VIII.

—¿Qué ha pasado? — la pregunta escapó de sus labios nada más vio aparecer a una Kagome de 10 años junto a su madre por el camino que llegaba hasta la casa.

—Que te lo diga esta señorita— pasó junto a él, dándole un suave beso en la mejilla a su hijo, y mirando ceñuda hacia atrás— Y, por favor, acompáñala al río a que se lave toda la tierra que tiene encima.

Tal y como decía, InuYasha advirtió que el kimono lo tenía todo manchado de tierra, junto con sus piernas y rostro, además de que su pelo parecía más desordenado que de costumbre. La mencionada, que no había abierto la boca en ningún momento, se encontraba mirando el suelo, con los brazos cruzados y sus labios formando una fina línea.

—Ah, Kagome— replicó Izayoi como quien no quiere la cosa, deteniéndose un momento en el marco de la cabaña— Me pensaré esta noche si dormirás con nosotros o fuera, teniendo en cuenta que te estás cogiendo actitudes de salvajes.

Las mejillas de la pequeña se ruborizaron con fuerza, pero siguió sin decir nada. Ni siquiera lo había mirado o saludado al llegar y la situación ya estaba preocupando al medio demonio.

Tenía que hablar con ella y saber que había ocurrido. Su madre no se enfadaba mucho, pero cuando pasaba…

—¿Vamos, entonces? — inquirió llegando a su altura. La observó asentir quedamente.

Ahogando un suspiro que quería escapar de sus labios, la cogió en brazos y esta escondió el rostro en el hueco de su cuello. No abrió la boca ni tampoco hizo más movimiento que el pasar sus brazos por el cuello de él y aferrarse a él con firmeza, como si temiera en cualquier momento pudieran apartarlo de su lado.

Aquello preocupó aún más al medio demonio.

Llegaron al río y siguiendo en la misma guisa, Kagome sola fue quitándose el polvo de los brazos, la cara y las piernas. Además, con el reflejo intentó adecentar un poco su flequillo, aunque sin las manos y el peine de Izayoi tampoco es que hubiera mucho que hacer. Mientras, InuYasha la observaba desde lo alto de una roca, al igual que lo haría si pudiera adivinar lo que pensaba simplemente viendo sus movimientos. Desgraciadamente, no era así y él tampoco es que contara con mucha paciencia.

—¿Vas a contarme qué ocurre? — habló, sonando más brusco de lo que pretendía en un principio.

Kagome detuvo sus movimientos por un momento antes de reanudarlo como si nada.

—No quiero.

—Kagome…

—Me da igual lo que digas, no pienso decírtelo— lo miró por primera vez desde que aparecieron y fue para fulminarlo.

Estupendo…

Volvieron al silencio, InuYasha sintiendo su cabeza hervir por los miles de pensamientos y situaciones que le pasaban por la cabeza. Entonces, su nariz captó un aroma y se sobresaltó. Era agua salada.

No puede ser…

De un saltó se plantó a su lado y cuando la giró, se encontró con los pómulos de la pequeña llenos de lágrimas.

—Hey, no llores, Kagome— susurró, enjuagándoselas con cuidado de sus garras. Esta se tiró a sus brazos y se escondió en su pecho.

—No quiero llorar— balbuceó.

—Shhhh, tranquila, ya ha pasado todo— la apretó con fuerzas hacia él y empezó a mecerla como sabía que le calmaba— Por favor, no llores.

—No puedo evitarlo… Son idiotas. Ellos son todos unos idiotas.

—¿Quién, pequeña? — le pasó una mano por el cabello.

Ella no contestó en un principio. Es más, pensaba que no iba a hacerlo, cuando su voz -trémula y apagada- la sorprendió:

—Todo ha sido culpa de esos niños.

—¿Qué ha ocurrido? — preguntó, agradeciendo que se lo contara y que poco a poco fuera dejando de llorar.

—Estaba en el mercado con Ayumi, esperando a que mamá terminara de comprar— le relató en un murmullo y, si no fuera por su fino oído, no lo hubiera oído—Jugábamos junto al puente cuando una pelota apareció de pronto. Yo la cogí y unos niños a lo lejos empezaron a gritarme que se la pasara, que era suya. Me acerqué a ellos, les pregunté que si podíamos jugar Ayumi y yo con ellos… y entonces…

InuYasha ya temía lo que iba a decirle y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no gruñir.

—Me dijeron cosas muy malas. No quise hacerles caso, tú me lo has dicho muchas veces, así que cogí la mano de Ayumi para que nos fuéramos…

—Pero…—la instó a seguir hablando.

Kagome se apretó aún más contra él y un suspiro salió de sus labios cuando él le besó con ternura la parte alta de su cabeza.

—Entonces hablaron de ti. Dijeron que eras un sucio demonio, que en cualquier momento me comerías y también que cómo podía estar cerca de ti porque dabas mucho asco…—con cada palabra que iba saliendo, su cuerpecito se iba tensando e InuYasha se iba quedando más sorprendido.

Porque estaba acostumbrado a oír esa clase de comentarios referidos a él pero el imaginarse a Kagome peleándose -porque sí, no había otra explicación posible- simplemente para defenderlo…

Un sentimiento fue apoderándose de un pecho, extendiéndose hasta casi hacerlo estallar. ¿Felicidad? ¿Orgullo? ¿Satisfacción?

—Cuando me quise dar cuenta le había chillado que se callara y le estaba dando una patada, tal y como me enseñaste— culminó tímidamente.

No quiso, pero InuYasha rio imaginando la escena.

—No deberías meterte en peleas, lo sabes...

—¡Pero…!

—Pero estoy muy orgulloso de ti— terminó de decir intentando ocultar la emoción de su voz.

Kagome se separó, sus miradas se encontraron. La tristeza y el dolor que descubrió en ella fue como una patada en el estómago.

—Odio cuando dicen eso de ti. Tú no eres esas cosas.

No, no lo era, porque ella lo miraba con la ojos más tiernos y dulces del planeta.

—Tranquila, si mamá te echa de casa esta noche, yo me iré contigo y nos acurrucaremos el uno junto al otro.

Su sonrisa fue el mayor regalo que pudo obtener.

Palabras: 997