II.

—¡InuYasha, pero qué…!— la mujer calló, con los ojos abiertos como platos, mientas observaba aparecer la figura de su hijo por la puerta— ¿Dónde estabas? No sabes lo preocupada que he…

—Ahora no es el momento de eso— masculló entre dientes el medio demonio, cortándola.

—No, nunca lo es— replicó ella en voz baja, decidiendo ceder por el momento. Se levantó, pero a medio camino se detuvo cuando advirtió algo— ¿Qué… qué traes ahí?

InuYasha, quién no había apartado la mirada del bulto que descansaba en sus brazos desde que lo cogió, sintió su cuerpo tensarse por completo. La escuchó moverse por la habitación, acercándose, pero no alzó la mirada, no podía.

—Cariño, ¿qué…?— se detuvo, un jadeo salió de sus labios, y por el rabio del ojo la vio llevarse las manos a la boca— ¿Es…? ¿Es un bebé?

InuYasha cabeceó quedamente, aún medio fascinado por el constante latir del cuerpo que se acurrucaba en sus brazos, por la calidez que desprendía. Este, finalmente, después de tanto llorar, se había dormido de puro agotamiento con los pómulos al rojo vivo y los ojos aún húmedos por las lágrimas acumuladas.

—¿Por qué tienes un bebé? ¿Dónde lo has encontrado?

—Estaba en el bosque.

—Oh, pobrecito… Pero mira qué pequeño es…— susurró la mujer, dando un par de pasos más— Si no tendrá más que unos meses.

Estiró la mano para poder apartar la manta un poco y ver así el rostro por completo, pero algo la detuvo. InuYasha, en un acto completamente automático e irracional, se apartó y por fin levantó la mirada, clavándola en la mujer que se encontraba paralizada en medio de la habitación.

—Hijo…

InuYasha parpadeó, dándose cuenta de lo que había sucedido.

—Lo… lo siento, yo…— carraspeó y volvió a bajar la mirada hacia sus brazos— No sé por qué lo he hecho…

Izayoi sintió en ese momento como algo dentro de ella se partía, pero forzando una sonrisa, sacudió la cabeza. Había sido en ese pequeño instante en el que había descubierto la profundidad y gravedad de la situación. Del momento que estaba presenciando.

—Tranquilo, no pienso hacerle nada. Solo quería verlo un poco más de cerca— susurró en un tono conciliador.

—Hm, sí— asintió el medio demonio después de unos segundos.

Tomando eso como permiso, la mujer se acercó una vez más con cuidado. Retiró un poco la mantita y observó maravillada la nívea piel del bebé y sus suaves cabellos azabaches. Era muy hermoso. Era tan pequeño… tan frágil y tierno.

—Lo habían abandonado— musitó el chico también perdido en la visión— Estaba solo y llorando junto al río cuando lo encontré.

—Cómo pueden hacer estas cosas…—había tristeza y rabia en la mirada de la mujer mientras pasaba un dedo por la sombra de cabello que había en su cabeza— Tan pequeño e inocente…

De pronto, el bebé empezó a removerse en los brazos y a soltar quejidos. Izayoi curvó sus labios cuando advirtió la alarma en los ojos de su hijo.

—Anda, trae, que yo tengo más práctica— le dijo y con maestría se lo quitó para acunarlo con ternura; las manos de él se quedaron sosteniendo el aire por un momento, como si deseara cogerlo y echar a correr sin mirar atrás— Cuando tú eras un bebé no hacías otra cosa que llorar.

Creyó verlo sonrojarse, pero con la oscuridad no pudo estar muy segura. Lo que sí oyó fue como mascullaba algo por lo bajo.

—Parece que tiene hambre— comentó cuando vio el movimiento inconsciente que hacía con la cabeza en busca de los pechos maternos— InuYasha, coge un poco de leche que tenemos ahí guardada, vamos a ver cómo podemos dársela.

El mencionado acató la orden con presteza. No sabía por qué, pero no le gustaba nada el sonido del llanto del pequeño. Sería que no le gustaba ponerse en su lugar, que se sentía bastante identificado con su situación. Porque si no fuera por la presencia de su madre, él hubiera corrido la misma suerte. Bueno, eso, si los humanos hubieran tenido la misericordia de no matarlo ellos mismos en el momento que quedara solo y se hubieran limitado a abandonarlo.

—Cariño— lo llamó entonces su madre. Dejó momentáneamente lo que estaba haciendo para prestarle atención— Nos hemos equivocado— sus miradas se cruzaron— No es un bebé, sino una niña.

Inexplicablemente, su corazón se detuvo.

Y jamás supo que, a partir de ese momento, este bombeó por y para aquella chiquilla.

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