Nota: Me han preguntado por al edad que tendría InuYasha y no me había dado cuenta de que no lo había dejado claro. En el momento en el que la encontró InuYasha tendría unos 15. Como veis, es todo un jovenzuelo, ¿eh?
¡Muchísimas gracias por vuestros comentarios y me alegra que os esté gustando tanto!
IV.
—¡Cuidado!
Gracias a sus buenos reflejos de medio demonio, InuYasha cogió a tiempo el cuerpecito de la pequeña que había gateado hacia la cocina que se encontraba en el centro de la cabaña. Con un año ya cumplido, no se estaba quieta y había que tener mil ojos con ella. Kagome se asustó -sus ojos castaños completamente abiertos hablaban por sí solos- y después de hacer una mueca, empezó a llorar mientras escondía su carita en el cuello del chico.
InuYasha, como cada vez que pasaba, sintió un tirón en el pecho al escucharla.
—Shhh, ya ya— musitó meciéndola y abrazándola— Tranquila, pequeña, no pasa nada. Estás bien. Lo siento, no pretendía asustarte…
Pasaron un par de minutos antes de que finalmente se tranquilizara. Los bracitos de ella que rodeaban su cuello se aferraron con más fuerza.
—No quería hablarte así, pero debes tener más cuidado…— iba diciéndole él mientras la mecía como había visto hacer a su madre— Si tocas el fuego, te quemarás y te harás mucho daño, y eso no lo queremos, ¿verdad?
Kagome separó la cabeza de él y sus grandes, llamativos y todavía húmedos ojos se clavaron en él.
—¿Pupa? — balbuceó.
InuYasha sonrió inconscientemente. Adoraba escucharla hablar, su dulce y vacilante voz.
—Sí, pequeña. Te puedes hacer pupa.
La vio fruncir el ceño durante un instante y por milésima vez desde que la conoció, deseó saber lo que pasaba por esa cabecita llena de mechones azabaches.
Fue ese momento en el que su madre entró por la puerta de la cabaña después de ir a asearse al lago próximo. Kagome sonrió, girándose al verla, y su cuerpo se removió mientras estiraba sus bracitos, queriendo llegar a ella.
—Maa… Maa…
—Hola, cariño— le correspondió la sonrisa fácilmente la mujer— ¿Me has echado de menos? — se acercó hasta donde estaba su hijo y la niña que también consideraba como una y la cogió—Kagome, ¿has llorado? ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué tiene las mejillas rojas y húmedas?
InuYasha retuvo el impulso de reír ante la mirada fulminante que le echó su madre. Siempre había dicho que él era muy protector de la pequeña, pero es que ella no se veía a sí misma. Podía ser la mujer más dulce y tranquila del planeta, sin embargo, sus garras las tenía muy bien escondidas y cuando las sacaba… el mundo podía temblar.
—Calma, no le ha pasado nada— explicó observando a las dos mujeres de su vida, como Kagome jugueteaba con un mechón oscuro que se había escapado del recogido de su madre— Solo se ha asustado cuando he ido a cogerla porque se acercaba mucho al fuego.
—Ay, mi niña…— sonrió dándole un par de besos en la rechoncha mejilla— Eres igual de inquieta y curiosa que InuYasha cuando era pequeño.
Kagome chilló algo que no tenía traducción y las comisuras de los labios del chico se alzaron cuando la pequeña quiso que volviera a cogerla, seguramente después de oír su nombre. Aún seguía teniendo miedo de hacerle daño- jamás olvidaría que él tenía mucha más fuerza que la de un humano normal o sus garras eran más afiladas- pero conforme Kagome había ido creciendo él había podido ir domando esa inquietud y ahora estaba mucho más confiado a su alrededor.
Además, amaba ver lo mucho que le gustaba a la pequeña que él la sostuviera. Parecía que sus brazos era uno de sus lugares favoritas para quedarse dormida, o simplemente para estar.
—Ah, no— jugó con ella la mujer, ladeando el cuerpo de forma que se alejara del medio demonio— Ahora te toca estar conmigo, que últimamente me tienes muy abandonada, cariño.
—¡Ah! ¡Ah! — chilló la pequeña frunciendo el ceño y estirando los brazos aún más.
—Pero bueno, ¿ya no quieres nada conmigo? — exclamó con indignación— Y tú, podrías esconder un poco esa sonrisa de satisfacción, ¿no crees? Ninguno de los dos queréis nada conmigo.
El mencionado quiso hacerlo, pero esta era tan amplia que no pudo. Le gustaba saber que Kagome quería su cercanía tanto como él la de ella.
Kagome chilló con más fuerzas y empezó a retorcerse en los brazos.
—¡Ah! ¡Nuu! ¡Nuu!
Por un momento, el cuerpo del medio demonio se paralizó.
Después, en un acto automático dio un par de pasos, y con suavidad le quitó a la pequeña de los brazos de su madre, aunque esta no puso oposición ninguna. Igual que ella había sentido una indescriptible felicidad cuando la llamó "ma" por primera vez, sabía por lo que estaba pasando su hijo. Con una sonrisa bobalicona, observó la mirada ambarina llena de sorpresa y ternura y la risa de la pequeña cuando finalmente obtuvo lo que quería.
—¿Cómo me has llamado, pequeña?
—¡Nuu! ¡Nuu!
Se inclinó hacia él, sus bracitos rodeando su cuello, e Izayoi jamás vio una imagen tan hermosa como esa.
Porque, por primera vez en muchos años, el oro de los ojos de su hijo se había cristalizado.
Palabras: 822
