Cuando despierto no puedo hablar. Me duele todo el cuerpo pero mi garganta es sin duda el foco de dolor principal. Tampoco puedo respirar, aunque no sé si eso es por la garganta en sí o por el corazón, que también me duele físicamente: cada latido es una punzada. No hablo con nadie, solo cuando Prim entra reacciono pero tampoco demasiado. Lo máximo que logro hacer es posar mis ojos en ella y dejar que ella se encargue de la pequeña comitiva que se ha montado para decirme que a Peeta le han lavado el cerebro para que me mate. Solo hay algo bueno en tener el cuello casi tan hinchado como mi cabeza y es que nadie me fuerza hablar.
Cuando me dejan sola me escapo para ir a ver a Peeta. Sigo sin creerme lo que ha hecho. Sé que está manipulado, que él realmente no quería herirme, pero lo ha hecho y eso me ha destrozado. Sí, Snow lo ha logrado, espero que esté más que contento porque lo ha logrado, ya creo yo que sí. Le veo atado a la camilla completamente enloquecido y lejos de mí. Mi corazón trata de convencer lo que ven mis ojos. Me asegura que él en verdad me quiere y que no pretendía herirme. "Herirnos" me recuerda una voz en mi interior.
Caigo de rodillas. Peeta nos hubiera matado a los dos y ni siquiera habría sido consciente de ello. Peeta matando a su propio hijo. La idea me horroriza tanto que me obligo a levantarme y a huir de allí, ayudándome de mis manos para guiarme por el pasillo.
En mis horas bajas me auto convencía diciendo que tenía que sobrevivir y mantener el bebé a salvo al menos hasta que Peeta regresara, entonces se lo entregaría y podría hacerse cargo de él mientras yo era libre para perecer al fin. Porque sí, en mis pesadillas yo moría en el parto o no podía quedármelo y me lo quitaban o cosas así. En mis pesadillas mi tarea terminaba al pasar estos nueve meses porque era incapaz de ver ningún futuro más allá. Pero no, ahora ni siquiera tenía eso, ahora tenía que luchar incluso después de que naciera porque no solo voy a tener que encargarme de él sola, sino que además voy a tener que mantenerlo a salvo y alejado de su padre. Si hay algo que me duele más que saber que él quiere verme muerta a mí, es saber que él le quiere también muerto a él, aunque no lo sepa todavía. ¿Qué sentirá el pequeño al saber que su padre le quiere muerto? Bueno, no hace falta que me lo pregunte porque ya sé lo que se siente.
Voy dando tumbos hasta llegar a nuestra habitación antes de recordar que se supone que debo de estar en el hospital, pero bueno ¿a quién le importa eso ya? Me encierro en el baño y me miro en el espejo. Veo lo que Snow me ha hecho y me da tanta rabia que parto el cristal de un puñetazo. La sangre sale a borbotones de mis nudillos pero me da absolutamente igual así que sigo luchando hasta hacerlo pedazos. Encima de la pica hay un trozo de cristal que aún se ríe de mí ofreciendo mi lastimera imagen así que lo cojo con la determinación de lanzarlo pero me lo quedo mirando y mientras veo mi rostro sesgado, recuerdo al médico y a su protocolo de aborto. Había una fecha límite para decidir si quería abortar o no. Aún recuerdo esa cuenta atrás, preguntándome si no me estaría equivocando al quedármelo y cuando pasó la fecha sentí que todo iba enserio, que ya no había marcha atrás: el bebé se quedaba conmigo. A no ser… miro el cristal en mi mano.
Nadie hará nada para sacármelo clínicamente, ya solo hay una manera de que esta criatura desaparezca y es mediante el asesinato directo. Me levanto la bata y me pregunto cuál sería el lugar propicio para hacer la incisión. Pero eso le dolería, ¿no sería mejor que fuera una muerte plácida? Me miro a mi misma a través del espejo. Sí, si yo muero él vendría conmigo en silencio y no sentiría ningún dolor. Solo se apagaría y no tendría que sufrir ningún corte o golpe. Me acerco el cristal cortante a mi antebrazo. ¿Esto sería lo más rápido? Aunque bien visto quizás debería escoger algún método que doliera, porque yo solo me merezco sufrir y así sufriría por los dos y…
- ¡NO! –Prim corre hacia mí, me quita el cristal de la mano y de un empujón me aparta del baño, cortándome los pies descalzos en el proceso.
No sé qué ha pasado, no entiendo nada. Prim tira de mí y cierra la puerta del baño, apartando los cristales de mi alcance. Ni siquiera su llanto consigue hacerme reaccionar. Me habla pero no logro entenderla... hasta que dice las palabras correctas.
- Lo haremos juntas y sino yo cuidaré del niño por ti hasta que te sientas preparada. Yo estaré ahí, no te dejaré sola. Déjamelo a mí, ¿vale? No tienes nada que temer, todo está bien… –la conciencia vuelve a mí y me sacude el cuerpo entero. De repente las piernas parecen no ser capaces de sostenerme más y me caigo.
- ¿Qué he hecho…? –digo mirando su rostro surcado en lágrimas. Las manos me tiemblan y las lágrimas empiezan a bajar por mis mejillas.
- No, no has hecho nada –me asegura ella y me aparta las lágrimas del rostro con las manos–. Todo está bien, no te preocupes, ya estás a salvo, ya estás conmigo –me asegura. Prim, a quién siempre he protegido, había venido para protegerme a mí. Acababa de suceder algo que parecía imposible, por primera vez ella era quién me salvaba a mí–. Yo te cuidaré, a los dos. Puedes estar tranquila –mi pequeño patito va cuidarme.
- Le he fallado y ni siquiera ha nacido todavía –no sabía que Prim lo supiera pero ahora, medio desnuda y con mi vientre al descubierto, creo que ya no es un secreto para ella.
- No, no le has fallado. Lo estás haciendo muy bien –me asegura y me pone una mano en la mejilla–. Todo será más fácil ahora porque no vas a cargar tú sola con esto –y me sonríe, ¿cómo es capaz de sonreírme?
- También te he fallado a ti, se suponía que tenía que protegerte yo a ti y no al revés.
- ¿Qué más da eso ahora? Las hermanas están para protegerse mutuamente y yo ya estoy a salvo gracias a ti, así que deja que sea mi turno esta vez –ojalá aprendiera a confiar en los demás. Es increíble lo cerca que he tenido todo este tiempo el amor y el apoyo incondicional mientras yo solo podía sentir oscuridad y soledad.
- Siento habértelo ocultado –ella niega con la cabeza.
- No te preocupes.
- ¿Des de cuándo lo sabes?
- Hace un tiempo ya, aunque tú te las ingenieras para escaparte, no me ha pasado desapercibido tu aumento de peso y tu cambio de apetito… esperaba a que quisieras contármelo –dice encogiéndose de hombros. Claro, ella estudia para ser médico, ¡qué estúpido soy! Eso hace que llore más aún si cabe. Ella me ha estado cuidando todo este tiempo y me siento fatal por haberla alejado de mi lado.
- ¿Lo sabe mamá?
- Si lo sabe no me lo ha comentado. Yo no se lo he dicho.
- Debe saberlo, está en mi historial médico –digo lastimeramente y trato de apartarme las lágrimas con las manos hasta que me doy cuenta que me estoy manchando las mejillas con sangre. Prim me detiene.
- Espera, no te muevas –se levanta y abre y cierra muy rápido la puerta del baño. Oigo el sonido del agua correr y cuando vuelve lo hace con una toalla húmeda y con el botiquín de primeros auxilios. Empieza a vendarme las manos.
- Prim no lo entiendo –le digo desesperada–. Le quiero, le quiero de verdad. No entiendo cómo he…
- Estoy segura que te habrías detenido, lo sé.
- No Prim, no pensaba en nada y…
- No le des más vueltas, solo has tenido un bajón. Además, no ha pasado nada y eso es lo que importa. Tú y el bebé estáis bien, así que céntrate en eso.
- Pero… –digo temblando. Ella deja mis manos ya vendadas a un lado y me abraza– Le quiero, le quiero de verdad –sé que no tengo justificación posible, pero necesito decirlo, quiero que alguien sepa cómo me siento.
- Lo sé.
- Y a Peeta también, aunque haya tratado de matarnos –me empieza a doler la garganta por hablar tanto. Prim me abraza un poco más fuerte.
- Todo se arreglará, ya lo verás. Solo tienes que apoyarte en mí y todo saldrá bien –me acaricia los brazos para animarme y yo cierro los ojos tratando de calmarme, aunque no lo logro hasta que pasa más de una hora.
Prim ha decidido no contarle a nadie lo que ha sucedido, ya que cree fervientemente que esto no se volverá a repetir (sigue pensando que yo me habría detenido a tiempo y no habría hecho nada irreparable). Pero yo no estoy tan segura de eso y pienso que quizás no sería mala idea que me controlaran o incluso ataran como a Peeta, porque cada vez me siento más loca. Pero Prim cree en mí, lo que no me gusta porque me carga con una tremenda responsabilidad: la de no fallarle.
Prim cree en mí pero también quiere participar activamente en este proceso, así que no tendré correas que me aten, pero sí su vigilancia. No me deja sola ni un momento y cuando se va a trabajar se asegura de que siempre alguien ronde cerca de mí como Haymitch o Finnick. Cuando un día me envió a Delly Cartwright le dije que parara porque yo jamás he sido social y empezar a rodearme de gente solo conseguía estresarme más. Así que conseguí quedarme sola mientras ella trabajaba en la enfermería. Durante ese tiempo holgazaneaba por los pasillos o me quedaba tirada en la cama descansando. Solo cuando Prim volvía me obligaba a comer y a hacer breves paseos. Incluso se convirtió en mi estilista personal porque se encargó de pedir una talla más de pantalones y de camisa para mí. Se ve que le habían querido dar una especie de vestido holgado que es lo que se supone que llevan las embarazadas aquí, pero por suerte se negó y volvió con camisetas y pantalones de varias tallas porque ya me señalan suficientemente con el dedo como que para encima me vean distinta también por esto (creo que, sin miedo a equivocarme, soy la única persona embarazada aquí, o eso o las otras también se han negado a llevar ese camisón hortera). Lo que sí que no hago es meterme la camisa por dentro de los pantalones, cosa que me remarcaría el vientre, así que la llevo por fuera. Haciendo esto rompo los códigos de estética del 13, pero nadie se ha acercado a decirme que me meta la camisa por dentro y más les vale, porque como a alguien se le ocurra le salto a la yugular.
Sí, ya no me queda ni una pizca de orgullo porque mi hermana pequeña se ha convertido en mi niñera. Lamentable. Pero es el precio que debo de pagar por mi error y mentiría si dijera que me desagrada que me haga compañía, porque si hay algo que adoro en este mundo es pasar tiempo junto a ella.
- Quieren que vayas a hablar con Peeta –dice Haymitch tan de repente que me atraganto con el sándwich.
- No –digo cuando puedo hacerme bajar la comida.
- Sí –dice Haymitch.
- No quiero, no pueden obligarme –digo asustada. Ya no llevo el collarín pero sigo sintiendo sus fríos dedos rodeando mi cuello.
- Katniss, necesita tu ayuda para recuperarse –dice cansado. No lo tengo muy claro pero creo que él le está ayudando también.
- Haymitch no puedo –le digo mostrando lo que realmente siento: debilidad y miedo.
- Me da absolutamente igual. Si le quieres de vuelta vas a tener que hacer algo –no me muevo así que suspira–. ¿Me harás hablar con Prim? –eso dispara todas mis alarmas.
- No, no la metas –digo preocupada. Si Prim se enterase… se moriría de preocupación, prefiero que no lo sepa–. Vale venga vamos. Acabemos con esto –digo para evitar que Prim se vea obligada a convencerme para que vaya.
Le sigo por el pasillo mientras mi cerebro piensa a toda velocidad. ¿Qué dirá cuando sepa que estoy embarazada? No, no lo puede saber. ¿Se me ve la tripa con esta ropa? Tiro de la camisa y si bien no se me ve el bulto como tal, se ve que estoy más grande. ¿Atará cabos? ¿Intentará matar al pequeño si se entera? Me detengo a medio camino.
- Por favor Haymitch, no –digo sujetándole de la manga y deteniéndole–. No quiero que me vuelva a hacer daño –y me cojo fuertemente la tripa con ambas manos porque es lo que hago cuando tengo miedo que algo le pase.
- No te lo hará, está atado.
- ¿Y verbalmente? ¿Le habéis puesto un bozal también o qué? –creo que sus palabras pueden herirme más de lo que lo haría un puñetazo. Me coge de los hombros.
- A ver, ¿tú quieres que se recupere?
- Por supuesto –respondo de inmediato, aunque no me permito soñar con eso por miedo a la decepción.
- Pues no puede hacerlo sin ti. Vas a tener que hacer este sacrificio –no quiero llorar antes de tiempo pero me cuesta no hacerlo. No solo porque es una situación horrible, sino porque últimamente no paro de llorar. Es decir, no me faltan motivos, pero creo que las hormonas tienen algo que ver.
- De acuerdo –digo aceptando la carga. De verdad quiero que se recupere, no hay nada que desee más fuertemente en esta vida (aparte, quizás, de propiciarle una muerte lenta y dolorosa a Snow), pero me temo lo peor.
Me dicen que espere detrás de una puerta y me siento como si me llamaran a la arena. Vuelvo a comprobar que la camisa me quede holgada y cuando me dicen que entre lo hago sin pensar, porque si lo pensara detenidamente saldría huyendo en dirección contraria.
Ahí está Peeta, atado a la camilla con parte del rostro vendado. A pesar de estar hecho polvo, tiene mejor aspecto. Cuando me mira me quedo sin aire. Había tratado de bloquear esta sensación, la de saber que estábamos en el mismo Distrito, pero ahora que estamos en la misma habitación la proximidad me quita el aliento. Había soñado con decirle tantas cosas… y ahora solo tengo miedo, porque no sé quién es la persona que tengo delante.
- Así que aquí estás –dice él.
- Eso parece –cierran la puerta detrás de mí y miro a mi izquierda. Detrás de este cristal habrá media docena de personas tomando nota. Me veo en el reflejo y aparto la mirada de inmediato. No he podido volver a verme en un espejo desde ese día.
- No eres gran cosa –bajo los hombros. No voy a pelear con él, no me quedan fuerzas para eso.
- Tienes razón, no lo soy.
- ¿Por qué he pasado por todo esto por ti? –veo sus ojos, su pelo, sus labios, sus mejillas… es el rostro que tantas veces he visto y sin embargo, no soy capaz de reconocerlo.
- Porque eres bueno y querías protegerme –reprimo las ganas de cogerme el vientre. En su lugar hundo mis dedos en los pliegues de los pantalones.
- Dicen que estaba enamorado de ti –"estaba". Quizás sea mejor hacerme a la idea cuanto antes de que lo he perdido para siempre, aunque eso me parta el corazón.
- Lo estabas –se lo confirmo.
- ¿Y tú? –me mira con odio.
- También –recuerdo esos días a su lado y la felicidad que sentí junto a él. También recuerdo el tiempo que pasamos en esa playa y cómo Peeta logró convertir la arena en un lugar hermoso. Le amaba, no había forma de que hubiera dejado de hacerlo, por eso me rompía en mil pedazos ver cómo él sí había dejado de hacerlo. Sé que había sido en contra de su voluntad, pero había creído firmemente que nada podía ser más fuerte que el amor que él sentía por mí. Aunque había estado equivocada por supuesto.
- ¿Por qué debería creerte? Snow dice que eres una mentirosa –es mencionar el nombre de Snow y cambiarle la cara–. Él dice que me engañaste, que tú solo quieres matarme –veo que se pone nervioso y yo también, porque no sé qué hacer para calmarlo.
- Snow te ha engañado –digo despacio.
- ¿Sí? No es eso lo que yo recuerdo –entonces me mira de arriba abajo y hace una mueca de asco– Eres un muto, ¡un muto asqueroso! –trata de levantarse pero está atado. Doy un pequeño salto por el susto– ¡Muto! ¡MUTO! –retrocedo hasta darme de espaldas con la puerta cerrada.
- Dejadme salir –suplico sin poder apartar la mirada de él.
- ¡Muto asqueroso! ¡Ojalá no te hubiera lanzado ese pan! ¡Ojalá estuvieras muerta!
- ¡DEJÁDME SALIR! –grito y oigo como la puerta se abre.
Salgo sin mirar atrás y corro sin saber a dónde voy. Me encierro en una habitación que resulta ser un almacén. Yo también desearía estar muerta y ahora mismo terminaría gustosa con todo si no fuera… si no fuera porque tengo que cuidar de este niño.
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**Nota autora: ¡Hola! De momento son capítulos de transición, pero pronto empieza la acción. Hoy no sé qué más añadir salvo que me gusta hacer que Katniss confíe en Prim y en Finnick, porque a veces tenemos que dejarnos ayudar y confiar en la gente que realmente importa. Y por cierto, casi llegamos a las 55mil palabras, eso es bastante!
Por favor no dudéis en dejar un comentario con cualquier cosa que se os pase por la cabeza! También podéis encontrarme en Instagram como angela_moiras_art donde estoy a medio subir unos dibujos de Katniss en el Distrito 13 con Buttercup (agradecería que le echarais un vistazo también si queréis). Muchas gracias por seguir leyéndome, ¡besos!
