra. Andrómeda sonríe y no se lo piensa dos veces a la hora de sacar una fotografía de entre los pliegues de su túnica. Siempre la lleva consigo, cerca del corazón.

—Tengo un nieto. Se llama Teddy.

Narcissa mira la imagen y también sonríe. Solo un ser monstruoso no se sentiría enternecido por el pequeño bebé.

—Insisto, Andrómeda. ¿Por qué has venido?

Suspira. De pronto, las ideas se le aclaran y conoce la respuesta.

—Porque las dos hemos perdido demasiado durante esta guerra y, pese a todo lo que nos separa, estoy dispuesta a hacer un esfuerzo para estrechar lazos. Si tú quieres.

Narcissa no le dice nada, pero tampoco le pide que se marche. La visita dura media hora y, durante ese tiempo, no deja de mirar la fotografía de Teddy.

Andrómeda no sabe si ir hasta allí servirá para algo, pero no se arrepiente de haberlo hecho.


Que Draco Malfoy se presente en su casa a las tres de la tarde no le supone ninguna sorpresa. Están a mediados de agosto. Ha visitado a Narcissa hasta en tres ocasiones y es normal que quiera pedirle explicaciones. Andrómeda le abre la puerta y le invita a entrar, hablándole en voz baja.

—Teddy se acaba de dormir la siesta. Ni se te ocurra despertarlo.

Le habla como si lo conociera de toda la vida, aunque aquellas sean las primeras palabras que intercambian. El muchacho le echa un vistazo al niño, que descansa en una alfombra en el suelo. Es un lugar fresco y agradable. Teddy adora estar allí.

—Teddy es mi nieto. Es hijo de tu prima y de Remus Lupin.

—¿Es un…?

No termina la frase. Andrómeda casi puede oler su miedo y está a punto de enfadarse.

—La licantropía no es hereditaria, Malfoy.

—Yo no quería decir que…

Carraspea ruidosamente. Se pasa la mano por el pelo y se queda ahí plantado, sin saber qué hacer o decir. Andrómeda le ofrece algo de beber y acepta una refrescante limonada. Le invita a tomar asiento. Teddy gruñe, se remueve y se queda apoyado sobre la cabeza y con el culo en pompa.

—¿Está cómodo así?

—Si no se despierta, yo diría que sí.

Le parece que Draco sonríe. Andrómeda decide tomar las riendas de la conversación.

—Así que has decidido venir a visitar a tu tía Andrómeda.

—Quiero saber por qué has ido a Azkaban.

—Pues para visitar a mi hermana, ¿no es evidente?

—Ya. ¿Por qué?

—Por razones que no son de tu incumbencia.

El chico no le quita ojo de encima a Teddy. No ha debido tratar con muchos bebés a lo largo de su vida.

—A mi madre le gusta que vayas. Por eso estoy aquí. Ella me sugirió que hablara contigo. Dice que ahora sólo nos tenemos el uno al otro.

Andrómeda asiente. Teddy se deja caer hacia un lado. Siempre se mueve mucho durante las siestas, pero de todas formas duerme como un ceporro.

—Y a Teddy.

Draco se relaja bastante ante ese comentario. Incluso sonríe un poco.

—Tiene el pelo azul.

—Porque es un metamoformago. Como su madre.

Otra vez se pone tenso.

—Siento lo que le pasó. La tía Bella era una mala persona.

No merece la pena hablar sobre esa hermana en particular. Andrómeda se alegra de que esté muerta. De otro modo, tendría que haberla aniquilado en persona y, entonces, Teddy se hubiera quedado solo. Suspira, más consciente que nunca de todas las barreras que existen entre ese muchacho y ella. Barreras que está preparada para derribar.

—Mira, Draco. Los dos hemos perdido a nuestras familias. Tú eres mi sobrino. Creo que tenemos una oportunidad de hacernos compañía, pero hay condiciones. No quiero que le hables a mi nieto sobre la pureza de sangre. Su abuelo fue un hijo de muggles. Lo asesinaron por ello. Su padre fue un licántropo. El primer comentario despectivo respecto a ellos y desapareces de nuestras vidas para siempre.

Lo ve apretar los labios y asentir. No parece nada tonto.

—Puedes venir a casa. Si te apetece estar con Teddy, podemos ver cómo te recibe él. Seguro que bien, porque es cariñoso. Si prefieres no hacerlo, hablarás conmigo. Y si no quieres volver por aquí, lo entenderé.

No se lo piensa mucho antes de hablar.

—Quiero intentarlo.

La soledad no es buena para nadie. Draco puede ser un Malfoy, con todo lo que eso conlleva, pero también es un chaval que tiene que ver cómo le limpian el culo a su padre, que es tratado como un paria, que tiene limitado el uso de la varita y que está solo. Todo eso compensa con creces la estúpida herencia paterna.

—En ese caso, tenemos un trato. Ahora, termínate la limonada.

Draco la obedece. Andrómeda le observa durante un buen rato, sabiendo que tampoco se ha equivocado en eso. Ya verán lo que les tiene deparado el destino.