Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es CaraNo, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is CaraNo, I'm just translating her amazing words.


Thank you CaraNo for giving me the chance to share your story in another language!

Pueden encontrar todas sus historias en su blog, favor de quitar primero los espacios. También compartiré el link directo a su blog en mi perfil de FF.

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Gracias a Yani B por betear esta historia.


"No hay lugar como el hogar".

El Mago de Oz

Enamoraward

—¿Te vas a quedar? —murmuró, y estaba muy seguro de que me estaba oliendo el cuello.

La estaba cargando por las escaleras para llegar al segundo piso, al último piso, y no era fácil.

Se sentía bien. Me refería a tenerla aquí. En mis brazos.

Carajo.

—Maldición, Bella. —Me obligué a reír—. Me pregunto si recordarás esto mañana en la comida.

Una parte de mí esperaba que sí lo recordara.

La comida familiar.

Porque mi familia la veía como parte de la familia.

~¡Sí! Porque soy su pa-pi…

¿Qué carajos?

—¿Por qué no lo recordaría? Le diré a Papá C que nos enseñaste tus bubis a Rose y a mí.

Sí, seguía siendo jodidamente linda.

—Fueron Rose y tú las que intentaron hacer eso. Yo no. No tengo… bubis.

Se rio de forma adorable sobre mi cuello.

—Dijiste bubis. Eres doctor. Se supone que debes decir pechos.

Como sea, siempre y cuando sean los tuyos. Bubis, senos, tetas, pechos, lolas… ¿melones?

Nah.

Llegué a su puerta en ese momento. Bueno, creía que era de ella considerando que decía Swan en brillantes letras rosas sobre la puerta.

¿Era aquí donde se suponía que debía preguntarle si tenía cinco años?

Pero no lo hice porque todavía encontraba que cada detalle de ella era encantador, bonito y jodidamente increíble.

Incluyendo las brillantes letras rosas en su puerta, las brillantes plumas rosas en la recepción del trabajo y sus brillantes zapatos rosas.

Los había visto.

—Dios, espero que recuerdes esto mañana. Ahora, ¿dónde están tus llaves?

—Bolsillo de la chaqueta. Izquierdo. O derecho. No estoy segura.

Cerré los ojos y ahogué un gemido.

Iba a manosear a la pobrecita por eso. Y díganme pervertido porque entré de lleno, comenzando con los deliciosos bolsillos en el culo de sus jeans. No, así no era como se decía, pero al carajo… no estaba muy bien de la cabeza, ¿verdad?

No estaban en sus bolsillos traseros. Y el caballero en mí, sí, había uno ahí en alguna parte, me negó el poder tocar adecuadamente su culo.

~Pa-pi…

Por amor a…

Las encontré. Las llaves. Estaban en el bolsillo de su chaqueta. Probablemente debí haber buscado ahí primero, ¿eh?

En fin.

—Tal vez debería llamarte Edward C… no, espera. Hijo C.

Cristo.

—Uh… ¿bien? ¿Y por qué? —pregunté mientras abría la puerta.

—Porque le digo Papá C a Carlisle, ¿sabes?

—Sí, eso haces. Y eres rara por hacerlo. Pero de todas formas ellos te quieren.

Sonreí. No pude evitarlo.

—Mmhmm, yo los quiero mucho y mucho.

—Lo sé —murmuré.

Miré dentro de su pequeño apartamento. Inhalé su aroma. Era hermoso. El aroma y su casa.

Se abría directamente en su sala-habitación, y por alguna extraña razón, se sentía… más que bien. Perfecto.

—Lindo lugar —le dije, pero lo que realmente quería decirle era: "No hay lugar como tu hogar".

—Gracias, Hijo C. Me encanta aquí en el pueblo de Forks.

Me reí de ella, me quité los zapatos y la cargué hacia su baño. Fue fácil encontrarlo ya que era la única puerta de su apartamento. Estaba a la izquierda, cerca de su área para dormir. Al otro lado del apartamento, cerca del área de la sala, estaba la cocina. No vi mucho de eso, pero sí vi un refrigerador brillante, así que asumí que era la cocina.

La cocina donde preparaba sus delicias.

Carajo.

—¿Has ido a Nueva Orleans, Sexward?

¿Hablando de eso?

—Jesús, me pregunto qué se sentirá leer tu mente. —Le sonreí.

Twitch bufó.

—No te gustaría porque soy demasiado joven, ¿cierto? Entonces, ¿lo has hecho? Me refiero a ir ahí.

Eso dolió.

¿Por qué tenía que decirlo así? Como si fuera… no sé, pero… sonó casi como si se sintiera dolida. Como si yo hubiera hecho algo.

¿Lo hice?

—Um, sí, unas cuantas veces —le respondí, sentándola en el retrete.

—Yo también. Papá nos llevó una vez, y me enamoré de su música.

Oh, Dios.

—Pues tienen muy buena música ahí —comenté, esperando con un demonio que no compartiéramos más cosas en común de lo que ya lo hacíamos—. Aquí está tu cepillo de dientes.

Era rosa. Y brillante.

Una sonrisa tiró de las comisuras de mi boca al verla luchar con su chaqueta.

Luego mis ojos se abrieron como platos. Porque… ella… su… y luego… oh, ella… cantando.

Esda ve oy amiando a Nuea Orleanshh…

La reconocí. Por supuesto. De inmediato.

»¡Oy amiando a Nua Orleanshhh! Voa nesitar dos pares de zapatod cuando termine de caminar eshta meancolía. Cuando regese a Nuea Orleanshhh.

Me quedé ahí parado, boquiabierto como un jodido pez. La miré cepillarse los dientes y cantar arrastrando las palabras. Una canción que yo amaba. Una canción que… carajo. ¿Esto era lo que ella escuchaba?

»Tengo la maeeeeta en mi mano, ¿no es una pena? Me iré hoy daaaquí. Shí, regresaré a casapara quedarme. Shí, voy caminando a Nueva Orleanshh…

Sonaba horriblemente distorsionada.

Era la cosa más hermosa que había oído en mi vida.

Y mi… pecho… mi corazón…

Se contrajo.

Luego me miró con sus enormes ojos de corderito y sonreí al ver el chorrito de pasta en la esquina de su boca y cómo sus ojos se veían vidriosos y desenfocados.

Incluso estando borracha era jodidamente preciosa.

—De verdad me encanta Nueva Orleans, EdHijo C.

Suspiré.

Teníamos demasiado en común.

—Acabas de cantar a Fats Domino, Bella —dije. En realidad, no sabía por qué lo había dicho. Era obvio.

—¡Lo sé! —exclamó con emoción, pero luego empezó a ahogarse con la pasta, o… con el cepillo tal vez. Ahogué una risita mientras la llevaba al lavabo y le daba un poco de agua.

—¿Conoces a Fats Domino? —Tosió con ojos bien abiertos—. Lo amo. Esa es mi música, ¿sabes?

Santo cielo, ¡dame un maldito respiro!

—Otra jodida cosa a la lista —murmuré por lo bajo mientras Bella se enjuagaba la boca—. ¿Qué maldita chica de veintiún años escucha música de los cincuenta? Bella, por supuesto. Claro que también compartiríamos eso. Jodido infierno.

¿En serio? ¿No podía gustarle Britney Spears o algo así? Quería decir, eso era rosa y brillante. Como una goma de mascar. Música pop.

¡No, por supuesto que no! ¡Haz que le gusten las mismas mierdas que yo escucho!

—Hay que llevarte a la cama —suspiré, ya necesitaba salir de aquí.

—Me gusta cómo suena eso —dijo y luché contra otra sonrisa porque el sonido fue ahogado por la toalla con la que se limpió la boca.

Estaba metido en problemas. En un gran, gran problema.

Algo tan simple como verla limpiarse la jodida boca después de lavarse los dientes no debería hacerme querer sonreír.

Pero en cuanto Twitch me estiró sus brazos y la volví a tener en los míos, todo quedó claro.

Muy claro.

Como el cristal.

La deposité en la cama, le acomodé un mechón de cabello detrás de la oreja y la miré acurrucarse en su almohada.

Hermosa.

Bonita.

Adorable.

Sexy.

Natural.

Hogar.

No era mía.

—Buenas noches, doctor SexEdHijo C —arrastró las palabras de forma adormilada, sonriéndome con pereza antes de volver a enterrar la cara en su almohada.

La tapé con su edredón, me agaché y le besé la sien.

—Dulces sueños, hermosa —susurré.

Estoy muy seguro de que estoy enamorado de ti.