La guerra va a terminar pronto, para bien o para mal, un bando va a salir vencedor en los próximos meses. Solo falta el golpe de gracia, rematar la faena que empezó hace 76 años, y me siento con la responsabilidad de inclinar la balanza hacia nuestro favor. Al fin y al cabo, yo fui quién animó a todos a la rebelión (no fue mi intención expresa, pero sigue siendo en gran parte mi culpa). ¿Cómo quedaría que yo no estuviera ahí? ¿Qué imagen daría de mi misma si no lo hiciera? Le doy un beso a Willow que duerme en la cuna y me despido de Peeta para mi hora libre diaria. Hoy no iré a la sala de los colibríes ni al bosque, hoy iré a ver a Haymitch.
- Vaya preciosa, creí que te habías olvidado de mí –Haymitch está en su cuarto jugando al solitario. Me siento con él en la mesa– ¿Qué tripas se te han roto esta vez?
- Quiero saber si me apoyarías en algo –él sigue a lo suyo colocando cartas pero sé que me escucha así que prosigo–. Gale me ha contado que en unos días se irán al Capitolio.
- ¿Y qué? –dice aún con la mirada fija en sus cartas.
- Pues que es la última fase de la guerra.
- ¿Y? –vuelve a insistirme.
- Estoy pensando en ir –se lo suelto al fin. Haymitch deja todas las cartas en la mesa y da un largo suspiro.
- Katniss no vayas.
- Pero… –levanta la mano interrumpiéndome.
- Mira mientras Coin crea que estás entretenida siendo madre, no creerá que eres una amenaza para ella. Pero si haces algo fuera de lugar, como presentarte ahí y entorpecer sus estrategias militares, llamarás su atención y entonces sí vendrá a por ti. La mejor manera de mantener a todo el mundo a salvo es quedándote aquí –sabía que esta era la opinión de Peeta pero no pensé que fuera a ser la suya también, creí que me entendería porque somos parecidos.
- Pero tengo que matar a Snow, es él quién vendrá a por nosotros si no lo hago.
- Snow está acabado. Además si te portas bien Coin igual te deje matarlo tal y como le pediste. Katniss a ti no se te da bien el ajedrez, ¿verdad? Tienes que prever varios pasos por delante de la situación en la que te encuentras, y después de Snow, viene Coin, así que yo empezaría a preocuparme por eso. Además, deja de ofrecerte voluntaria para entrar en las arenas o creeré que has terminado por pillarle el gustillo –eso me enfada, yo no me presento voluntaria a las cosas por ser adicta a la adrenalina ni nada de eso, yo siempre tengo miedo y lo hago solo por obligación.
- Haymitch esto es serio.
- Sí que lo es, porque si vas arrastrarás a Peeta contigo.
- No se lo diría… –digo con la boca pequeña. Haymitch frunce el ceño.
- ¿Le dejarías una nota?
- Supongo –Haymitch se queda en silencio un rato, tiempo que se dedica a mirarme fijamente.
- Vaya, es la cosa más egoísta que te he oído decir nunca –no puedo seguir sosteniéndole la mirada después de estas hirientes palabras, porque dan en el clavo.
- Haymitch tengo que... –me interrumpe.
- Si hicieras eso les perderías para siempre. A mí incluido. Pero si quieres perder a tu familia y dejar a ese chico destrozado y con un bebé de pecho a su cargo, venga, adelante. Pero no te atrevas a volver después.
Tiene razón, se me cae el maldito mundo encima. Mi venganza personal (por más bien justificada que esté) es la cosa más ruin y rastrera del mundo teniendo en cuenta mi situación. Por no hablar de que Peeta no me lo hubiera perdonado en la vida.
- ¿Se lo contarás a Peeta? –pregunto con miedo, no quiero ni imaginarme la cara de decepción que pondría.
- ¿Vas a irte?
- No.
- Entonces no –eso me alivia infinitamente aunque no puedo evitar sentir un escozor en los ojos– ¿De verdad habrías sido capaz de abandonar a Willow? –rompo a llorar. Amo a esa pequeña con todo mi corazón, ella es mi vida ahora mismo. Me escondo el rostro detrás de mis manos.
- Lo siento –digo aunque no debería pedirle disculpas a él. Haymitch tira de mí para abrazarme. Sus abrazos fraternales son lo único a lo que me puedo agarrar en momento así. Él es quién me consuela cuando no puedo contarle las cosas a Peeta.
- Esta situación nos está volviendo locos a todos –dice para animarme. Estoy cansada, estoy dolida y estoy harta de vivir bajo tierra. Me siento atrapada no solo físicamente sino también emocionalmente.
- No se lo digas a Peeta –vuelvo a insistir.
- Tu secreto está a salvo conmigo –eso sí es algo bueno de Haymitch; él nunca cuenta tus secretos. ¿Cumplir las promesas? Bueno, eso ya es otra cosa, pero los secretos nunca los iba contando por ahí.
Cuando vuelvo a mi compartimento cojo a Willow de su cuna y la abrazo fuertemente. No me creo que haya estado a punto de renunciar a este ser tan maravilloso.
- ¿Estás bien? –pregunta Peeta.
- Sí, es solo que la echaba de menos… –él me mira suspicaz porque hace menos de una hora que me he ido, pero igualmente da por buena mi respuesta y no me insiste más. Willow me coge el pecho y empieza a buscar su comida– y justo a tiempo al parecer –me bajo la camiseta (he tirado tanto de ella que ya está dada de sí y me permite sacar el pecho por el escote) y alimento a Willow. Mientras ella come no puedo sacarme de la cabeza qué habría hecho Peeta si yo no hubiera estado. Le miro de reojo y vuelvo a desear que no lo sepa nunca.
Aunque se acabaría enterando al cabo de unos días, cuando Prim viene a vernos.
- La echaré de menos –susurra Prim acariciando su carita con el dedo índice.
- ¿A Willow? –ella asiente– ¿Por qué dices eso? –Prim deja que Willow juegue con su trenza.
- No sé cómo decirte esto…
- Dímelo –su silencio empieza a ponerme nerviosa, se está escudando en Willow para no hablar porque sigue jugando con ella–. Prim –insisto.
- Voy a ir de médico voluntario al Capitolio –sus palabras me dejan en shock.
- ¿Qué?
- Me uno al equipo de médicos que van al Capitolio para tratar a los heridos –siento como el mundo se me cae encima. Es cómo oír a Effie decir de nuevo su nombre.
- No.
- Katniss…
- ¡No! –grito– ¡No me ofrecí voluntaria para que tú ahora vayas a la guerra!
- Pero Katniss es precisamente por lo que hiciste que...
- ¡No! –grito de nuevo– ¡Esa no era la lección que quería que aprendieras!
- ¿Y cuál era sino proteger a los más desfavorecidos? Ahora yo estoy en la otra posición, sé que puedo ser de utilidad y ayudar a la gente –está hablando enserio y eso me horroriza.
- No, la lección era que NADA es más importante que tu vida.
- ¿Ni la tuya Katniss? –me pregunta con recelo. Acepté la muerte para salvarla, así que sí.
- Exacto.
- ¿Ni que la de Willow? –eso hace que se me dispare al corazón, ¿qué dice?– Katniss ahí hay niños, hay Willows por doquier y yo puedo ayudarlos –lo está diciendo enserio, madre mía, ¡que lo dice enserio! Está convencida para ir.
- No, esos no son Willow. Prim...
- Katniss es lo mismo –esto no puede estar pasando. Me tiemblan las piernas.
- Si murieras nada de lo que he hecho habrá servido de nada.
- Si ha servido, he podido aprender y descubrir el tipo de persona que quiero ser y eso es gracias a ti –con horror recuerdo esa niña en la Gira de la Victoria dándome flores y diciéndome que "de mayor me presentaré voluntaria como tú". Empiezo a marearme, están captando los mensajes equivocados.
- ¿Así agradeces el sacrificio que hice por ti? –Prim me coge la mano.
- Así es exactamente cómo quiero utilizar la vida que me diste –le aparto la mano de un golpe.
- Vete, ahora mismo no quiero verte –Prim me mira con preocupación. Le cojo a Willow de los brazos y la empujo–, ¡que te vayas te digo! –ella no dice nada más y sale por la puerta.
Estoy muy alterada, necesito salir de aquí y esconderme en el bosque pero eso no es posible. Willow hace mala cara, seguramente está asustada por mis gritos, así que trato de calmarla mientras no paro de decirle que todo está bien, aunque nada, NADA está bien. Cuando por fin llega Peeta le doy a Willow y salgo por la puerta.
- Ahora vuelvo –es lo único que le digo a esos ojos preocupados.
Por fin llego a mi escondite favorito; las tuberías, las cuales hace mucho tiempo que no visito por cierto. Me permito liberar toda la angustia que siento y lloro de rabia hasta que no me quedan más lágrimas que derramar.
Una vez me he vaciado por dentro trato de pensar con claridad. Prim solo está haciendo lo mismo que Gale hace y lo que yo he estado a punto de hacer. Yo misma he estado a punto de irme con los soldados para matar a Snow... supongo que he hecho demasiado bien mi trabajo, ahora todo el mundo quiere ir a la guerra, incluida mi hermana pequeña. ¿Qué hago? No puedo permitir que le pase nada... empiezo a pensar en las opciones que tengo ¿y si voy con ella? No sé nada de medicina pero quizás pueda ir como soldado que defiende a los médicos voluntarios, ahí quizás habría hueco... he decidido que eso es lo que voy a hacer cuando recuerdo a Willow.
La pregunta de Prim flota en mi mente "¿Y que la vida de Willow?". Nada es más importante que su vida tampoco, es mi hija, aunque Prim también lo es, no la parí pero a efectos prácticos he sido su madre desde que tenía 7 años, ahora tiene 14 así que he sido su madre la mitad de su vida. Aunque esto no es cuestión de que ame más a una o a la otra, sino cuestión de que una estará a salvo con Peeta, y la otra estará en peligro en la guerra. Una necesita más mi ayuda que la otra... maldita sea, Prim va a conseguir que mi hija se quede sin madre.
Me entretengo bastante en el viaje de vuelta al compartimento. ¿Cómo se lo voy a contar a Peeta? Solo de imaginármelo se me revuelven las tripas "¿Te acuerdas que prometimos estar siempre juntos? Vale, pues cambio de planes, me voy a la guerra y tú te quedas a cuidar de nuestra hija, sí, la misma que apenas somos capaces de cuidar entre los dos. Pues nada, que ahora te va a tocar hacerlo a ti solo". Genial, le va a encantar.
Cuando llego al compartimento Peeta se levanta de inmediato.
- ¿Qué ha pasado? Me has dejado muy preocupado –se acerca a mí pero le detengo.
- Será mejor que te sientes… –Peeta frunce el ceño pero no se sienta, se queda de pie, retándome a que le diga lo que pasa. Inspiro profundamente por la nariz antes de soltárselo– me voy a la guerra con Prim.
Le cuento la situación y mis razonamientos, pero nada impide que se desate una batalla campal.
- ¿Qué ha pasado con esos días en los que no dejabas que nadie se acercara a Willow por miedo a perderla? ¿Ya ha dejado de importarte? –me acusa.
- ¡Ni se te ocurra decir eso! –digo terriblemente ofendida– La amo a más que nada en el mundo.
- Y aun así la abandonarás –me suelta.
- ¡Yo no quiero abandonarla! Finalmente había decidido quedarme aquí y no ir al Capitolio pero Prim no me ha dejado otro remedio…
- Ah, así que "finalmente había decidido"… –repite con una mirada que me condena, porque mi frase me ha delatado; esta oración lleva implícito un "había estado dándole vueltas a la idea de dejaros". Pongo los ojos en blanco.
- Vale, sí, llevo pensando en ir la guerra desde hace un tiempo pero decidí no ir por vosotros. Así que no me puedes acusar por eso –digo para evitar que me eche más la bronca. Les escogí a ellos, ¡no puede echármelo en cara!
- Pero ahora sí te vas –sigue acusándome.
- ¡Ha sido Prim! Créeme, he intentado convencerla para que no vaya pero no me escucha, ¡es una cabezota!
- Igual de cabezota que tú –me rindo, no vamos a poder solucionar esto de manera civilizada.
- No quieres entenderlo, ¿verdad?
- No, sí que lo entiendo, necesitas meterte en la acción para sentirte realizada –eso me enfurece. ¿Por qué todos piensan que hago estas cosas por gusto?
- ¡Eso no es para nada así! –hemos empezado a levantar la voz y Willow empieza a quejarse, pero seguimos con la discusión.
- Bueno qué más da, tú ya has decidido, ¿no? Da igual lo que te diga –dice ofendido y decepcionado.
- Bueno, te lo estoy contando ahora, ¿no? –me guardo las ganas de decirle que debería estarme agradecido por estar teniendo esta conversación ahora porque le había ido de un pelo que no se despierta solo con una carta de despedida. Ahora me arrepiento, ojalá hubiera seguido mi plan original y hubiera escrito esa dichosa carta.
- ¿Si? ¿Realmente quieres hacerme creer que tengo algo de voz en todo esto? –él sabe tanto como yo que la decisión ya está tomada. No me atrevo a responderle– Porque tengo otra propuesta para ti: tú te quedas aquí con Willow y yo me voy con Prim –eso me desconcierta fuertemente y me deja momentáneamente fuera de juego.
- ¿Cómo?
- Lo que has oído –estoy tratando de entender lo que me propone pero no puedo, es demasiado descabellado. Además Willow ha empezado a llorar por nuestros gritos, lo que me dificulta pensar.
- Prim es mi responsabilidad –es lo único que atino a decir. Siempre ha sido así, no concibo que alguien más se encargue de esto.
- Te lo pondré fácil: por un lado estás tú, con una familia que te quiere y te necesita, y por otro lado estoy yo, sin familia y solo. ¿Quién crees que es más prescindible? –parpadeo un par de vez para intentar digerir todo esto. Es demasiada información para asimilar de golpe.
- ¡Deja de decir que nadie te necesita porque no es cierto! Willow y yo te necesitamos y por eso quiero que te quedes aquí –le digo enfadada. Odio cuando se menosprecia así, igual que ese día en la playa.
- Más razón me das, Willow te necesita a ti, de modo que si te vas pierdo a las dos únicas personas que quiero en esta vida.
- No permitiré que vuelvas al Capitolio después de todo lo que te ha hecho. Además, tú eres quién merece ser padre, se te da mucho mejor que a mí –digo señalando a los dibujos en su cuna y a los muñecos-calcetín con la palma de mi mano extendida.
Los llantos de Willow adquieren unos decibelios especialmente altos que hacen que no podamos seguir ignorándola por más tiempo. La cojo entre mis brazos y empiezo a mecerla para que se tranquilice, pero no lo consigo fácilmente porque está tan alterada como nosotros.
- Esto es ridículo, no vamos a ponernos de acuerdo –doy un largo suspiro y doy con la solución–. Creo que ha llegado el momento de canjearme un favor que me debes.
- ¿Yo? –dice sorprendido– ¿Yo te debo un favor?
- Así es, ¿te acuerdas cuando entrenábamos para el Vasallaje? ¿Te acuerdas cómo fui a tu casa a suplicarte porque no vinieras pero no me escuchaste y te presentaste voluntario igualmente? Pues ahora es mi turno.
- ¿Tú turno de hacer lo que quieras? Porque me suena a que nunca has dejado de hacerlo –en verdad no le falta razón, pero él siempre ha tomado muchas decisiones por su cuenta también.
- Pues me da igual. Está decidido y me iré con Prim.
- Genial –dice enfadado y solo colaboramos lo justo para hacer que Willow se tranquilice. Una vez lo hace, nos ponemos de morros y nos dejamos de hablar durante los próximos días, nos aseguramos de hacer saber al otro que estamos enfadados. En realidad esta no es la mejor manera de pasar mis últimos días aquí, pero supongo que es más fácil enfadarse que aceptar lo asustados que nos sentimos.
Es la noche antes de irme y Willow se despierta llorando. Me levanto de la cama que compartimos a regañadientes con Peeta (si hubiéramos tenido sofá alguien hubiera dormido ahí, pero como no lo hay, nos quedamos los dos en la cama aunque sin rozarnos) y ahogo un grito cuando mis pies descalzos chocan con las latas de leche en polvo que Peeta trajo el día anterior porque bueno, pronto se acabará darle el pecho. Recojo a Willow de la cuna con culpabilidad.
- ¿Tienes hambre? –le susurro. Esta noche será la última vez que le dé el pecho así que cuando se lo doy no puedo evitar ponerme melancólica. Mucha gente no da el pecho, no debería sentirme mal por ello, pero el problema es que a mí me gustaría hacerlo y no voy a poder. Trato de grabarme el calor de su cuerpecito y su olor a bebé en mi memoria. Solo voy a poder llevarme su recuerdo porque no correré el riesgo de llevarme una foto suya o algo por el estilo y exponerme a que alguien del Capitolio la encuentre– En lo más profundo del prado, allí, bajo el sauce, hay un lecho de hierba, una almohada verde suave.
No me doy cuenta de lo que hago, solo sé que necesito cantarle. Había intentado escribirle una carta por si… bueno, por si dentro de unos años quería leerla, pero me pasó como cuando quise despedirme de Prim o preparar ese discurso para Rue; la hoja se mantuvo en blanco durante las dos horas que estuve delante de ella (menos mal que no hace falta que le escriba ninguna a Peeta). Así que solo voy a poder darle esta canción.
- Este sol te protege y te da calor. Las margaritas te cuidan y te dan amor. Tus sueños son dulces y se harán realidad. Y mi amor por ti aquí perdurará.
- Prométeme que volverás y que le cantarás esta misma canción en el bosque de casa –la voz de Peeta me sobresalta. Me doy la vuelta y le veo con los ojos ligeramente enrojecidos; está haciendo esfuerzos por contener el llanto.
- Te lo prometo –Peeta se levanta y viene a abrazarnos. Toda la tensión que ha habido entre nosotros estos últimos días se evapora de un plumazo. Por fin siento que puedo volver a respirar.
- Siento haberme comportado así… he olvidado que esto tampoco es fácil para ti.
- No, no lo es –me vengo abajo cuando Peeta me besa. Les echaré muchísimos de menos.
- Sabes lo que pasa cada vez que nos separamos, ¿no? –me dice con angustia. Si, lo sé, que a él se lo llevan al Capitolio para torturarlo.
- Esta vez todo va a salir bien, te lo prometo –ninguno de los dos cree en esas palabras pero no lo decimos en voz alta.
Poder dormir abrazada a él lo que queda de noche es más de lo que me había atrevido a desear, pero sigue siendo horripilantemente familiar en el mal sentido: la sensación es que mañana me van a enviar a la arena. Me doy cuenta que, de hecho, no es tan descabellado pensar así. Mañana empiezan los septuagésimos sextos Juegos del Hambre. Dicen que a la tercera va la vencida, espero que sea verdad.
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***Nota autora: ¡Hola! Iba a hacer que Prim no fuera a la guerra pero habría sido reescribir lo mismo que puse en "Juntos en el 13", así que lo he cambiado y de paso me ha ayudado a tener la clave para el desenlace de esta historia.
El momento que Katniss habla consigo mismo pensando lo que le dirá a Peeta ha sido directamente influenciado por lo que piensa en En Llamas antes de la Gira de la Victoria, que dice algo así como "oye recuerdas que estás enamorado de mí? Pues vas a tener que estar más enamorado aún para que así no maten a Gale". Ese momento me encantó y aparentemente también me marcó, porque me he dado cuenta que he puesto lo mismo cuando lo he releído xd
¡Nos vemos pronto, que acabéis de pasar buen día, besos y cuidaos!
