Cuando me despierto la luz del día baña la habitación y nuestros cuerpos siguen enredados. Peeta está durmiendo aún, lo que significa que puedo deleitarme observando sus largas pestañas doradas y su nariz ligeramente torcida. No sé cuánto tiempo paso así pero podrían pasar horas. Cuando se despierta hace tres cosas: mirarme, sonreírme y besarme. En ese orden. Y yo sonrío como una boba.
- ¿Has descansado bien? –pregunto vergonzosa. No sé qué decirle. Ayer no me comporté precisamente con sutileza ni elegancia, ahora no sé cómo enfrontarme a los hechos.
- Como hacía años que no descansaba. ¿Y tú? ¿Alguna pesadilla? –niego con la cabeza a pesar de que sabe que no he tenido ninguna.
- ¿Y tú? –le pregunto de igual manera.
- No era una pesadilla pero sí un sueño.
- ¿Un sueño? –mi voz se ha vuelto dulce y coqueta. No me reconozco.
- Sí, trataba sobre ti. Estábamos los dos juntos, desnudos… –roza nuestras narices y me aprieta contra sí, mis pechos se clavan en su tórax– Ah no, espera, no lo soñé –me dice con una risita. Yo le doy un ligero golpe en el hombro.
- De esto ni una palabra a nadie, nos haría ver débiles –le amenazo.
- Vale, pero que sepas que esto no es un secreto para nadie.
- No para los tributos, ellos creen que fingimos –entonces Peeta se lo piensa un momento.
- Entonces tenemos que fingir que fingimos estar juntos para que los tributos no sospechen… ¿mientras estamos juntos de verdad?
- Veo que lo has captado –y me levanto de la cama–, así que no te ofendas si no te hablo mucho durante el día.
- En ese caso necesitaré un pequeño incentivo –se levanta y me abraza, impidiéndome que me vista–, ¿nos veremos esta noche?
- Ya sabes que sí –me deshago de él conteniendo la risa. Por fin logro vestirme, le miro–, ¿piensas bajar así?
- Tengo que pasar por mi habitación a por ropa.
- Pero no saldrás así, ¿no? –insisto porque está como la antipática de su madre lo trajo al mundo; desnudo– Si Effie te viera así le daría un ataque.
- Me pondré lo de ayer, no te preocupes –y recoge del suelo su ropa con pereza.
- Tráete la ropa aquí –no será una gran mudanza porque no tenemos pertenencias propiamente dichas, solo ropa prestada. No hay nada de valor que vaya a volver al Distrito junto con nuestros cadáveres. Bueno, mi cadáver.
- Lo haré, gracias por el ofrecimiento –le hecho un último vistazo pensando cosas que no debería pensar y me dirijo a la puerta con buen ánimo.
- Te veo en el desayuno.
- ¡Espera! –me coge del brazo y tira de mí, haciendo que nuestros cuerpos se acerquen– Antes de que te vayas… –y me besa con cariño y dulzura. Estoy empezando a perder la cabeza cuando me obligo a separarme de él.
- ¿Te vale con esto hasta la noche? –le digo a escasos centímetros de su rostro.
- No, pero qué remedio –y me da otro corto beso.
Cojo un cruasán y empiezo a comer con devoción. Lo de esta noche me ha cargado las pilas pero también me ha dejado, para mi sorpresa, con agujetas. Veo que Haymitch se acerca y trato de fingir malhumor porque yo nunca sonrío por las mañanas y bueno, no sonrío en general cuando estoy en el Capitolio.
- ¿Has descansado? –por la forma en que lo pregunta no parece que me esté tomando el pelo. Lo dice enserio; no sabe nada de lo que pasó. Sonrío. Tengo que morderme la lengua para no dejar caer que sí, que muy buen de hecho.
- Algo.
- Tienes mejor aspecto –entonces le miro y me subo un poco más el cuello de mi suéter. Podría ver ciertas marcas que no me conviene que vea.
- Gracias, tú también –digo para disimular.
- Hoy tienes la prueba, ¿has pensado lo que harás?
- Da igual, todo el mundo sabe cuál es mi especialidad, ni siquiera importa la nota que me pongan. Todos conocen mis puntos fuertes y débiles.
- Buenos días –dice Peeta con voz cantarina y me enfado enseguida. ¿Por qué muestra su buen humor? ¡Eso nos delatará! Le miro de manera asesina pero no parece darse por aludido.
- Buenos días –le responde Haymitch con cansancio. Al parecer está enfadado conmigo y no se ha fijado en su humor, menos mal.
El desayuno pasa sin nada digno de mención y antes de que me dé cuenta ya volvemos a estar en el entrenamiento. Hoy es el último día y solo de pensarlo se me contrae el estómago. Ya solo queda esto y las entrevistas de mañana.
- ¿Hay algo que quieras practicar? –le pregunto a Peeta, ya he hablado suficiente con los tributos como para llegar a la conclusión de que no quiero aliados, así que planeo entrenar solo con Peeta.
- ¿Probamos en los nudos?
Nos dirigimos al puesto y nos entretenemos un poco. Me lo estoy hasta pasando bien hasta que Finnick vuelve. Honestamente, qué persona más pesada.
- Pero si es mi pareja favorita, ¿qué tal tortolitos?
- Hola Finnick –respondo sin mirarle.
- ¿Siempre es así de malcarada? –le pregunta a Peeta.
- Es uno de sus encantos –responde él simplemente y yo tengo que reprimir una sonrisa.
- ¡Peeta! –grita una voz femenina. Me giro y veo a Johanna encima del ring– ¡Ven! ¡Combate cuerpo a cuerpo!
- Voy yo –digo y dejo el nudo que hacía encima de la mesa.
Sé que Peeta me estará cuestionando con la mirada pero no me atrevo a responderle que el motivo por el que impido que luche con ella es porque muy probablemente Johanna va a desnudarse (lleva desnudándose cada día desde que llegamos). Y una especie de sensación de celos me invade. Quiero tener la exclusividad con Peeta en cuanto a cuerpos desnudos se refiere.
- Tú no, quiero al rubio –se queja cuando me ve subir.
- Hace días que te tengo ganas, vamos a zanjar hoy el asunto –digo poniéndome en posición. Es, de hecho, una muy mala idea, porque yo no soy buena en el combate cuerpo a cuerpo como Peeta y tampoco tengo su fuerza.
- Vale pajarito, veamos qué sabes hacer –al parecer conmigo no tiene pensado desnudarse, lo que es un alivio.
Johanna me estaba dando una paliza hasta que me vuelvo una fiera y empiezo a arañar y a dar puñetazos y patadas a diestro y siniestro. El entrenador tiene que venir a separarnos y cuando no lo logra, Finnick y Peeta intervienen. A la hora de comer Johanna y yo nos retamos con la mirada. Ni siquiera miramos al plato, nos estamos desafiando a ver quién aparta la mirada primero.
- ¿Así qué? ¿Le decimos a Haymitch que la queremos como aliada? –eso hace que me gire al acto hacia Peeta con la mirada encendida. Cuando veo que se ríe, entiendo que lo ha dicho de broma.
- Oh, cierra el pico –vuelvo a mirar a Johanna que me mira con superioridad porque yo soy quién ha roto el contacto visual.
- Más nos vale echar a correr cuando suene el gong… –susurra Peeta poniéndose una cucharada de patatas en la boca.
Peeta y yo nos sentamos juntos a esperar nuestro turno para la prueba. Soy fan de Maggs, quién dice que va utilizar sus 30 minutos para echarse una siesta.
- ¿Cómo vamos a matar a esta gente? –le pregunto en un susurro. Nos conocemos de hace poco y no he hablado con la mayoría de ellos pero es como si fueran los compañeros de un campamento de verano. Menos algunas excepciones como Brutus y Enobaria, en general no quiero matar a ninguno de ellos. Quizás sí a Johanna.
- Lo sé –entonces me coge la mano. No sé si nos están mirando o no pero no se la suelto. Sentirlo a mi lado es lo único que me reconforta.
Llega la noche y estoy aterrada. Solo nos queda un día más de vida. Los abrazos de Peeta ya no son como solían serlo, antes eran tímidos y miedosos. Pero esta vez es distinto, el decoro ha quedado atrás. Peeta me abraza por detrás, tiene prácticamente su cara pegada a mi cuello, con su mano puesta en mi vientre desnudo y con nuestras piernas enredadas. Antes compartíamos cama y estábamos juntos, pero ahora estamos tan enredados y apretujados que parecemos la misma cosa. Cuando nos movemos buscamos rozar nuestros cuerpos y nos pegamos aún más si eso es posible. Nos aferramos al otro sin ningún tipo de pudor y por primera vez siento un miedo genuinamente doloroso ante la perspectiva de perderle. Uno de nosotros va a tener que aprender a vivir sin el otro, y solo de recordarlo siento que me quedo sin aire y abrazo a Peeta más fuerte aún, como si sujetándolo de este modo pudiera impedir que me separaran de él. He renunciado a mi vida, a mi libertad, a mis amigos y a mi familia, y creía que no me quedaba nada más a lo que renunciar, pero no es así. Aún me falta renunciar a Peeta y por primera vez me siento incapaz de hacerlo. No puedo, no puedo hacerlo. Empiezo a llorar.
Cuando Peeta me consuela no tiene nada que ver en cómo lo solía hacer antes. Es decir, no tengo nada en contra de esos abrazos cariñosos y esos castos besos en las mejillas del principio, pero ahora su técnica ha cambiado drástica y favorablemente; sus manos recorren mi cuerpo sin miedo y sus caricias consiguen que lo olvide todo entre suspiros. Pasar las noches en sus brazos ha adquirido un nuevo significado y, honestamente, es mucho mejor pasar las penas así. Solo hay una pega en todo esto y es que cuanto más disfruto de su compañía, más crece el amor que siento por él. En maldita hora me he dado cuenta de lo mucho que le quiero.
Nos decimos que nos queremos incontables veces y hablamos, hablamos mucho, con sinceridad y honestidad sobre lo que pensamos y lo que haremos en la arena. Cuando digo que en cuanto termine la cuenta atrás deberíamos lanzarnos hacia la Cornucopia a por armas él se viene abajo, ahora me toca a mí animarlo a él y empiezo nuestra recién adquirida rutina para ahogar las penas. Pongo mis manos en sus hombros y le beso lentamente, empiezo a repartirle besos por la cara y cuando noto que empieza a relajarse es cuando empiezo a descender los besos por su clavícula y hasta su cuello.
Realmente solo hay una sola frase que podría librarnos de todo este sufrimiento pero que no somos capaces de decirnos y que se nos queda atragantada: "todo va a salir bien". En lugar de eso, nos decimos una y otra vez que podremos hacer lo que sea si estamos juntos, que estaremos juntos hasta el final.
Por la mañana estoy muy cansada y psicológicamente exhausta, no quiero hacer nada, no quiero tener que pensar ni tener que moverme, porque hacer el amor tantas veces con Peeta me deja satisfecha pero agotada. Cuando dan unos golpecitos en la puerta siento que se me sale el corazón por la boca. Peeta y yo nos miramos asustados, no pueden vernos así. Entonces vemos que pasan algo por debajo de la puerta. Primero nos quedamos mirándolo con miedo, como si eso pudiera herirnos de algún modo, pero finalmente me levanto y lo cojo.
- Peeta… –me tiemblan las manos.
- ¿Qué es? ¿Qué pone? –dice corriendo a mi lado. Le doy la nota.
- Nos dan el día libre… podemos hacer lo que queramos –y una alegría que no creía sentir en un día como hoy aflora en mí y me recorre el cuerpo entero.
- Oh… ¡Katniss! –dice emocionado y me levanta con un abrazo, haciendo que dibuje círculos en el aire mientras yo no dejo de reír.
Nos pasamos todo el día en la cama y atiborrándonos de comida sin parar, además de jugar y haciéndonos jadear mutuamente. Sin embargo, a media tarde se nos ocurre que podríamos subir a la azotea para poder gozar de un poco de aire fresco (quién sabe en qué tipo de arena nos van a soltar) y Peeta y yo nos damos de comer dulces mutuamente como hicimos durante la Gira, solo que esta vez es de verdad y por primera vez entiendo cuál es la gracia de todo esto. Me tumbo apoyando mi cabeza en su regazo mientras él me acaricia el pelo.
- ¿Permitirías congelar este momento? –me pregunta.
- Sí, lo permitiría.
- Congelémoslo entonces, vivamos siempre aquí, juntos, en esta azotea.
- Congelémoslo.
Me niego a quedarme dormida porque quiero absorber lo máximo que pueda de este momento, pero termino durmiéndome porque la sensación de calma y comodidad, sumado a los carrillones de fondo, pueden conmigo.
.
.
.
.
**Nota autora: ¡Hola! Estoy muy contenta por la acogida que está teniendo este fanfic, ¡muchísimas gracias! Nos acercamos al Vallasaje, pero la historia continúa hasta Sinsajo (aunque aún quedan un par de capítulos para eso). Nos vemos pronto, ¡besos y cuidaos!
