VII.
—Yasha…
—¿Mhhm?
El medio demonio observó el movimiento nervioso de las manos de su aún-pequeña-de-8-años, que se encontraba mirando a cualquier lado menos a él. El sonido de la cascada, junto con el piar de los pájaros, era lo único que se escuchaba a su alrededor.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
El muchacho dejó el cubo aún sumergido en el agua y la miró largamente, preguntándose qué diablos le pasaba. Llevaba unos días comportándose muy rara.
—¿Prometes que no te enfadarás?
Las arrugas se incrementaron en su entrecejo e InuYasha levantó el cubo rebosante y se dirigió a la orilla del lago, lugar donde le esperaba ella. Lo dejó a un lado, junto al que anteriormente había llenado, y se acuclilló frente a la pequeña, quedando sus cabezas a la misma altura. Con suavidad, sus manos acunaron su rostro y la obligó a subir el mentón para que sus miradas se encontraran. Sus ojos, siempre dulces y brillantes, parecían estar ensombrecidos. No le gustó nada aquella visión.
—¿Por qué debería hacerlo?
—Bueno…—Kagome se mordió el labio inferior y levantó sus manos para posarle encima de las de él, apretándolas ligeramente—, ¿me lo prometes o no?
InuYasha chasqueó la lengua, intrigado y preocupado a partes iguales por lo que podría estar pasando, y terminó cabeceando.
—Keh, por supuesto, tonta. Habla ya.
Como respuesta, Kagome cogió una de las manos que descansaban en su rostro y la sostuvo frente a sí. Con la otra libre, delineó tímidamente una de las garras de sus dedos. InuYasha sintió un estremecimiento subiéndole por la espalda. En los ojos de la pequeña no había miedo o disgusto, sino ternura y fascinación, y ante aquella visión el corazón del medio demonio bombeó con fuerzas.
—¿Por qué…—sus ojos se encontraron y ella atrajo de nuevo la mano de él a su mejilla con calma— tienes garras?
Sin esperar respuesta, con la misma tranquilidad de antes, se acercó un paso a él y levantó su mano. InuYasha solo pudo parpadear antes de sentir los dulces dedos rozar una de sus orejas caninas. Todos sus vellos se le pusieron de punta y el aire que tenía contenido en sus pulmones salió por la boca de una exhalación.
—¿Por qué tus orejas… están ahí y son… así?
Y de nuevo, sus manos actuaron solas en el momento las llevó hasta su rostro, esta vez acunando sus mejillas. Se arrimó a él hasta el punto en el que sus frentes se tocaron. La unión de sus miradas no se rompió e InuYasha sintió como su corazón quería escapársele del pecho.
—¿Y por qué… tus ojos son dorados?
Había llegado el momento. Ese que durante tanto tiempo había pospuesto una y otra vez, aterrado por la reacción que pudiera tener su pequeña, de que se apartara de su lado. ¿Qué pasaría cuando le confesara que él era un medio demonio, que parte de su sangre estaba podrida? ¿Saldría huyendo? ¿Le… asquearía? ¿La decepcionaría?
El nudo que se había formado en su garganta le impidió expresar palabra alguna, y eso junto al modo en el que Kagome lo observaba con esa mirada de inocencia y ternura que le había caracterizado, hizo que se le cayera el alma al suelo. Le destrozaría que ella lo repudiara. Estaba tan conectado a esa pequeña humana que no sabría si podría superar el hecho de perder las maravillosas sonrisas que siempre tenía para él, el sonido de su voz pronunciando su nombre y la forma en que se aferraba a él, escondida en su pecho, mucha de las noches antes de caer dormida.
—¿Yasha? — inquirió ella con voz trémula. En realidad, todo su cuerpo temblaba y él lo único que quería era estrecharla entre sus brazos, pero temía que se apartara, y si eso ocurría, se quebraría por completo— No te habrás enfadado… ¿verdad? Lo prometiste…
—¿Qué?
El cuerpo del medio demonio se tensó y la apartó lo justo para poder mirarla bien, con la incredulidad brillando en sus orbes.
—¿Cómo puedes decir eso? — le costaba hablar, aún sentía el nudo en la garganta, pero ella…
—Sé que no debería haberlo preguntado— Kagome apartó las pupilas, refugiándolas en el suelo— Que no te gusta hablar de eso, ni siquiera con mamá, que odias cuando ella te menciona algo así… pero… yo… me gustaría saber, Yasha, quiero saber todo de ti…
InuYasha permaneció en silencio un instante. Entonces tiró de su brazo hasta hacer que ella chocara con su pecho. Sus brazos la rodearon con fuerzas.
—¿Puedes prometerme tú otra cosa?
—Lo que sea.
—Prométeme que me escucharás hasta el final, que... —InuYasha calló, apretandola inconsciente contra él— Prométeme que no saldrás corriendo.
—Oh, Yasha… Nunca, ¿me oyes bien? Nunca saldría huyendo de ti.
Sí, eso lo decía ahora, pero cuando él le dijera la verdad…
InuYasha sintió como Kagome se apartaba y la protesta murió en sus labios cuando advirtió que lo hizo para que pudieran mirarse a los ojos.
Y lo vio, aquello que le había acompañado desde que la encontró: cariño, adoración, aceptación y determinación.
—No importa lo que me digas, yo jamás me iré de tu lado, Yasha. Te quiero y sea lo que seas, te seguiré queriendo, con orejas de perrito, con ojos raros o con uñas afiladas. No me importa. Yo te quiero a ti, a mi Yasha.
InuYasha sintió su respiración detenerse junto con el latido de su corazón. Sus palabras le habían llegado hasta lo más profundo de su ser y, en ese momento, supo sin vacilación que, si había alguna parte de su ser que todavía no se había quedado hechizado por aquella humana, en ese momento acababa de caer irremediablemente.
Y no le importaba.
Aceptaba con satisfacción ese hecho.
—¿Me lo contarás, entonces? — murmuró tímidamente.
InuYasha sonrió, como jamás había pensado que ocurriría cuando tuvieran esa conversación, y esa sonrisa fue correspondida por la curvatura más hermosa que ella podría brindarle.
Ah, Kagome…
¿Cuándo se daría cuenta de que lo tenía en la palma de su mano?
Palabras: 999
