Al final nos pasamos todo el día en su compartimiento. Estoy tan relajada y feliz que duermo sin pesadillas y del tirón, aunque por la mañana me obligo a prometerme a mí misma que seré un poco más prudente porque Peeta podría tener recaídas… aunque sus brazos acunándome de buena mañana hacen que esas preocupaciones carezcan de sentido, al menos por ahora. He sido infeliz durante demasiado tiempo, ya me preocuparé cuando toque preocuparme, de nada sirve anticiparme.

Pensé que cuando Haymitch y mi familia se enteraran de nuestra decisión nos pondrían alguna pega, como que íbamos muy rápido o algo así, pero nada más lejos de la realidad; parece que el hecho de que vayamos a tener un bebé juntos es justificación suficiente. Aunque Haymitch nos obliga a prometer que estaremos atentos y que nos tomaremos las cosas con calma porque cualquiera de los dos podríamos sufrir recaídas. Le prometemos que iremos con cuidado y ya está, nuestra decisión se hace efectiva al instante.

Ya me he trasladado oficialmente a la habitación de Peeta. No es que tuviera muchas pertenencias, pero con la ropa, el medallón, la perla y el pin en la cómoda de Peeta, ya se ha finalizado mi traslado. Peeta me abraza por detrás y apoya su cabeza en mi hombro mientras yo contemplo el cajón que contiene nuestras únicas pertenencias.

- Me acabo de dar cuenta que es la primera vez que alguien se lleva un souvenir de los Juegos –dice cogiendo la perla entre sus dedos.

- ¿A parte de las heridas y los traumas quieres decir? –él se ríe y su aliento en mi cuello me produce cosquillas. Él vuelve a colocar la perla en el cajón.

- Exactamente. Es el primer objeto físico que se saca de una arena y mi pierna no cuenta porque me la dieron a posteriori –lo ha dicho en broma y a mí me alegra que se lo tome con humor.

- eres el souvenir que me llevé de la primera arena… –digo con tono meloso y él identifica correctamente las intenciones en mi voz, porque pasa a besarme el cuello.

Me giro hacia él y dejo que me guie lentamente hasta la cama. Es un poco complicado maniobrar con mi tripa pero Peeta y yo nos las apañamos bien.

Vivir conmigo ahora mismo es todo un reto porque sigo con las nauseas y las jaquecas, lo que entorpece aún más mi volátil estado de humor. Sin embargo Peeta se mantiene firme y consigue que esté calmada la mayor parte del tiempo, haciendo completamente indispensables sus cuidados. Gracias a él y a sus atenciones he vuelto a dormir por las noches y, ¡sorpresa! ¡He recuperado mi sujetador! Cuando le pregunté qué estuvo haciendo con él todo este tiempo me dijo que primero casi le dio un ataque cuando lo vio en el suelo (porque cuando volvió del hospital se lo encontró todo tal y cómo lo dejamos pero sin los cristales) y que después intentó devolvérmelo pero que no supo cómo. Entró en una especie de espiral de dudas porque no se atrevía a dárselo a Haymitch ni a Prim, ni tampoco a mí directamente por motivos obvios. Incluso pensó en envolverlo como si fuera un paquete para que no se viera el contenido y pasárselo a alguien del 13 para que me lo diera de forma anónima, pero le pudo la vergüenza y el miedo.

- Quería devolvértelo, te lo juro –me dijo cuando me contó la historia.

- ¿Cuándo? ¿Cuándo hubiera nacido la niña? –me mofé de él.

- Seguramente. ¿O qué querías? ¿Que lo llevara en el bolsillo el día de la boda de Finnick?

En general el buen humor nos dura bastante tiempo porque sus besos y sus caricias han resultado ser milagrosas, pero a medida que pasan las semanas poco a poco empezamos a toparnos con la realidad. Nuestro reencuentro ha hecho que olvidemos momentáneamente nuestro dolor y nuestras cargas, pero éstas consiguen finalmente volver a nosotros: de vez en cuando me vuelven las pesadillas y a Peeta le entran repentinos flashes del Capitolio que lo paralizan y hacen que le tiemble el cuerpo entero. Pero nos mantenemos firmes y nos encargamos de rescatarnos mutuamente sin juzgarnos por nuestros miedos. Mantenemos esta relación lo más sana posible dentro de la precariedad de la situación. Aunque no es fácil, porque al final del día los padres y los hermanos de Peeta siguen muertos, así como mi padre, Rue, Cinna, Madge y una interminable lista de amigos. Así que además de cargar con nuestras limitaciones físicas, poco a poco también vuelven a nosotros nuestras cargas emocionales.

Este frágil equilibrio se rompe por completo el día que al vecino de al lado se le cae algo al suelo e inmediatamente después parece como si la pared entera se viniera abajo (¿la estantería quizás?). El caso es que hay un enorme estruendo de cosas cayendo al suelo y suena como si todo eso estuviera sucediendo en nuestra propia habitación. Eso me sobresalta por supuesto (tenemos los sentidos siempre alerta por culpa de la arena), pero eso no es lo que más me asusta ni de lejos; estos desafortunados ruidos han conseguido desencadenar una crisis a Peeta. Me dice que me vaya y así lo hago, espero en el pasillo con el corazón en un puño lo que parece ser una eternidad hasta que viene a decirme que ya ha pasado el peligro y que puedo volver a entrar.

Cuando tiene alguna crisis siempre le cuesta un poco recuperar de nuevo la confianza en sí mismo y no deja que lo toque hasta pasado un rato, así que al entrar me dedico a colocar las sillas en su sitio y a tirar todo lo roto a la basura en silencio.

- Lo siento… –me dice finalmente avergonzado. Cuando me habla significa que está mejor, así que dejo lo que estoy haciendo para acercarme a él.

- No pasa nada –le digo con voz calmada, no quiero alterarlo más de lo necesario.

- No podemos seguir así –dice tapándose la cara con las manos.

- Sí podemos –trato de apartarle las manos para que me mire–. Peeta, Peeta mírame –le cojo las manos con las mías y por fin puedo ver sus ojos azules–. No pasa nada.

- ¿Qué clase de vida le vamos a dar a esta criatura si apenas somos capaces de cuidar de nosotros mismos? –esa es una pregunta que no me siento capacitada para responder, porque yo también me lo pregunto.

- Ya se nos ocurrirá algo… –me mira con angustia porque sabe que yo también tengo dudas. No puedo dejar que siga sufriendo así que le abrazo; ahora mismo no sé qué más puedo hacer por él. No sé cuánto tiempo nos quedamos así, pero cuando nos separamos Peeta parece sentirse mejor.

Han pasado unos días pero Peeta no remonta, él insiste en hacerme creer que está bien, pero yo veo en su mirada que sigue preso por los recuerdos del Capitolio; no parece ser capaz de quitárselos de encima. Hoy Peeta ha ido a ver a Haymitch y yo he ido a pasar la tarde con Prim con la idea de poder distraerme un poco. Me gusta pasar tiempo con ella pero hay cosas de las que no me gusta hablar con ella. No puedo contarle que vuelvo a tener pesadillas por ejemplo, o lo del ataque de Peeta o que los dos sentimos un fuerte pavor a lo que inevitablemente va a pasar en poco más de un mes. ¿A quién podría acudir? Mi madre está descartadísima claro y Haymitch… bueno, se lo podría terminar contando a Peeta de algún modo y no quiero que sepa que estoy preocupada, aunque seguramente ya se lo imagina… ¿quién podría entenderme? Tiene que ser alguien que comprenda la magnitud por lo que estamos pasando, que no nos juzgue y que quiera ayudarnos de verdad. ¿En quién confío para eso? ¿Quién es mi amigo?

La cara de Finnick se materializa en mi mente casi de manera inmediata. Él me escuchará seguro, además que siempre nos hemos entendido y más desde que se llevaron a Annie y a Peeta. Organizo un encuentro con él al día siguiente.

- ¿Qué tal la vida en pareja tortolitos? –me pregunta con esa gran sonrisa que muestra todos sus dientes blancos y perfectos.

- Bueno, seguimos vivos. ¿Así que diría que bastante bien? –hoy me siento mejor físicamente, pero estoy tan preocupada y angustiada que parece que esté en un constante estado de enfermedad.

- Pero no es suficiente, ¿verdad? –hago una mueca porque me ha pillado, aunque no hace falta ser un genio para darse cuenta– A ver, cuéntame –Annie está con nosotros, desde que volvió que son un pack indivisible. Al principio me da un poco de reparo hablar libremente teniendo a Annie tan cerca (nunca hemos hablado realmente, no le tengo confianza…) pero pronto me queda claro que no está interesada en mí, así que hago como si no estuviera con nosotros y le cuento a Finnick lo que me preocupa.

- El otro día Peeta tuvo otro ataque... –Finnick se pone alerta. Yo no quería contárselo a nadie por miedo a que nos separaran, aunque tengo claro que Peeta ya se lo ha debido contar a Haymitch. Igualmente confío en Finnick para esto.

- ¿Qué pasó? –me pregunta muy serio y temiendo lo peor.

- Un ruido fuerte lo alteró y le desencadenó una crisis. Me dijo que le dejara solo y cuando pude volver a entrar a la habitación al cabo de un rato parecía que se había peleado con los muebles.

- ¿Entonces no te hizo daño?

- ¡No! –me apresuro en responder– No, no, claro que no, él me protegió avisándome. Solo necesitó un poco de tiempo para recomponerse…

- Ésa es gran mejora –dice Finnick que si bien sigue muy serio y preocupado, se le ve un poco más aliviado.

- Pero sigue teniendo ataques fuertes –digo angustiada–. Es decir, algunas veces le vienen de repente recuerdos de la tortura y luego necesita unos minutos para volver a calmarse. Pero eso es normal, a mí también me pasa eso con mis demonios, lo que me preocupa es que no había vuelto a tener ese tipo de recaída…

- Ya sabes cómo va esto, es una lucha constante. Lo importante es que aunque se venga abajo, luego vuelva a recomponerse.

- Sí, eso siempre lo hace –digo sin poder ocultar mi orgullo. A veces es cuestión de minutos, a veces de horas, pero Peeta siempre acaba encontrando la manera de regresar a mí.

- Pues yo no me preocuparía Katniss, más de lo normal quiero decir. Su mejoría es más que evidente. Recuerda que antes no sabía ni quién eras tú –no hace falta que me lo recuerde porque lo tengo bastante presente, aunque me esfuerzo por tratar de olvidarlo–. Solo necesita tiempo –dice pera animarme pero eso no me anima en absoluto.

- Tiempo es algo que precisamente no tenemos, ¿sabes? –me señalo el vientre. Hay una fecha límite para la recuperación de Peeta.

- A propósito ¿cuándo sales de cuentas? Estás enorme –siempre he estado muy delgada y ahora, pese a haber ganado varios quilos, no son los suficientes como para disimular mi enorme tripota en comparación con el resto de mi cuerpo enclenque. Mi tripa es más grande que mi cabeza ya.

- El mes que viene.

- ¿Todavía? ¡Pero si vas a estallar! –dice abriendo la boca con exageración.

- Lo sé, ya ni siquiera puedo verme los pies, es horrible… –nos reímos un poco y Annie se ríe también. No nos prestaba atención pero el sonido de las risas la ha hecho volver con nosotros. Doy un largo suspiro– ¿Qué voy a hacer?

- ¿Peeta asiste a algún tipo de terapia?

- Sí, va dos veces por semana, también habla con Haymitch… pero no creo que nada de eso funciona en realidad.

- ¿Por qué piensas eso?

- Nunca habla de lo que le hicieron en el Capitolio. He intentado que me cuente sus pesadillas pero se niega en rotundo… –ahora es Finnick quién da un largo suspiro.

- ¿Tú hablas de lo que te hicieron en los Juegos? –me pregunta sabiendo la respuesta.

- No es lo mismo –me quejo.

- Es verdad, porque lo suyo es peor –chasqueo la lengua con frustración.

- ¡Ya lo sé! ¿Pero cómo se supone que voy a ayudarle sino? –inocentemente había pensado que solo estando conmigo podría recuperarse, pero Peeta va a necesitar bastante más que eso.

- Peeta te hablará de ello si lo cree necesario, no te preocupes. Me temo que no puedes hacer nada…

- Podríais dar un paseo. A mí me gusta dar paseos –dice Annie de repente. Me cuesta saber cuándo está con nosotros y cuándo no.

- ¡Eso es una idea fabulosa! –Finnick le da un beso en la mejilla como recompensa y ella sonríe ampliamente– ¿Por qué no te lo llevas ahí arriba?

- ¿Al bosque? –pregunto incrédula.

- Eso podría ayudarle un poco. No debe haber visto el sol desde el Vasallaje –me pienso su propuesta.

- No puedo ir con él, no puedo arriesgarme a salir con esta pinta y que haya alguna cámara del Capitolio o algo y que me grabe con esto –mi tripa es imposible de esconder ya–. Podrías ir tú con él –digo rápidamente.

- Lo dudo, ese permiso te lo concedieron a ti.

- Quizás podríamos pedir que hicieran una excepción si lo consideraran parte de la terapia de Peeta… –me aventuro a decir.

- Quizás –dice él aunque no parece muy convencido.

- ¿Dónde podría llevarlo sino? –Finnick se apoya en la mesa con los brazos cruzados. Pensativo.

- ¿Sin salir del trece? Difícil –estamos en un sótano gigantesco de varias plantas, alguna sala interesante debe haber, ¿no? Aunque si la hubiera yo ya habría ido a esconderme ahí.

- ¿Al hangar? Es espacioso…

- No te dejarán ir ahí. Además está lleno de armas y material delicado. Igual piensan que quieres secuestrar un avión o algo –ya, quizás no haya sido mi mejor idea… un momento, ¿ha dicho armas?

- La sala de los colibríes –digo en un susurro, sorprendiéndome a mí misma. ¿Cómo no se me había ocurrido?

- ¿Qué?

- ¡La sala de los colibríes! Está en Defensa Especial, es esa especie de réplica de bosque que tienen ahí abajo para estudiar a los colibríes –Finnick esboza una sonrisa, él la vio también cuando fue a buscar su tridente.

- Ese lugar es ideal. Además Beetee podría dejaros pasar sin problemas, podría decir que quiere probar un nuevo arco contigo.

- Voy a organizarlo todo –la adrenalina me recorre, ¡por fin sé cómo ser de utilidad!–. ¡Muchísimas gracias! –me levanto y le planto un sonoro beso en la mejilla. Me doy cuenta de lo que he hecho cuando Annie me mira fijamente. Me quedo completamente en blanco, solo atino a decirle– ¡Buena charla! –antes de salir corriendo.

Trato con todas mis fuerzas de olvidar este incidente tan incómodo y me centro en lo que me tengo que centrar: ¡por fin tengo un plan! Es a corto plazo pero un plan al fin y al cabo. Estoy animada y emocionada. Me paso lo que queda de tarde haciendo gestiones para que Beetee autorice nuestra visita que agendamos para el día siguiente (no quiero esperar más). Estoy cansada y me duele un poco la espalda por haber estado todo el día pateándome este distrito arriba y abajo con mi enorme tripa, pero estoy demasiado contenta como para que me importe. No es hasta que estoy a punto de llegar al compartimiento que me doy cuenta que no he pensado en Gale cuando he estado buscando un punto de apoyo. Trato de no sentirme demasiado mal por no haber pensado en mi mejor amigo, ya que él técnicamente no está en este distrito y es la persona menos indicada en todo Panem con la que hablar sobre Peeta. Finnick era la mejor opción sin duda, él nos conoce bien a los dos y aprecia a Peeta, a diferencia de Gale. El bueno de Gale no hubiera podido ayudarme ni aunque hubiera puesto todo su empeño en ello…

- ¿Dónde estabas? –me pregunta Peeta alterado cuando abro la puerta.

- Con Finnick –él rápidamente se acerca a mí y me mira de arriba abajo.

- ¿Estás bien?

- Sí –su mirada inquieta dispara todas mis alarmas–. ¿Qué pasa? –Peeta vuelve a darme un último vistazo antes de relajarse al fin.

- Nada. Que es muy tarde y estaba preocupado, estaba a punto de salir a buscarte… –así que era eso, ¡qué susto!

- Estamos encerrados en un sótano, no puede pasarme nada malo –digo para animarlo. Normalmente voy sola a todos los sitios, no debería sorprenderse por eso.

- Pero estás embarazada de casi ocho meses –me recuerda y eso hace que me inmediatamente me sienta mal. Tiene razón, no debería haber desaparecido durante tanto tiempo estando como estoy.

- Lo siento, no creía que se me fuera a hacer tan tarde…

- Bueno, no pasa nada, estás bien y eso es lo que importa –a pesar de sus palabras me da la espalda y se sienta en la cama, con los codos apoyados en sus rodillas y con la barbilla descansando en sus manos. Algo no va bien. Me siento a su lado y veo sus parpados hinchados y sus ojeras liliáceas.

- ¿Has vuelto a tener un ataque? –le acaricio la espalda para reconfortarlo.

- No.

- Puedes contármelo… –digo con voz suave.

- No he tenido un "ataque" pero… creo que aún arrastro el susto del otro día… –yo también lo creo. Por desgracia esta vez para recuperarse va a necesitar varios días en lugar de unas pocas horas… sonrío al recordar mi plan con Beetee.

- Pronto vas a encontrarte mejor, te he preparado una sorpresa –eso hace que me mire de golpe.

- ¿Qué has hecho? –obviamente no se fía de mí.

- Ya lo verás mañana –digo haciéndome la misteriosa.

- No sé si me gustan las sorpresas –dice inseguro.

- Esta sí.

- Pero…

- No seas pesado, a Finnick le ha parecido buena idea así que deja de preocuparte.

Durante la noche Peeta no puede dormir y sale a pasear por el pasillo. Desde que tuvo ese ataque que no pega ojo, le da miedo dormir a mi lado y evita tocarme por las noches. Vuelve de madrugada y me da un beso en la frente pensando que estoy dormida. Me gustaría alargar mis brazos hacia él y dormir pegada a su cuerpo, pero si sabe que estoy tan cerca no se dormirá, así que me quedo donde estoy mientras él se tumba lo más alejado de mí posible. Tengo puestas todas mis esperanzas en la excursión, si eso no funciona no sé qué lo hará.

Cuando Peeta me pregunta por enésima vez dónde pienso llevármelo le digo que a ver la única cosa bella que hay en este sótano. Por eso cuando entramos en armamento empieza a reírse.

- ¿Cómo lo habías llamado? ¿La única cosa bella de no sé qué? ¿En Defensa Especial? –entiendo su desconcierto, pero me molesta que siga poniéndome en entre dicho.

- Confía en mí –lo empujo hacia los controles donde pasamos por un detector de metales. Peeta tiene que dejar que le inspeccionen la pierna, lo que me recuerda que aparte de tener a toda su familia muerta y cargar con una tortura a sus espaldas, también cuenta con un miembro amputado. Los dos hemos sufrido lo indecible.

Seguimos con el laberinto de pasillos y salas hasta llegar al "estudio" de Beetee. Es agradable hablar con él, es lo más próximo que tenemos a un especie de compañero, aunque siempre fue más como un profesor. Igualmente estamos unidos de por vida por haber sido tributos en la misma arena. Hablamos animadamente sobre todo un poco pero sin entrar en temas escabrosos (aunque ayer ya me tocó hablarle sobre mi embarazo. Casi se le salieron los ojos de las órbitas cuando me vio, pero hoy ya actúa con normalidad porque ya estaba avisado).

- ¿Te apetece dispararle a algo? –le pregunta Beetee.

- Pues no sabría decirte… ¿por eso hemos venido? –me pregunta un poco preocupado. No parece que tenga muchas ganas de disparar cosas (aunque en mi caso esa sea la única forma de liberar estrés).

- No, hemos venido porque quiero enseñarte una cosa. Gracias Beetee por dejarnos pasar –digo mientras tiro de Peeta de la mano para llevármelo.

- A vosotros por venir, ¡siempre se agradecen las visitas!

Empiezo a guiarlo de memoria, porque no me acuerdo muy bien por dónde queda, hasta que el sonido de alas batiéndose me indica que voy en la dirección correcta.

- ¿Oyes eso? –le pregunto entusiasmada.

- ¿Pájaros?

- Colibríes –seguimos por el pasillo hasta encontrar una réplica exacta de un prado, con sus árboles y flores incluidas. Yo no me pierdo detalle de Peeta y su reacción que no me decepciona.

- ¿Qué es… esto? –está completamente anonadado.

- Un prado bobo, ¿tan rápido se te ha olvidado cómo se ve el mundo de fuera?

- ¿Y qué hace un prado aquí abajo?

- Lo tienen para estudiar a las aves, he pedido permiso para que nos podamos quedar aquí un rato aunque se supone que hemos venido a probar las armas (y eso tenemos que decir si nos preguntan). En fin, ven por aquí –tiro de él pero me detengo justo antes de subir el peldaño para entrar a lo que parece ser una vitrina de museo–. Quítate los zapatos, te sentirás mejor –digo quitándome los míos.

- ¿Descalzos?

- Sí, quiero que sientas la naturaleza –a Peeta nunca le ha gustado hacer eso pero me hace caso de todos modos. Me imita y se los quita también y me vuelvo a dar cuenta de que solo una de sus piernas va a poder notar el césped.

- ¿Pero es de verdad? ¿O es artificial? –piso la hierba para comprobarlo.

- Creo que mitad y mitad. Y aunque fuera natural no deja de ser artificial, esto nunca podría estar aquí de forma natural ¿no crees?

Peeta entra conmigo y veo que esto le supone un cambio, puedo ver cómo se le relaja levemente el rostro; este paraje puede alejarlo de sus pesadillas.

- Anda, vamos a dar un paseo.

Nos damos una vuelta por el prado que parece más bien un jardín, y aunque no hay ni una brizna de viento ni un sol sobre nuestras cabezas, se está bastante bien. Entre estos árboles el aire incluso parece menos viciado.

- Tengo que sentarme, estoy bastante cansada –escojo un árbol al azar y Peeta me ayuda a sentarme con la espalda apoyada en el tronco. Peeta se sienta a mi lado– ¿Te ha gustado la sorpresa?

- Muchísimo, este sitio es increíble –sonrío, ¡por fin he podido ayudar en algo!

- Me alegro que te guste –nos quedamos en silencio mirando el paisaje y a los pájaros revoloteando pero yo paso a mirarle a él. Veo las bolsas bajo sus ojos y la carga invisible que baja sus hombros–. ¿Estás cansado? –recuerdo que no ha dormido nada esta noche.

- Estoy bien –dice simplemente.

- ¿Seguro?

- Sí, estoy bien de verdad. Siento mucho hacer que te preocupes por mí de esta manera –la verdad es que desde que tuvo el ataque que he estado muy pendiente de él. Peeta se pasa las manos por la cara en un intento de alejar el cansancio. Entonces se decide, se da un golpecito en las mejillas y me mira con resolución–. Ya está, se acabó auto-compadecerse. Vamos a lo que es importante que es cuidarte a ti.

- Yo estoy bien –digo rápidamente aunque el embarazo no me da tregua.

- Pero no os he hecho mucho caso estos días –se queja.

- Estabas recuperándote –digo excusándolo–. Además, no hay nada que puedas hacer ahora –me coge la mano entre las suyas.

- Sí hay cosas que puedo hacer. Puedo apoyarte, mimarte… –cuando dice eso se acerca mi mano a sus labios y me da un cálido beso en los nudillos– y podríamos empezar a planear el futuro junto a nuestra pequeña –entonces pone su mano en mi tripa y me la acaricia levemente. Esto es algo que no ha hecho estos días y me doy cuenta de que lo había echado de menos. Cuando nos encerramos en nuestro propio mundo lo hacemos porque necesitamos restablecernos, pero nosotros solo somos dos y cuando dejas al otro a fuera es imposible que no se sienta solo sin ti. Le he echado de menos.

- Planear el futuro… eso suena demasiado idílico –me agobian estos temas porque no hay un futuro para nosotros.

- Estamos en un lugar idílico, podríamos permitirnos soñar… –me atrae más hacia él y me da un beso en la mejilla, yo me apoyo en su pecho. Estoy cómoda con él, pero no con el tema.

- No quiero hablar de esto…

- Está bien, poco a poco, centrémonos en pequeñas cosas.

- Como en la Gira de la Victoria –digo recordando de repente esos lejanos días. Nos tomábamos las cosas una a una, como esos bailes durante las cenas.

- Exacto. Nos preocuparemos solo por lo más inmediato, por ejemplo… –pega su cabeza a la mía mientras piensa– ya sé, decidir el nombre de la niña –hago una mueca a la par que chasqueo mi lengua–. ¿Tampoco? Vamos a necesitar un nombre en algún momento.

- Ya lo sé pero… –la verdad es que me da miedo hacer planes y que luego algo salga mal, porque en el fondo sigo pensando que ocurrirá alguna desgracia, porque este es el tipo de cosas que nos pasan.

- ¿Pero?

- Pero no quiero desilusionarme… –Peeta tarda unos momentos en entenderme, pero cuando lo hace se aparta de mí para que pueda verle bien.

- Es normal que tengas miedo, yo lo tengo, muchísimo, pero esta no es la actitud. Tenemos que estar ilusionados por lo que va a pasar, Katniss, llevas a una vida dentro. Eso es algo maravilloso y no lo estamos celebrando lo suficiente.

- ¿Cómo podemos celebrar nada si estamos en guerra y encerrados en un sótano? –me quejo. Peeta se pone serio.

- Pues yo lo celebro, yo estoy contento porque pronto vamos a ser tres y tendré a una hija a quién podré enseñarle un montón de cosas y con la que jugaré sin parar. Incluso aprenderé a hacerle tus trenzas. Estoy preparado para darle todo lo que pueda darle de mí y más –Peeta está agotado por las secuelas y su propia recuperación, pero su decisión de cuidar de la pequeña es más firme y fuerte que todo lo demás. Oírle hablar así me ayuda a tener un poco de confianza, pero no puedo evitar seguir sintiendo miedo– Yo tengo esperanza. No, no es esperanza, es seguridad, una realidad, vamos a ser padres. Yo ya me he hecho todas las ilusiones del mundo y si tú no quieres ponerle un nombre por miedo a encariñarte, creo que ya haces tarde –tiene razón, ya hago tarde porque la amo con locura y eso que no la he visto todavía. Aunque sin un nombre parecía como si pudiera desvincularme aún un poco, qué estupidez ¿no? Teniendo en cuenta que está viviendo dentro de mí.

- Vale, lo admito, estaba eludiendo lo inevitable, es como si al no hacer planes no fuera a ser real...

- ¿Esto no te parece real? –dice burlándose y tocándome la abultada tripa. Me río porque es ridículo.

- Ya te he dicho que tienes razón, así que venga, vamos a ponerle un nombre. Empieza, ¿cuál te gusta? –Peeta agacha la mirada y arranca uno poco de césped para ponerse a jugar con él.

- Sé el nombre que quieres ponerle tú.

- ¿Yo? ¿Cómo vas a saberlo tú si no lo sé ni yo? –ni siquiera había pensado en ello todavía.

- Rue –dice mirándome fijamente. Oír ese nombre provoca que me coja el vientre en pose protectora. Rue, mi amiga, mi pajarito, atravesada por una lanza. Era solo una niña, la niña más lista, dulce y valiente que he conocido nunca. Muerta para siempre.

- Oh Peeta… –digo emocionada. Él no llegó a conocerla bien pero sabe que fue muy importante para mí y con eso le basta para querer llamar a nuestra hija como ella.

- ¿Le ponemos Rue? –dice sonriendo y acariciándome la tripa. Me encanta que Peeta haya pensado en esto y me encanta este nombre, pero…

- No deberíamos llamarla así.

- ¿Por qué no? –dice sorprendido.

- Porque no necesitamos hacer eso para acordarnos de ella. Siempre la recordaré –digo con cariño y con tristeza–. Y nuestra hija merece tener un nombre solo suyo que no conlleve dolor.

Peeta me da un dulce beso un los labios porque sabe que esto es duro para mí. Yo no siquiera me había planteado nada de esto, pero ahora lo tengo claro. Amo a Rue, de eso no tengo ninguna duda, pero quiero que mi hija tenga su propio nombre.

- Entonces escogeremos un nombre nuevo ¿cuál te gustaría? –me encojo de hombros. No se me dan bien estas cosas.

Empezamos a decir nombres pero todos nos recuerdan a alguna compañera de clase o algún tributo que no nos caía bien (no sabía que hubiera tanta gente que me cayera mal), lo que hace que no consigamos sacar nada en claro.

- Siempre le podemos llamar Sinsajo –dice Peeta en broma lo que hace que se me escape una risotada. Está apoyando su cabeza en mi regazo, descansando.

- Uy sí, claro, ya tenemos plan B –digo con ironía, como si la pequeña no estuviera ya lo suficientemente estigmatizada por el mero hecho de ser mi hija como para encima ponerle ese nombre. Esto será incluso más complicado de lo que creía.

- ¿Y si escogemos un nombre que tenga que ver con la naturaleza? Tú y Prim tenéis nombre de plantas –¡por fin dice algo que tiene sentido! Empezamos a decir nombres de plantas y aunque hay varios que nos gustan, no terminamos de decidirnos.

- Esto es muy frustrante –digo enfadada. Este tipo de cosas me estresan ¡y se suponía que iba a ser el paso más fácil de dar! Maldita sea.

- Tampoco tenemos que decidirlo ahora –me anima–. No te preocupes, encontraremos el nombre perfecto –me coge la mano y me la coloca en su pecho.

"El nombre perfecto" me repito. Ese sería uno que transmitiera paz, que estuviera relacionado con la naturaleza y que de algún modo significara algo para nosotros… Esto va a ser imposible, le tendremos que llamar Sinsajo al final... Peeta empieza a cabecear.

- ¿Por qué no tratas de dormir un poco? –le susurro, ayer no durmió prácticamente nada. Le acaricio el pelo para relajarlo y de repente me sale de dentro tararearle mi canción favorita–. Deep in the meadow, under the willow, a bed of grass, a soft green pillow…

Un nombre que transmita paz, que esté relacionado con la naturaleza y que signifique algo para nosotros…

- ¡YA LO TENGO! –Peeta da un brinco asustado por mi grito. Todos mis esfuerzos por relajarlo se van al carajo.

- ¿El qué tienes? –pregunta alterado.

- ¡El nombre! –digo entusiasmada. Peeta me mira expectante– Willow –decirlo en voz alta hace que sienta una especie de magia.

- Willow –repite Peeta saboreando el nombre en su boca–. Me gusta cómo suena.

- Tiene que ver con la naturaleza y es dulce porque lo he sacado de la letra de una canción de cuna –digo entusiasmada.

- Y es la canción que le cantaste a Rue –me recuerda. No había pensado en eso pero es verdad. Me emociono; mi hija podrá recordarme a Rue sin necesidad de llamarla como ella–. Has encontrado el nombre perfecto –dice con orgullo y yo sonrío porque esto me hace estúpidamente feliz. Mi hija ya tiene nombre.

- Willow –me gusta decirlo en voz alta.

- Willow –corrobora Peeta y entonces acaricia mi vientre– Tu madre acaba de darte un nombre precioso –pongo mi mano encima de la suya y nos quedamos así, sonriendo como bobalicones.

Cuando regresamos al compartimento estamos mucho más animados y Peeta parece haberse librado al fin de sus fantasmas. Willow, Willow, Willow. No podemos dejar de repetirlo. Mi hija pronto nacerá y por fin me siento preparada para recibirla.

.

.

.

.

**Nota autora: ¡Hola! ¿Qué tal? Este capítulo es súper largo, no os podréis quejar ;)

Una de las cosas que más me gusta de LJDH es que es exageradamente realista (y sí, sé que es novela distópica/ciencia ficción) pero lo digo en el sentido de que da igual que hayan cosas que no se expliquen explícitamente, porque todo en esta historia tiene su lógica de modo que podemos entender o deducir lo que falta sin problemas. Por ejemplo, se cree que sus hijos se llaman Willow Primrose y Rye Finnick Mellark y aunque no está oficialmente constatado, podrían ser perfectamente, porque cuando traté de averiguar el por qué de sus nombres (para que Katniss y Peeta lo comentaran en este capítulo) descubrí que tenía todo el sentido del mundo y tuve cero dudas que se escogió el nombre de Willow por la canción (y Rye significa "centeno", y teniendo en cuenta que Peeta se cree que viene del pan de pita y además siendo una familia de panaderos, no cuesta imaginar que le pusieron Rye por ese motivo también). Así que estos nombres son lo más verosímiles del mundo.

Al igual que esta conversación con relación al nombre, también tuve una discusión conmigo misma con relación a qué podrían hacer para animar a Peeta. Así que siguiendo los mismos pasos que discuten Katniss y Finnick, llegué a la conclusión de sacar la sala de los colibríes. Me gusta que a pesar de que me mueva en un mundo cerrado (al ser un fanfic y tal), siga siendo responsabilidad mía encontrar las piezas y colocarlas en su sitio. Además que me ha encantado meterla porque esta sala siempre pasa desapercibida ya que no sale en las pelis y en los libros solo se menciona brevemente.

El próximo capítulo casi con total seguridad se llamará "Willow", pero me tiene un poco bloqueada la verdad, además que se me ha roto el ordenador y estoy con un substituto que va bastante regular... En fin, ¡a ver si fluye la inspiración!

Y nada, solo recordaros que subo fanarts de los juegos en mi instagram ( angela_moiras_art, el último que he hecho por ejemplo trata sobre ellos dos trabajando en el libro de hierbas de los Everdeen, echadle un vistazo si os hace gracia!). Y si habéis leído hasta aquí muchísimas gracias! (Que menudo tostón de comentario) Besos y cuidaos!