VI.
—¡Yasha, cierra los ojos, po favo!
InuYasha observó la sonrisa mellada que le dedicaban y durante un pequeño instante se dejó llevar por la calidez que se extendía por su cuerpo a causa de ese simple gesto de parte de su no-tan-pequeña Kagome de cuatro añitos.
—¿Para qué? ¿Qué tienes a tu espalda?
Sabía lo que era. Su olfato desarrollado era capaz de captar ligero aroma que desprendía, pero le encantaba la mirada que ella le echaba cuando no hacía lo que le pedía a la primera y tenía que insistir. Efectivamente, su ceño se pobló de arrugas y después lo miró implorante. InuYasha sabía que la estaban malcriando, pero es que simplemente él no podía decirle que no cuando le ponía esos ojitos; menos mal que también estaba Izayoi para poner mano dura, aunque la mujer se quejaba una y otra que Kagome terminaría viéndola como "el malo".
Lo que ella no parecía entender es que sus hijos morirían por ella.
—¿Po favo? —su labio inferior sobresalió ligeramente y parpadeó repetidas veces— Es un regalo.
Suspirando dramáticamente, hizo lo que le pedían y como respuesta oyó su dulce risa, que penetró hasta los rincones más oscuros de su alma. Le escuchó revolotear a su alrededor.
—¡Tadán!
Unos ojos ambarinos volvieron a mostrarse y frente a sí encontró un puñado de margaritas algo destrozadas por todo el trajín que le había dado la niña. Arrugó la nariz cuando el olor de las flores le dio una bofetada por lo cerca que las puso, pero rápidamente se recompuso.
—¡Pa ti!
—Muchas gracias, pequeña— la cogió con cuidado de no dañarlas aún más y no tuvo tiempo de parpadear antes de que el pequeño cuerpo de la niña impactara contra el suyo— Eh, cuidado, puedes hacerte daño— le recordó sosteniéndola.
—Claro que no, tontito— replicó ella echando la cabeza hacia atrás y sonriéndole ampliamente— Tú no dejarías que nada que me pasase.
Por supuesto que no. Antes se cortaría un brazo si hiciera falta. Pero que lo dijera con tanta seguridad y confianza…
—C-creo que es hora de que volvamos. Pronto se hará de noche— se obligó decir, para despejarse, y se levantó con ella todavía en brazos.
—¿Podemos volver por el cielo?
Sus ojos brillaban con tanta emoción que a InuYasha le fue imposible negarse. Le asombraba lo mucho que le gustaba a la pequeña que corrieran por el bosque con ella en sus brazos, lo más rápido que pudiera. Él, que siempre había odiado y repudiado las características que lo hacía diferente a los humanos, ahora con ella, todo parecía tan normal y fascinante…
Bueno, jamás se había sentido de esa manera.
—Eres un pequeño diablillo, que lo sepas— sacudió la cabeza, pero el alzamiento de una de las comisuras de sus labios hablaba por sí solo.
Kagome rio y se encogió de hombros con verdadera inocencia.
—Muy bien, ¿delante o detrás? — preguntó, arqueando una ceja.
—¡Detrá! ¡Detrá!
Tal y como pidió, InuYasha la colocó en su espalda, agarrando con firmeza sus piernas para evitar que se cayera y le ordenó se aferrarse a su cuello lo más fuerte que pudiera.
—¿Y si te hago pupa? — había verdadera preocupación en su voz.
El medio demonio se enterneció y divirtió a partes iguales. Después de tantos años siento solamente él y su madre, aún le costaba acostumbrarse a lo mucho que se preocupa la pequeña Kagome por él, quien, a pesar de ser mucho más frágil y pequeña, parecía verlo como un humano enclenque que podía lastimarse con cualquier tontería.
—Keh. Tranquila, eso no pasará.
—Bueno…
—¿Estás preparada, entonces? ¿Bien agarrada?
—¡Sí! — chilló, la emoción filtrándose en su voz.
—Pues… allá vamos.
InuYasha saltó y mientras el viento movía sus cabellos y ropajes, escuchó su risa, cálida y cristalina, a su espalda.
—¡Más alto! ¡Más! ¡Más!
Él no pudo más que obedecerle.
Hizo su cuerpo moverse y con la tierra cada vez más lejos, de nuevo, únicamente fueron ellos dos solos. Correr y saltar por el bosque era algo de ambos, una pequeña realidad embotellada que no podían disfrutar realmente sin el otro, que los hacía sentirse libres e iguales antes el mundo que parecía ser demasiado grande.
Una aventura hecha para ellos.
E InuYasha no pudo imaginar mejor compañera que esa pequeña.
Palabras: 715
