La gente del 13 nos hace aún más el vacío desde ese nefasto día que nos peleamos en el comedor; hemos pasado de ser solo bichos raros a ser bichos raros peligrosos, porque se apartan cuando nos ven. Pero bueno, estoy acostumbrada a la tensión que suelo generar con mi presencia; pongo nerviosos a unos y a otros, pero no hay nada que le pueda hacer. Lo único bueno es que Gale ha dejado de despreciarme y siempre que me ve se sienta conmigo para hacerme compañía a pesar de las miradas de los del 13.
Al cabo de unos días Peeta vuelve al comedor, pero esta vez ni siquiera se molesta en cruzar la sala; se sienta solo en una de las mesas más apartadas. Está claro que no quiere meterse en más problemas y en el fondo se lo agradezco. De repente veo como Johanna, que también comía sola, coge su bandeja y se va a sentar con Peeta. Eso dispara todas mis alarmas. De momento solo veo que están hablando y comiendo pero eso no me tranquiliza, ¿qué le estará contando Johanna? Seguro que le estará diciendo alguna barbaridad y volverá a conseguir que Peeta se ponga nervioso… Finnick y Annie se acercan a nuestra mesa pero les detengo antes de que se sienten.
- Por favor –le susurro y le señalo a Peeta con la barbilla. Él lo entiende.
- Vamos a sentarnos allá Annie –y la conduce hasta la mesa de Peeta.
Por fin me siento tranquila, sé que Finnick paliará los comentarios destructivos de Johanna. Sé que Gale me estará mirando y juzgando por esta acción, pero no puedo remediar querer ayudar a Peeta. Por muy dolida y destrozada que esté… él es la persona a quién le entregué mi corazón y eso no puedo olvidarlo de ninguna de las maneras (aunque él sí lo haya hecho).
- ¿Se sabe algo más de lo del Distrito 2? –digo para tratar de dejar de mirar esa mesa y entretenerme con algo distinto.
- No demasiado, todo sigue igual. Voy a irme con Beetee y unos más dentro de dos semanas aproximadamente, que es cuando Beetee va a terminar la nueva arma en la que estamos trabajando.
- Nunca pensé que llegaríais a tener nada en común –le confieso. Ver a Gale rodeado de tributos es algo sencillamente impensable y sigue chocándome aun a día de hoy.
Pasan un par de días más y estoy empezando a pensar que he logrado más o menos volver a mi solitaria y monótona rutina cuando Haymitch viene a buscarme.
- Le gustaría verte.
- ¿A quién? –pregunto aunque ya sepa la respuesta. Cuando Coin quiere verme me lo dice Gale, así que aparte de Coin, solo se me ocurre otra persona que podría querer verme y que anunciarlo supusiera decirlo con tal solemnidad.
- Se arrepiente de lo que te dijo –no sé cómo tomarme eso.
- ¿Enserio? ¿De qué parte exactamente? –decido desconfiar.
- Ya sabes que él también sufre, no me hagas recordártelo –sí, me acuerdo, y casi que sería mejor que él lo olvidara todo y yo también, porque si sufre es porque tiene momentos de lucidez.
- ¿Hasta qué punto es consciente de lo que pasó? ¿Qué sabe exactamente?
- Le hemos contado lo que sucedió en el Distrito, sabe que su familia ha muerto –eso me provoca una punzada en el pecho. Incluso alguien que estuviera en su sano juicio no sería capaz de asimilar algo así, de modo que no me imagino cómo su mente habrá podido hacerlo.
- ¿Ha preguntado por el niño? –pregunto cuando soy capaz de reunir las fuerzas necesarias para preguntárselo.
- Sí –dice con seriedad–. No le he podido dar muchos detalles porque nunca los compartisteis conmigo, cosa que por otra parte agradezco… –esa chispa de humor no logra relajarme–. Pero le aseguré que era de él y que estuvisteis juntos durante el Vasallaje –de modo que Peeta ya lo sabe todo.
- ¿Qué crees que siente por mí? –él suspira.
- Está confundido.
- ¿Pero es capaz de sentir algo? –se encoge de hombros.
- Es como si tuviera dos personalidades distintas luchando en su interior. Normalmente gana la personalidad que le indujeron pero… en alguna ocasión le ves recuperar el brillo en sus ojos durante unos momentos. Él sigue ahí Katniss, pero está encerrado y debemos ayudarle a recuperar el control –me paso las manos por la cara.
- No me digas eso –le suplico.
- ¿Por qué? Es algo bueno, significa que aún existe su antiguo yo.
- Porque eso significaría que… –me tapo la cara con las manos. Significaría que está sufriendo y que sigue preso en el Capitolio, que estar aquí no lo ha ayudado y que la persona a la que amo puede que aún exista, pero no podría soportar otra decepción– ¿cada cuando recupera la consciencia? –pregunto en lugar de responderle.
- Mínimo una vez al día, es un gran progreso. Ahora solo hace falta alargar esos momentos para que gane a los otros.
- ¿Y ahora en qué momento está? –pregunto aunque no me quede de otra, tengo que ir a verle.
- Si estuviera mal no habría venido a buscarte –asiento y me levanto.
- ¿Te dijo lo que me dijo en el comedor? –pregunto con aire distraído mientras avanzamos por el pasillo.
- Sé que es difícil, pero no se lo tengas en cuenta –me pide.
- ¿Crees que realmente le doy asco?
- Solo está confundido, repite lo que le enseñaron a decir.
- Por eso te pregunto qué piensas que siente en realidad –le insisto, aunque que no sea directo conmigo solo puede indicar que él piensa que no me gustará su opinión–. Haymitch, ¿crees que lo recuperaremos?
- Eso espero.
Me encuentro delante de la misma puerta y trato de mentalizarme sobre lo que me encontraré al otro lado pero no puedo. Lo máximo que logro hacer es tratar de peinarme el pelo con los dedos y de alisarme la camisa para que no se me quede pegada en el vientre.
- No tengas miedo –le susurro al pequeño que siento que empieza a impacientarse, como si estuviera preocupado por mí. Oigo el pitido y entro.
Esta vez no está sentado en la camilla sino que en su lugar está sentado en una mesa con una silla vacía en frente. Sus manos están encadenadas a la mesa pero yo me quedo de pie sin sentarme.
- Gracias por venir –dice con educación y yo busco ese destello en su mirada que me indique que su antiguo yo está aquí conmigo, pero no logro identificarlo aunque haya sido cordial.
- ¿Cómo te encuentras? –veo cómo se lame levemente el labio inferior donde tiene un corte. Así que lo que le partió Gale fue el labio.
- Bien, estoy bien. Por favor siéntate –me lo pienso unos momentos pero termino por sentarme. Me alegro que la mesa sea larga porque así nos mantiene separados–. Quería pedirte perdón por lo del otro día.
- Está bien, no te preocupes –digo restándole importancia aunque sí la tiene. No especifica por qué me pide perdón en concreto, pero le perdono todo de igual modo. Le han torturado hasta la locura y eso me impide ser rencorosa, aunque siga sintiendo miedo.
- Insisto. No recuerdo muy bien lo que pasó y lo odio, porque eso significa que perdí el control –hablando de este modo parece que haya recuperado la cordura pero trato de no confiarme para evitar desilusiones.
- De acuerdo, gracias –Peeta sonríe agradecido y por un momento creo ver ese destello del que me ha hablado Haymitch. Pongo una mano sobre mi vientre como acto reflejo.
- Solo recuerdo que tu amigo pega muy bien y que tú tienes un buen swing, porque menudo golpe le diste a Johanna –y se pone a reír. El bebé se mueve, es como si hubiera podido oír su risa. "Sí pequeño, lo sé, tu padre está aquí".
- Se lo merecía –digo simplemente mientras trato de calmar todo lo que estoy sintiendo.
- Tú y ella no os lleváis muy bien, ¿verdad?
- Chocamos mucho –me excuso sin dejar de mirar sus ojos, esperando volver a ver ese destello de verdad que hace que mi corazón lata con fuerza.
- Recuerdo que os peleasteis durante el entrenamiento.
- Es cierto, lo hice porque no quería que tú te pelearas con ella.
- ¿Por qué? –pregunta curioso. Me pienso la respuesta porque detrás de ese cristal hay gente apuntando todo lo que decimos y no quiero que en esas libretas haya un párrafo que diga "me ofrecí voluntaria porque no quería que te pelearas con ella desnuda".
- Bueno, digamos que quería protegerte de sus provocaciones.
- ¿Protegerme? –no se acuerda, está tratando de hacer memoria.
- Sí –siento no poder explicárselo mejor pero no voy a darle más detalles. Él se queda dándole vueltas al asunto.
- ¿Cómo en el comedor? Oí que le decías a Gale que se detuviera.
- Sí… –digo con un poco de timidez.
- ¿Por qué? –pregunta con verdadera curiosidad– Yo empecé todo eso.
- Porque eso es lo que hacemos tú y yo: nos protegemos el uno al otro –él sigue sin entenderlo pero de momento acepta lo que le he dicho.
- Gracias por explicármelo –nos quedamos en silencio sosteniéndonos la mirada.
- Si necesitas que te explique nada más solo tienes que pedírmelo.
- Lo haré, gracias. Pero creo que por hoy ya he tenido suficiente –tardo un momento en comprender que ha dado nuestro pequeño encuentro por terminado. Eso me decepciona un poco porque justo empezaba a sentirme cómoda con él y a disfrutar de esta charla civilizada.
- De acuerdo –me levanto y veo que sus ojos se posan en mi vientre. El bebé vuelve a moverse. Él casi nunca lo hace pero hoy parece no ser capaz de parar y eso es porque debe sentir a Peeta de algún modo, o eso quiero creer.
- De verdad… ¿de verdad es mío?
- ¿Es verdad que no recuerdas nada? –que haya olvidado lo que fueron las mejores noches de nuestra vida hiere, principalmente porque yo me aferro diariamente a su recuerdo con desesperación para salir adelante. Veo que traga saliva con incomodidad y me preocupa que se empiece a poner nervioso.
- El otro día me acordé de algo pero… no sé si era algo real o si era algo que soñé… –me mira con un poco de miedo y luego mira a su derecha donde está el cristal. Sea lo que sea que recordase no quiere decirlo delante de ellos y eso me alegra porque si recuerda algo de esas noches, no quiero que nadie más lo sepa aparte de él y yo. Nuestra vida sexual es solo cosa nuestra– ¿llegamos a ir nunca a un campo lleno de flores? –niego con la cabeza.
- Subimos dos veces a la azotea donde había carrillones y un pequeño jardín, quizás te suene eso, pero ahí solo jugamos a tirarnos manzanas a través del campo de fuerza –me callo los besos que nos dimos delante del atardecer. Él asiente. Quizás esté confundiendo sus fantasías con la realidad. De repente me da igual que nos escuchen, no puedo dejarle con la duda–. Solo estuvimos juntos las noches previas a los Juegos y el día de la entrevista, en mi habitación del edificio de Entrenamiento –él asiente y se queda pensando en eso, tratando de recordarlo. Aprieto las manos en forma de puños deseando con todas mis fuerzas que lo recuerde.
- Es increíble que se trate del mismo sitio –frunzo el ceño ante ese comentario–. Me refiero al edificio de Entrenamiento: es donde pasé el mejor y peor momento de mi vida. Aunque bueno, estaba a unos cuantos pisos de distancia –entonces me mira y le veo, es él, es Peeta. El bueno y el dulce de Peeta. Mi corazón late desbocado–. No recuerdo bien esas noches pero recuerdo haber pensado precisamente esto, que me torturaban donde había sido feliz, y también recuerdo haberme aferrado al recuerdo de esa habitación y de ti mientras estaba en ese sótano, aunque ahora no pueda evocar las imágenes –se me contrae el estómago.
- Peeta…
- En ese caso también te pido perdón por… –mira mi vientre.
- No te disculpes, él es quién me mantiene con vida –no puedo evitar empezar a llorar. El niño no para de moverse y ya no me cabe duda; sabe que estamos los tres reunidos.
- ¿Él? ¿Es un niño?
- No me lo han dicho aún pero yo así lo creo porque es tan bueno como tú –se rasca la frente con nerviosismo. Quizás esto esté siendo demasiado para él.
- Cuando lo sepas seguro, ¿me lo dirás? –pregunta sin mirarme a la cara.
- Sí, y podrás venir conmigo si quieres para que nos lo digan a la vez –entonces levanta la mirada con miedo y asiente antes de volver a bajarla. Oigo el pitido de la puerta que me indica que debo irme pero no quiero hacerlo, no ahora que Peeta está conmigo, pero supongo que si me dicen de salir es porque intuyen que pronto va a desaparecer. Sin embargo no puedo evitar tratar de alargar este momento un poco más– Vendré a verte todas las veces que quieras, solo tienes que pedírmelo –vuelvo a oír el pitido y les lanzó una mirada amenazante, ¡solo quiero unos segundos más!–. Lo lograremos –le prometo mientras me voy hacia la puerta y antes de salir compruebo cómo se está apretando fuertemente la cabeza.
Voy hacia la sala de mandos para verle a través del cristal. Cuando me ven intentan echarme pero Haymitch les detiene. Me apoyo al cristal y veo como empieza a darse golpes a la cabeza con la palma de su mano, le tiembla el cuerpo entero. Rápidamente sale un médico que lo saca de la mesa y lo devuelve a la camilla para atarlo.
- Katniss… –siento la mano de Haymitch en mi hombro.
- Voy a venir cada día hasta que se acostumbre a mí.
- No deberíamos presionarlo… –entonces me giro y le muestro mi rostro lleno de lágrimas y mi determinación.
- Pues cada dos días o cada tres o cada cuando sea. Pero hoy le he visto Haymitch, era él, de verdad que era él –y me giro hacia el cristal–. Está ahí y tengo que sacarlo.
- Yo de usted no me haría muchas ilusiones, es posible que no pueda volver a ser el que era –miro quién me ha dicho tan desalentadoras palabras y me encuentro a un hombre de mediana edad con gafas. Me acerco a él como me acercaría a una presa en el bosque.
- Usted no lo conoce como yo. Peeta va a volver de un modo u otro, yo me encargaré de eso. Me da igual que no me recuerde, con que recupere su esencia me basta. Así que haga lo que sea necesario –me siento satisfecha al percibir que su medio hacia mí aumenta.
Al final acordamos ver a Peeta dos veces por semana. Los encuentros no duran más que unos veinte minutos en el mejor de los casos, en los que Peeta me hace preguntas y yo se las respondo. Poco a poco le ayudo a descubrir quién es mediante relatarle todas las cosas que sé sobre él. Sus preguntas van desde cosas de su infancia hasta cual es mi color favorito. La ginecóloga ya hace tiempo que me ha dicho que podemos ver al bebé en pantalla pero yo retraso ese momento porque le prometí a Peeta ir juntos, así que voy a los chequeos pero no veo nada del pequeño (aunque yo ya sé que es un niño).
Desde ese día que vi al viejo Peeta, solo he podido verle en ese estado dos o tres veces más y la vez que duró más tiempo fueron quince minutos enteros. Benditos minutos. Reímos juntos y me faltó poco para abalanzarme hacia él y abrazarle porque era él de verdad, pero la mesa me lo impidió. Prim y Haymitch también van a verle una vez a la semana así como Delly, su amiga de la infancia, de modo que se está acostumbrando a ver a amigos prácticamente a diario. Gale nunca me ha dicho nada al respecto, aunque sé que no le gusta que no trate de pasar página, así me lo hace saber el día que se va al Distrito 2:
- Si crees que vas a volver con él y que solo es cuestión de tiempo, deja de aceptar mis abrazos –eso me duele en lo más profundo porque era verdad. Había seguido aceptando su cariño (que básicamente se basaba en su recibir su atención y algún que otro abrazo, pero nunca nos besamos ni nada por el estilo) mientras que yo seguía pensando en cosas que hacer para que Peeta se recuperara.
- Ya sabes que te quiero Gale pero…
- Pero no como le quieres a él.
- Sigues siendo mi mejor amigo –le digo con angustia. Su apoyo me importa mucho, aunque parece que eso no sea suficiente para él. Gale suspira y da un puntapié al aire.
- Me vendrá bien este tiempo separados, porque sinceramente no creo que lo soportara por más tiempo –y dicho esto se sube al aerodeslizador sin despedirse de mí.
Ese día lloré mucho y tuve que pedirle a Prim que durmiera conmigo. Aunque la mañana siguiente fui a ver a Peeta con una sorpresa y con el rostro limpio de lágrimas.
- ¿Te acuerdas? –le digo cuando le doy la pequeña perla. Peeta la hace rodar entre sus dedos.
- Sí, me acuerdo. Te la di en la playa. Es increíble que aún la conserves –me la devuelve.
- Claro, fue un regalo tuyo.
- ¿Tienes el colgante? –sonrío y se lo paso.
- Vaya, no creí volver a verlo –lo abre y mira las fotos–. Creo que cada vez tengo más claro lo que es real y lo que no –tengo tanta fe en él y en el tratamiento que no puedo evitar dejarme llevar por la felicidad que siento; prácticamente me tiro por encima de la mesa para alargarle la mano para que así pudiera cogérmela si lo desea.
Él la mira con miedo unos momentos y lentamente acerca sus dedos a los míos. Cuando me roza veo que se sonroja y para cuando enredo mis dedos con los suyos parece sobrecogido por la situación. Suena el pitido pero yo no me muevo. Es verdad que se ha puesto un poco nervioso pero no me ha soltado la mano, se está acostumbrando a mi tacto así que no quiero marcharme por nada del mundo. El pitido vuelve a sonar.
- Estamos bien, ¿por qué no nos dejáis unos minutos más? –pregunto al cristal. Peeta me coge más fuerte la mano y yo tengo más claro que nunca que no voy a moverme, termino de tirarme por la mesa para cogerle su mano entre las mías. Parecía que iba a ponerse a llorar en cualquier momento y eso era lo que ellos querían evitar pero yo no creía que eso fuera malo; Peeta necesitaba sacar lo que tenía dentro.
- Por favor señorita Everdeen, abandone la sala –miro a Peeta y él parece estar tan dispuesto como yo a irse, es decir, en absoluto. Sin embargo entran en la sala y antes de que me saquen por las malas me levanto (porque una escena violenta lo alteraría). Así que con todo el dolor de mi corazón suelto su mano.
- Volveré pronto –le prometo y como me he levantado por voluntad propia los guardas no me sujetan. Aprovecho eso para acercarme rápidamente a él y darle un beso en la mejilla. He sido muy rápida y nadie ha tenido tiempo de reaccionar. Los guardas me miran mal cuando me acerco a ellos y esta vez sí me sujetan por los hombros mientras me guían hacia fuera–. Sois unos impacientes –les digo con enfado y me giro un último momento para verle y comprobar que sigue mirando la mesa con aprensión.
Lo lograré, Peeta volverá con nosotros. Estoy segura.
.
.
.
.
.
**Nota autora: ¿Qué os parece? La cosa se va encaminando… y el próximo capítulo se llama "Una cita clandestina" y teniendo en cuenta que en este capítulo pasa poca cosa, quizás lo suba más pronto que de costumbre. ¡Por cierto! Por fin ya he averiguado cómo terminaré la historia (la tenía bloqueada) y ahora calculo que le deben quedar unos diez capítulos o así, aunque no hay nada seguro (solo tengo escrito fragmentos). También no os preocupéis con las actualizaciones, tenéis a un ángel que me recuerda que tengo que subir capítulo cada semana (nunca prometí nada similar pero se ve que es lo que estoy haciendo), así que no temáis, no os abandonaré.
Dejadme algún comentario, así quizás me animo a subir el próximo capítulo lo más pronto posible ;) Y dejando de lado este especie de chantaje, de nuevo, muchas gracias por leerme, nos vemos pronto. ¡Besos y cuidaos!
