Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es CaraNo, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is CaraNo, I'm just translating her amazing words.


Pueden encontrar todas sus historias en su blog, favor de quitar primero los espacios. También compartiré el link directo a su blog en mi perfil de FF.

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Thank you CaraNo for giving me the chance to share your story in another language!


Gracias a Yani por betear esta historia.


"Dios, ¡ella me conoce!"

Scrubs

Edward

¿Cómo demonios pasó esto?

—Carajo —siseé, frotándome la mandíbula antes de lanzar el siguiente golpe.

Recordaba haber estado discutiendo con Bella al cruzar la calle. Ella había estado murmurando cosas sobre comida de cerdo y digestión mientras yo contactaba a Emmett. Luego ambos nos metimos a una cabina, Bella y yo, y estábamos observando a Victoria y su pareja.

Esquivé un puñetazo y le di con la rodilla en las costillas.

—¡Ugh! —Ese fue el hijo de perra.

¿Qué más recordaba? Recordaba haber intentado calmar a Bella. Carajo, ella estaba molesta. Lo detestaba. Pero luego yo estaba peor. Me había levantado de mi asiento antes de saberlo y luego empezaron a caer puñetazos.

Y aquí estábamos, lanzando puñetazos ¡y dolía un putero!

Lancé otro golpe, preguntándome dónde carajos estaba Emmett.

Tomé uno de lado, haciéndome gruñir. Se me reventó el labio, sentía la jodida sangre. Y luego estábamos en el piso y planté mi pie en su entrepierna. Lo pateé.

—¡Hijo de puta! —jadeó.

Sí, debiste haber pensado en eso antes de golpear a tu mujer embarazada.

Patán.

Le lancé otro golpe.

Él me golpeó de regreso, cabrón.

Luego lo escuché. A mi hermano.

—De ninguna jodida manera, Bella. ¡Retrocede!

Lo siguiente que supe era que Emmett me estaba agarrando. Me levantó del piso y me resistí a él, solo necesitaba lanzar unos cuantos puñetazos más, por favor.

—¡Suficiente, Edward! —bramó.

Fue entonces cuando noté que el cabrón seguía en el piso y estaba muy cerca de desmayarse.

Así que intenté relajarme.

—Bien. Suéltame, hermano —murmuré, haciendo una mueca cuando me escoció el labio.

Bella fue la siguiente.

—Edward, ¿estás bien? —lloró.

Era un sonido que dolía mucho más que un labio roto, eso era seguro.

Suspiré y agarré una servilleta de la barra.

—Estoy bien —murmuré, pasándome la servilleta por el labio. Carajo, eso dolió. Me senté en un taburete, pensando… qué jodida estaba resultando ser esta noche. Quería decir, ¿yo peleando? Mierda, suponía que había una primera vez para todo.

Flexioné los dedos. Estaban bien.

—Dijiste que no pasaba nada en bares —gimoteó Bella, recordándome mis palabras de hacía rato, pero en lo que me concentré fue en su voz. El temblor en su voz, y carajo… vi sus lágrimas.

Quería abrazarla.

Lo necesitaba.

—No llores —murmuré, luchando con fuerza por mantener las manos para mí. Incluso intenté sonreír para ella, pero eso también dolió, algo que ella notó. Así que lloró con más fuerza, carajo, estaba temblando. Mi resolución se estaba esfumando. Muy rápido. Luego se fue. Exhalé un aliento—. Ven aquí. —Le abrí los brazos.

Se acercó en un segundo, parándose entre mis piernas. Sus brazos me rodearon el cuello.

Hogar.

Carajo.

La amaba. Tan jodidamente mucho.

—No llores, hermosa —susurré, abrazándola con fuerza.

Inhalé su aroma, enterrando la cara en su cuello.

—¡Pero estás herido! —lloró. Eso me apuñaló.

—Es superficial, Bella —le aseguré en voz baja mientras acunaba su cara en mis manos. Sus ojos brillaban a causa de las lágrimas—. He tenido peores —me reí entre dientes. Cualquier cosa para hacerla sonreír—. Vamos, nena, necesitamos salir de aquí.

Sabía que teníamos que dar nuestras declaraciones, pero necesitaba sacar a Bella de aquí. La gente nos estaba mirando y quería que mi chica se relajara. Así que después de una rápida charla con Emmett y su oficial, llevé a Bella a la clínica.

Ella seguía muy emocional.

Todavía me mataba.

En otro intento por aligerar su humor, pregunté:

—¿Lista para ser mi enfermera?

No se rio y llegamos a la sala de examinación uno.

—Siéntate —dijo con voz rota, asintiendo hacia la camilla de tamaño infantil.

—Bella —murmuré, intentaba llamar su atención, pero ella se veía… ida—. Soy el doctor, ¿recuerdas?

—No me importa —murmuró—. Siéntate.

Hice lo que me dijo y me quité la chaqueta. La miré con preocupación mientras agarraba unas cosas de mi estación de trabajo. Y parecía que sabía lo que estaba haciendo.

—Ten —susurró con voz rota, entregándome una píldora de 400 mg de ibuprofeno y un vaso de agua—. Te ayudará a detener la hinchazón.

Todo en lo que podía pensar era en la maravillosa madre que sería un día. Ella sabía esto. Era una cuidadora y demasiado buena para ser verdad.

Me tragué la píldora y me bebí el agua, ignorando el dolor en mi labio. Era muy profunda la herida, pero ya sabía que no necesitaría puntadas.

—Recuéstate —murmuró.

No dije nada al obedecer. Pero la miré con atención. Estaba… estaba preocupado. Detestaba cómo ella… cómo ella seguía el procedimiento. Era como si lo hiciera en autopiloto.

¿Estaba en shock?

Luego la observé encender la luz de arriba y pararse junto a mí, concentrándose en el algodón que había remojado en agua oxigenada.

Cristo, ¿cómo podría vivir sin ella?

¿Cómo podría irme de aquí?

Ella se inclinó y supe que mis ojos le estaban diciendo todo.

Probablemente fue por eso que ella apartó los suyos.

—Va a arder —susurró.

Hice una pequeña mueca cuando ella entró en contacto con el algodón y me pateé internamente en el estómago cuando sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas. No podía soportarlo. No podía soportarlo, carajo.

—No tienes que hacer esto, hermosa —susurré.

Por favor, nena, no estés triste.

—Sí —gimoteó—. De verdad que sí.

Todo lo que veía era a ella, y todo lo que ella era.

Todos esos meses de luchar contra ella. Fui tan jodidamente estúpido. Debí haberlo sabido. Ella era perfecta desde el comienzo. Me hacía feliz. Más feliz de lo que había sido en mi vida. Fue todo por ella. Solo ella. Su humor, su personalidad relajada, el amor que tenía por los niños, su comida, su cuerpo, su preciosa cara y hermosas facciones. Era todo ella. Desde el comienzo, desde el primer día. Ella me dejaba sin palabras una y otra vez.

—No necesitarás puntadas —murmuró entonces.

Seguí mirándola mientras ella me atendía, mientras me cuidaba. Escuchaba las palabras, el consejo. La escuchaba y la veía.

Mi mente ya estaba decidida.

Mientras ella revisaba mis manos y confirmaba que no me había abierto la piel, no pude contenerme. Me senté cuando empezó a retroceder y agarré su mano. No había forma de detenerlo.

No me miró.

—Bella —exhalé. Mírame, por favor, amor.

No lo hizo, pero yo la vi. Por alguna razón, vi su lucha interna.

Uno podría preguntarse de dónde venía esa jodida claridad porque pude haberla usado muchísimo antes.

Pero estaba aquí ahora y vi lo que ella quería.

Ella también me quería. No era solo yo el que estaba en este desastre.

Dios, ¡me quería!

—Mírame —susurré—. Por favor.

Antes de que pudiera responder, la jalé hacia mí. La necesitaba. Necesitaba sentirla. Mi corazón martilleaba, mis oídos zumbaban. Nuestras frentes se tocaron. La deseaba. Desafortunadamente tenía la mirada agachada. Tan hermosa y expresiva. Mis brazos le rodearon la cintura, estaba tan cerca.

Luego sus ojos se posaron en los míos.

Más cerca.

Era yo mismo. Ninguna estúpida voz interior. Nada de divagaciones, ni darle vueltas ni analizar de más la situación. Era solo yo.

Edward.

Y necesitaba a mi Bella.

Más cerca.

Intercambiamos alientos. Estaba pesado el ambiente. La tensión estaba cargada.

Tenía que hacerlo. No había opción. Tenía que hacerlo, carajo.

Tragué, la miré cerrar los ojos con fuerza. Las lágrimas caían. Tenía que… tenía que besarla.

—Lo siento —susurré, mojándome los labios—. Pero tengo que hacerlo.

Luego presioné mis labios sobre los suyos.