IX.
La primera vez que tuvieron constancia de los síntomas se encontraban paseando, los tres juntos, por el bosque. E InuYasha ya desde ese momento supo que, hicieran lo que hiciesen, sería demasiado tarde.
Una Kagome de 11 años estaba charlando sobre un pájaro que había encontrado la tarde anterior bajo un árbol, el cual había decido adoptar bajo el nombre de Buyo. Izayoi y el medio demonio la escuchaban interesados; él, además, fascinado por la forma en la que tenía la pequeña de expresarse- frunciendo el ceño para encontrar las palabras correctas, gesticulando mucho para hacerse entender, mirándolos alternativamente con esos ojitos marrones. Poco a poco iba creciendo y no podía evitarlo por mucho que quisiera.
—¡Va a ser grande y fuerte! ¡Yo creo en él! ¡Volverá con su familia!
—Tendrás que estar muy pendiente de él para que eso ocurra, cariño— le sonrió con orgullo la mujer, pasándole una mano por su alocada cabellera. No importaba el tiempo que se pasara peinándola, entre sus juegos y el carácter inquieto de la niña, parecía siempre que recién estaba despierta— Seguro que lo conseguirás, pero no puedes rendirte o aburrirte en mitad del camino, lo sabes, ¿verdad?
—Claro, mamá—arrugó la piel de su entrecejo, dando a entender que creía esa idea una locura— Yo cuidaré de él al igual que Yasha y tú lo hacéis de mí.
Entonces, se soltó de sus manos y empezó a corretear alrededor de ellos mientras perseguía a una hermosa mariposa de alas blanca que aleteaba por allí. InuYasha se detuvo, incapaz de apartar la mirada de aquella bonita escena que tanta paz le traía, hasta que sintió la mano de su madre puesta en uno de los brazos cruzados de él.
—¿Qué pasa? — preguntó más a la defensiva de lo que pretendía, pero es que la sonrisa que ahora mismo adornaba sus labios conseguía ponerle de los nervios.
—Nada, ¿no puedo observar a mi hijo? — respondió con una ceja alzada.
—Keh, qué rara eres, mujer.
—Yasha, ¡ven! — la voz de la niña atrajo su atención— ¡Mira, una ardillita! ¡Allí, allí, arriba! — corrió en la dirección en la que se encontraban ellos y estiró los brazos hacia el medio demonio— ¿Podemos ir arriba a saludarla? ¿Por favor? ¿Por favor?
¿De verdad creía que ella que podría ser capaz de decirle que no a esa carita? ¿Todavía no se había dado cuenta de la gran influencia que tenía sobre él?
No, un ser tan puro e inocente, nunca pensaría cosas como esas. Ella no era capaz de ver maldad en el mundo, no al menos la que él había llegado a conocer por la fuerza.
InuYasha curvó ínfimamente sus labios y rodeó la cintura de la pequeña para alzarla y colocarla en sus brazos.
—¿Por qué no le pides permiso a mamá?
Kagome asintió y giró medio cuerpo para hacer lo pedido, aferrándose con fuerzas a su cuello. Entonces, sus brazos se agarrotaron.
E InuYasha la escuchó toser.
—¿Mamá?
—¿Qué te pasa?
Con Kagome todavía en sus brazos -sintiendo en ese momento que no podría separarse de ella ni un solo milímetro-, se inclinó hacia su madre con la mano libre y torpemente le acarició la espalda mientras la mujer, que, arqueada hacia delante y con una mano sobre la boca, no dejaba de toser cada vez con más fuerzas.
—E-es-estoy b-bien— suspiró Izayoi, una vez se hubo calmado.
Segundos después, Kagome se había retorcido en su agarre y se había tirado hacia su madre para abrazarla como si no la hubiera visto en cientos de años.
—¿De verdad? No te vas a ir, ¿verdad, mami? Has dicho que estás bien— susurró Kagome en una voz demasiad frágil como para que sus nervios pudieran aguantarlo.
—Tranquila, cariño— respondió su madre en el mismo tono, apretándola contra sí— Te prometo que todo irá bien y que siempre estaré a tu lado.
InuYasha no dijo nada mientras sentía un profundo agujero formarse en su pecho, cada vez haciéndose más y más grande.
Porque su olfato desarrollado había llegado a captar el aroma de dulzón de la sangre de la mujer que provenía de la palma de su mano, aquella con la que había estado tapado la boca mientas tosía.
«¿Por qué puedes mentir tan bien?»
Palabras: 710
