**Katniss POV**
Cuando me despierto me siento en una nube. Es la primera vez que disfruto de un sueño placentero y reparador desde que empezamos ese viaje hace unos días. ¡Incluso estoy de buen humor! No recuerdo cuando fue la última vez que me desperté de buen humor. Trato de recordar el motivo y cuando veo el rostro de Peeta, a escasos centímetros del mío, sé que es por él. Por la luz que entra calculo que debe faltar poco para que suene el despertador, así que vuelvo a cerrar los ojos y me deleito con esta agradable sensación con la que me he despertado. Cuando suena el despertador yo ya me siento preparada para enfrontar el día.
- Buenos días –le digo a Peeta con una sonrisa pero él ni siquiera abre los ojos.
- Dile a Effie que hoy me quedo durmiendo –y se da la vuelta, eso me hace reír porque lo ha dicho como si eso fuera una opción. Le zarandeo un poco.
- Vamos, arriba.
- Estás muy animada –me dice.
- Y tú demasiado poco –dejo de zarandearlo y le paso por encima poco elegantemente, dándole con la rodilla sin querer y colocándome delante de él. Veo que tiene un poco de bolsas debajo de los ojos.
- ¿No has dormido bien?
- No demasiado –eso me preocupa. Él me dio un masaje y me quedé frita al instante, dormí como hacía tiempo que no lo hacía, pero él parece que no haya dormido prácticamente. Me siento muy mal y tremendamente egoísta–. ¿Has tenido pesadillas? –pregunto preocupada.
- Sí –eso me indigna al acto.
- ¡Peeta! ¡Tienes que despertarme cuando eso pase! –mis gritos lo alteran y abre los ojos finalmente. Está claramente cansado.
- No hace falta, se me pasa cuando me despierto y veo que estás a mi lado –eso hace que se me contraiga el estómago.
- Da lo mismo, debes despertarme –Peeta no se mueve ni hace ningún ruido mientras tiene pesadillas. A no ser que él me despierte expresamente, yo no tengo manera de saber cuándo las tiene. Lo siento tanto Peeta, ni siquiera con esto puedo ayudarte…– no te preocupes, te guardaré algo de comer y ya desayunarás en el Edificio de Justicia, mientras tanto aprovecha y duerme, ¿vale?
- ¿Me harías ese favor? –pregunta con los ojos prácticamente cerrados.
- Claro, forma parte de nuestro pacto. No temas, yo te cubro –y antes de que pueda darme cuenta de lo que hago, ya le he dado un beso en la mejilla.
Me levanto rápido como un cohete y huyo de la habitación. ¿Le he dado un beso en la mejilla? Sí, le he dado un beso en la mejilla ¿Por qué? Bueno, estoy de tan buen humor que ni siquiera me lo he planteado… además, solemos darnos besos, ¿no? Pero nunca en la intimidad… bueno, da igual, se lo he dado porque he querido y como recompensa por haber conseguido que durmiera del tirón. Al fin y al cabo este milagro ha sido gracias a él.
Cojo un pañuelo y meto un par de bollos para que se los coma Peeta luego. También lleno dos vasos de zumo.
- ¿Desayunas doble hoy? –me pregunta Haymitch rascándose la cabeza, tiene resaca.
- Es para Peeta, no ha tenido buena noche y va a saltarse el desayuno. Comerá luego –comento antes de darme cuenta de lo que he dicho. Nota mental, estar feliz y de buen humor me vuelve descuidada. Será mejor que vuelva a ser la Katniss de siempre cuento antes.
- Vaya, Peeta ha pasado mala noche, ¿y tú cómo sabes eso? –dice con una sonrisa burlona.
- Ya lo sabes –le espeto con mi tono habitual. Todo el mundo sabe que dormimos juntos, pero únicamente Haymitch sabe que no hacemos nada. Bueno, supongo que lo intuye. Él es el único que nos conoce bien.
- Por cierto, os vi anoche en la fiesta. Un baile muy bonito –al final no me costará volver a mi mal humor habitual, sobre todo con Haymitch haciendo estos comentarios.
- Hacemos lo que podemos para sobrevivir a esta tortura, no te atrevas a criticarnos. ¿O te recuerdo yo a ti tus problemas con el alcohol? –le digo con dureza. Quería volver a ser la Katniss de siempre pero no tan rápido tampoco, es tan poco habitual que me sienta bien que ahora odio que Haymitch me haya devuelto a la realidad.
- Eh, eh, para el carro preciosa. No hace falta que saques las garras desde primera hora de la mañana –dice él volviendo a tocarse la sien. Le he devuelto el dolor de cabeza–. Lo que hagáis es cosa vuestra, pero solo quiero asegurarme de que no le haces daño –eso me provoca una punzada en el corazón. Hacerle daño es mi temor principal.
- ¿Y qué propones? –digo irritada. Dejarlo de lado no da resultado, en cambio hacerle caso sale estupendamente, funciona para ambos. Y si tendremos que casarnos, es preferible tener una buena relación, ¿no?
- Que habléis, que dejéis las cosas claras. ¿Podrás hacerlo?
- Para tu información ya lo hemos hecho –digo con orgullo. Peeta y yo tenemos un plan, es peligroso pero lo tenemos– ¿Y por qué me sermoneas siempre a mí? Podrías echarle la bronca a él de vez en cuando para variar –digo fastidiada. Es como si yo fuera responsable de todo lo que pasa en este maldito mundo.
- Porque el problema siempre has sido tú –me deja caer cruelmente antes de dejarme sola para ir a sentarse en la mesa.
- Te odio –susurro lo bastante alto como para que me oiga y me llevo mi desayuno al final del tren, donde puedo mirar el paisaje sentada en el sofá y sin tener a Haymitch sermoneándome constantemente. Pronto vamos a llegar.
Mientras miro el paisaje reflexiono con lo que está pasando. Solo nos quedan dos días más de Gira. Hoy visitamos el penúltimo distrito y pasado mañana ya estamos en el Capitolio. En tres días estaremos ya en casa. Solo tres días más. Me planteo volver a poner distancia con Peeta porque falta poco para que volvamos, esta especie de burbuja en la que estamos pronto va a desaparecer. Pero tres días es mucho tiempo, sobre todo teniendo en cuenta la situación en la que estamos. Tres días ahora es una maldita eternidad, como cuando estás en la arena. Además necesitaremos toda la fuerza que podamos acumular para enfrontarnos al Capitolio, no me parece una buena idea romper ahora nuestro acuerdo de hacernos compañía y hacer lo que sea necesario para sobrellevar esto. Es más, debería centrarme en intentar que Peeta recupere sus fuerzas hoy, porque mañana va a ser muy, muy duro. Pero claro antes tenemos que enfrentarnos a hoy, que tampoco va a ser nada fácil.
Peeta se reúne con nosotros más tarde y yo le paso su comida como le había prometido. A Peeta se le ve cansado pero un poco más animado, ahora la amargada soy yo.
- ¿A qué se debe este cambio de humor? –me pregunta dándole un mordisco a su bollo.
- Haymitch –respondo secamente.
- Oh, lo siento –dice entendiendo a lo que me refiero–. Pero no deberías dejar que te desanime de esta manera –yo no respondo, me limito a jugar con el borde de mi falda–. ¿Qué te ha dicho? –no le puedo contar que básicamente me ha dado un aviso para que no siga jugando con él. Pero es que no juego con él… quizás lo utilizo… pero nos utilizamos mutuamente, es nuestro acuerdo.
- Se ha burlado de nuestro baile de ayer.
- Ah bueno, podría ser peor. No le hagas caso –dice dándole otro mordisco al bollo.
- Y ha sido peor –me indigno de golpe, yo no me ofendería por algo tan estúpido. De nuevo, antes de poder pensar lo que digo, suelto la bomba–. También ha criticado que pasemos las noches juntos –a Peeta se le endurece la expresión.
- Me va a oír.
- No –le sujeto del brazo justo a tiempo para detenerlo–. No, no le digas nada –maldita sea, ¿qué he hecho?
- Lo que hagamos en privado es cosa nuestra –dice enfadado.
- Déjalo estar, tú mismo me has dicho que no le haga caso –digo preocupada. Es muy poco común verlo enfadado pero ahora lo está y mucho, estoy hasta asustada.
- Pero esto es diferente –por su expresión veo que no va a dejar el tema tan fácilmente–. ¿Te ha metido alguna idea rara en la cabeza?
- ¡No! Voy a hacer lo que me de la real gana, como siempre –digo para intentar tranquilizarlo. Eso parece relajarlo un poco.
- Es que todo esto ya es suficientemente duro como para que ahora ni siquiera nos dejen apoyarnos entre nosotros –se excusa él.
- Haremos lo que nos dé la gana, no te preocupes –y con gran alivio veo que Peeta se calma.
- Igualmente no se va a librar, voy a hablar con él –se me escapa un suspiro de frustración.
- Ya le he insultado yo esta mañana, no hace falta, de verdad.
Peeta vuelve a estar calmado pero no convencido. Soy tozuda pero él cuando quiere también, así que sé que muy probablemente va a ir a hablar con él cuando tenga tiempo. Tiempo… eso me da una idea. Estamos siempre los cuatro juntos, será difícil que consigan tener esa charla sin Effie y yo de por medio. Menos mal, porque como Haymitch le haga ver que no le conviene dormir conmigo… me odio, me odio muchísimo.
Cuando damos el discurso olvido a Haymitch fácilmente. Eso siempre me deja sin fuerzas y destrozada. Por suerte Peeta está conmigo y el beso que nos damos me ayuda a sentirme acompañada. No estoy sola en este infierno, él también está pasando por lo mismo. Salimos entre abucheos cogidos de la mano. Él me la aprieta fuertemente, ha notado que estoy temblando. Cuando las puertas se cierran detrás de nosotros suspiro con alivio.
- ¿Estás bien? –me pregunta Peeta, aun sujetando mi mano.
- ¿Ha habido alguna vez un atentado contra los vencedores? Por un momento he creído que…
- No va a pasarte nada –me promete y me coge ambas manos–, estamos todos aquí contigo. Además, están los agentes de la paz…
- Uf, sí, me siento mucho más segura –digo mirando de reojo a esos verdugos vestidos de blanco.
- Yo estoy allí afuera contigo, te prometo que si nos lanzan algo yo te cubro. Pero asegúrate de no llevar tacones y no seré lo suficientemente alto como para cubrirte –dice con una sonrisa, eso hace que sonría un poco–. Además, anímate, mañana damos el último discurso.
- Sí, justo antes de irnos al Capitolio… –digo fastidiada.
- Y luego a casa, solo tres días más. Podremos con ello –me dice con una sonrisa–. Además, yo estaré contigo todo el rato. Lo lograremos –me promete y algo en mi corazón me dice que sí lo lograremos.
Estoy cogida a su brazo, esperando para entrar en el gran salón y me pongo nerviosa. ¿Por qué si lo hemos hecho varias veces ya? Pues no sé, supongo que nunca lograré acostumbrarme. Peeta tiene una mano encima de la mía que lo sujeta por el brazo. Ya lo hacemos automáticamente. Me pregunto cuánto hay ya de obligación y cuánto ya de hábito porque nos sentimos cómodos.
Entramos y saludamos a todo el mundo. Peeta no me suelta en ningún momento y me alegro, porque me sirve de excusa para que no me aborden en privado con preguntas complicadas o vergonzosas. Si vamos juntos, tienen que hablar con los dos, lo que normalmente significa que Peeta habla por los dos.
- ¡Fue toda una sorpresa el anuncio de vuestra boda! –nos dice una mujer que tiene la piel rosa.
- ¿Por qué esperar? Nos queremos y queremos estar juntos así que, ¿por qué no? –entonces me mira a mí que sonrío como una tonta, dándole la razón a lo que él dice.
- Exacto, no queremos esperar –digo y le doy un beso. Con estos besos no siento nada o más bien poco, pero es lo que hay cuando unos desconocidos nos obligan a hacerlo.
- ¡Hacéis tan buena pareja! ¡Qué envidia! –y vamos pasando de invitado a invitado hasta llegar a nuestro sitio.
Cuando empieza el banquete juego a darle de comer a Peeta de mi plato con mi tenedor, él me riñe cariñosamente y yo voy dándole partes de mi comida entre beso y beso. De nuevo, la gente empieza a perder el interés a medida que se va emborrachando de modo que cuando llega el postre ya me lo estoy comiendo sola sin jugar.
- Eso ha sido nuevo –dice dando un trago a su agua.
- Me voy reinventando para el público –miro su postre–. ¿No comes?
- Es que si no me das del tuyo no me sabe ni la mitad de bien –le miro levantándole una ceja, él sonríe. Lo ha dicho en broma, menos mal–. Toma, quédatelo tú –y me pasa su flan con nata.
- ¿No tienes hambre?
- No –dice y le veo la misma expresión que cuando ayer estuvo jugando con su copa. Peeta está teniendo un bajón y le comprendo perfectamente; me pasa a menudo, de hecho, varias veces al día.
- Anda toma, con lo que te gustan los postres –y le ofrezco de nuevo mi cuchara con un poco de flan y nata.
- Estoy bien, de verdad –dice él negando con la cabeza.
- Insisto –él suspira y deja que le dé el flan–. ¿Está bueno?
- Sí, como todo aquí. Quizás demasiado dulce… –nos quedamos unos momentos en silencio. Estamos construyendo algo así como una relación… vuelvo a comer. No es que tenga hambre, pero tengo que hacer algo y no me gusta desperdiciar comida.
- ¿Vas a tomarte dos? Katniss, como engordes… –ese comentario me ofende a un nivel exagerado. Miro a Effie de forma asesina y estoy utilizando todo mi autocontrol para no ponerme a gritar como una loca delante del alcalde y los agentes de la paz.
- ¡Déjala que coma! –dice Haymitch de repente. Me sorprende que haya estado al caso– Esta chica no sabe lo que es estar gorda, se ha muerto de hambre toda su vida –vaya, ¿así es como pretende que me calme?
- Haymitch –le avisa Peeta serio, saliendo en mi defensa, pero no hace falta que me defienda, yo sola puedo.
- Eso, tú sigue bebiendo. Con suerte olvidarás quién eres.
- ¡Katniss! –me riñe Effie.
- ¿Qué? Ha empezado él –y lanzo la cuchara a la mesa con fuerza que rebota hasta caer al suelo. Alguien se ha girado para ver de dónde venía el ruido.
- ¿Qué te parece si vamos a estirar las piernas? –dice Peeta con tono amable, consciente de que nos miran.
- Vamos –me levanto y me cojo a su brazo.
- Asegúrate de que le dé el aire –le dice Haymitch a Peeta antes de dar un nuevo trago.
- Voy a clavarte una flecha en un ojo –le digo entre dientes.
- No es el momento –me recuerda Peeta sin apenas mover los labios tampoco, y prácticamente tira de mí hacia el balcón.
Hay un agente de la paz en la puerta, así que no estamos solos y nos escuchan, aunque lo que quiero es despotricar contra Haymitch y no contra Snow, me contengo, porque si por un casual alguien me escuchara y desde el Capitolio decidieran hacer algo con él no me lo perdonaría nunca. Así que me muerdo la lengua mientras la bilis me corroe por las venas.
- Hablaré con él –me susurra. Podría estar hablando de cualquiera, pero yo sé de quién habla. Haymitch no corre peligro.
- No, no lo hagas –si lo hace puede que le diga lo mismo que a mí, que no le merezco ni aunque viviera cien vidas. Aunque probablemente ya lo sepa…
- Pero se está pasando de la raya –entonces sale alguien más al balcón y él me pasa un brazo por detrás a la vez que se coge a la barandilla. Me tiene entre sus brazos y apoya su barbilla en mi hombro.
No sé si en otras circunstancias me sentiría distinta por esta proximidad, pero la verdad es que no me resulta desagradable, aunque no me gusta el motivo por el que lo ha hecho, por el que lo hacemos todo: por aparentar.
- Lo siento, pero si estamos así quizás nos dejen en paz –me susurra Peeta al oído. Algo bueno que tiene es que me respeta. Suele pedirme permiso antes de hacer nada. Sentir su aliento en mi nuca me provoca un leve cosquilleo.
- No te disculpes –siseo preocupada de que nos oigan.
- Estás muy guapa hoy –dice esta vez en voz alta. Así que ahora toca hablar de esto.
- Tu sí estás guapo. Tengo mucha suerte de casarme contigo –y le doy un rápido beso. Cuando me separo y veo la expresión de Peeta creo que he dicho algo fuera de lugar porque se queda quieto y tarda en responder.
- Lo mismo digo –y entonces es él quién me besa a mí.
.
.
.
.
.
***Nota autora: ¡Hola! Cuando empecé este fanfic no tenía intención de publicarlo así que no está pensando para que encaje en capítulos (escribía todo seguido, solo me importaba avanzar en la historia y que tuviera coherencia). Así que ahora me cuesta dividirlo (o son capítulos quilométricos o cortos, no hay término medio) así que espero que este corte no os moleste mucho para que así este capítulo y el siguiente tengan sentido y estén más o menos equilibrados. ¡Gracias por leer! ¡Besos!
