Despierto en el hospital y lo primero que siento es dolor, mucho dolor. Aprieto el botón de ayuda como una loca porque esto es inaguantable y cuando entra una enfermera le digo que hagan algo para que me droguen ya, pero ella me dice que no pueden administrarme medicamentos porque estoy embarazada. Eso me devuelve a la realidad de golpe y hace que me arrepienta profundamente de que eso no haya sido lo primero en lo que haya pensado.

- ¿Cómo está? –pregunto alterada.

- Pues la verdad es que las explosiones pudieron haber afectado el feto –eso hace que de repente olvide cómo respirar. Si algo le pasara yo no podría resistirlo.

- ¿Pero le han afectado? –el dolor que siento en el cuerpo solo sirve para recordarme que no me están medicando precisamente por él, lo que significa que sigue conmigo, ¿no?

- De momento parece que está bien, le hemos comprobado las constantes –lo que me dice me tranquiliza un poco pero no lo suficiente. Debe verlo en mi expresión porque se apiada de mí y añade– ¿Quieres comprobarlo tú misma con una ecografía?

- ¿Una ecografía? –repito confusa.

- Sí.

- ¿Pero se vería algo? –no tengo ni idea de nada de esto, absolutamente nada, pero en mi cabeza el pequeño no debe ser más grande que una cereza.

- Oiríamos sus latidos –latidos, corazón, vida. Se me relajan los músculos de la cara formando lo más cerca que soy capaz de formar una sonrisa–. Voy a por el instrumental.

Los minutos que tarda en volver se me hacen eternos. Sobre todo porque no dejo de pensar en ese hospital ardiendo y en todos los pacientes que tenía dentro. Toda esa gente que me deseó lo mejor ahora estaba muerta y yo no había podido hacer nada para impedirlo. Bueno, había derribado uno de los aerodeslizadores, pero eso no fue suficiente, nunca nada de lo que hago es suficiente. La mujer vuelve y me enchufa a una máquina, estoy impaciente porque ocurra algo cuando de repente escucho algo parecido al son de un tambor aporreado a gran velocidad a través del altavoz. Son los latidos de mi hijo.

- Es muy rápido –digo preocupada. A veces mi propio corazón suena así pero lo mío es por ansiedad y estrés post-traumático, no es normal que suene así por las buenas.

- Oh, es muy normal, no te preocupes –suspiro con alivio, aunque de repente me asalta una duda.

- Solo hay uno, ¿verdad?

- Sí, solo uno –me confirma con una risita. Menos mal. Trato de concentrarme en este sonido y no en el dolor atroz que recorre cada palmo de mi cuerpo.

- No te deberían haber enviado a ese sitio tan peligroso –me comenta.

- No tuve elección –una lágrima se resbala por mi mejilla, escapándose de mi control. No sé por qué estoy llorando: si por lo que acabo de decir, por los latidos, por el dolor que siento o por las imágenes que aún están frescas en mi memoria sobre ese hospital volando por los aires.

- Aún faltan unas semanas para que el bebé esté asentado del todo, e incluso pasado ese tiempo nada garantiza que todo salga bien –sigo llorando con la mirada clavada en el techo y una vez más, la enfermera se apiada de mí–. Puedo presentar un informe alegando lo delicado de tu estado y así evitar que te envíen de nuevo a los Distritos.

- Por favor, hágalo.

Sé que la última palabra la tiene Coin, pero quizás con este papel y conmigo exagerando un poco mi estado (mostrándome más loca de lo que ya me siento o algo así) quizás consiga que me dejen en paz como hacen con Finnick. Aunque claro, él no ha hecho ningún pacto con el gobierno del 13.

- ¿Quieres que llame a alguien? –dice preocupada por mí.

- ¿Podría dejarme sola unos minutos?

- ¿Con la máquina conectada?

- Sí, por favor.

Cuando se va cierro los ojos y lo escucho atentamente hasta que me acostumbro a él y asimilo que lo que suena está dentro de mí. Hasta ahora solo había causado muertes pero de repente iba a ser capaz de darla la vida a alguien. Eso me resultaba inquietante pero también asombroso y significaba una gran diferencia en mi historial. Dar la vida en lugar de arrebatarla. ¿Ayudaría eso a equilibrar la balanza? Solo si podía dársela y hacer que la mantuviera por mucho, mucho tiempo.

De repente me entran ganas de hablar.

- ¿Sabes quién soy? –digo sin saber bien qué decir–, no creo que puedas oírme con todo este alboroto… ¿Lo oyes? Son tus propios latidos –creí que me sentiría estúpida pero oír sus latidos me ayudan a cerciorarme de que hay alguien escuchándome–. Siento no haberte hablado hasta ahora pero… supongo que no me había hecho a la idea… aunque no sé si puedes oírme… ni siquiera sé si tienes oídos… pero creo que sí puedes sentirme, ¿verdad? –cierro los ojos y trato de visualizarlo– Te prometo que te protegeré si tú me prometes crecer sano. Tú solo quédate ahí y déjame el resto a mí.

Cuando Haymitch viene a verme me encuentro un poco mejor aunque las heridas producidas por la metralla siguen haciendo que mi piel palpite con miles de punzadas. Sin embargo lo aguanto y me pregunto si por desgracia Peeta podría estar sintiendo dolor también ahora mismo. Trato de enviarle un mensaje con el pensamiento: "no estás solo". Aunque lo está y no puedo hacer nada para remediarlo.

- ¿Cómo te encuentras? –me pregunta Haymitch sentándose en el extremo de la cama.

- Necesito morfina desesperadamente –digo con una risita nerviosa.

- No me hiciste caso y fuiste a abatir esos aerodeslizadores –me riñe aunque su tono es amable. Parece más preocupado que enfadado.

- No me dejaron alternativa.

- Y mira cómo estás.

- Hecha polvo –corroboro y cierro los ojos con cansancio.

Nos quedamos en silencio un rato.

- Oí tu conversación con Gale –eso hace que abra los ojos de golpe. ¿Qué? Durante unos momentos no puedo hacer nada más que no sea mirarle con sorpresa, pero luego asimilo que nunca he gozado (ni gozaré) de privacidad y trato de llevarlo lo mejor que puedo.

- ¿Y qué te pareció? –digo en lugar de preguntar quién más tenía acceso a esa señal. Prefiero no saberlo.

- Que me faltó acompañarlo de palomitas –eso hace que me ría.

- ¿Crees que Gale se lo contará a mi familia? –se encoje de espaldas.

- Quizás deberías adelantarte y contárselo tú –pienso en Prim y en las explicaciones que tendría que darle...

- Quizás –respondo simplemente. Yo no soy de las que explican las cosas–. ¿Cuánto crees que tardarán en enterarse si no se lo digo?

- Lo que tardes en ponerte así –dice poniendo las manos delante de él fingiendo tener una invisible tripa gigantesca. Vuelvo a sonreír. Hoy Haymitch está especialmente simpático, supongo que se ha propuesto entretenerme un rato mientras sigo retorciéndome de dolor.

Al final pasan los días y me recupero, aunque sigo teniendo el cuerpo débil y una jaqueca casi constante. Por suerte todo el mundo está encantado con la grabación del spot (en el que salgo disparando flechas y no explicando mi embarazo a gente que ya no puede irse de la lengua porque está muerta) y me notifican que no hará falta ponerme en más situaciones de riesgo, lo que es un gran alivio. Sin embargo acaban decidiendo enviarme al Distrito 12 para grabar. Haymitch y yo nos negamos, pero me aseguran que no correré ningún peligro y me envían igualmente. Para mi sorpresa compruebo como el chaleco y los pantalones me aprietan un poquito. Sonrío con melancolía; Cinna no pensó que fuera a engordar cuando diseñó este traje. Me pregunto qué diría él si supiera que estoy embarazada. También me pregunto qué diría mi padre, aunque algo me dice que no le haría ni pizca de gracia. Entonces me doy cuenta de que el panadero no pudo salir con mi madre, pero su hijo sí pudo salir con su hija. Estén donde estén nuestros padres, deben de estar partiéndose de la risa. Entre susto y susto, me refiero.

También obligan a Gale a venir conmigo (quién por cierto al final no ha contado nada a mi familia) y nos pasamos todo el viaje en silencio y sin ni siquiera mirarnos. Cuando llegamos no puedo evitar pensar cómo de distinto es todo ahora. Gale y yo éramos inseparables y ahora no quiero ni tenerle cerca. Sé que no fui precisamente amable con él, pero él me hirió muchísimo, así que no voy a disculparme. Los dos somos igual de cabezotas así que no veo que esta situación de silencio vaya a acabarse pronto. Al parecer nuestros compañeros opinan lo mismo que yo, porque tratan de mantenernos separados y nos dan conversación de manera individual. Quiero pensar que lo hacen por mi mala cara y no porque escucharon lo que no debieron por el pinganillo. En fin, en cuanto nos paseamos un poco por los escombros todo esto se me pasa porque no puedo evitar ponerme a vomitar al ver los cadáveres esparcidos.

Dicen que quieren grabar esto pero como estas imágenes lleguen a Peeta… no quiero ni pensar el shock que van a causarle. Él sabe que yo estoy viva porque sabe que estoy con los rebeldes, pero no tiene forma de saber qué ha pasado con su familia y sé que en el fondo tendrá esperanza de que estén bien, porque apuesto lo que sea a que nadie le ha dicho que han pulverizado nuestro Distrito. Así que Peeta no lo sabe, como tantas otras cosas. Cuando pasamos por delante de lo que era la panadería tengo que hacer acopio de todas mis fuerzas para no ponerme a vomitar otra vez. O a llorar, que no sé qué sería peor.

Ir al bosque es lo único que me anima un poco porque sigue intacto y este es un lugar en el que llegué a ser feliz, así que trato de centrarme en eso. Por un momento me permito soñar con una vida aquí, con todos juntos yendo de picnic al lago y con el peque chapoteando en el agua, con Prim, Peeta y por qué no, mi padre, ya puestos a imaginar cosas imposibles. Tanto pensar en mi padre hace que termine por cantarle a Pollux una canción que me enseñó él mismo, y no puedo evitar dedicársela también a Peeta. No tengo claro en qué pensaba quien fuera que escribió la canción (¿alguien de mi familia teniendo en cuenta nuestra vieja pasión por la música?), pero yo al final he llegado a sentirme identificada con la letra porque yo también deseé que Peeta y yo colgáramos juntos para así dejar de sufrir. De hecho, seguiría pensando así si no fuera que lo que llevo dentro me obliga a mantenerme viva. Sin embargo, aunque esto ya no sea una opción para mí, quizás sí lo siga siendo para Peeta, especialmente si lo están torturando... Tengo que dejar de cantar porque solo de pensarlo siento que podría morirme de preocupación, pero me obligan a seguir cantando para así poder grabarlo. Odio profundamente ser una marioneta.

El viaje me ha revuelto las tripas y me ha incrementado la angustia por Peeta, de modo que el efecto de verle en televisión mucho más delgado y demacrado se multiplica y logra que pierda la capacidad de dormir. Ni con pesadillas ni sin ellas, no duermo, no puedo. Cada vez que sale en pantalla me aprieto con fuerza el vientre que ahora sí empieza a estar ligeramente abultado. Es imperceptible para todo el mundo menos para mí, que no hago nada más que observarlo a todas horas.

En la emisión de hoy Peeta se ve peor que nunca. Está irreconocible, no me puedo ni imaginar por lo que estará pasando. Cuando nos da el mensaje de aviso y veo cómo le golpean en directo me vengo completamente abajo. Él está allí sufriendo y yo estoy aquí, en este húmedo sótano del 13 sin poder hacer nada, oyendo como las bombas nos van a enterrar a todos.

- Katniss para –dice Prim sujetándome del brazo y me doy cuenta que me he puesto a rascar la barriga como una posesa y que ya está roja por mis arañazos. Me cubro con la camiseta y me levanto sin decir nada. No sé hasta dónde llegan las sospechas de Prim pero no quiero descubrirlo.

Deambulo perdida, ¿dónde ir en este laberinto de camas? Paso por el lado de la zona de los Hawthrone pero no me detengo, llevo semanas sin hablarme con Gale y hoy no será la excepción. Sigo andando hasta dar con Finnick y tal y como pensaba, él tampoco puede dormir. Me siento a su lado sin esperar invitación y él no hace ningún movimiento que me indique si le parece bien que esté ahí con él. Él tan solo sigue haciendo y deshaciendo nudos.

- No puedo soportarlo –digo al cabo de un rato, él no responde pero sé que me entiende. Él es el único que puede sinceramente empatizar conmigo porque el Capitolio también secuestró a Annie. Me acuerdo de la canción y de sus palabras–, sé que está sufriendo y que lo mejor sería que lo mataran de una vez, pero… soy incapaz de desear eso –se me rompe la voz. Finnick deja el nudo a medias y me mira–. Quiero que vuelva –confieso y no puedo evitar ponerme a llorar. Él pasa un brazo por mis hombros y me coge de la mano, yo me apoyo en él. Es la primera vez que hablo de esto con alguien y que dejo que me consuelen.

- Snow convierte el amor en un arma contra uno mismo, debí habértelo explicado antes… –no puedo evitar pensar en lo irónico de la situación; Snow primero me castigó por no estar suficientemente enamorada de Peeta y luego, por estarlo demasiado. Nada de lo que hago está nunca bien.

- El amor… supongo que es obvio a estas alturas, ¿no?

- ¿Te refieres a que quieres a Peeta? Si, bastante. Me di cuenta cuando se le paró el corazón en la arena y allí es cuando me entró el miedo, porque sabía que eso dificultaría las cosas –volvemos a quedarnos en silencio. Dejo la mirada fija en las decenas y decenas de camas que se extienden frente a mí. Necesito confesar la verdad.

- Finnick hay algo más –siento sus ojos posarse en mí y hago un esfuerzo tremendo por sostenerle la mirada y confesárselo–. Estoy embarazada de verdad –engrandece los ojos de manera exagerada, luego frunce el ceño y se queda unos segundos con la boca abierta antes de hablar.

- ¿Era verdad entonces? –después de la forma tan desastrosa con la que se lo conté a Gale, me esfuerzo por explicarlo bien ahora.

- No nos casamos en secreto ni nada eso, todo eso se lo inventó Peeta. Lo que pasa es que sí estuvimos juntos mientras estuvimos en el centro de Entrenamiento y… bueno… cuando llegué aquí me dieron la noticia –estoy preparada para un interrogatorio, pero me doy cuenta de que él no me hará pasar por eso, él no me juzgará ni me pedirá explicaciones y no puedo evitar agradecérselo internamente–. Estoy aterrada Finnick, ¿qué pasará cuando la gente sepa que existe?

- Protegerlo, eso haremos, yo te ayudaré –no parece estar en condiciones físicas ni mentales de proteger esta promesa, pero igualmente su ofrecimiento me alegra porque no tengo demasiados aliados en este tema precisamente.

- Gracias –digo con sinceridad. Finnick me da un golpecito en la pierna para indicarme que no hay nada que agradecer.

- Este pequeño, se ha aferrado a la vida, ¿eh? Debe ser el vencedor más joven de la historia –comenta con una sonrisa. Este concepto me deja momentáneamente fuera de juego; no había caído que tendría el mismo estatus que Peeta y que yo. No solo es hijo de vencedores sino que él también es un vencedor en sí mismo.

- Quizás debería reclamar que le dieran su casa y su sueldo –digo en broma con una risita, Finnick también se ríe.

- ¿Qué harías con tantas casas? –nada, porque yo no necesito tanto espacio. Soy capaz de dormir entre tuberías y de meterme en espacios de menos de un metro cuadrado.

- Una para los días laborables y la otra para los fines de semana –Finnick vuelve a reírse conmigo y por un momento siento que estamos bien y que parecemos dos amigos normales y corrientes que charlan animadamente. Sin embargo, el peso de la realidad vuelve a nosotros como una losa y nos hace desaparecer el buen humor.

- Con respecto a lo que has dicho antes… –dice al cabo de un rato de silencio– Peeta nunca se irá del todo mientras le tengas a él –tengo que poner todo mi empeño en no volver a ponerme a llorar. Me acerco un poco más a él y él apoya su cabeza a la mía, brindándome su apoyo. Nos quedamos con las manos cogidas en esta penumbra rojiza.

Cuando descubro las rosas blancas esparcidas por el suelo siento que he llegado a mi límite. Es decir, he llegado a mi límite y lo he sobrepasado varias veces durante estos últimos meses, pero esta vez es la definitiva: no voy a grabar nada más que pueda perjudicar a Peeta, hasta aquí he llegado. Fin.

- ¡No podéis obligarme! –grito y Haymitch viene a por mí– No puedo más –digo con agonía.

- Lo sé –me abraza con fuerza y siento que empiezo a perder el conocimiento, no puedo con esta asfixia–. No voy a dejarte sola –oigo que me dice antes de desmallarme.

Cuando despierto y me dice que Peeta va a regresar siento tanta energía brotar de dentro de mí que podría salir corriendo para encontrarme con él a medio camino. Pero apenas han salido y esto puede durar horas y puede no salir bien.

- ¿Quién más ha ido a buscarlo?

- Ya sabes quién ha ido –sí, claro que lo sé. Gale, con quién no me hablo, ha ido a buscar al padre de mi hijo.

Despierto a Finnick, mi nuevo compañero de fatigas, y nos quedamos los dos tiritando, completamente idos, haciendo y deshaciendo nudos con impaciencia, esperando por noticias. Tengo el tic de rascarme el vientre y de clavar mis dedos en él en un intento de llegar hasta el niño, hasta Peeta. Pero me obligo a no hacerlo porque ya he perjudicado demasiado a este niño y sin haber nacido aún. Así que, después de interminables horas, tengo las uñas mordidas, el vientre rojo y los dedos entumecidos de tanto hacer y deshacer nudos.

Cuando me dan la noticia de que están aquí salgo disparada como una flecha. Me tambaleo y me golpeo contra la pared, pero Haymitch me ayuda a orientarme y vamos avanzando a trompicones por los pasillos. Estamos emocionados y locos de alegría pero no, aún no podemos celebrar nada. "Han vuelto" puede significar varias cosas, como que "han vuelto sin Peeta", o "han vuelto sin Gale", o "han vuelto sin Peeta y sin Gale". Veo a Gale y siento que se me ensancha un poco el pecho; mi enfado con él ha pasado a segundo plano porque que siga con vida es mucho más importante que cualquier otra cosa.

- ¿Estás bien?

- Está ahí detrás, pronto despertará –no responde a mi pregunta, pero responde a otra que también he querido hacerle.

- Gracias –digo sintiendo que por fin puedo respirar y que por fin puedo empezar a vivir otra vez.

Haymitch y yo nos miramos y salimos corriendo a buscar al irremplazable integrante faltante de nuestro trío. Cuando le vea lo primero que haré será besarle y luego… ¿le diré de inmediato que estoy embarazada? No, será mejor decírselo después, cuando esté más calmado. Sonrío. ¿Le hará ilusión? Quizás se asuste un poco pero si estamos juntos podremos hacerlo. Voy acercándome a la sala donde lo tienen, la emoción me invade y cruzo la puerta con decisión. Peeta está sentado de espaldas y ya se ha despertado ¡y yo no he sido la primera persona que ha visto al despertar! Me da rabia pero da igual, no importa, sí seré la primera en besarle. Se gira y me ve, mi corazón da un vuelco. Por fin está aquí, esto es un sueño hecho realidad. Quizás haga un poco de broma y le diga que si llega a tardar un poco más en volver se hubiera encontrado a dos perso…

Sus dedos me están estrangulando. Haymitch grita algo y yo trato de zafarme inútilmente porque tiene demasiada fuerza y me ha pillado tan de improvisto que ni siquiera puedo reaccionar. Hasta que uno de los médicos no lo deja KO de un golpe, creo sinceramente que lo último que voy a ver antes de morir van a ser sus ojos inyectados en sangre.

.

.

.

.

**Nota autora: ¡Lo siento! Lo siento, lo siento, lo siento. Me habías pedido encarecidamente que no pasara esto pero es que no podía cambiarlo, ya tenía capítulos preparados en esta dirección… solo puedo decir que habrá reencuentro. Costará un poco, pero lo haré bien, lo prometo.

Me está costando actualizar porque apenas tengo tiempo para escribir y dibujar… sin embargo os tengo muy presentes y tengo mucho cariño por este fanfic, así que no lo dejaré inconcluso pero voy a necesitar tiempo (estoy revisando y tratando de mejorarlo, además de que los capítulos son bastante largos). No me queda otro remedio que pediros un poco de paciencia (pero el fanfic lo terminaré).

De nuevo muchas gracias por vuestro apoyo y agradeceré cualquier comentario o sugerencia que queráis darme (también podéis encontrarme en instagram como angela_moiras_art). Muchas gracias por seguir leyéndome, nos vemos pronto, ¡besos y cuidaos!