III.

—¿Estaréis bien?

InuYasha luchó contra el deseo de poner los ojos en blanco porque sabía lo mucho que molestaba a su madre que hiciera eso, ya se había llevado unas buenas collejas y no quería más. Se limitó a resoplar toscamente y sacudir la cabeza de arriba abajo.

—Solo será un rato, creo que podré apañármelas bien, mamá. Kagome estará sana y salva.

La observó desviar su atención de él, que se encontraba despidiéndola de pie en la cabaña, a la pequeña, que estaba acurrucada durmiendo en el futón de la mujer. Era mañana de mercado y su madre acostumbraba a ir al comercio para que pudieran abastecerse para los próximos días. Cuando iba, normalmente, se colgaba a la pequeña a su espalda y la llevaba consigo, pero esa mañana esta había amanecido más caliente de lo normal y por miedo de que empeoraran habían decidido que era mejor que se quedara en casa.

Por primera vez desde que la encontraron, hace cinco meses atrás, InuYasha estaría completamente solo a su cuidado.

—Si ell…

—Si despierta debo mirar que esté limpia y darle leche— lo cortó el medio demonio exasperado— Y si veo que le sube la fiebre, cambiarle la ropa para que no se ponga peor con el sudor. Sí, mamá, me lo has repetido ya un par de veces.

Izayoi soltó una risita y cogiendo la cesta donde tenía lo cazado que iba a vender, se acercó a darle un beso al muchacho.

—Confío en ti, hijo.

Por supuesto que lo hacía.

InuYasha había sido el primero que había tenido miedo de hacer daño a una criatura tan "pequeña y frágil", como más de una vez la había denominado, y era él el que se mantenía alejado una distancia prudente, pero siempre alerta de cualquier cosa que pasara o necesitase. Izayoi jamás lo había visto comportarse así… tan… protector y preocupado, ni siquiera con ella misma, a pesar de lo mucho que habían sufrido ambos. Lo supo la primera vez que apareció con la pequeña en brazos y cada día que pasaba, con su forma de comportarse, sus pensamientos se iban ratificando.

Esa niña sería importante, muy importante, para su hijo.

Y aunque no podía evitar sentir los absurdos celos maternos de saber que había alguien más importante en la vida de su hijo que ella, por otro parte, sentía una profunda felicidad y alivio al saber que el día en el que faltase ella, su InuYasha no estaría solo.

—Volveré entonces en un rato. Nos vemos.

Cuando su madre desapareció tras la esterilla que hacía de puerta, InuYasha soltó un suspiro y su mirada se desvió hacia el bultito que se encontraba dormido. El sonido de su respiración, tranquila, apacible, conseguía calmarlo de una manera que ni siquiera él podía explicar bien.

«—No hay nada que hablar, InuYasha. No tienes ni qué pedírmelo. ¿Qué clase de personas seríamos si dejáramos abandonados a esta criatura?

—Pero mamá…

—Tranquilo— le sonrió su madre como solamente ella sabía hacer, aquella que le aseguraba que todo estaría bien— Será una boca más, pero saldremos adelante. Siempre lo hemos hecho. Será complicado, pero no imposible.»

En ningún momento se le había pasado por la cabeza la idea de dejarla a su suerte. Su reticencia venía a que no quería poner más sobre los hombros de su madre, suficiente había sido con tener a un medio demonio como hijo, pero ella no le había dejado más opciones. Jamás había conocido a una persona más buena, generosa y dulce que su madre.

Y de eso había pasado ya cinco lunas.

Ese era el tiempo que llevaba la pequeña Kagome -¡un nombre hermoso para una chica como ella!, había dicho su madre casi sin pensarlo- junto a ellos y para InuYasha ese momento lo sentía como un antes y después en su vida. Acostumbrado a vivir solamente con la compañía de su madre en una casita alejada de la aldea, sabiendo que por culpa suya su madre había sido "desterrada" de la sociedad… Había pasado a tener ahora un ser cálido e indefenso al que cuidar…

A veces no podía evitar preguntarse si era mejor dejarla con los otros. Seguramente, con la inteligencia y argucia de su madre, podrían conseguirle un buen hogar para la pequeña, donde ella fuera querida y no tuviera que pasar penurias; pero el tan solo imaginar separarse de ella…

No sabía cómo ni cuándo, pero esa pequeña tenía su vida en sus diminutas manos.

Y, siendo honestos, no era algo que le importase mucho.

Haría y sería cualquier cosa por ella.

Un pequeño quejido se escuchó en la habitación y el medio demonio, súbitamente sacado de sus pensamientos, se acercó a donde estaba ella, ese remolino de manta y de pelo azabache. No se había despertado del todo, pero algo tenía que molestarle por la mueca que se mostraba en sus labios.

—Shhh, tranquila. Yo estoy aquí— susurró, agarrando con muchísimo cuidado la pequeña y tierna manita de la niña— No te pasará nada. Descansa tranquila.

Sintió como se aferraba a su dedo con fuerzas. Como apretaba con fuerzas.

E InuYasha, a pesar de los años y todo por lo que pasaron, jamás tuvo deseo alguno de que su pequeña lo soltara.

Palabras: 872.