No me despego de Willow para nada, ella hace que mi vida tenga sentido. Además, cuidar de ella es tan agotador que no me deja tiempo para pensar y secretamente se lo agradezco. Está casi tan contenta de verme como lo estoy yo de estar con ella, así que yo le doy toda mi atención cuando me la reclama. Peeta me ha contado que no tuvo otro remedio que mezclarse con los del trece, por lo que Willow quedó expuesta delante de los rebeldes. No me gusta la idea pero me asegura que los trataron muy bien y que todo el mundo se enamoró de ella. Por eso propone que la saquemos de la habitación.
- Pero aquí hay gente armada –digo asustada.
- Igual que allá.
- Pero ¿y si intentan algo contra ella?
- ¿Por qué iban a hacerlo? Estamos todos del mismo lado, incluso los habitantes del Capitolio. Nadie le hará nada y menos si estamos con ella –esa idea me provoca ansiedad. Por no querer no quiero ni acercarla a la ventana por miedo a que algún francotirador la encuentre–. Willow podría pasar tiempo al aire libre, podría ser una buena oportunidad para ella –sé que tiene razón, pero tengo demasiado miedo.
- No soportaría que le pasara nada.
- Katniss, si quisieran hacerle algo, lo harían de todos modos –ve que entro en pánico así que rápidamente añade–. A lo que me refiero es que esa puerta de ahí es simbólica, da lo mismo que estemos a este lado o al otro. Nada cambia el hecho de que estemos en la mansión, al igual que en el trece sabían dónde encontrarnos. Además, estamos protegidos por los rebeldes, mientras no la dejemos sola no tenemos de qué preocuparnos. Nosotros bien que nos movemos por aquí y no pasa nada, ¿no? Es lo mismo para ella, te lo aseguro.
- No quiero hacerlo –digo tajante. Peeta da un largo suspiro.
- Willow no soportará estar encerrada… –es lo único que me dice. No me insiste más.
Al cabo de pocas horas entiendo a lo que se refería. Willow es muy, muy lista y sabe cuando está cómoda y cuando no. Como ahora, que no lo está. Quiere ver luz, quiere movimiento, quiere, en definitiva, dejar de ser una prisionera. Está claro que Peeta la malcrió con esos paseos por el Distrito 13; ahora que sabe lo que es la libertad no está dispuesta a ceder. Me digo que tendrá que obedecer, soy su madre ¿no? Pero cuando sus llantos me resultan completamente insoportables, cedo.
- Muy bien, ¿y ahora qué? –digo con los brazos cruzados mientras Peeta prepara una mochila con agua, comida, juguetes y pañales. La mochila es más grande que Willow.
- Ahora vamos a dar una vuelta. Seguro que así se calmará.
- Antes era más fácil entretenerla… –murmuro con cierto enojo mientras él se carga la mochila al hombro y a Willow del otro brazo– trae, ya la cojo yo.
- Aún estás recuperándote. Tú nos abrirás las puertas, vamos –me sabe un poco mal aceptar su ofrecimiento pero la verdad es que estoy hecha polvo, especialmente mis nuevos injertos de piel que se rasgan con las pataletas de Willow. Ya he sangrado dos veces; mi nueva piel es demasiado delicada para sus mini uñitas.
De hecho, a veces me preocupa que Willow nos vea como a monstruos debido a las innumerables heridas que surcan nuestros cuerpos, pero la verdad es que no le afecta lo más mínimo; ha nacido viéndolas. De hecho sigue tocándome la fea cicatriz que me hizo Johanna en el brazo con la misma naturalidad con la que alguien acariciaría a Buttercup, animal que por cierto no he dejado que se acostara a ella, aunque creo que Prim sí la dejó alguna vez jugar con él… No, no pienses en ella.
Salimos al pasillo e inmediatamente echo en falta mi arco. Me siento como si estuviera guiando a mi familiar por la arena y de hecho actúo en consecuencia; me adelanto hasta las esquina para comprobar que no haya nadie.
- No pasará nada, de verdad. Relájate –odio que me digan que me relaje pero cuando Willow deja de llorar lo hago inevitablemente. Por fin, silencio–. ¿Sabes dónde vamos? –he liderado la marcha pero la verdad es que no tengo ni idea de dónde voy– ¿Y si salimos al jardín? Será la primera vez que Willow esté al aire libre.
- ¿La primera vez? –no puedo evitar sentirme un poco emocionada por poder compartir eso con ella, sobre todo después de lo mucho que soñé con este momento.
- Si, porque no cuenta cuando aterrizamos en el jardín. En ese momento ni lo pensé, solo eché a correr hacia la mansión para buscarte, y Willow ni se enteró porque estuvo llorando todo el rato, había demasiado ruido.
Trato de imaginarme lo que supuso para Peeta recibir la noticia de las explosiones y trasladarse aquí de esa forma tan precipitada mientras estaba al cargo de Willow, seguramente lo empaquetó todo a toda prisa utilizando la misma mochila que lleva ahora. Sin embargo Peeta lo logró. No, es más que eso, tuvo un éxito rotundo, lo que inevitablemente demuestra que soy prescindible. Me ha demostrado que solo se basta y se sobra para esto. Mírale, incluso ahora lo tiene todo bajo control, con su mochila en un brazo y su bebé en el otro. Él es quien ha cuidado de mi hija. Es decir, me alegra que Peeta haya conseguido sobrevivir a ser padre soltero, pero saber que no me necesitan me entristece un poco. Además, eso también me recuerda que él tuvo éxito en su misión mientras que yo permití que asesinaran a mi hermana. No, otra vez no, piensa en otra cosa.
- Mira, el jardín –señala Peeta con el dedo y yo le sigo cabizbaja, haciendo todo lo posible por borrar el recuerdo de las llamas devorando a Prim. Pero me rindo. Es estúpido pensar que superaré su muerte de un día para otro, dudo siquiera superarlo algún día. Así que acepto que me pasaré lo que me queda de día con el ánimo por los suelos.
Nos encontramos con algunos rebeldes en el pasillo y aunque eso inicialmente me provoca un ataque de miedo, termino por relajarme. La mayoría de los soldados ya conocen a Willow de cuando estaban en el trece y los que no, la reconocen rápidamente, y actúan como si la conocieran de toda la vida; le dedican una pequeña sonrisa y los más osados, hasta un pequeño saludo. Peeta tenía razón, la adoran. Así que me permito calmarme un poco aunque no bajo la guardia y sigo mirando a mi alrededor en busca de posibles enemigos.
Salimos al jardín y Willow entrecierra los ojos por el sol, no está acostumbrada a sus rayos (e incluso a mí me daña los ojos, las dos estamos igual) así que nos vamos a la sombra. Peeta le explica las cosas mientras las señala y Willow lo observa todo con esos ojazos que tiene. De repente empieza a dar pataditas, quiere explorar todo este nuevo mundo por sí misma.
- Déjala en el suelo –Peeta duda ante eso, lo que me sorprende, pero igualmente yo la cojo y la pongo sentadita encima del césped.
Lleva un mini vestido azul añil con unos leotardos y una camiseta de manga larga blanca. Se ensuciará, pero me da igual. Cojo sus manitas y las guío hasta el césped para que sienta la naturaleza. La experiencia no va como espero, porque pone la mueca más horrenda que le he visto hacer nunca nada más tocarlo.
- Mira, no pasa nada, es suave –digo tocándolo yo también para que pierda el miedo. Le cuesta pero al cabo de un rato me imita y parece aceptar esa nueva textura, aunque no se fía mucho–. Tienes razón, tenemos que sacarla más de casa –le digo a Peeta. No podemos seguir así, mi pequeña tiene miedo del césped y eso no puede ser. Tiene que conocer el mundo que le rodea, ¿cómo sino va a sobrevivir? Me animo pensando que para eso sí puedo serle útil. Quizás no sea tan prescindible al fin y al cabo.
Nos damos una vuelta por el jardín hasta que encontramos el invernadero. Decidimos ir para enseñarle a Willow las flores porque solo conoce las que ha visto pintadas en su habitación, pero unos soldados nos detienen.
- No tenéis autorización –nos dicen. Yo levanto una ceja. ¿Qué yo no tengo autorización? Punto uno, me da igual y punto dos, me da igual doblemente.
- Solo queremos ver las flores, ¿qué hay de malo en eso? –digo cruzándome de brazos. Yo soy de las que saben negociar las cosas y que, en el caso de no llegar a un acuerdo, lo hace igualmente. Así que estoy preparada para pasar por encima de estos dos.
- Pero si hay algo malo dentro –su voz me sobresalta. Es la comandante Paylor, alguien a quién respeto profundamente.
- Comandante Paylor –saluda Peeta con formalidad y poniéndose recto. Todos hemos terminado por saber cómo comportarnos como militares. Aunque yo no le imito. Una cosa es saber qué dice el protocolo y el otro querer hacerle caso.
- Hola Mellark –entonces mira al bebé–, la pequeña Willow, supongo.
- Supone usted bien –esperaba que cayera rendida a sus pies, como ha hecho todo el mundo que ha conocido a Willow, pero no lo hace. Paylor lleva una carga demasiado grande sobre sus hombros como para permitirse jugar un rato con un bebé. Se la ve agotada. No le dedica más que un vistazo amable antes de volver a dirigirse a mí.
- Os doy permiso para entrar pero no creo que sea buena idea hacerlo con la niña.
- ¿Por qué? –aunque cuando percibo el olor artificialmente dulce de las rosas decido que será mejor que Willow no entre.
- ¿Quieres que Snow conozca a tu hija? –dice sorprendida y eso me deja de piedra.
- ¿Snow? No sabíamos que estaba allí –dice Peeta horrorizado, dando un paso hacia atrás y sujetando más fuerte a Willow. Se supone que Snow ya no puede hacernos daño pero el miedo es real, el control que sigue teniendo este hombre sobre nosotros no conoce fronteras. Peeta tiene miedo de verdad, supongo que recuerda demasiado bien su secuestro, y yo no pienso consentirlo.
- Ahora vuelvo –paso por en medio de los guardas y entro. Me aseguro de cerrar la puerta detrás de mí para evitar que me sigan. De esto tengo que encargarme sola.
No sé qué quiero hacer, ni siquiera sé si le diré nada, pero necesito verlo. Me adentro en el laberinto de rosas y su olor me neutraliza casi de inmediato. Me tiemblan las piernas como resultado de la tortura psicológica a la que me ha estado sometiendo este hombre durante tanto tiempo. Mi cuerpo reacciona a este olor con miedo y me niego a que eso siga pasando. Tengo que vencerlo, tengo que dejar de estar condicionada. "Yo lo mataré" me digo.
Me lo encuentro sentado elegantemente en una silla.
- Señorita Everdeen, volvemos a vernos.
Trata de mantener su dignidad pero es inútil. Tose sangre, apenas puede respirar. "Este hombre está enfermo". Es un viejo decrépito a las puertas de la muerte, si tan solo hubiera muerto hace un par de años atrás… pero no, claro que no, mala hierba nunca muere, este hombre sería capaz de vivir enfermo durante diez años más si se lo permitiéramos.
- Voy a matarlo –le digo sin rodeos. Quiero ver sus ojos cuando mi flecha lo atraviese.
- No quisiera que fuera de otra forma –empiezo a fantasear con todas esas muertes que ideamos Haymitch y yo. No me dejarán hacerlo a mi manera, lo que significaría hacerlo lenta y dolorosamente, pero bueno, aunque sea rápido lo disfrutaré igualmente. Tengo sed de sangre que quiero saciar.
No tengo nada más que decir, ya le he visto y ya me he tranquilizado viendo que está acabado. Estoy a punto de irme cuando se escucha llorar a un niño. A Willow. El pánico se apodera de mí, Snow puede oírla, está oyendo la voz de mi hija.
- Creí que ya no quedaban niños –eso me hiere a niveles desproporcionados; ¡él ordenó matarlos! Semejante falta de respeto me produce arcadas.
- No gracias a usted precisamente –nota mi desazón.
- ¿Lo conoce? –pregunta aguzando el oído para recoger la mayor cantidad de información posible. Yo tiemblo, no puedo permitir que la descubra así que empiezo a hablar para amortiguar el sonido.
- Pagará por todo lo que ha hecho, yo misma me encargaré de ello –hablo con voz alta y fuerte para que le sea difícil escucharla, pero él me ignora, parece que ya tiene la información que necesita.
- Es un bebé. ¿No será su hijo? ¿Estaba embarazada de verdad? –dice con una sonrisa diabólica, esta noticia le divierte. Yo siento como cada poro de mi piel quema de rabia.
- Yo no tengo hijos –digo con firmeza pero le da igual lo que yo diga, Snow ha decidido que ese bebe es mío (lo cual es verdad) y no creerá nada de lo que le diga. "Maldita sea Peeta hazla callar".
- Querida, creí que habíamos acordado dejar de mentirnos –su mirada de suficiencia me dan ganas de aporrearle su estúpida narizota. Pero antes de que pueda moverme, habla de nuevo–. Yo de usted no le quitaría el ojo de encima, a su anfitriona le gusta matar a niños en su tiempo libre.
- Piensa el ladrón que todos son de su condición –ahora Snow pretende que me crea que todo el mundo es como él. Snow ladea la cabeza con una sonrisa gigantesca.
- Los dos sabemos que no me importa matar a niños, pero yo quito la vida por razones muy concretas, ¿de qué me iba a servir a mí matar a esos niños del Capitolio? No tiene ningún sentido –no quiero escucharle, no quiero que su veneno me haga dudar de mi propio juicio así que me dispongo a marcharme.
- No espere que nadie sienta compasión por usted –escupo esas palabras mientras me doy la vuelta y me dispongo a abandonarlo, reticente de seguir escuchándolo.
- ¿Quién se ha beneficiado de sus muertes? ¿No estaba usted también en primera fila? ¿Quién gana si usted y yo desaparecemos del mapa? –no quiero escucharlo, no quiero que me confunda.
- Pagará por todo lo que ha hecho, yo me encargaré de ello –ya estoy llegando a la puerta.
- Asegúrese de esconder bien a su hijo, su hermana fue un daño colateral, pero su hijo será un objetivo, créame.
Cuando salgo a fuera espero poder dar una buena bocanada de aire que me despeje la cabeza pero no puedo, apenas puedo respirar debido a ese espeluznante olor dulzón de las rosas. Todos me miran, lo que incluye a un Peeta tremendamente preocupado, pero me da igual su preocupación. Estoy furiosa.
- La ha oído –digo llena de rabia y frustración. Si tan buen padre es, ¿por qué no ha sabido callarla? Veo un genuino miedo en su mirada pero me da igual, me ciega mi ira– ¿Por qué no te la has llevado?
- ¿Y dejarte sola con Snow? –dice igualmente alterado.
- Lo tenía todo bajo control hasta que ha empezado a llorar –mantengo mi voz baja para evitar que Snow nos escuche, pero se percibe perfectamente mi enojo en el tono que utilizo.
- Lo siento, se ha asustado cuando te has ido… –dice bajando la mirada hasta una Willow que tiene la nariz roja y las mejillas mojadas. La pequeña es totalmente inocente por supuesto, y ni siquiera es culpa de Peeta, que no ha podido hacer nada más que esperar a fuera sin poder entrar y sin poder alejarse. Eso me cabrea aún más, porque si no es culpa de nadie, significa que es culpa mía y con eso ya llenamos el cupo de emociones que puedo sentir hoy, porque nos van a matar a todos, a Willow la primera. Snow sabe que existe.
- Van a matarla –digo como un hecho.
- No mientras yo esté aquí –la voz de Paylor me sorprende, por un momento había olvidado que estaba ahí. Es una persona que en el fondo admiro, pero ahora mismo su presencia me resulta insignificante.
- No hay nada ni nadie que pueda protegernos, nunca habéis podido garantizar nuestra seguridad –estoy harta de esforzarme al máximo y de seguir fracasando. ¿Qué más puedo hacer? ¿No me he sacrificado ya lo suficiente? ¿A cuántas arenas más debo enfrentarme antes de que me permitan vivir de una maldita vez? No soy capaz de recordar ni un solo día feliz en mi vida. Vacío. Pero ni siquiera se me permite huir, qué fácil sería hacer como mi madre y apagarme, pero no puedo. Me giro hacia Peeta– Escóndela, aunque ni siquiera eso será suficiente –digo con amargura. Es totalmente inútil; saben dónde estamos. Ya ni siquiera podemos huir, aquí no hay bosque sino una ciudad en ruinas llena de vainas, quién sabe si aún queda alguna por desactivar. Estamos atrapados y no tenemos escapatoria.
Me voy antes de que sea completamente insoportable mirar la cara de preocupación de Peeta. No puedo enfrontarme a esto ahora mismo, necesito un tiempo para recomponerme y pensar con claridad, nada ni nadie puede calmarme ahora así que me alejo antes no empiece a gritar o a pegar a alguien. Quiero perder todo este estúpido mundo de vista porque mi cabeza va a explotar y por encima de todo, no quiero hacer caso a las palabras de Snow, no quiero que vuelva a engañarme y a manipularme, pero la realidad es que sus palabras ya han hecho mella en mí y mi cerebro está intentando encontrarle algún sentido a todo esto.
Suponiendo que Snow tenga razón y que Coin haya sido el artífice de ese bombardeo, significaría que este nuevo gobierno va a ser básicamente lo mismo pero con una cara diferente, lo que me saca profundamente de quicio teniendo en cuenta que tira por tierra todos nuestros esfuerzos para lograr un futuro mejor. Pero eso ya ni siquiera me importa, lo que me importa es que eso convertiría a Coin en la asesina de mi hermana. ¿Quién gana si usted y yo desaparecemos del mapa? Coin gana. ¿No estaba usted también en primera fila? Sí, estaba.Entonces otra voz se me mete en la cabeza, otra que conozco muy bien: Mira mientras Coin crea que estás entretenida siendo madre, no creerá que eres una amenaza para ella. Pero si haces algo fuera de lugar, como presentarte ahí y entorpecer sus estrategias militares, llamarás su atención y entonces sí vendrá a por ti. Me ahogo, tengo que apoyarme en la pared para no perder el equilibrio.
Haymitch me avisó.
Fui un incentivo para que Coin soltara esas bombas: eso le garantizaría la victoria en la guerra y encima le serviría para deshacerse de un estorbo. Mataba a dos pájaros, en este caso sinsajos, de un tiro. Lo que me lleva a una terrible conclusión.
Yo soy la responsable de la muerte de Prim.
La mejor manera de mantener a todo el mundo a salvo es quedándote aquí. Me había dicho Haymitch. ¿Por qué no lo escuché? Supongo que seguía reticente a creerle después de su traición en el Vasallaje. Al parecer ya no puedo confiar en nadie… lo que me lleva a otra terrible revelación: si efectivamente Coin va a por mí, está claro que Willow corre más peligro que nunca. Y encima de todo, por encima de todo este dolor y sentimiento de culpa que me ahoga, aún hay algo que me irrita todavía más si cabe. Queda la guinda del pastel:
Snow ha logrado manipularme una vez más. Porque está claro que mi siguiente paso ahora va a ser asesinar a Coin. Snow ha ganado.
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**Nota autora: ¡Hola! Me he dado cuenta que en el capítulo anterior no expliqué por qué decidí tomar este rumbo pero me va al pelo hacerlo ahora para poder unirlo todo: por un lado, Prim tenía que morir porque sino hubiera sido como reescribir mi otro fanfic (Juntos en el 13) aunque no he podido evitar salvar a Finnick (es decir, ya que tengo el poder, ¿cómo no salvarle?). Una vez decidí que Prim moría, tuve la clave para resolver todo esto: la evidencia de que Coin mató a los niños, sería tanto para ganar la guerra como para matar a Katniss, porque Katniss iría con Prim, y Coin quería matar a Katniss, de lo cual no habría duda porque es lo que Haymitch le habría dicho a Katniss con lo de quedarse escondida y no ir a la guerra. Así todo tenía sentido, porque en ningún momento he dicho nada de las bombas de efecto retardado (creo) de modo que Katniss no tiene otra forma de saber que ha sido Coin que no sea mediante esto.
Los fanfics nos dan libertad para escribir lo que queramos, pero a mí me gusta la sensación de que tengo un escenario y unas herramientas dentro de un mundo relativamente limitado, y que yo soy la encargada de jugar con todos estos elementos para que todo esto tenga sentido mientras sigo las reglas. No sé, no me parecería muy adecuado, por más fanfiction que sea, que de repente vinieran unos alienígenas y que mataran a Coin por ejemplo. Debo seguir la historia dentro de su mundo para que sea verosímil. Quizás sea una tontería pero me gusta esforzarme por hacerlo así.
Se avecinan semanas inciertas, así que el último capítulo se retrasará un poco. De hecho, he subido este a toda prisa, así que siento si hay más errores de lo habitual. Espero que tengáis unas buenas vacaciones. ¡Besos y cuidaos!
