Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es CaraNo, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.
Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is CaraNo, I'm just translating her amazing words.
Pueden encontrar todas sus historias en su blog, favor de quitar primero los espacios. También compartiré el link directo a su blog en mi perfil de FF.
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Thank you CaraNo for giving me the chance to share your story in another language!
Gracias a Yani por betear esta historia.
"Discúlpame mientras saco esto".
Blazing Saddles
Comprendeward
—¡Bien! —espeté, sentí el enojo filtrarse en mí—. Me voy a mudar porque no puedo soportar verte todos los días. Me voy a mudar porque acostarme contigo hizo que me fuera imposible no querer más. ¡Me voy a mudar porque me enamoré de ti!
Um.
Mierda.
.
.
.
Qué incómodo.
~Tú lo dijiste.
Era en ese momento donde deseaba poder soltar una risita y decir: "Sabes… solo estaba bromeando contigo…", pero sabía que eso no sucedería, porque si abría la boca ahora, el sonido que escaparía de mí sería oh tan ahogado y… probablemente sonaría como un niño de trece años.
Nada genial.
De ninguna manera podía retractarme de toda esa mierda.
Así que…
—¿Podrías quitarte ya de encima de mí por favor? —suspiré, porque ella seguía a horcajadas en mí.
—¿Por qué? —exclamó.
Uhhh…
¡Solo por muchas razones!
—¿No escuchaste lo que acabo de decir? —pregunté con incredulidad.
—Sí —respondió con la misma mirada que decía "duh"—, sí escuché, y no entiendo mi mierda. ¿Por qué querrías mudarte si estás enamorado de mí?
Bien, me quedé mirándola.
Porque empezaba a temer por la cordura de la pobre chica.
Se veía tan confundida.
—Porque si amas a alguien usualmente quieres a esa persona —expliqué lentamente.
Suspiró y me puso los ojos en blanco.
—Sigo sin ver el problema, Edward.
—¡Jodido infierno, Bella! —exclamé—. ¿Eres tonta? —De acuerdo, lamentaba eso, pero… ¿lo era? ¿Era tonta?—. ¡¿De verdad no ves el problema?! —Sabía que estaba alzando la voz, pero… Dios—. ¿Y qué? ¿Debería encadenarte a mí, obligarte a estar conmigo?
¡Y ella me miró a mí como si yo fuera el que se estaba volviendo loco!
—¿Por qué tendrías que obligarme? —preguntó con incredulidad—. Si dos personas se aman, ¡usualmente esa es razón para celebrar!
Abrí la boca.
La volví a cerrar.
Sí, básicamente me congelé.
Si dos personas se aman… si DOS personas se aman…
.
.
Se me salieron los ojos.
—Uh… ¿qué? —Genial, ahora yo era el idiota que tartamudeaba—. Quiero decir… ¿tú qué?
—¡¿Yo qué?! —gimió con frustración.
—Dijiste cuando dos personas se aman —dije simplemente.
—¿Sí? ¡¿Cuál es tu jodido punto?!
Pues…
Uh…
Fruncí el ceño, estudiando la situación, intentando entender, intentando asimilar todo.
Fruncí un poco más el ceño.
—¿Me amas? —pregunté, y tan solo preguntarlo se sintió jodidamente estúpido.
No había forma en que ella pudiera amarme.
No-oh.
¿Cierto?
Pero ella adoptó una mirada que decía Oh. Como si de repente entendiera algo.
—Pues sí —dijo, encogiéndose de hombros.
Um, no. Lo siento, señorita.
—No puedes amarme —bufé.
—¡¿Disculpa?! —exclamó alzando las cejas—. ¿Estás diciendo que no puedo decidir por mi cuenta a quién amar?
Pueeeees…
No, por supuesto que no, pero…
Cristo.
Esto no estaba pasando.
Suspiré. Con cansancio.
—Bella… Eres diez años más joven que yo. De ninguna maldita manera es posible que estemos interesados en las mismas cosas. No puedes amarme.
Y uh, sí, vi el enojo en su mirada.
—¡Esos diez años no parecían importar mucho cuando me follaste! —espetó.
Ouch.
No estábamos endulzando las palabras, ¿eh?
No tenía nada que decir.
No podía creerlo.
—De hecho —suspiró pesadamente—, tienes razón. No queremos las mismas cosas, porque de ninguna jovial manera me mudaré a Chicago… así que supongo que tienes razón.
Luego hizo ademán de levantarse de mí, pero no podía permitir eso.
Así que la detuve rápidamente.
Mientras procesaba lo que ella estaba diciendo.
¿Podría…? Quería decir… ¿ella…?
¿Me amaba?
¿Cómo?
—Necesito… —tragué con fuerza, mis ojos se movieron hacia los de ella—… necesito saber qué quieres.
Mi corazón intentaba salir de mi pecho a base de latidos.
—A ti —dijo simplemente, y no podía respirar—, a ti y tus treinta y un años… Quiero muchas cosas, pero las quiero contigo. —Oh, Dios…—. Quiero que me lleves a Nueva Orleans y a sus festivales de música, quiero que me lleves a citas, quiero cocinar para ti, quiero más encuentros en las salas de examinación. —Agrandé los ojos—. Quiero un futuro contigo, y quiero… hijos contigo.
Oh, Dios… oh… Dios…
Tragué con fuerza, notaba que tenía dificultad para respirar.
Jesús, ¿esto… esto de verdad estaba pasando?
Pero ella…
—Apenas tienes veintiuno —susurré.
Me entrecerró los ojos.
—Si queremos las mismas cosas, ¿mi edad te va a molestar?
—¡No! —Prácticamente grité—. Pero ¿cómo podemos querer las mismas cosas, Bella? ¿Cómo es que ya quieres un matrimonio e hijos y sentar cabeza en un pequeño pueblo?
—Primero que nada, ¿me vas a proponer matrimonio mañana?
No. Esperaría hasta la próxima semana.
Era broma, era broma.
Más o menos.
—No, pero estoy en ese punto de mi vida —le dije.
Me dedicó la misma mirada, pero no pude descifrarla porque empezó a hablar de nuevo.
Y ya conocen a los hombres. Ellos… nosotros… no podíamos silbar y masticar al mismo tiempo. Ya saben, concentración y esas cosas.
—Segundo —continuó—, ¿no me has escuchado hablar sobre hijos antes? Quiero decir, ¿has estado ciego y sordo?
~Tiene razón.
Lo sé.
Ella amaba a los niños, pero…
Oh.
Entonces, ¿eso significaba que quería tenerlos?
¿Pronto?
—No, te he escuchado —murmuré.
Santa… algo…
—Y tercero… ¿acaso no me mudé a este pequeño pueblo antes de conocerte?
Pregunta retórica, pero… suspiré.
—Sí.
—Muy bien, entonces. —Se encogió de hombros—. La pelota está en tu cancha, amigo. Sabes lo que quiero.
Sí, um… es que no podía creerlo, carajo.
Pero mis traicioneros ojos se movieron directo a su boca.
Oh, demonios…
Ella…
Quería decir…
Y luego me dijo que me am…
¿Cierto?
Entonces….
Dios mío.
¡Dios mío!
—¿De verdad me amas? —exhalé.
Tenía el corazón atorado en la garganta.
Ella asintió y bajó la vista.
Santa… mierda.
¿Me ama?
Me ama.
Fue gracioso cómo de repente cada cosita en todo el mundo entero se sintió bien.
—¿Cuándo te irás a Chicago? —preguntó en voz baja.
Ahora solo estaba siendo tonta.
Como si pudiera irme ahora.
Cristo, era hermosa.
Encantadora y maravillosa y aparentemente me amaba.
Me sentía eufórico.
Eso me hizo sonreír.
—¿De verdad crees que me voy a ir después de esto, Bella? —pregunté en voz baja, ansiaba tocarla.
~Yo sí la estoy tocando, jefe. Estoy acurrucadito y calentito.
Retirada.
~Ay…
—¿Cómo podría saberlo? —bufó adorablemente.
Sonreí.
—¿Podrías mirarme?
Exhaló un aliento.
—Oh, podría… —se quedó callada con un encogimiento.
Tan jodidamente linda.
En serio, sentía que podía llorar. Así de feliz me sentía.
—Entonces hazlo —me reí entre dientes.
Y lo hizo. O sea, alzó la vista.
Y… Jesús, te amo.
Al parecer, era mutuo.
¿Quién diría?
Twitch soltó una risita.
Sonreí.
—¿Qué es tan gracioso?
—Nada —dijo y se rio más.
Me estremecí. Todo se sentía…
Jodidamente…
Fantástico…
Pero necesitaba besarla ya.
Así que… si ella pudiera… ya saben… dejar de reírse.
—Sabes, estás arruinando todo para mí ahora, Bella —dije divertido.
Y el ataque de risitas terminó.
—¿Cómo es eso? —preguntó, como si de verdad sintiera curiosidad.
—Porque si te estás riendo —murmuré, lamiéndome los labios—, no puedo hacer esto…
Luego presioné mis labios sobre los suyos.
Y tenía que profundizar el beso, lo que hice. Me sentía tan jodidamente feliz. Eufórico. Ella me amaba, me deseaba. Mi corazón ya no se sentía pesado.
Más estremecimientos… Dios… cuando se removió en mi regazo.
~Espasmo… espasmo…
Gemí al acariciar su lengua con la mía.
Y ella se rio, carajo. Otra vez.
—Cierra la boca, nena —murmuré antes de meter mi lengua en su boca.
Luego la toqué toda.
Toda ella.
Besos.
Caricias, mis manos encontraron su sitio.
De repente me sentía hambriento.
Pero no de comida.
—¿Eres mío? —gimoteó.
~¡ESPASMO!
Carajo, sí. Me tienes, hermosa.
—Siempre y cuando tú seas mía —murmuré con voz ronca, acercándola a mí—. Carajo —exhalé. Ella estaba ahí, justo ahí. Y yo estaba duro. Pero primero lo primero—. Te… te amo.
—Yo te amo —gimió.
Santa…
Le di la vuelta.
Me puse sobre ella.
Necesitaba escucharla decirlo otra vez.
—Dilo de nuevo —le rogué.
Su sonrisa, sus ojos, todo mostraba su confianza.
—Te amo, Edward.
—Dime que me quieres, dime que no te cansarás de mí. —Otra súplica.
Frunció el ceño.
—¿Por qué me cansaría de ti? —preguntó suavemente—. Eres todo en lo que pienso y ha sido así desde hace un tiempo, Edward.
—Es que… —me siento como un jodido cobarde—… no quiero que cambies de parecer.
—No cambiaré de parecer —susurró, alisando la arruga entre mis cejas con su pulgar.
Sin apartar la vista de su penetrante mirada, me fui bajando lentamente y la besé con pasión, amorosamente, agradeciéndole en silencio por todo lo que era para mí. Era todo lo que podía hacer mientras no pudiera decir las palabras. Las palabras parecían inadecuadas.
La besé de forma húmeda, caliente.
Transmitiendo todo.
—Te amo —exhaló en mi boca.
Gemí en voz alta, sentía mi cuerpo responder, sentía mi cuerpo necesitar más.
Todo de ella.
Ahora.
No podía detenerme.
~Deja de poner excusas y solo sácame.
—Carajo —gemí, cubriendo mi cuerpo con el suyo—. Te necesito, hermosa.
La besé con más fuerza, más profunda y sensualmente.
—También te necesito —jadeó.
¡Gracias a Dios!
~¡Gracias a Twitch!
Ay.
En un segundo me senté y me quité la camiseta, seguida de mis ansiosas manos que me bajaban el jeans.
Romántico, lo sé, pero…
Lo necesitaba.
Y a juzgar por cómo Bella imitó mis acciones, ella también me necesitaba. Eso se sentía… jodidamente increíble.
Luego ambos estábamos desnudos y yo estaba… boquiabierto.
Jodidamente boquiabierto.
Era sexy, preciosa, hermosa, bonita, adorable, e increíble, todo envuelto en una sola mujer.
Una mujer que al parecer me amaba.
—Eres tan malditamente sexy, Bella —gemí en voz baja.
—En lugar de follarme con la mirada, podrías follarme con la polla —me dijo.
Se me escapó una risita incrédula, pero oye, no iba a negarle un poco de… eh… folla-polla.
Pero esta era Bella. Ella era… diferente. De muy buena manera.
—Esa fue una de las primeras cosas que amé de ti —murmuré, bajándome una vez más sobre ella. Los ojos casi se me pusieron en blanco cuando sentí su cuerpo desnudo contra el mío—. Tu ingenio —dije con un guiño. Frente sobre frente. Te amo—. El que tengas un espíritu tan jodidamente libre —susurré.
—Menos charla, cielo —gimió.
Oh, tomé la indirecta.
Y me alineé.
Dios, su humedad cubrió la punta de mi polla, y…
Podría morir justo aquí.
—Sí, señora —respondí con voz ronca, luego la llené de una embestida.
¡Carajo!
—¡Santa polla! —jadeó.
Sí, resoplé. Y gemí. Y me reí. Era un sonido jodido, pero discúlpenme por estar un poco disperso. Quería decir, ¡estaba dentro de ella, por Dios santo! ¿Y ella estaba jadeando sobre pollas santas? Claro.
Pero luego, cuando su coño apretó mi polla, regresé a este momento. Y necesitaba más. Justo ahora. Así que le lancé una mirada. Una que decía… cierra la boca, nena… básicamente. Y sí que la cerró.
Me salí lentamente de ella, manteniendo mis ojos pegados a los de ella, y cuando volví a empujar, esta vez con más fuerza, sentí… santa… mierda… lo mojada que estaba.
—Carajo, estás empapada, nena —gemí.
Se sintió tan bien. Casi demasiado bien.
—Todo por ti —gimió, alentándome solo con sus palabras. Pero no quería ir demasiado duro, demasiado rápido, porque… bueno, no quería lastimarla. Luego ella gimoteó—. Más duro.
No me ayudaba.
Pero… ¿y si ella lo quería? Estaba bien, ¿cierto?
Y luego lo entendí… que tal vez a ella le interesaban… ya saben… las cosas más bruscas.
¿De verdad podía ser tan afortunado?
A juzgar por su expresión, por la forma en que sus ojos me rogaban, diría que sí.
—Dios, sí —gemí, me sentía como el bastardo más afortunado del planeta. Y embestí en ella—. ¿Te gusta duro, Bella?
—Oh, mierda, ¡sí! —jadeó. Se arqueó, se arqueó para estar más cerca—. Yo… Dios, ¡te amo, Edward!
Me vi sobrepasado con… amor, posesividad, deseo y placer.
—Sí. —Salió como un gruñido al llegar más profundo en ella—. Siempre, nena… —Más duro, y más. Carajo—. Ya no te dejaré ir.
Nunca lo haría.
Jamás.
La besé con fuerza, me sentía desesperado y necesitado de ella.
Piernas y brazos entrelazados, nos movimos más rápido, acompasábamos las embestidas del otro. La amaba tan jodidamente por completo que sabía que nunca tendría suficiente de ella. Un beso nunca me saciaría. Una caricia solo me dejaría rogando por más. Y sí que rogaría. No era superior a nada cuando se trataba de ella. Ella me tenía por completo.
—Tan malditamente apretada, nena —gruñí. Sus dedos se enterraron en mis hombros y aceleré más, sentía mi orgasmo acercándose—. Carajo, amo tu coño. —De verdad que sí. Mi polla embestía en él, mis dedos también estaban ahí. Lo quería todo, quería sentirla. Mi boca se pegó a su cuello. En un frenesí.
—¡Estoy tan cerca! —Prácticamente sollozó y lo sentí. La sentí tensarse en mí, creando una deliciosa fricción a mi alrededor.
—Todavía no, amor —respiré pesadamente sobre su cuello—. Nos vamos a correr juntos. —Hice una breve pausa para besarla, solo porque tenía que hacerlo. Luego, con mi frente apoyada en la suya, susurré—: Te vas a correr sobre toda mi polla, nena. ¿Lo entiendes?
No tenía idea de dónde había salido eso. No tenía filtros.
Pero a ella pareció encantarle.
—Sí —gimoteó—. Carajo… ¡Edward!
Sí, Dios… más…
Me senté sobre mis talones, trayéndola conmigo.
Llegué más profundo, a ese lugar, lo sentí por la forma en que ella se contrajo fieramente a mi alrededor.
Y yo estaba cerca.
Tan cerca…
Cerré los ojos con fuerza.
—Eso es, Bella —dije entre dientes apretados—. Córrete conmigo… —¡Te lo ruego!
—Oh, carajooo —dijo de forma ahogada antes de que el clímax se apoderara de ella. No había manera en que yo pudiera contenerme cuando ella se corrió. Fue casi como un reflejo. Me dejé ir y… Jesús… me corrí y me corrí… tan fuerte… sintiendo estos meses de frustración, tanto sexual como emocional… y todo salió de mí…
Me habían dado una oportunidad, y de ninguna manera iba a joder esto.
Le iba a dar todo.
Lo que incluía mi cuerpo porque sí, colapsé sobre ella.
Jadeé algo sobre que ella era un sueño hecho realidad, pero apenas podía recordar las palabras incluso al decirlas. Estaba así de agotado. Era culpa de ella.
—Y tú haces magia con esa polla tuya —la escuché decir sin aliento, y eso no podía ser bueno. La pobrecita ni siquiera podía respirar. Así que me moví un poquitín, y también dejé que sus palabras mágicas corrieran a través de mi ser… repetidamente… unas cuantas veces.
—Considera mi ego muy inflado, hermosa —me reí sin aliento, luego jalé su cuerpo inerte más cerca del mío.
Me alegraba ver que no era el único sin aliento.
Qué, ya no tenía veinte años.
—Hmm, necesitabas saberlo —musitó sobre mi pecho, de forma muy adormilada debería añadir. Se veía completamente preciosa.
Y esta vez, al fin hice lo que deseé poder haber hecho la última vez. La besé, la abracé, la acaricié. Y le dije:
—Te amo.
Sé que siempre te amaré.
—También te amo, Edward —murmuró suavemente, apoyando su mentón en mi pecho. Esa sonrisa suya… Cristo…—. Tan jovialmente mucho que es una locura.
Mi Twitch.
