23 de noviembre (1)
Victoria se había levantado un poco más animada que otros días. Le parecía que últimamente Diego tenía un poco de mejor color. Días atrás habían decidido que tras levantarlo de la cama, lo iban a sentar en una silla de ruedas para sacarlo al jardín de atrás, esperando que la luz del sol, el viento sobre su cara y sus manos y los olores del exterior le hicieran algún bien. De alguna manera a Victoria le parecía que él estaba más sereno.
Comenzó incorporándolo un poco, con la práctica que había adquirido durante los dos meses que llevaba viviendo en la hacienda. Cepilló el pelo de Diego, sin poder resistir la tentación de pasar los dedos entre sus mechones. Pensó en cuántas veces había deseado hacer algo así con el Zorro y sus ojos se humedecieron, pero sacudió la cabeza y fue a buscar lo necesario para afeitarle.
Victoria comenzó a hablar con él, contándole lo que había hecho el día anterior. Lo hacía a diario, y le daba ánimos compartir algo con él, aunque él no pudiera contestarle. "Ayer fui a la taberna. Tu padre dijo que no era necesario, pero me gusta ir por lo menos una vez a la semana para comprobar que todo va bien. Pilar me dijo que tengo mejor aspecto, incluso afirmó que estoy más guapa que nunca. Creo que se ha dado cuenta de que me están creciendo los pechos." dijo Victoria con una risita. "El corsé casi me ajusta igual en la cintura, pero en la parte superior necesito dejar más espacio. Es una suerte que tu hijo ya me deje comer con normalidad, porque había perdido bastante peso. Bueno, en realidad no sé si es un niño, pero tengo el pálpito de que sí que lo es. Un pequeño Alejandro que nos volverá a todos locos, ya verás."
Diego oía retazos de conversación cerca de él. Una voz de mujer, dulce y clara, aunque no tan alegre como otras veces. Reconocería esa voz en cualquier parte. Tenía que encontrarla, era importante decirle algo, pero ¿qué? Se esforzó por seguir el sonido de esa voz.
"Temo el día en que las comadres del pueblo se enteren de que estoy esperando y echen las cuentas. Tu padre dice que no me preocupe por nada, pero pueden ser tan chismosas… vosotros los hombres no sufrís esos comentarios, aunque no sé por qué digo eso, si en realidad no tengo ni idea de lo que habláis cuando no estamos nosotras." dijo Victoria mientras acababa de afeitar a Diego y le secaba las mejillas y la barbilla con una toalla. Luego volvió a tumbarlo en la cama, acariciando su rostro recién afeitado. Se volvió para dejar la palangana sobre una mesita, sin dejar de hablar.
"Por si acaso mi intuición no es buena deberíamos pensar también un nombre de niña. Aún no sé si empezar por el nombre de tu madre o el de la mía. Bueno, ¿qué opinas?" En ese momento se giró de nuevo hacia Diego, esperando ver su rostro apacible, para encontrarse con sus ojos azules, que parecían aún más grandes de lo habitual debido la delgadez de su rostro, mirándola con expresión de perplejidad.
"¡Diego!" exclamó ella al verlo. Él parpadeó y trató de hablar, pero tenía la garganta muy seca.
"Espera, te daré algo de beber." dijo ella con voz tensa por la emoción. Se acercó a la mesilla y puso agua de un frasco de loza en un vaso, que tintineó debido al temblor de sus manos. Dejó el vaso sobre la mesilla, se acercó a Diego y lo abrazó para incorporarlo, sujetándolo contra su pecho firmemente con un brazo mientras con la otra mano cogía una almohada para doblarla por la mitad y ponérsela detrás de la espalda. Cuando lo volvió a reclinar él estaba aún más asombrado que antes y un poco ruborizado.
"Supongo que eso no te lo esperabas." dijo ella acercándole el vaso a los labios. Él bebió y tosió un poco. Luego se aclaró la garganta.
"Victoria." susurró con voz enronquecida por la falta de uso.
"¿Cómo te encuentras?" dijo ella.
Él negó con la cabeza, quitando importancia a su estado. "Victoria. Entonces… ¿Sí que estás embarazada?"
Ella se dio cuenta de que él sí había estado escuchando, al menos esta vez.
"Sí," dijo ella asintiendo con la cabeza. "de tres meses y medio."
