—Así que aún sigues aquí, ya deberías de dejar de torturarte ya ha pasado tiempo ¿no crees?
—Lo sé Miroku, es solo qué aquí me siento seguro, en calma.
—Vamos Inuyasha no puedes dejar sola a tu hija ahora, justo cuando más te necesita —. Se sentó al costado de su amigo sobre la hierba fresca, mirando el cielo azul.
—Crees que no lo sé, es solo que tengo miedo, y-yo con estas manos, yo lo hice, yo la... —bajo la mirada a sus manos
—Inuyasha no fue tu culpa, lo sabes
—Y ¿Cómo se lo digo?
—No sé cómo ayudarte amigo, todo sucedió tan de repente, jamás pensamos que pasaría de esta forma. La señorita Kagome, ella...
—No la menciones, solo harás que... —apretó sus manos arrancando la hierba a su alrededor.
—Lo siento Inuyasha hable sin pensar.
—Déjame solo un poco más —dijo mientras tomaba un libro de su lado y se aferró a él.
—¿Y ese libro? —preguntó palmeándose sus pantalones para quitar la tierra
—Ah, esto —señaló el libro—, son solo fotos que Kagome solía guardar —sonrió melancólicamente
—Inuyasha, no tardes mucho, recuerda que tu hija también está como tú.
—Si, si, solo déjame solo un poco más —pasó la mano por la portada del libro en su regazo— solo quiero pensar y recordar un poco, todo lo que pasamos... desde aquel primer día...
