Acaban de dar una paliza a Cinna delante de mí para desestabilizarme y darme un mensaje muy claro; van a matar a todas las personas que me importan. Pero no tengo tiempo para esto, a pesar de que me gustaría encerrarme en algún lugar, hacerme un ovillo y llorar propiamente su pérdida. ¿Estamos en el mar? Me cuesta adaptarme a la arena pero trato de concentrarme. ¿Dónde está Peeta? Lo han alejado de mí a posta, la madre que los parió. Dan el cañonazo y me tiro al agua.
Al final Finnick resulta ser nuestro aliado, no me hace ni pizca de gracia porque estaba en mi lista de gente que no quería matar ni aliarme, pero bueno, a Peeta parece darle igual y…
- ¡PEETA NO! –grito demasiado tarde porque sale disparado por los aires por culpa del campo de fuerza.
Esos aterradores segundos en los que Finnick trata de devolverle la vida parecen no tener fin. Solo cuando él respira, lo hago yo también. Me abalanzo sobre a él y lo abrazo con todas mis fuerzas. Me tiembla el cuerpo entero. No, no estoy preparada para renunciar a él, no puedo renunciar a él.
- ¿Quieres levantarte? –le ayudo a levantarse y le abrazo lo más fuerte que puedo. Sabía que la arena sería dura y que podría tener que enfrontarme a esto pero ¡no esperaba que fuera tan pronto! No soy capaz de resistirlo, el dolor es tal que me ahoga y ni siquiera llevamos medio día aquí. Esto es insoportable.
- Estoy bien, no te preocupes –dice aunque sé que es mentira. Aprieto mis labios contra los suyos con fuerza. No me creo que haya estado a punto de perder la oportunidad de volver a besarle. Me separo porque sé que Peeta aún tiene que recuperarse y necesita respirar, y yo misma necesito un tiempo para conseguir dejar de sollozar aunque no he podido evitar darle este beso.
- Deberíamos ponernos en marcha –dice Finnick mirando a nuestro alrededor. Trato de recomponerme y le doy un último beso a Peeta antes de cogerle de la mano y empezar a guiarle por la jungla. Yo controlaré los campos de fuerza, voy a protegerlo.
A medida que nos adentramos en la jungla, mi cabeza empieza a dar más y más vueltas. Si Peeta muriera… me volvería completamente loca. Por un momento lo visualizo, visualizo su muerte e instantáneamente sé lo que pasaría a continuación. Lloraría y gritaría, atrayendo a los otros tributos, Finnick me haría callar y me obligaría a separarme de su cadáver. Después de resistirme lo dejaría en el suelo, dándole un beso de despedida y esperando al gancho. Lo visualizo, veo como baja hacia él y en el mismo momento que empiezan a elevarlo, saldría a por él, subiría por la cadena, mataría a los tripulantes y secuestraría el aerodeslizador. Obligaría al piloto a que subiera a Peeta y nos dirigiríamos al Capitolio para así poder estamparlo contra la mansión de Snow. Moriría matando al culpable de mi desgracia. Y luego podría descansar en paz y ser feliz con Peeta de una buena vez, algo que no pudimos hacer en vida, lo haríamos en muerte.
- Katniss, ¿estás bien? –me pregunta Peeta.
No me he dado cuenta de que me he detenido, ni siquiera de las lágrimas que surcan mi rostro. Mi imaginación me ha llevado demasiado lejos, en un segundo he vivido todo eso y la sensación es tan real y dolorosa que no puedo dejar de llorar.
- Sí, solo estaba… pensando en mis cosas… –me seco las lágrimas porque ya me estoy deshidratando lo suficientemente rápido como para que yo encima agilice el proceso.
- Estoy bien, no debes preocuparte por eso –me recuerda él porque piensa que aún estoy asustada por lo que ha pasado. No va desencaminado, si no fuera porque acabo de orquestar mi plan B por si algo le pasara a él.
- Sí, lo sé –y le doy un beso en los labios porque aquí sí podemos besarnos, aquí los patrocinadores deben vernos enamorados deben vernos… tal y como somos. Por primera vez las cámaras nos dan libertad para expresar lo que sentimos.
- Serán las hormonas, ya sabes –dice Finnick.
- Probablemente –digo y vuelvo a emprender la marcha.
A medida que pasan los días y los peligros, más me cuesta deshacerme de la imagen del aerodeslizador con el cadáver de Peeta en mi mente. Ah, Johanna se ha subido al carro también. No sé cómo Haymitch no ha metido también a Brutus en el grupo, ya puestos a reunir a gente non grata. Pero al final de algún modo Johanna y yo nos acostumbramos la una a la otra, aunque sigo sin confiar en ella. Peeta es el único que me mantiene cuerda y consigue que de lo máximo de mi misma; tengo que salvarle. Estoy tan concentrada en la supervivencia que apenas tengo tiempo para nada más, hasta que empezamos a pasar muchos ratos muertos y decido aprovecharlos.
El grupo está disperso así que con la excusa de enseñarle a nadar me traigo a Peeta al agua y nos alejamos del grupo. Nadamos un rato y acordamos huir después del plan de Beetee.
- Pero si ya lo haces como un pececito –me mofo de él, sujetándolo por la cintura.
- No te burles y no me sueltes –se queja él.
Al final la tarde me regala estos preciados momentos junto a él. Tenía razón al decir que incluso la arena sería un lugar maravilloso si estábamos juntos. Nos pasamos la tarde riendo y jugando en el agua. También nos besamos varias veces. La gente lo encontrará normal, pero estoy segura que Prim e incluso Gale se darán cuenta de que algo ha cambiado. Haymitch y Effie por supuesto serán los únicos que lo entenderá completamente, pues saben que estamos juntos. Cinna también lo sabría, pero no creo que le hayan permitido vivir.
Peeta ya me había regalado una perla que guardo como si fuera mi más preciado tesoro, pero se ve que tenía un verdadero regalo planeado para mí; su colgante. Prim, Gale y mi madre… cuánto los echo de menos y nunca más los podré volver a ver. Con un poco de tristeza pienso que ojalá me hubiera puesto una foto de él también para poder llevar conmigo.
- ¿Cuándo lo planeaste? –digo mirando el colgante.
- Hace tiempo.
- ¿Antes o después del primer día de entrenamiento? –Peeta sonríe, sabe a lo que me refiero.
- Antes –confiesa.
- Ya me lo imaginaba –si hubiera sabido que íbamos a estar juntos, no hubiera incluido la foto de Gale. No después de habernos acostado.
- Pero el mensaje es el mismo. Tienes a gente esperando por ti una vez salgas de aquí –y entonces le miro. ¿Me está diciendo que si él muere, que me quede con Gale? Las cosas no son así de fáciles, ¡no puedo reemplazar el uno con el otro! Lo peor de todo es que Peeta lo dice enserio. Me ama y quiere que sea feliz aunque eso signifique que no esté junto a él. Le beso.
Sí, definitivamente Prim y Gale sabrán que algo ha cambiado. Solo nos hemos besado así después de confesar los sentimientos que teníamos el uno por el otro. ¿Qué hará Haymitch cuando vuelva al Distrito con solo uno de nosotros? Somos los jodidos amantes trágicos del Distrito 12, maldita sea.
El plan se ha torcido y la agonía crece por momentos. Oigo a Peeta llamándome, lo máximo que puedo ofrecerle es el menor número de tributos posibles a los que enfrontarse, así que salgo de mi escondite atrayendo la atención de todos. Voy a morir matando y dejando a Peeta vivo. A no ser… miro el cable, mi flecha y la cúpula. Todas las piezas encajan y sin pensarlo, actúo.
Me despierto de una pesadilla para meterme en otra, en la realidad, que es mucho peor que la pesadilla. Peeta estará en otra camilla como esta, en el Capitolio. La incerteza de no saber qué harán con él es asfixiante. Ahora mismo desearía estar muerta, nada importa ya. Todos me han utilizado y traicionado. Ojalá me dejaran bajar del aerodeslizador y me dejaran en el bosque. De hecho, no haría falta ni que aterrizara. Que me tiren, ya he tenido suficiente. Quiero morir.
El tiempo pasa y el Distrito 13 me parece una broma pesada. La gente me habla pero no consiguen llegar hasta a mí. No dejo de pensar en Peeta y lloro cada vez que deseo que esté muerto, porque sé que muy probablemente eso será lo único que lo podrá salvar pero… yo no quiero que muera, yo quiero que esté aquí conmigo y eso es totalmente imposible. Si no fuera porque no sé qué le ha pasado, huiría de aquí y me desentendería de todo y todos. Pasan los días y me quitan el brazalete de "mentalmente desorientada" aunque yo me sigo sintiendo loca. Últimamente me encuentro incluso peor, se supone que se me ha curado la contusión cerebral pero sigo vomitando y tiritando. Cuando se hace insoportable (tengo náuseas día tras día, parece que no vayan a terminar nunca) me paso por la enfermería.
- Es normal en tu estado –dice mirando mi historial.
- ¿Tanto tardan a curarse las contusiones cerebrales? –no lo he pasado precisamente bien y la recuperación ha sido dolorosa, pero la cabeza hace ya mucho que ha dejado de dolerme y se ha convertido en un ligero zumbido intermitente.
- ¿Qué? No, no me refiero a eso. Cuando digo "tu estado" me refiero a lo otro –deberían devolverme el brazalete porque no tengo ni la más remota idea de lo que me está diciendo.
- ¿Qué otro?
- Tu embarazo, es normal sentir náuseas –tardo unos momentos en procesar lo que me dice y me pongo a reír. Estaba equivocada; es a ella a quién deberían darle la pulsera.
- Eso nos lo inventamos para tratar de evitar ir a los Juegos. No estoy embarazada –le explico.
- Sí, sí lo estás.
- Le digo que no –insisto.
- Podemos volver a hacerte el test si con eso te sientes más tranquila. Pero aquí está registrado –y me muestra un papel que no puedo leer, las letras danzan delante de mis ojos. Como ve que no respondo, añade:– Cuando volviste de la arena te hicimos las pruebas y el bebé estaba sano.
- Pero… –me quejo tratando de ordenar las ideas– me envenenaron, me pisotearon, me ahogaron y me electrocuté, hubo una explosión enorme. Nada podría sobrevivir a…
- Pues sobrevivió contigo. Fue todo un milagro –dice con una sonrisa–. Y de hecho lo hemos estado monitorizando desde entonces, ¿no lo sabías? –¿Que si lo sabía?
- ¿Monitorizando? –no entiendo nada– ¿Cuánta gente sabe esto? ¿Quién…? –la cabeza me va a mil por hora. No puedo estar embarazada, fue todo una mentira, una invención, un truco…
- El equipo sanitario y supongo que los altos cargos…
- ¿Plutarch lo sabe? –me empiezan a temblar las piernas y a sudar las palmas de las manos– ¿Coin? –pregunto con un hilo de voz. Ella se encoje de hombros.
- Existe la confidencialidad médico-paciente, pero teniendo en cuenta que lo anunciasteis en público…
- ¿Haymitch lo sabe? –creía que no me podía sentir más traicionada.
- ¿Quién? –pregunta confundida.
- Haymitch, mi mentor –definirlo como tal hace que se me contraiga el estómago.
- Puede ser –dice tratando de hacer memoria–, todo el mundo quería saber cómo te encontrabas. Si lo ha preguntado, se lo habrán dicho –no quiero venirme abajo delante de esta desconocida, así que me voy sin siquiera acordarme de coger las pastillas para las náuseas.
Sigo andando por el pasillo con tal endereza que me sorprendo a mí misma. Voy avanzando con la cabeza bien alta, sin detenerme a hablar con nadie. Solo cuando encuentro mi sitio entre las tuberías me permito liberar mis sentimientos.
Estoy embarazada.
He experimentado muchos tipos de terror. Terror a la hambruna, a la muerte, al amor… pero nunca creí tener que enfrontarme a éste y menos ahora. Estoy aterrada; tengo una vida dentro de mí. ¿Cómo voy a poder cuidar de alguien más si ni siquiera valgo para cuidarme a mí misma? ¿No me ha demostrado la vida ya que es inútil proteger a nadie? Empiezo a atar cabos sueltos, comentarios que oí a algunos médicos acerca de qué pastillas o sedantes darme. A veces hablaron en plural pero creí que se referían a Finnick y a mí, no solo de yo y mi criatura. Mi criatura. Me falta el aire. No puede ser que esto esté pasando, no puedo asimilar la idea. Y al cabo de un rato, recuerdo quién es el padre. Lloro hasta ahogarme en mi propio llanto.
Al final salgo de mi escondite. No puedo mitigar ni el dolor ni la ansiedad que siento, no hay nada que pueda calmarme y voy tambaleándome hacia el cuarto de Haymitch. No nos hemos hablado desde que hemos llegado y es a la persona que más odio de todo este asqueroso lugar, pero a la vez, no voy a hablar de esto con nadie más. Entro sin llamar a la puerta. Haymitch está en los huesos y tiene un aspecto lamentable. El síndrome de abstinencia se ha cebado con él. No parece sorprendido de verme pero sí asustado. No sé qué cara tengo, pero creo que doy más miedo así que envuelta por mil llamas.
- Eres un asqueroso traidor –Haymitch frunce el ceño.
- ¿Qué pasa? ¿Vienes a por más? ¿Quieres dejarme ciego del otro ojo preciosa? –veo la baba seca en la comisura de sus labios y me llega el hedor a vómito de su ropa, no muy distinta del hedor al que me tienen acostumbrada mis propias náuseas.
- ¿Cuándo creías que era el mejor momento para contármelo? –avanzo hacia él no haciendo caso a sus palabras– ¿Por qué pensabas que era mejor que yo no lo supiera, pero que Coin sí?
- No me dejaron opción. Peeta no… –doy un puntapié a unos zapatos que hay tirados en el suelo y hago que reboten contra la pared.
- No te estoy hablando de Peeta –decir su nombre hace que me escueza la garganta.
- ¿Y de qué cojones estás hablando entonces? –eso me hace dudar. Parece que dice la verdad, pero podría mentirme como ha hecho otras veces.
- Estoy… –y no me salen las palabras, no puedo decirlo en voz alta. Empiezo a hiperventilar.
- ¿Estás qué? ¡No te permito que vengas aquí a insultarme! –dice dirigiéndose a mí con enfado. Justo cuando creo que va a darme una bofetada, se lo suelto.
- Embarazada.
- ¿Qué?
- No me hagas volver a decirlo… –digo sintiendo que me falta el aire y por el modo en que su cara pierde el color, entiendo que no tenía ni idea. Está blanco como la cal. Nos quedamos mirando a los ojos pero ya no nos retamos, sino que él me mira con compasión y yo con miedo.
- Me dijiste que no era verdad.
- No podía serlo –digo sintiendo la quemazón en mis ojos.
- Me dijiste que no lo estabas –insiste.
- Me electrocuté viva. No debí sobrevivir a eso como para que lo haga… –se me va la voz– me han dicho que es un milagro.
Haymitch se sienta, en su cara leo el mismo miedo que yo he sentido, aunque él no pueda saber qué se siente al tener un ser vivo dentro, y menos si ese ser vivo es de la persona a quién amas y que no sabes ni siquiera si está viva.
- ¿Te acabas de enterar? –asiento.
- No me encontraba bien y he ido a la enfermería… –ya no estoy enfada con él, ver su reacción me ha calmado. Al menos él no me felicita y sonríe como esa estúpida enfermera– allí me han dicho que todo el mundo lo sabía, está en mi historial.
- Entonces, ¿Coin lo sabe?
- Creo que sí. Siempre soy la última en enterarme de todo y estoy harta de sentirme una estúpida marioneta –estoy a punto de llorar pero contengo las lágrimas. Haymitch sigue en silencio y yo le reto a que me diga algo.
- No sé qué decirte –me confiesa con sinceridad.
- No tienes que hacerlo ahora, sino mañana a esta misma hora –me acerco a él y se lo digo con gran determinación– tú vas a decidir qué hago con esto. Esa será la manera de ganarte mi perdón. Yo no puedo con esto así que tú serás quién me diga qué hacer –veo la angustia en su cara pero ni me inmuto–. Mañana a esta hora –le recuerdo y me voy, dejándolo solo con esta tremenda responsabilidad.
Me siento un poco mejor porque ya no soy la única que carga con este peso y encima, no voy a decidirlo yo. Sé que es contraproducente que después de lo que ha pasado pida que me digan qué hacer, pero no puedo con esta noticia, es así de sencillo. Por la noche duermo con relativa facilidad, es como si todo estuviera en stand-by, y estoy relativamente calmada hasta que llega la hora y me planto en la habitación de Haymitch. Por un momento me preocupa que no esté y que haya huido de esto. Espero sinceramente que no lo haya hecho, porque no soy capaz de enfrontarme a esto sola. Por suerte Haymitch me espera sentado en su cama, con los codos apoyados en las rodillas y la barbilla apoyada en una de sus palmas. Sabe a qué he venido y él no ha huido, eso solo puede significar que debe de haber decidido. Él sabe que yo no quiero ser madre, así que estoy esperando que me aconseje que aborte cuando habla.
- Si te deshaces de él te arrepentirás toda tu vida. No puedes matar lo único que te queda de Peeta –sus palabras entran en mí y me traviesan el alma–. Aunque solo tú tienes el derecho de decidir esto, claro.
Sí, esta decisión solo me concierne a mí y de hecho creo que ya la había tomado inconscientemente, pero necesitaba conocer su opinión porque ahora sé lo que verdaderamente quiero. Cuando me ha aconsejado que me lo quedara he sentido alivio y una gran calidez en mi pecho; Haymitch quiere que el niño viva, y eso es exactamente lo que yo quiero también.
- Decidido pues –y me voy para intentar asimilar algo que me he negado a creer; estoy embarazada. Embarazada de verdad, y voy a tenerlo.
.
.
.
.
.
.
**Nota de autora: Varias cosas a comentar, la primera es que casi hago un Oneshot de la escena de la muerte de Peeta con el aerodeslizador, pero no me he sentido capaz de escribir tal barbaridad así que lo he dejado como un pensamiento loco que tiene Katniss pero que no llega a cumplirse. Aunque sigo creyendo que si Peeta muriera en la arena del Vasallaje, esto es exactamente lo que ella haría (aunque probablemente no lograría su objetivo), porque no se limitaría a cumplir las normas sabiendo que Snow iba a matarla igualmente aunque ganara.
Segunda cosa a comentar… el bebé. Aquí es donde quería llegar, ¿qué pensáis de todo esto? A partir de ahora hay un cambio de formato radical, ¡empezamos una nueva versión totalmente distinta de Sinsajo! (Y un saludo a Mayte por el spoiler que le hice en su día, ¡sorry!) ¡Muchísimas gracias por seguir leyendo mi fanfic! Nos vemos pronto, ¡besos y cuidaos!
PD Estoy a favor de lo que sea que siempre decida la madre, ya sea quedarse con el bebé, abortar o darlo en adopción. (No utilicéis este fanfic como referencia porque es ficción).
