Este capítulo ha sido un añadido de última hora y al final creo que es el más largo.

Las estadísticas dicen que tengo un lector en Canadá. Bienvenido, los demás lectores habituales (son solo tres, no es difícil seguirles la pista) están en el foro de Facebook donde algunos autores y lectores compartimos fotos, comentarios e ideas sobre fanfics de esta serie. Para más información puedes escribirme un mensaje privado.

8 de mayo

Victoria volvió a entrar en la habitación, caminando silenciosa con sus pies descalzos.

"No deberías caminar descalza."

"Vaya. ¿Te he despertado?"

"No te preocupes por eso, vuelve a la cama."

"Es que no me encuentro bien. Creo que me ha sentado mal la cena. No debería haber comido huevos fritos con chorizo." (1)

"Sí, es una cena demasiado pesada. ¿Te arde el estómago?"

"No exactamente, pero noto que me aprieta." dijo tocándose la tripa. Diego puso su mano en la zona que ella indicaba y notó claramente como estaba tensa.

"Creo que son contracciones."

"¿Estás seguro? No me las imaginaba así. ¿No debería dolerme más?"

"Quizá eso venga después." dijo Diego preocupado. "¿Quieres que avise a Gertru?"

"Ha venido para acompañarme durante el parto, pero no sé si llamarla ahora, es muy tarde."

"Quizá podríamos esperar hasta mañana."

Victoria gimió un poco y se tensó. "Eso ha dolido más." dijo un poco asustada.

"Voy a despertarla."

Diego salió al pasillo, llamó a una de las habitaciones de invitados y dijo a través de la puerta.

"Siento despertarte, Gertru, pero Victoria tiene contracciones."

Oyó un ruido extraño y Gertru gritó. Sin pararse a pensarlo Diego abrió la puerta, inmediatamente deseó con todas sus fuerzas no haberlo hecho, y volvió a cerrarla. "Perdón." dijo acalorado.

Se oyeron murmullos a través de la puerta, una voz femenina dijo "Maldito cabecero labrado. Y tú no te quedes ahí como un pasmarote, ayúdame a desengancharme el pelo. No, se está enredando más. Suelta eso y enciende la vela." y luego se oyó una risa femenina amortiguada, a la que se unió otra más grave. "Dile a Victoria que voy enseguida." dijo Gertru entre risas.

Diego volvió a su habitación, caminando con aire asuente por el pasillo. Victoria lo miró.

"¿La has despertado? ¿Va a venir?"

"Enseguida viene."

Victoria vio su cara y se preocupó. "Estaré bien, no hace falta que pongas esa cara."

"No es por ti. Bueno, no solo."

"¿Entonces?"

"Lo siento, no sé si es buen momento para decírtelo."

"Suéltalo de una vez."

"Está bien. Gertru no estaba sola."

"Oh Dios mío. ¿No habrás abierto la puerta?"

Diego cerró los ojos y asintió con la cabeza. "La oí quejarse." dijo avergonzado.

Victoria empezó a reírse, tuvo una contracción que la hizo parar un momento, luego miró a Diego a la cara y empezó a reír de nuevo.

"¿Tienes idea de por qué se quejaba?" preguntó casi sin aliento.

Diego empezó a reír también. "Creo que se le enganchó el pelo en el cabecero."

Victoria lloraba de risa. "Hemos sido muy oportunos." añadió, y trató de respirar hondo para calmarse un poco.

"A ver si ahora acepta la propuesta de mi padre."

"Espero que sí, o tendremos que recurrir al padre Benítez para que les convenza de que dejen de vivir en pecado."

Alguien llamó a la puerta. "Adelante." dijo Victoria.

Gertru entró en camisón, con una bata por encima. Miró a Diego, luego a Victoria, y dijo: "Parece que esta noche va a ser movidita."

Victoria empezó a reír otra vez, arrastrando a los otros dos, hasta que la siguiente contracción hizo que tuviera que parar.

"No sé si esto es bueno para el bebé." dijo Victoria preocupada.

"No creo que le haga daño un poco de risa." repondió Gertru, luego se volvió hacia Diego. "Será mejor que esperes en la biblioteca."

"¿Puedo ayudar con algo?"

"Tú ya hiciste bastante hace nueve meses, ahora nos ocupamos nosotras."

Diego salió de la habitación resignado y se reunió con su padre en la biblioteca. Don Alejandro se había vestido y le ofreció un coñac.

"No gracias." dijo Diego y empezó a caminar por la habitación. Don Alejandro le ofreció la bebida de nuevo.

"Si hay una ocasión para tomarse un trago es ésta."

Diego aceptó la copa y se bebió un sorbo. Luego dejó el vaso sobre la mesa y negó con la cabeza. "No merece la pena, seguro que sobreviviré sin beber eso."

"Siento lo de antes." dijo su padre.

"Más lo siento yo."

"No es sólo… ya sabes. Estaba intentando convencerla."

Diego lo miró con una cara que expresaba al mismo tiempo: "qué quieres decir" y "mejor no me lo cuentes."

"Sabes que no quiere casarse para evitar que controle sus bienes, Aún tiene el usufructo de las propiedades de su marido y quiere que sean para sus hijos."

"Ya le expliqué que legalmente son de sus hijos, que se case contigo no cambia eso."

"Cierto, pero al tener yo el control económico teme que haya algún problema si muere antes que yo."

"Por supuesto que no, el usufructo se extinguiría y los bienes pasarían a sus hijos, también la parte que le corresponde a ella porque son bienes privativos. Quizá deberíais ir a Santa Paula a consultarlo con el abogado. Hay documentos que se pueden firmar antes de la boda."

"Ya se lo he propuesto, pero dice que si estamos bien así para qué vamos a cambiar."

"¿Y decidiste demostrarle que estar casada contigo tiene más ventajas?"

"Sí, hay cosas que se hacen mejor sin prisas, sobre todo a mi edad."

"Siento la interrupción."

"No me daré por vencido." dijo don Alejandro tomándose un trago.

Ya estaba amaneciendo cuando Gertru se acercó a la biblioteca.

"¿Cómo se encuentra?" preguntó Diego preocupado.

"Como es de esperar en estos casos, todo avanza como está previsto. Quiero que vayas a buscar a la comadrona, y dile que ella ya está a más de la mitad del camino."

Diego puso cara de extrañeza ante el mensaje en clave.

"Tú ve y díselo, ella decidirá si viene ya contigo o tiene algo más urgente que atender."

"Está bien." dijo Diego, "Voy a vestirme."

"Espero aquí a que te cambies y luego voy otra vez con Victoria."

Diego entró en la habitación, y Victoria estaba de pie junto a la ventana.

"Hola preciosa," dijo Diego con voz suave. "Gertru dice que lo estás haciendo muy bien."

"No tengo muchas opciones, la verdad." gruñó ella.

Diego empezó a vestirse en silencio, porque no se le ocurría nada que decir. Victoria caminó un poco por la habitación y se sujetó los costados con gesto de dolor.

"¿Puedo hacer algo por ti?"

"No, trae a la comadrona como te ha dicho Gertru. Cuando me duele me cuesta no echarte la culpa, así que prefiero que no estés por aquí."

"De acuerdo." se acercó a ella con cautela, le dio un beso en la mejilla y se fue.

Diego se acercó a la biblioteca para decir a Gertru que ya se iba y salió hacia los establos donde cogió la calesa.

Llamó a la puerta de doña Encarna (2), y una mujer de mediana edad con cara de pocos amigos abrió la puerta.

"¿Qué quiere a estas horas?"

"Mi esposa tiene contracciones, y doña Gertrudis me ha pedido que le diga que está a más de la mitad de camino."

"¿Más de la mitad, eh? Espera aquí." La comadrona volvió a entrar en la casa murmurando. "Aunque sea primeriza, mejor me acerco." Diego esperó en la puerta hasta que oyó la voz de la mujer gritando. "¡Evelio! Me voy a atender a una señora." Inmediatemente la puerta se abrió y doña Encarna salió vestida con una falda, una blusa y un delantal y con el pelo recogido por un pañuelo.

Cuando llegaron a la hacienda la mujer saludó a don Alejandro con un movimiento de cabeza y un gruñido. Al ver a María la saludó efusivamente, como si se hubiera convertido en otra persona distinta. María se había levantado hacía un rato, había puesto el desayuno y esperaba con impaciencia.

Don Alejandro se dirigió a la comadrona. "Doña Encarna, si necesita cualquier cosa o quiere que vayamos a buscar al doctor Hernández solo tiene que decirlo, estaremos aquí mismo."

Encarna miró a don Alejandro con expresión ofendida. "Mejor no vaya a buscarlo, los doctores la mayoría de las veces solo dicen palabras grandilocuentes y piden a las pobres madres que se coloquen en posturas absurdas porque así a ellos les resulta más cómodo atenderlas. Para una vez que hacen algo útil hay veinte que no hacen más que incordiar, como todos los hombres. Si necesito algo ya lo pediré."

"Por supuesto." dijo don Alejandro con voz suave ante la mirada severa de Encarna, que parecía retarle a decir algo más.

María acompañó a comadrona a la habitación de Diego y Victoria, y luego volvió a la cocina.

Diego desayunó de mala gana, y siguieron esperando con cara de estar un poco perdido. Cuando Felipe se levantó le dijeron lo que pasaba se puso un poco pálido, y decidió que mejor se iba con los caballos un rato. María, al verlo solo comentó: "Sabia decisión."

De vez en cuando oían retazos de lo que decía Encarna en el dormitorio.

"Eso es, se nota que has estado caminando en vez que quedarte escachuflada (3) en un sillón como esas señoritingas, que no hacen más que gritar socorro y decir tonterías acerca de sus maridos en vez de empujar cuando toca. Tú respira y empuja como te he dicho y todo irá bien."

"Ellos están en la biblioteca. Si necesitamos algo se lo podemos pedir, aunque ya se sabe como son los hombres. Para cuando mi marido va y vuelve, yo ya he ido y he vuelto tres veces."

Poco rato después Gertru salió de la habitación para ir a buscar a María, y ambas volvieron con Victoria y Encarna.

A media mañana Victoria gritó una vez, luego oyeron la voz de Encarna. "Ahora, tú colócate detrás para que apoye la espalda." y otro grito que a Diego le heló la sangre. "En la próxima coge aire y empuja con todas tus fuerzas."

Oyeron a Victoria gemir y jadear. "No respires tan hondo, mujer, que te vas a marear. Venga, prepárate que viene otra."

De nuevo Victoria se esforzó por seguir las indicaciones de Encarna, y ella la felicitó diciendo. "Eso es, eres una luchadora, ya está fuera la cabeza."

Don Alejandro y Diego seguían escuchando atentos. Unos segundos después Encarna dijo: "Vamos, es el último empujón. Respira hondo y empuja." Volvieron a oír a Victoria y luego todo pareció quedar en silencio unos momentos hasta que se escuchó el llanto de un bebé.

Don Alejandro le dio una palmada en el hombro a Diego. "Enhorabuena." dijo emocionado.

"Gracias."

Se acercaron al dormitorio para esperar a que les dejaran entrar. Unos minutos después Encarna salió de la habitación con aspecto de estar satisfecha, pero vio a Diego y frunció el ceño.

"Ha peleado como una jabata. Ahora necesita descansar." miró a Diego entrecerrando los ojos. "cuarenta días de descanso, y eso incluye las actividades conyugales."

Diego solo pudo asentir, a pesar de la diferencia de estatura se sentía pequeño.

"Eres un chico listo, seguro que sabes contar hasta cuarenta. Algunos maridos parecen tener un problema con eso."

"Sí, señora, cuarenta días." respondió él.

"Bien." respondió ella con esa mirada de como no me hagas caso voy a hacerte algo que impedirá que engendres más niños. Encarna disfrutó de la expresión de pánico de Diego durante unos momentos más, luego su expresión se suavizó. "Enhorabuena, es un niño muy guapo."

Diego parpadeó, confuso ante un cambio tan repentino. "Gracias." dijo con una sonrisa tensa.

Encarna volvió a saludar con un movimiento de cabeza y un gruñido a don Alejandro y se dirigió a la cocina. Cuando aún estaba a medio camino María salió de la habitación llevando unas sábanas en los brazos y le dijo. "Voy contigo y te pago lo que te debemos."

Encarna esperó a la otra mujer y juntas giraron en el pasillo. Cuando se perdieron de vista tras la esquina Diego suspiró aliviado.

"Tengo que reconocer que le tengo miedo a otra mujer además de a Victoria."

"Encarna no cuenta, todos le tenemos miedo, especialmente su marido Evelio."

Por fin Gertru abrió la puerta. "Es un niño precioso."

"¿Cómo está Victoria?" preguntó Diego ansioso.

"Cansada, pero bien. No parece que haya complicaciones," dijo haciéndoles señas para que entraran.

Victoria estaba sentada en la cama, con la espalda apoyada en unas almohadas, mirando al bebé que tenía en brazos. Alzó la vista hacia los dos hombres. "Te lo dije. Es un Alejandro."

Don Alejandro sonrió orgulloso al oírlo. "Podéis elegir otro nombre si queréis, no hace falta que..."

"Ni hablar." dijo Victoria con convicción. "No hay nadie que se lo merezca más."

Don Alejandro miró a su nieto con orgullo, y Gertru le dio unos golpecitos en el hombro.

"Deberíamos dejarlos solos." dijo ella

"No quiero que se me caiga." le dijo Diego a Victoria.

"No se te caerá, siéntate en la cama y te lo pasaré. Vamos, que no se rompe."

Diego se se sentó en la cama para coger a su bebé con mucho cuidado mientras don Alejandro y Gertru salían de la habitación.

"Voy a vestirme." dijo Gertru. "No es decente que ande así por la casa." dijo entre risas.

"Claro."

Don Alejandro salió al patio y decidió cuidar de unas flores. Gertru se reunió con él allí. Llevaba algo en la mano.

"Te dejaste ésto en la mesilla."

Alejandro vio el anillo que le había ofrecido a Gertru esa misma noche.

"Supongo que no te he convencido." dijo él con una sonrisa triste.

"Ha sido una noche llena de eventos, y hay una cosa que quiero saber."

"Dime."

"Las personas agradables del pueblo sospechan que el Zorro y Victoria estaban casados en secreto y que al morir él, Diego se casó con ella para darle un hogar y un apellido al niño y porque así tendrá un heredero, porque no le interesan las mujeres. Las malas personas tienen una versión bastante peor." ante la expresión seria de don Alejandro ella continuó.

"Esta mañana le dije a Diego que él ya había hecho su parte hace nueve meses, y él ni parpadeó. Creo que estoy en lo cierto. Yo ya sabía que Victoria quería seducir a su prometido, el Zorro, y estoy segura de que lo consiguió, pero Diego no parece un amigo que se ha casado con ella para darle un padre a su hijo tal y como dice la gente, lo que he visto hoy ha sido un marido atento y preocupado, una esposa enamorada y unos padres felices y orgullosos."

"Gertru, el Zorro está oficialmente muerto, y es mejor para todos que siga así. Si quieres saber si el pequeño Alejandro es hijo de Diego te diré que lo es, en todos los sentidos de la palabra, pero si llegas a alguna conclusión, por favor, guárdatela para ti. Estuvimos a punto de perder a Diego una vez, y ahora queremos vivir en paz."

"Entiendo. Gracias por tu respuesta. Podría haberle sonsacado a Victoria, pero prefería que me lo dijeras tú."

El anillo continuaba en poder de Gertru, que le dijo: "Quiero mucho a mis hijos y a mis nietos, pero tienen su vida lejos de mí y no me necesitan. Esta noche me he sentido más en familia que en los últimos años las veces me he reunido con ellos. No me quiero ni imaginar lo que habría dicho uno de mis hijos si llega a ser quien abre la puerta de esa habitación."

"Supongo que no somos una familia convencional."

"No, creo que por eso me siento cómoda aquí."

Abrió la mano para darle el anillo a Alejandro.

"Si la oferta sigue en pie quiero aceptarla."

"¿Te casarás conmigo?"

"Sí, lo haré. Cuanto antes."

Alejandro se acercó a ella y la abrazó. "No te arrepentirás."

"Igual te acabas arrepintiendo tú, pero luego no te quejes, ha sido idea tuya."

Alejandro cogió el anillo para ponérselo en el dedo.

Nota; (1) Mi madre creyó que tenía una indigestión cuando empezó a tener dolor de estómago de madrugada. No era la cena, sino yo, que me adelanté mes y medio y tenía prisa. Por lo visto se la llevaron a la sala de partos en la cama de la habitación, que tenía ruedas, con mi abuela corriendo detrás. Nací en la sala en lugar de en el pasillo por los pelos.

(2) La matrona que me atendió en la preparación al parto y en las clases de masaje infantil se llama Encarna, y es una fuerza desencadenada de la naturaleza, más o menos como el personaje. De hecho la frase acerca de lo lentos que son los hombres es suya.

(3) La palabra escachuflar es de la Mancha, significa romperse o aplastar, en este caso desplomarse en un sillón.