V.
Corría una brisa fresca que, para la época en la que se encontraban, era algo que se agradecía infinitamente. En los últimos días el calor había sido insoportable, hasta el punto en el que no se podía estar bajo el sol ni por dos minutos si no querías que te diera una insolación.
Ese día había amanecido con el cielo machado de nubes blancas y junto al viento, la familia había aprovechado para estar un rato al aire libre. Mientras que Izayoi se encontraba tendiendo la ropa recién lavada; Kagome, a unos pasos de ella, jugaba con una muñeca que la mujer le había conseguido un día en el mercado e InuYasha dormitaba tumbado encima de una rama de árbol, aunque siempre prestando atención a la pequeña.
Era un ambiente era tranquilo y agradable, cortado por las risas, balbuceos y suaves palabras que a veces soltaba la niña en su juego.
—¡InuYasha!
Rápidamente se irguió, abriendo los ojos y su mirada se desvió hacia su madre, quien era la que había hablado. Cuando se la encontró pasmada, mirando un punto del suelo, las alertas de su cabeza sonaron y siguió la dirección.
Casi perdió el equilibrio de la impresión.
Se trataba de Kagome, quien había decidido que el juego era muy aburrido, y había centrado su atención en otra cosa. Específicamente, en una mariposa blanca que revoloteaba a su alrededor. La niña sonreía y alzaba los brazos, intentando alcanzarla, pero esta, aunque no se alejaba, tampoco bajaba, así que era algo imposible.
Entonces, ocurrió.
Frunciendo adorablemente el ceño, Kagome se inclinó hacia delante y apoyando sus manitas en el suelo, quiso sostenerse con sus piernas.
Sus dos espectadores contuvieron la respiración.
La primera vez que lo intentó, su trasero volvió a dar con el suelo. Pero lejos de amedrentarse, volvió a hacerlo una segunda vez, y una tercera. A la cuarta, se sostenía sobre sus dos piernas.
—Increíble…— susurró Izayoi llevándose una mano a la boca.
Casi sin pensarlo, InuYasha se bajó de un salto de la rama, todavía maravillado por lo que acababa de ver.
—Pequeña…
Su voz consiguió atraer la atención de la niña, quién todavía se mantea de pie, aunque algo temblorosa. Como si ella misma supiera lo que estaba sintiendo, sus labios se curvaron y sonrió abiertamente, mostrando su hilera de dientes aún en proceso de aparecer. «Mira», parecía decirle, «lo he conseguido. ¿Estás orgulloso de mi?»
Y tanto que lo estaba.
Sentía el corazón que parecía querer salírsele del pecho.
—Ven, Kagome— susurró, con voz grave, acuclillándose para estar a su altura— Intenta llegar a mí.
Kagome lo miró por un momento como si no entendiera sus palabras. Estiró los brazos hacia él.
—Men, men— le pidió mientras abría y cerraba sus manos, el gesto que siempre hacía cada vez que quería que la cogieran.
Por primera vez, InuYasha se negó a hacerlo y eso frustró a la pequeña.
—No. Si quieres que te coja, tienes que venir tú a mí.
—Nuuu, men.
—Te he dicho que no— reiteró por mucho que le afectara el puchero que estaba poniendo en ese momento. Kagome sabía jugar muy bien sus cartas— Si quieres que lo haga, tienes que llegar a donde estoy yo— abrió sus brazos— Vamos, si lo haces, daremos ese paseo por los cielos que tanto te gusta.
Eso pareció atraer la atención de la niña, que lo miró fijamente, como si estuviera evaluando su propuesta. La pequeña buscó a su madre por si podía encontrar algo de ayuda extra, pero en ese instante, sintió como esta se colocaba tras él.
—Vamos, cariño, que yo sé que puedes. Ven con nosotros.
El primer paso que dio fue vacilante y casi se cae, por poco perdiendo el equilibrio. Su ceño se frunció aún más cuando intentó dar el segundo y un tercero con las voces de InuYasha e Izayoi de fondo celebrando y alentándola.
Al cuarto paso, la ley de la gravedad hizo efecto y la pequeña Kagome dio de culo contra el suelo. Parpadeó, sorprendida, y su labio inferior sobresalió, señal inequívoca de que iba a empezar a llorar. InuYasha hubiera corrido hacia ella si no fuera porque notó la mano de la mujer en su hombro.
—Venga, Kagome, arriba. Que tú puedes hacerlo. No llores, vamos, que ya te queda poco.
El pecho de la niña hipó un poco, pero no soltó ninguna lagrima para su sorpresa.
—Ánimo, pequeña, que ya estás llegando— susurró InuYasha— Mira lo poco que te queda para que estemos por las nubes.
A trompicones, varios intentos y un par de golpes más, finalmente InuYasha rodeó el cuerpo de su pequeña y la apretó contra su pecho mientras su madre y él mismo le decían lo orgulloso que estaban de que lo hubiera conseguido.
Kagome reía, sus ojos chocolate brillando como dos luceros, la risa más pura y cristalina que había oído en mucho tiempo.
E InuYasha temblaba solamente con pensar que pudiera haber un futuro en el que no la tuviera a su lado.
Palabras: 835
