27 de noviembre.

"Te prometo que no me cansaré mucho, pero necesito verlo." repitió Diego por tercera vez. "Victoria, él ha venido cada día a verme, obviamente sin conseguirlo. Se siente solo y frustrado. Tengo que decirle que estoy bien."

"Aún es demasiado pronto, te cansas enseguida." respondió ella.

"Dejaré que me lleves hasta la biblioteca en esa condenada silla, luego son sólo unas docenas de pasos. Ayer caminé más distancia por la casa."

"Sí, y luego casi te desmayas volviendo al dormitorio."

"Mi padre y Felipe me ayudarán, esta vez les dejaré hacerlo."

"Yo también puedo ayudarte."

"Tú ya cargas con un de la Vega." dijo él mirando su cintura. "Dos sería demasiado." añadió posando su mano sobre el vientre de ella. "Estaré bien, y luego descansaré todo el día." dijo con tono convincente. "Es importante que vaya ahora."

Victoria lo miró, desarmada ante su mirada. "Está bien, pero abrígate, está haciendo frío y tus pulmones aún están débiles."

Diego estiró un brazo para coger una chaqueta. La miró y sonrió. "Vas a ser una madre increíble."

Victoria lo miró enfurruñada. "¿Es así como me ves, como a un madre?"

"Dame unos cuantos días más y te demostraré cómo te veo." dijo él mirándola de manera sugerente. Luego cogió su mano y tiró un poco de ella para que se sentara en la cama junto a él, le pasó la mano por detrás del hombro y besó su cuello. "Eres la mujer más deseable que he visto jamás, lo seguirás siendo cuando nazca nuestro hijo, y aún te veré de la misma forma cuando seamos abuelos." añadió con voz grave besándola a continuación brevemente en los labios.

Diego se levantó de la cama con esfuerzo y Victoria le acercó la silla de ruedas, en la que se sentó de mala gana. Salieron al pasillo, aún a oscuras y se encontraron con don Alejandro y Felipe, cada uno con una vela.

"Veo que al final has podido convencerla." dijo don Alejandro.

Felipe se ofreció para empujar la silla, y Victoria le cedió el puesto, cogiendo la vela. La extraña comitiva se dirigió a la biblioteca, donde Felipe accionó los dos resortes necesarios para abrir el panel de la chimenea. Diego se levantó de la silla y caminó por el corredor, bajando las escaleras con la ayuda de su padre y de Felipe. Juntos se dirigieron a la salida posterior, y abrieron el panel oculto tras las ramas para salir al pequeño valle que se extendía tras la hacienda. Las primeras luces del alba iluminaban el cielo por el este.

Apenas unos minutos después oyeron un ruido amortiguado. Sabiendo lo que significaba, Diego silbó, e inmediatamente pudieron oír el sonido rítmico del galope de un caballo. Tornado salió de entre las sombras y se detuvo frente a Diego, moviendo las orejas hacia delante y atrás con nerviosismo.

"Soy yo, viejo amigo." dijo Diego.

El caballo situó las orejas hacia el frente, se acercó un poco más y estiró el cuello para oler a Diego, que se mantuvo quieto. A continuación asintió vigorosamente y comenzó a hacer una serie de extraños sonidos, suaves relinchos mezclados con resoplidos mientras agitaba la cabeza como si quisiera decir algo. En un momento incluso se volvió hacia Felipe, y luego otra vez hacia Diego mientras golpeaba el suelo con la pata delantera y seguía con su discurso. A Victoria le dio la sensación de que lo estaba regañando en un extraño dialecto equino.

"Tienes razón, era un plan estúpido y Felipe tenía buenos motivos para no querer cooperar." admitió Diego ante el asombro de su padre y Victoria. El caballo asintió con firmeza.

"Gracias por salvarme. ¿Me perdonas?"

Tornado dio un paso adelante, colocó la cabeza junto a la de Diego y al restregarse contra él le dio un pequeño empujón que casi lo tira al suelo.

"Con cuidado, amigo." dijo Diego agarrándose al cuello del animal. "Todavía no me he recuperado." añadió empezando a acariciar y dar palmadas a Tornado. El caballo emitió lo que parecía un fuerte resoplido de alivio.

Unos momentos después Diego se apartó un poco hacia atrás. "Ahora tienes que decirme qué quieres hacer." señaló hacia las colinas. "¿Quieres vivir libre en las colinas?" Tornado giró el cuello para seguir la dirección que él señalaba. Luego Diego señaló tras él. "¿O quieres vivir con los otros caballos en el rancho?"

Tornado volvió a dar un paso hacia él y a apoyar su enorme cabeza contra su hombro.

"De acuerdo, será el rancho." dijo Diego sonriendo. "Cuando me recupere y pueda montar iré con Felipe y algunos hombres y te capturaremos. Acuérdate de colaborar, o no habrá manera de conseguirlo."

Tornado respondió restregando su cabeza contra la mano de Diego.

"Diego, estás algo pálido, tienes que sentarte ya." dijo Victoria.

"Está bien." se resignó él. "Tornado, Felipe te atenderá."

El caballo se separó de Diego y se acercó para mirar a Victoria con expresión ofendida, lo que le resultó muy extraño a ella porque nunca había visto algo así.

"Lo siento, Tornado, pero tiene que descansar, aún está débil." dijo ella sintiéndose extraña de nuevo no por hablar con un caballo, no era la primera vez que lo hacía, sino porque este caballo era el primero que asentía como respuesta. El caballo miró a Diego y luego otra vez hacia ella, haciendo un extraño gesto en el que acercó su hocico al vientre de la mujer. Ella miró a Diego aún más sorprendida. "¿Crees que sabe que estoy embarazada?"

Diego se encogió de hombros. "No tengo ni idea." respondió él también asombrado por el comportamiento de Tornado.

El caballo se acercó a Felipe y lo saludó con un topetazo de su cabeza. Luego lo olfateó y empezó a mordisquear el lateral del pantalón del chico, que le apartó un poco la cabeza para sacar una manzana de ese bolsillo. Mientras Tornado masticaba la manzana Felipe le revisó los cascos y comenzó a cepillarlo.

El sol ya se veía por encima de los árboles cuando Tornado se acercó de nuevo a Diego para despedirse, y Diego acarició su nariz. "Vendré en unos días, cuando mi esposa me dé permiso." dijo Diego espiando de reojo la expresión seria de Victoria. "Mientras tanto Felipe cuidará de ti, como ha hecho este tiempo."

Tornado resopló, volvió a saludar a Felipe y se dirigió a las colinas.

"Volvamos a casa. Espero que María no se extrañe demasiado de que estemos todos despiertos tan temprano." dijo don Alejandro mientras ayudaba a Diego a volver a levantarse.