Candies to the heaven
—Sorry, I'm using it.
El mesero estaba seriamente considerando que la joven de la mesa siete estaba loca. O tal vez no quería reconocer que la habían dejado plantada, al fin y al cabo, ¿cuánto tiempo lleva sentada sola?
Ha pasado tiempo, ¿cierto oka-san? Desde el ventanal de la cafetería se ve un trocito de atardecer y me recuerda mucho al del hospital. Ains, oka-san… En esta ciudad que no duerme, los edificios que cubren el cielo son bendición. Los días en el hospital fueron quedándose detrás de los rascacielos y así pasaron los años, pero necesitaba ver de nuevo el cielo, necesitaba recordarte, verte. Tengo miedo de olvidarte, oka-san, pero tenía miedo de escuchar tu playlist favorita, recordar la música de fondo de la radio y la brisa que entraba por la ventana… Miedo a no recordarte, miedo a revivir el dolor de esa época.
Me gustaría decirte lo orgullosa que estoy de mí misma pero la verdad es que me arrepiento de tantas cosas, aunque creo que he ido aprendiendo. Me hice un nombre en el siempre competitivo New York y mi pequeña cafetería siempre aparece en los must try de las revistas. Las esponjosas masas japonesas y el té matcha en la misma carta que los calóricos desayunos americanos, los brunch llenos de bacon and fries, with american coffee. Ay, oka-san, seguro elegirías un matcha latte con cebolla frita… Te extraño mucho, mucho, mucho. Estoy segura que tus sugerencias para la carta hubieran sido sensación...
¿Sabes? Cuando niña sólo quería que siguieras con nosotros pero ahora sé que sólo era extender tu sufrimiento. Era tan niña que apenas puedo recordar tus sonrisas, pero estoy segura que te esforzaste siempre en verte linda, aguantando el dolor hasta el último día para darme tu mejor sonrisa… Yo no sé hacer eso. Siempre soy yo primero y no valoro las personas que tengo hasta que las pierdo… Tengo terror de perder a Sora-san, que me tiene una paciencia infinita… Crecí sin ti, y bueno, también sin otosan, pero vivir sin Koushiro-kun es demasiado para mí… Todo fue tan rápido que no supe qué hacer y lo arruiné todo y si no fuera por Sora-san y la calidez de sus abrazos, yo...
El mesero la veía susurrar con la vista hacia el cielo.
—A v60 with Sumatra coffee and cookies please —le dijo al mesero con un melodioso inglés. Al joven le causó simpatía y se retiró con la carta no sin antes devolverle una sonrisa amistosa.
—Why sumatra, Mimi?
—The floral taste reminds me of the sakura trees.
La respuesta se sintió como un pequeño remezón para Koushiro. Distante del melodioso inglés con el que le habló al mesero, se dio cuenta de lo mucho que Mimi extrañaba Japón. Probablemente la respuesta más compleja y sensible que había escuchado en años. Mimi siempre conseguía cautivarlo con su particular y delicado sentido del gusto.
Quiero ser una persona responsable, que piense antes de actuar… Quiero hacer las paces con otosan, con Koushiro-kun, porque no puede ser tan tarde, ¿cierto? No puede ser tan difícil pero tengo tanto miedo, okasan, siempre lo arruino, siempre. Sora san estará unas semanas más aquí y su presencia me da fuerza, valor… Y me siento pésimo porque sin ella no soy capaz de nada. Quiero ser libre, quiero ser independiente, que ya no me duelan las cosas que pasaron hace muchos años, ser capaz de olvidar pero en la radio suena esa canción que tanto te gustaba and... his voice sounds like heaven but hurts like hell. Te extraño okasan, miss you mom...
Era la hora con menos movimiento del día y el mesero observaba a la chica japonesa de la mesa siete. Creía que estaba loca hasta que notó que la joven que inclinaba su cabeza hacia atrás, como si quisiera ver el cielo con los ojos cerrados, tenía lágrimas silenciosas cayendo por sus mejillas. En realidad, detrás de esa sonrisa afable, la joven de la mesa siete sufría como si cargara con el peso del mundo.
Dejaba caer las lágrimas con tanta dignidad y serenidad que el mesero trataba de imaginar cuál era el dolor que la aquejaba. Él no tenía cómo saber que esa joven desde niña conoció el dolor de la pérdida y el despojo; la responsabilidad de cargar con la lánguida cruz de su padre y la culpa por haber herido a la persona que más amaba en el mundo. Que las ausencias le encogían el pecho y que en silencio, el miedo a la soledad la ahogaba.
Su visión era borrosa por las lágrimas pero veía a la perfección cada detalle de ese día de lluvia donde junto a su madre se empaparon de pies a cabeza. Habían salido de compras para celebrar el cumpleaños de Mimi y ella quería como regalo un anillo. Su mamá le insistió que esperara a ser mayor para comprarse un anillo, que sus manos aún tenían mucho por crecer pero Mimi siguió insistiendo. La cumpleañera era ella, ¿qué más daba?
Años después, el mismo anillo estaba con una cadena colgando del cuello de la cumpleañera. En otro país, en otra estación del año, pero en el mismo día de su cumpleaños. Jamás hubiera imaginado que ese anillo podía congelar el paso del tiempo, con su madre sentada frente a ella en la cafetería.
El mesero se emocionó al ver que la joven sonrió a pesar de seguir derramando lágrimas… ¿de alegría? Que Dios le diera fuerza y consuelo a esa pobre mujer, pensó, mientras él pedía a su señor, también en silencio.
Okasan no quería que me encariñara con el anillo porque con el tiempo no podría ocuparlo, cambiar y crecer es inevitable… Pero al final me consentiste y este anillo es un trocito del pasado donde estamos juntas, sin dolor ni preocupaciones. Con este anillo siempre estarás conmigo okasan, siempre, no importa lo que pase… Y siempre seremos reina y princesa.
Después de sonreír, la joven rio delicadamente, como si hubiera recordado una anécdota y al mesero le dio la impresión de haber visto a una señora de cabello corto ocupando la silla frente a la joven japonesa.
—Some cookies for you two, it's on the house —Mimi miró con sorpresa al mesero y le sonrió con los ojos aguados.
—See, mom? It's our day.
No lo revisé, quería publicarlo hace bastante pero las responsabilidades a veces me consumen. Cuídense y gracias por leer.
