4 de octubre

Felipe caminaba por la cueva, casi a oscuras porque solo había bajado una vela y no había encendido las demás. Los mecheros de los experimentos de Diego también estaban apagados. Como cada amanecer avanzó por el túnel dejando atrás la silla y los arreos del caballo, que se encontraban en el establo.

Al abrir la puerta trasera encontró a Tornado esperando. El caballo miró hacia la puerta, esperando a ver si salía alguien más, luego resopló en lo que parecía un reproche a Diego por no estar ahí. Felipe acarició a Tornado mientras le ofrecía una manzana, comprobó sus cascos y lo cepilló metódicamente, con la mirada perdida. Cuando terminó, el caballo hizo algo inesperado: acercó su cabeza al hombro de Felipe, dándole un ligero golpe en la mejilla, y apoyó la parte superior de su poderoso cuello contra el chico. Felipe se abrazó a él y tras unos instantes comenzó a llorar en silencio, mientras Tornado se mantenía quieto. Cuando Felipe se calmó el caballo frotó su mejilla contra él y dio un paso atrás. Felipe se acercó y apoyó su frente sobre la nariz del caballo, suspiró y se separó de él. Tornado se dio la vuelta y galopó hacia las colinas.

Felipe volvió a entrar en la hacienda tras asegurarse de que no había nadie en la biblioteca. Se dirigió a la cocina, donde María había preparado desayuno para los hombres, y cogió la ración que ella le ofreció, luego salió por la puerta de atrás para reunirse con los demás hombres.

"Buenos días. Pongámonos en marcha." dijo Alberto, el capataz. "Vosotros iréis a reparar las cercas de la zona norte." dijo a dos de ellos. "Y los demás nos acercaremos a las colinas a mover el ganado hacia el este. Si alguno vuelve a ver al caballo negro que me avise, quiero verlo por mí mismo antes de volver a molestar al señor de la Vega con rumores. Tiene bastantes cosas de qué preocuparse ahora mismo."

Al girarse, el hombre de pelo ralo y entrecano vio a Felipe junto a uno de los hombres. Le resultaba un poco incómodo que estuviera ahí, porque no sabía si tratarlo como a uno de los vaqueros o como a uno de los de la Vega.

"Felipe," dijo despacio mirando hacia él, sabiendo que podía comprender lo que decía. "puedes venir con nosotros a dirigir el ganado. Tienes buena mano con los animales."

Felipe asintió y se dirigió a los establos para ensillar su caballo pinto.